viernes, 1 de diciembre de 2023

¿La estrella de Navidad va con o sin cola?

Pregunta que inquieta al armar el pesebre de Navidad


Por Miguel Carrillo Bascary

Una de las cuestiones clásicas al armar los pesebres de Navidad (también llamados “belenes”), es si la estrella que guió a los magos y que eventualmente se coloca sobre la gruta, debe llevar cola o no.

Algo de Astronomía

Antes de adentrarnos en el tema es necesario resaltar que la fuente bíblica que origina la imagen no especifica la naturaleza del cuerpo celeste, al que genéricamente se identifica como “una estrella”, aunque bien se ha señalado que pudo ser un planeta, un cometa o, eventualmente, de la conjunción de dos o más astros. Lo indudable es que no pudo ser un meteorito, ya que el lapso que demora en consumirse al ingresar en la atmosfera resulta incompatible con el prolongado viaje de los llamados “Reyes Magos” desde su origen hasta Palestina.

El término “cometa” deriva del griego y en idioma español su significado podría expresarse como “estrella de larga cabellera”. A lo largo de la Historia han dado lugar a diversas fantasías

En cuanto a la mentada “cola”, por la que se pregunta el título de esta nota, en realidad debe llamársela “cauda”. Obviamente este término es un sinónimo, pero hablando con propiedad resulta mucho más exacto, ya que este es el vocablo que usa la Astronomía para referirse a los cometas.

Éstos, cuyo núcleo de hielo y roca desprenden partículas y radiación en forma de gases o polvo que al acercarse al Sol toman diversos aspectos y colores. El fenómeno genera una transitoria atmósfera del cuerpo, que se llama “coma”. Las caudas son de extensión variable, pudiendo extenderse desde los 10 a más de 100 millones de kilómetros.

Los magos y la Estrella

Las referencias que tenemos sobre la misma nos vienen de la Biblia, más concretamente del Evangelio de San Mateo, quien narra el nacimiento de Jesús con mayor detalle que los otros evangelistas. Claro está que no es un libro de Historia, pero tampoco podemos soslayar que contiene tradiciones asentadas a lo largo de dos milenios.

Lo concreto es que Mateo informa sobre unos “magos[1] de Oriente” que llegaron a Jerusalén siguiendo una estrella que les pareció muy peculiar. Es la misma que la tradición ubica en los belenes y que artistas de todas las épocas presentan acompañando a los magos o complementando la escena del Niño Dios reposando en el pesebre.

La caracterización de “magos” es muy amplia, en realidad, el término identifica a personas poderosas en riqueza y también en conocimientos, difícilmente monarcas de algún estado, pese a que el vulgo les atribuya esta condición. Los exegetas de la Biblia son contestes que eran sabios, científicos para la época y por lo tanto serían expertos en Ciencias Naturales, Medicina, Matemáticas y, por carácter transitivo, también en Astronomía. Algunos arriesgan que profesaban el culto a Zoroastro. Lo concreto es que no debieron engañarse respecto de la singularidad del astro navideño.

Tampoco es claro el tiempo en que se produjo en encuentro de los magos con el Niño, los expertos católicos estiman que habría sido luego de dos años del nacimiento, lapso que justificaría que Herodes haya dado la orden de asesinar a los nacidos hasta dicha edad, con el fin de extirpar toda amenaza hacia su trono. 

El escrito de San Mateo

Concretamente el autor consigna el episodio en el capítulo segundo de su Evangelio y lo hizo en los siguientes términos, que tomo de la “Biblia de Jerusalén[2]”:

2:1. Nacido Jesús, en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, 2:2. diciendo: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle". […]

Herodes interpretó que podía tratarse del esperado Mesías e hizo consultar a los sumo sacerdotes y escribas del pueblo de Israel, quienes le recordaron una antigua profecía que relacionaba al esperado Salvador con la pequeña ciudad de Belén en Judea como lugar de su nacimiento. Ante lo cual los magos resolvieron ponerse en marcha en esa dirección. Esta es la cita del caso:

2:9. Ellos después de oír al rey, se pusieron en marcha, y he aquí que la estrella que habían visto en Oriente, iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. 2:10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. 2:11. Entraron en la casa; vieron al niño con su madre María, y postrándose, le adoraron; luego, abriendo sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra”. […]

De esto resulta que la estrella se desplazaba por el cielo nocturno de Oriente a Occidente y que su brillo y/o volumen debió ser muy notorio como para llamar la atención de los magos. Nada conocían de ella en la corte de Herodes, donde también debió haber sacerdotes y escribas familiarizados con el firmamento de la zona. Su ignorancia sobe el fenómeno contrasta con el saber de los magos orientales, lo que desde la crítica religiosa se interpreta como un particular designio de Dios que reveló el nacimiento de Cristo a los paganos y que el acontecimiento pasó desapercibido a los israelitas herodianos.

