lunes, 13 de julio de 2026

Excepciones históricas al arrío nocturnal

Cuando nuestra Bandera dialogó con las estrellas

 

Alegoría sin firma que ilustró mi nota el diario “La Capital” (24.11.1999)

Por Miguel Carrillo Bascary

Cuando nuestros ancestros veían caer del almanaque al siglo XIX, sin dudas que en sus almas anidaron sentimientos de nostalgia y renovadas expectativas. Parecidos sentimientos a los que hoy vivencia nuestra generación.

El nuevo siglo XX avanzaba carente de la espectacularidad cíclica que algunas creencias y culturas asignan al cambio de centurias, pero sin poder ocultar la mal contenida emoción de finalizar una etapa y emprender una nueva jornada. Aclaro que, por entonces, se consideraba que el siglo empezaba con el primer segundo del año 1901. Por esto, a mediados de su diciembre, aquellas mujeres de encajes y capelinas, esos hombres de levita y sus niños de trajes marineros, protagonistas del siglo en retirada, seguro contaría cada día que faltaba para observar la primera alborada del nuevo almanaque secular.

Por entonces, la República Argentina, protagonizaba un desarrollo espectacular y encandilaba a hombres de todas las latitudes con las oportunidades de progreso que ofrecía. Más aún, se perfilaba como uno de los grandes estados de Occidente. Había dejado atrás las turbulencias sociales propias de la crisis económica del ’90, el llanto por los muertos en las recientes epidemias de cólera y fiebre amarilla y el peligro de los malones eran ya un mal recuerdo, al igual que el salvajismo inicuo de las guerras civiles. Por fin, después de tantas amarguras el destino parecía sonreír a nuestra Patria.

El mundo entero ingresaba al siglo XX con un espíritu renovado, ilusionado, confiando en que el progreso desterraría muchos males. Muy pronto, el optimismo innato de la belle epoque vería que las limitaciones humanas desnudarían su bucólico barniz para sepultar a la Humanidad en la dura realidad de tres guerras mundiales de violencia inconmensurable; dos que se traducirían en el fragor de la metralla hasta llegar al horror del fuego atómico (Hiroshima, 1945) y otra, que se consumiría en el frío de las ideologías antagónicas. Así, el hombre empezaría a entender que el progreso sin un avance moral que lo sostenga y aliente, es como los fuegos de artificio que ganaron los cielos en aquella noche finisecular.

El diciembre de 1901 fue ocasión para esperar con espíritu libre la primera mañana del siglo. Como es lógico, tanto como lo fue para los saludaron la llegada del tercer milenio, los hombres y mujeres de aquellos días pensarían de qué manera testimoniar sus emociones. Por supuesto que no existían las actuales posibilidades de manifestarse, por lo que la fiesta sería poco menos que un acontecimiento para celebrar en familia y con amigos, acaso con formales bailes convocados por los poderosos en sus castillos y otros, más populares en algunas plazas.

A la sazón gobernaba las tierras argentinas Julio A. Roca, el militar tucumano que llegara al generalato en un campo de batalla a sus 31 años y que ocupó dos veces el “sillón de Rivadavia[1]”. La historia no conservó los intercambios de opiniones entre nuestros dirigentes sobre cómo debía celebrar el acontecimiento en la esfera institucional. La de entonces no era la misma forma en que se vive hoy, ni tampoco la que correspondió al año 2000. Vale como ejemplo que el hoy tradicional medio feriado del 31 de diciembre no existía, era un día de trabajo, como cualquier otro.

Fue una verdadera sorpresa que investigando otro tema di con un olvidado decreto del Poder Ejecutivo Nacional fechado el 26 de diciembre de 1900. Las sensaciones que despertó en mi espíritu me impulsaron a compartirlas y, en vísperas del advenimiento del siglo XXI, motivaron estas líneas en su versión primigenia.

La norma llevaba la firma del presidente y las de todos sus ministros. El texto es breve: tras declarar feriado al último día del siglo XIX (considerado entonces como el 31 de diciembre de 1900) disponía que, en todas las fortalezas, buques de guerra y edificios públicos se mantuviera enarbolada la Bandera nacional y que una salva de 101 cañonazos despidiera el último Sol de la centuria y saludara el amanecer del astro rey en el primer día del siglo XX. Aclaro que el ceremonial marino prescribía este elevado número de salvas como el máximo honor que puede rendirse[2].

Más allá del curioso hecho asombrará saber que conforme a lo ordenado, en aquella noche tan especial la Bandera nacional no se recogió, permaneció izada en el frescor estival del aire nocturno; cual testigo expectante de la perennidad de la Patria y símbolo visible a todos sus hijos de los derroteros históricos seguidos por el pueblo argentino. Fue así que aquel vexilo, enarbolado por primera vez por el Manuel Belgrano en el atardecer del 27 de febrero de 1812, para evidenciar el surgir de una nueva nación, fue mudo testigo del término de un siglo plagado de esfuerzos titánicos y del comienzo de un período, pletórico de esperanzas. Parecía que aquella Bandera fuera capaz de sintetizar las vidas de todos los argentinos que habían contribuido a forjar el país y la emoción de aquellos que trasmitían el sentir de la nacionalidad a las nuevas generaciones.

La del 31 de diciembre de 1900 fue entonces, una noche muy especial en donde, contra todas las usanzas del Ceremonial (que manda arriar la bandera durante las horas de oscuridad[3]) se juzgó que el lábaro celeste y blanco, izado al tope del mástil sería un verdadero símbolo de la continuidad histórica de nuestra nación para recibir los días del porvenir.

Tan interesante como lo mandado por ese decreto son sus fundamentos que se plasmaron en pocas líneas con una tinta desvaída ahora por el tiempo. Cual si fuera una oración de acción de gracias al Todopoderoso decían aquellos hombres que lo firmaron:

“(…) que es un deber moral solemnizar el último día del siglo XIX, en cuyo transcurso Dios ha querido colmar a la Nación Argentina de grandes beneficios, tales como la emancipación y la organización pública sobre la base de las instituciones libres; la posesión real de sus vastos dominios territoriales; la prosperidad económica y la cultura intelectual y moral; la paz externa e interna; que son algunas de las grandes conquistas de nuestra civilización”.

Es un texto simple, agradecido, emocionante. Sintetiza el esfuerzo de los grandes hombres y mujeres argentinos del siglo que pasaba, de aquellos cuyos nombres la Historia guardó como, San Martín, Belgrano y muchos otros, pero también de quienes solo Dios conoce su identidad. También quedó plasmado el enorme contenido de las mayores empresas que acometió nuestra Patria desde el alba del Sol de Mayo hasta culminar el gran proyecto social a que dio lugar la Constitución de 1853, donde Argentina enterró la lanza y el sable para emerger a través de las leyes y la justicia.

La Bandera Nacional en el Monumento que la honra

Imbuido de los mejores sentimientos envié una colaboración al diario “La Capital” de Rosario[4], cuya redacción dispuso publicar como una nota de opinión en su edición del 24 de noviembre de 1999. Llevó como título “Cuando nuestra Bandera dialogó con las estrellas”. En aquel entonces cerré mi artículo con las siguientes palabras:

En este fin de siglo los argentinos de hoy quizás nos sintamos tentados de anotar muchas cuentas en el debe de nuestra historia personal y social. Sin embargo, quizás debamos emular a aquellos de nuestros mayores que aguardaban el siglo XX dando gracias a Dios por lo logrado, sin claudicar con las responsabilidades que tenían entre manos de cara a un futuro que ya era realidad. Como en aquél entonces sería deseable que nuestras autoridades pudieran recrear el símbolo notabilísimo de aquella noche finisecular en que nuestra Bandera nacional permaneció izada para guiar a sus hijos en el ingreso a un nuevo siglo y testimoniar esfuerzos y esperanzas en muda una oración que nuestra patria tributa al Creador. Junto a El, Belgrano asentirá satisfecho y sin dudas que intercederá por nuestra Patria, quién supo testimoniarlos con su pensamiento y con sus obras marca un ejemplo a seguir por todos argentinos”.