Objetivamente parece lógico pensar que los conocimientos astronómicos de los primeros pudieron ser superiores a los de toda la intelectualidad judaica, atenazada por la cerrada interpretación que reinaba en aquellos tiempos y que le habría impedido ver los nuevos acontecimientos.

Llama la atención también que, luego de salir de Jerusalén, la estrella los precedió en su marcha hasta que inopinadamente “se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”. Oportunidad en que los sabios visitaron la casa[3] donde se hallaba el Divino Infante en compañía de su madre María, a quien reconocieron y honraron como a un verdadero rey[4].

Así, los magos habrían visualizado al astro, al que siguieron y que transitoriamente quedó oculto cuando su cauda dejó de ser visible cuando el cuerpo celeste se aproximó al Sol, lo que habría inducido a los eruditos a presentarse ante la corte herodiana a recabar mayores informes. Luego la cauda habría reaparecido, lo que posibilitó que siguieran la trayectoria que marcaba. Lo que no encuentra explicación astronómica es que la estrella se haya detenido sobre Belén, por lo que aquí entramos decididamente en el ámbito del misterio que expone el libro sagrado.

Los racionalistas intentan explicar que la “estrella” pudo ser una conjunción entre Júpiter y Saturno[5]¸también se ha dicho que quizás fue la conjunción de otros varios planetas o la ocultación de Júpiter en Aries[6]; otros hablan de una supernova. La tradición universal, la conceptúa como un cometa, contando con el apoyo de lo que evidencia su transitorio ocultamiento, esto lo ratifica la doctrina católica y de otras numerosas confesiones de igual tronco, pero es preciso señalar que para la Iglesia de Roma no se trata de un dogma de fe, por lo que la cuestión queda abierta a todas las especulaciones.

Concluyendo

  • Es factible entonces que la Estrella de Belén o de la Navidad, debió contar con una cauda, lo que implica que fue un cometa, por lo que debería representarse con una cola, a gusto de quien tenga la responsabilidad de armar el pesebre.
  • Nada obsta tampoco, a que el astro se presente sin su cauda, ya que el relato San Mateo indica que se estacionó sobre Belén en donde en humilde cuna había nacido Nuestro Salvador, peculiaridad que asombró a los magos, quienes como conocedores de la mecánica celeste lo consideraron un verdadero prodigio, acorde a la epifanía que protagonizaban.

En consecuencia, para armar un belén es igualmente válido representar la Estrella con o sin cauda, las razones surgen de la presente nota.


[1] No dice cuántos, pero la tradición alude a tres, aunque también se indica que fueron cuatro y hasta doce en las versiones armenia y siria. Respecto al lugar o lugares de procedencia también debaten los comentaristas, para algunos habrían sido caldeos, para otros de Arabio o Persia; no faltan los que les atribuyen un mismo origen, sea cualquiera que fuese.

[2] Editorial española Desclée de Brouwer. Bilbao. 1967.

[3] Si bien la expresión podría aludir al “lugar de habitación” y en consecuencia identificarse con la cueva del pesebre la cronología de los hechos indicaría más bien que José había conseguido una casa en Belén, desaparecida la superpoblación motivada por el censo que transitoriamente lo obligó a alojarse en la caverna donde nació el Niño.

[4] El rey al que se refieren y al que aluden los magos ante Herodes como “rey de los judíos”, no resulta un personaje más en la Historia. Hubo muchos reyes del pueblo hebreo que no motivaron el prodigio de la estrella, tampoco los sabios orientales se habrían molestado ante el nacimiento de cualquier monarca. Todo apunta a que estos consideraron que el prodigio tenía una trascendencia universal que justificó su viaje. Como eruditos los magos habrían conocido de diversas profecías que anticiparon el nacimiento de Cristo, lo que motivó y justificó su peregrinación. Así se menciona al vaticinio del mesopotámico Balaán; el del profeta Daniel, el libro de Henoc, los oráculos sibilinos y los salmos de Salomón, en la tradición judía, pero también la doctrina zoroástrica que surge del Saushyant persa; del Avesta y del Bundahishn. Todo lo cual caracterizaba al nacido como verdadero rey del mundo.

[5] Así lo postuló Kepler en 1614, una hipótesis que magnificaría la poca trascendencia del fenómeno según la crónica babilónica.

[6] Según Michel Molnar en su La estrella de Belén: el legado de los magos. Rutgers University Press, New Brunswick, 1999. (ISBN  978-0-8135-6471-5)

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