Para mi gran sorpresa y mayor satisfacción así ocurrió. El entonces Intendente Municipal de Rosario, Dr. Hermes Binner[5], leyó la nota y con su espíritu sensibilizado, entrenado en saber interpretar el valor de los símbolos y dispuso que la Enseña patria que cada día luce en el Mástil Mayor del Monumento Nacional a la Bandera[6], permaneciera izada durante aquella noche en que el siglo XX dio paso al que hoy protagonizamos. Fue entonces que “nuestra Bandera dialogó con las estrellas".

Dr. Hermes Binner

Nota: sirva el presente de expreso reconocimiento al Dr. Hermes Binner en el sexto aniversario de su ingreso a la trascendencia de la finitud humana.


[1] En Argentina se usa esta expresión para señalar la Presidencia de la Nación en alusión al sitial que simbólicamente usó su primer presidente, Bernardino Rivadavia entre 1821 y 1827. Roca (1843-1914) ocupó esta magistratura de 1880 a 1886 y de 1898 a 1904.

[2] En la Antigüedad se practicaba como demostración de quedar desarmada la nave que disparaba, lo que implicaba reconocer la autoridad del referenciado, sea una nación, una ciudad, un monarca u otra autoridad. 

[3] El arrío de un vexilo en horas de la noche es una pauta universal. Solo se admite su permanencia en los casos que pueda visualizarse iluminada en forma artificial o, por razones excepcionales como las que se relaten en esta nota, en algunos lugares de especial significación, durante una guerra o en condiciones de catástrofes.

[4] El principal periódico de la ciudad, considerado “decano de la prensa argentina”, ya que se fundó el 15 de noviembre de 1867.

[5] Nació en Rafaela el 5 de junio de 1943. Proveía de una familia de inmigrantes, originaria del cantón de Valais (Suiza). Se graduó como médico, en la Univ. Nacional de Rosario, y en esta condición implementó un moderno sistema sanitario en la ciudad. Fue el primer intendente socialista que tuvo Rosario. Más tarde gobernó la provincia de Santa Fe, entre el 2007 y el 2011. Falleció en Casilda, el 26 de junio de 2020.

[6] Para conocimiento de los lectores que no sean argentinos: este memorial se erige en el preciso lugar donde se izó por primera vez la Bandera Argentina, en la hoy ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Se inauguró el 20 de junio de 1957. Es un verdadero ícono histórico y emocional en el sentir del pueblo argentino.

miércoles, 8 de julio de 2026

El pueblo llano declara la independencia argentina

Notable visión de Léonie Matthis 

"La declaración de la independencia" (Léonie Matthis)

Por Miguel Carrillo Bascary

Cuando faltan registros de imágenes de hechos históricos es lógico que se busque recrearlos imaginando cómo pudo ser ese pasado. El objetivo admite una perspectiva personal pero también la de un colectivo social. Dicho esto creo que coincidiremos en reconocer que si hay un hecho fundacional en la Historia Argentina es, precisamente, la declaración de la independencia.

Para ilustrar a los numerosos lectores de otras nacionalidades, es preciso señalar esto ocurrió el 9 de julio de 1816, culminando un proceso que convencionalmente se inició el 25 mayo de 1810, cuando el virrey hispano fue removido por un cabildo popular reunido en la ciudad de Bs. Aires. El día de la emancipación los delegados de las Provincias Unidas, previamente electos por los cabildos locales, se reunieron en la norteña ciudad de San Miguel de Tucumán, donde firmaron el trascendental documento por el que se proclamó la independencia, tanto del rey de España como de “sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera[1]”.

No quedó un registro suficiente de ese crucial momento, existe una versión abreviada de sus debates, recogida en el periódico oficial “El Redactor del Congreso[2]”, oficios, correspondencia y retazos de recuerdos consignados en las memorias de sus protagonistas; por esto los historiadores solo pueden reconstruir los acontecimientos de aquella hora con pálidos rasgos. En punto a verificar imágenes, es mucho más lo que se infiere, que lo que consta en concreto. Cuando décadas después, a comienzos del siglo XX, los argentinos quisieron recrear esos momento, se encontraron ante el dilema que planteaba la falta de información suficiente. Los artistas que encararon la tarea avanzaron con la mejor buena voluntad, pero sus limitaciones compusieron una visión que persiste hasta la actualidad.

Más allá del subjetivismo de aquellos memoriosos, hoy subsiste en concreto un elemento material que nos aproxima al trascendental evento del 9 de julio. Es su ámbito físico al que, con toda propiedad, se conoce como la “Casa Histórica de la Independencia[3]”. Lo peculiar es que no se trata de la original, sino de la reconstrucción que se realizó entre 1942 y 1943 sobre los cimientos de su planta. Una providencial fotografía obtenida en 1869 por el fotógrafo italiano Ángel Paganelli (1838-1925) preservó su aspecto original que coloreada con IA[4] así se nos muestra:

Con un equívoco criterio la casona fue prácticamente demolida en 1902 y solo se guardó el salón donde propiamente ocurrió la declaración, se preservó encerrado en un templete que se inauguró en 1904.

El "Salón Histórico" contenido en el templete (1904-1942)

En realidad son las dos habitaciones cuya pared medianera se demolió en 1816 para componer el recinto de sesiones. En la tarea reconstructiva se emplearon materiales extraídos de construcciones datadas hacia fines del siglo XVIII.

Desenterrando los cimientos

Vista panorámica, la flecha señala el "Salón de la Independencia"

Condujo el proyecto el arquitecto e historiador Mario José Buschiazzo (1902-1970). La rehabilitación se concretó en un solemne acto, el 24 de septiembre de 1943, día en que se conmemoraba el triunfo del general Belgrano en la batalla de Tucumán que salvó la revolución en el Río de la Plata. Desde entonces, se revaloró como uno de los hitos históricos fundamentales para la nacionalidad argentina[5]. Hoy es sede el “Museo Nacional de la Independencia”, propiedad del gobierno central.

Su fachada en la actualidad

Las visión de los artistas

Son escasas las composiciones de aquel 9 de julio cuando el fervor del momento dio a luz la soberanía de la Patria bajo la forma de las “Provincias Unidas de Sudamérica”, como constó en el documento de la declaración. Este puñado de intentos permite que los argentinos se asomen a lo acontecido pero, por deficiencias en la información histórica, las representaciones contienen gruesos errores que, sin embargo, pasan desapercibidos, aún a los docentes y divulgadores del pasado.

En vísperas del 210º aniversario del día en que se declaró la independencia de la hoy República Argentina, quiero referirme a una sola de aquellas imágenes, precisamente la que cuenta con menor difusión de entre las más conocidas. Está contenida en un sobrio marco dorado a la hoja, que se muestra en el Museo Histórico Provincial “Presidente Nicolás Avellaneda[6] que se referencia como ejecutada “hacia 1930”, fue una donación de Miguel Alfredo Nougués[7]. Durante el 2025 fue puesta en valor y constituyó principal elemento de una muestra.

Durante los trabajos

Patio del Museo "Nicolás Avellaneda"

Es de pequeñas en dimensiones, y se expresa en cuidadosos detalles. Fue concebida por manos de mujer, una artista cultivada que tuvo la percepción de asesorarse adecuadamente para dejarnos el testimonio de su visión y sentir sobre aquel día tan memorable.

Me refiero a la señora Léonie Matthis, a quien el autor de esta nota rinde emotivo homenaje en su rol de discípula de Atenea y de Kora[8]; más adelante aporto algunas referencias sobre su vida.

Comentarios sobre la obra

El observador no advertido podría creer que Matthis buscó un peculiar ángulo para su composición y que ésta solo tuvo por objetivo mostrar el histórico momento pero, si se analiza con detenimiento, se descubrirá una serie de elementos simbólicos que evidencian una profundidad conceptual de notable factura tanto desde lo histórico como de lo jurídico-político, lo que se irá develando en las próximas líneas. 

Léonie muestra el recinto en que deliberó el Congreso a través de su puerta lateral, como si el observador fuera una persona del pueblo interesada en el evento pero que, al mismo tiempo, no participa físicamente de la crucial decisión. El recurso de emplear un pórtico para presentar sus creaciones fue empleado reiteradamente por Matthis, como puede verse con respecto a otros temas[9]:

“Arco de Cobija, Potosí” (sin data)

“Las modistas” (sin data)

“Casamiento colectivo en San Ignacio Mini” (Misiones, 1935)


Dos aspectos del Cabildo de Montevideo (sin data)

Volvamos hacia el motivo que nos ocupa. En la representación de “La declaración de la Independencia”, son notables las gruesas paredes coloniales de la habitación y su gran puerta de dos hojas, labradas con hachuela, y pintadas de color azul, como fue en origen, según testimonios recogidos por la tradición. Su vano da marco a la ocasión que se desarrolla en el interior; el dintel, duplicado por efecto de su anchura, aporta profundidad a la escena central. Su curvatura contrasta lo recto del umbral, en cuya altura contiene la firma de la autora, con lo que destaca notoriamente, trascendiendo del lugar habitual donde los pintores dejan su impronta, en el ángulo inferior izquierdo. En definitiva puede verse aquí un gesto muy particular de Matthis, que muestra su personalidad e independencia de criterio, acorde al tema de la obra que realiza.

Ya dentro del histórico salón, trasponiendo la abertura, se reitera el solado inicial, formado por grandes lajas irregulares. Este detalle, aparentemente sin mayor significado, anticipa un carácter que se revelará más adelante cuál es que el pueblo, titular de la soberanía en ciernes, se representa en el derrotero que da base al conjunto, y avanza en la decisión mediatizado implícitamente por el principio de representación, corporizado en el umbral que condiciona su marcha.

Las paredes del recinto lucen despojadas, austeras, excepto por el detalle de un espejo, de regular tamaño, ubicado en la línea de fuga, sobre el fondo, junto a la mesa que, dotada de una cubierta roja, oficia de presidencia. Una puerta lateral y la gran ventana se abren hacia el interior de la habitación, mediando con el primer patio de la casa, donde según la tradición se apiñaban los curiosos deseosos de conocer la deliberaciones. La techumbre, formada por típicas cabriadas, se corresponde al original preservado, del que pende una araña estilo Imperio, único lujo del lugar, tal como previsiblemente pudo encontrarse en una casa de distinción, propia de la época.

A los congresales Matthis los presenta sin rostro, lo que responde a la escala del conjunto aunque, en mi entender, esta omisión contiene un mensaje oculto. La falta de diferenciación expresa la sumatoria de identidades de todo un pueblo, conformando un conjunto impersonal, abarcativo, que el 9 de julio de 1816 asumió la responsabilidad de dar nacimiento a una nueva nación. Los personajes muestran una gran variedad de vestimentas, aunque destacan tres con hábitos clericales (once diputados eran de esta condición, entre los dieciocho restantes hubo comerciantes, militares, y hombres de otras profesiones). 

Detalle de la obra en comentario

Las prendas son polícromas, como pudieron ser las que llevaban aquellos. Su ubicación, corridos hacia la izquierda del salón, es la conveniente para destacar el espacio central y la ya citada mesa de presidencia. La mayoría de los partícipes están de pie, evidenciando un acalorado debate, propio de la alta decisión que protagonizaban, sus brazos derechos se elevan, captados en el momento de votar la proclama. Se observan algunas pocas sillas[10], vacías, en consonancia con la exaltación propia del momento. La perspectiva general otorga un particular dinamismo a la composición y permite eludir la ingenua opción de emplear un molde rígido, basado en la simetría, como ocurre con una obra similar debida a Francisco Fortuny, datada en 1910:

Si comparamos la composición de Matthis con otras que intentan recrear el momento[11], sobresale la falta de todo elemento en el frontis de la habitación, tales como escudos o banderas, posiblemente el error más evidente en que incurrieron otros artistas, toda vez que el Congreso no empleaba el blasón que oportunamente había adoptado la Asamblea General de 1813 y que el Congreso recién aprobaría la bandera nacional el 20 de julio de 1816, por lo que es anacrónica su presencia en el acto del día 9, tal como lo propone Fortuny.

Esta ausencia de un atributo simbólico en la propuesta de Matthis es muy significativa, señala lo que en Derecho se conoce como el ejercicio de la soberanía originaria, en tanto que la independencia no deviene de una autoridad anterior, como pudo ser la Asamblea del Año XIII. Más aún, tampoco se ve al Crucifijo que, según la tradición estuvo presente, pero colocado sobre la mesa, con esto Léonie indica que la decisión emancipadora no tuvo origen divino, como aún planteaban las doctrinas políticas de aquél entonces. Tampoco se advierte al congresal que presidía el debate lo que sería deliberado, en mi entender. Considero en suma que con estas omisiones Matthis buscó destacar el protagonismo absoluto del pueblo, bien que a través de sus representantes.

Concluyendo

Además de sus valores netamente artísticos, la obra Léonie Matthis posee connotaciones evidentemente democráticas, donde destaca el principio de representación del pueblo en sus diputados. En esto radica su originalidad.

Por lo demás los detalles relativos a la arquitectura, la ornamentación y a la vestimenta se corresponden con las referencias históricas de aquel momento único en la historia de nuestra nacionalidad. Matthis, no sustituyó la realidad de 1816 con su propia visión, se apoya en el asesoramiento que previamente había obtenido de quienes estaban calificados para aportárselo, como se explica más adelante.

Sobre Léonie Matthis

Autorretrato

Nació en Troyes (región de la Champagne, Francia) a orillas del Sena, en 1883. Desde niña reveló sus dotes, hasta el punto en que fue de las primeras mujeres aceptada en la Academia de Bellas Artes de París[12] cuando apenas tenía 15 años. Entre sus mentores se cuenta a Jaques Ferdinand Humbert (1842-1934) y Pierre G. Gusmán (1862-1941).

“Calle de Troyes”, 1911

Pudo captar variedad de realidades en sus viajes por España y Marruecos. En este trance expuso en Granada, donde su padre tenía intereses, ahí conoció a Francisco Villar, natural de Oviedo, a quien su familia había llevado de niño a la Argentina, donde se inició en el arte, ya contaba con amplio reconocimiento en la pintura y luego se destacaría como retratista. Léonie y Francisco contrajeron enlace en la parroquia de Nuestra Señora de la Merced, en Bs. Aires, el 30 de septiembre de 1912 y fijaron su hogar en Turdera (provincia de Bs. Aires). La pareja llegó a tener una hija mujer y 7 varones[13], por lo que el último fue apadrinado por el entonces presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear, según una arraigada costumbre de la época[14]. En contraste con la bohemia del ambiente artístico Léonie cultivó una marcada dedicación a su familia, hasta el punto que su faceta doméstica molesta a las actuales vanguardias del género.

“En la quinta”, 1918-1919

Ya en Argentina, comenzó a exponer desde 1912, pero las puertas del reconocimiento se abrieron para Léonie cuando en 1919, ganó el primer premio para extranjeros en el “Salón Nacional de Bellas Artes[15]”, que mereció su umbroso y apacible óleo “En la quinta”. En esta ya se advierte el “tema de los portales” que caracteriza a la recreación histórica en comentario. Una impronta que parece haber tomado de uno de maestros Pierre Glusman.

Matthis expuso regularmente, tanto en salones y galerías de Argentina como en el exterior (Francia, España, Uruguay, Bolivia y Perú), más de 40 en forma individual. Paralelamente contaba una corte de alumnas que la endiosaban, contribuyó a ello el aura que le daba su nacionalidad francesa, en un ambiente donde este origen era sinónimo de refinamiento y cultura. Sus vínculos sociales también la llevaron a realizar numerosos retratos, lo cual resulta poco conocido ya que en su mayoría permanecen en el seno familiar de sus modelos. La labor de Léonie fue permanente, incansable, se le asignan más de 2.000 obras[16], comprendiendo bocetos, ensayos y producciones menores; muchas se encuentran hoy en colecciones particulares. Unas 200 versan sobre temática histórica.

Hacia 1920 Matthis comenzó con la etapa de su arte en que sobresale, la recreación histórica. Para esto tuvo la lucidez y humildad de buscar el asesoramiento de algunos de los grandes estudiosos del pasado argentino, como Ricardo Levene (fundador de la Nueva Escuela Histórica y miembro de número de la Academia Nacional de la Historia), el jesuita Guillermo Furlong (quien la ilustró sobre la dimensión religiosa que Léonie aborda en muchas de sus obras), Enrique Udaondo (fundador del Museo de Luján), el escritor costumbrista Leopoldo Lugones, los arquitectos e historiadores Mario Buschiazzo (quien reconstruyó la “Casa Histórica de la Independencia”, entre sus numerosos méritos), Martín Carlos Noel (una de las luminarias del movimiento americanista neocolonial), los coleccionistas de arte Guillermo H. Moores, Alejo González Garaño y otros como estos. También abrevó en archivos, museos y bibliotecas para documentarse lo más posible. Además, procuró viajar hacia lejanas regiones para empaparse de los ambientes físicos que compondrían sus temas. Estos vínculos resultaron esenciales para legitimar su actividad artística, que se expresa a partir de 1923 con la serie "Buenos Aires antiguo y moderno" (galería Witcomb), donde resalta la denominada "Historia de la Patria a través de la Plaza de Mayo[17]", un verdadero tesoro plástico y testimonial, también en las mayólicas que lucen en el subterráneo de Bs. Aires (estación “Plaza Italia”, Línea D). A lo largo de su vida compuso otras series notables sobre el pasado americano, como "Evocaciones del pasado, “Salta y Jujuy" e "Invasiones Inglesas”.

Muchas de sus obras decoraron los libros de textos que utilizaban los escolares de la época, aunque en ellos no suele hacerse constar su autoría; una omisión que daría tema a mayores consideraciones.

Así lo hizo, en una época donde las comunicaciones no resultaban fáciles y en que las obligaciones familiares le imponían muchos condicionamientos. Léonie recorrió el país en procura de captar la esencia del paisaje y de sus gentes, como medio para remontarse en el paso de los acontecimientos que se proponía captar. Las ruinas de las Misiones Jesuitas, el litoral del Paraná, los cerros y planicies del Norte, la vieron transitar tomando apuntes y realizando bosquejos.

“Iglesia matriz de Rosario” (Museo Histórico “Dr. Julio Marc”, Rosario)

Pese a lo expuesto, Léonie no se propuso “fotografiar” el pasado que rescataba su pincel, sus mismos trazos, sin definición en detalle, poseen reminiscencias oníricas antes que documentales. Durante una conferencia ella misma manifestó “He sido espectadora de muchos episodios lejanos”.

En el catálogo de una reciente muestra retrospectiva[18] que le estuvo dedicada, el director del Museo Nacional del Cabildo, Horacio Mosquera, abrió la presentación citando a la autora, quien se expresó en una definición acorde a toda su producción en la materia, cuando afirmó:

El objetivo de mi vida ha sido la reconstrucción y evocación del pasado a través de la pintura. Pero para hacerlo es necesario el estudio y la investigación. Todo esto requiere años de trabajo y una constancia enorme”.

Por su parte, la experta Clara Sarsale[19] dice de Léonie:

"Pintaba con acuarela usando una técnica similar al óleo llamada gouache, que consiste en realizar varias capas con pinceladas con acuarela opaca, y plasmar los colores claros y luces con blanco. Cuando se seca, los colores ofrecen una tonalidad clara de aspecto opalino. En su paleta priman los colores cálidos, claros y luminosos, y sus trazos logran dotar al paisaje de movimiento y vida".

Durante el último período de su vida su pintura buscó la trascendencia volcándose a escenas religiosas, templos e imágenes sacras. Léonie Matthis falleció el 31 de julio de 1952, en Turdera, partido de Lomas de Zamora, provincia de Bs. Aires, donde había establecido su hogar.

Desde la perspectiva del hoy, al contemplar la trayectoria de la artista y sus grandes méritos, particularmente en la pintura histórica, destacan la voracidad de los coleccionistas por sus producciones y el interés del público actual atraído por el aspecto moderno de sus pinturas y su colorido.

Paralelamente no puedo dejar de señalar un aspecto en que me animaría a coincidir con Georgina Gluzman[20]:

La carrera de la artista (…) ha sufrido un proceso de ocultamiento que se origina en las bases patriarcales de la disciplina.

Eso sí, no creo que tal ocultamiento haya sido perverso, sino inconsciente, propio del momento de la cultura de entonces. 


(*) Agradezco expresamente la información aportada por la Señora Graciela Rodríguez, presidenta de la Asociación Sanmartiniana de Tucumán, y por la Prof. María Isabel Heredia, directora del Museo Histórico  “Nicolás Avellaneda”.

[1] Texto completo en https://www.educ.ar/recursos/adjuntos/descarga/24243/acta-de-la-independencia-de-las-provincias-unidas?disposition=inline A lo que el 19 de julio se agregó lo de “toda otra dominación extranjera”.

[2] Se editó entre 1816 y 1820, durante la actuación del Congreso, fue su director el sacerdote y periodista Antonio José Valdés. Versión on line: https://ia601605.us.archive.org/21/items/3649770_1816/3649770_1816.pdf

[3] Se declaró como “monumento histórico nacional” por Decreto Nº98.076/1941. En ella sesionó entre marzo de 1816 y enero de 1818 el Congreso General que debía tratar sobre la independencia y dictar una constitución. Con el paso del tiempo la construcción cayó en decadencia. Supo servir de archivo, fue sede del correo, del juzgado federal y muchas de sus habitaciones se alquilaban a terceros. 

[4] Trabajo de Alejandro Grosse, para el periódico “La Gaceta” de Tucumán.

[5] Los otros son el Cabildo y la Plaza de Mayo, en Bs. Aires, el Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario y, a partir de aquí pueden sumarse otros más, según diversas perspectivas.

[6] Es el principal museo de la provincia de Tucumán que está cumpliendo cincuenta años de su creación (Ley Nº4.500, 1976). Ocupa la que fuera residencia del gobernador, José Manuel Silva (1776-1848), en calle Congreso 56. Se construyó en 1836 y fue la primera casa de dos plantas que hubo en la ciudad. La provincia la compró en 1957  https://enteculturaltucuman.gob.ar/museo-historico-provincial-presidente-nicolas-avellaneda/

[7] Nació en Bs. Aires en 1910 y falleció en 1988. Presidio el directorio del ingenio “San Pablo” perteneciente a su familia y tuvo un activo desempeño en el ámbito empresarial, en el que acompañó a Enrique Shaw en la fundación de la “Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa”. También destaca su perfil de dirigente de la “Acción Católica”. Su donación al Museo “Avellaneda” comprendió una importante colección de documentos antiguos y otras piezas de arte.

[8] Kora es la protagonista un mito corintio quien, en la noche anterior a la partida de su enamorado a la guerra, delineó su perfil con un carbón sobre la luz que una lámpara proyectaba sobre una pared. Para felicidad de su hija sobre este diseño su padre ¡, Butades, legendario alfarero de Sicion, modeló en arcilla la cabeza del joven.

[9] Además, en: “Capilla de Victoria, San Fernando, Buenos Aires” (1945), “Primer Patio, Casa de la Moneda, Potosí, Bolivia” (1941) “Casamiento colectivo,

[10] Este mobiliario fue representando tomando como modelo aquel que se preserva en el templo de San Francisco, el que según la tradición oral fue cedido a los efectos del Congreso.

[11] Entre ellas se cuentan las de Jorge Roux, Salvador Mayol, Antonio González Moreno y la del ya citado Fortuny.

[12] De hecho, se registra como la quincuagésima, no la primera como se indica en algunas reseñas.

[13] Sus nombres: Miguel, Francisco, Lucio, Inés, Jaime, Jorge, Federico, Rafael y Marcelo, quienes en diversas oportunidades la acompañaron en sus viajes.

[15] Este prestigioso ámbito tuvo su primera edición en 1911, desde el año 2000 se denomina “Salón Nacional de Artes Visuales”. Puede verse el catálogo correspondiente al año 1919 en https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/catalogo_salon_nacional_1919_combinado.pdf

[16] GUTIERREZ ZALDIVAR, Ignacio. Léonie Matthis. Ed. Zurbarán. 1992.

[17] En el Museo Histórico “Cornelio Saavedra” de la Ciudad Autónoma de Bs. Aires.

[19] Responsable del área de Desarrollo de Proyectos, Museo del Cabildo de Bs. Aires.

[20] Léonie Matthis (1883-1952): nuevas aproximaciones a una trayectoria artística transnacional. https://www.researchgate.net/publication/408144764_Leonie_Matthis_1883-1952_nuevas_aproximaciones_a_una_trayectoria_artistica_transnacional