martes, 8 de julio de 2025

1816 - Nacen las "Provincias Unidas de Sudamérica"

Evolución de sus símbolos

Monumento a los héroes de la Independencia (Humahuaca, Jujuy)

Por Miguel Carrillo Bascary
 Introducción

El 9 de julio de 1816 el Congreso General reunido en la ciudad de San Miguel de Tucumán, en el ya caduco Virreinato del Río de la Plata, proclamó la independencia de las “Provincias Unidas de Sudamérica”.
Esta designación evidencia el objetivo de aquellos hombres, anhelaban una gran nación americana, quizás con capital en el Cuzco. Con el tiempo se comprobó lo ambicioso de un plan de tal dimensión; pero la designación persistió al menos hasta 1819, como consta en la constitución dictada ese mismo año y que, finalmente, no llegó a regir[1].
Aquellas “Provincias Unidas” fueron el antecedente del estado que hoy conocemos con los nombres de “República Argentina”; “Confederación Argentina” y también como “Provincias Unidas del Ríos de la Plata”, tal como consta en el artículo 35 de la constitución que la rige desde 1853.

El Congreso General sesionando en Tucumán

Las jornadas de Mayo, antecedente directo

El 25 de mayo de 1810 se formó en la ciudad de Bs. Aires, capital del virreinato del Plata, una junta revolucionara que implicó deponer al virrey Cisneros y comenzó a gobernar la jurisdicción invocando hacerlo en nombre del rey Fernando VII, prisionero de Napoleón. Sin embargo eran evidentes los afanes independentistas de los revolucionarios que procuraron extender sus ideas a otras regiones. Por esos años afloraron también movimientos similares en toda la América española. Solo el Río de la Plata pudo resistir las fuerzas de la reacción hasta que, finalmente, se declaró su independencia plena, como quedó dicho.

Nuestra primera bandera

El 27 de febrero de 1812, el entonces coronel Manuel Belgrano (1770/ 1820), antiguo secretario de la Primera Junta de Gobierno, se hallaba en la pequeña población de la Capilla del Rosario (unos 700 hab.); comandaba la principal unidad militar criolla, el Regimiento de Infantería 5 (antigua “Legión de Patricios”, formada a fines de 1806 con motivo de las Invasiones Inglesas). La presencia de Belgrano en Rosario se explicaba en la necesidad de construir dos baterías que cerraran la navegación del río Paraná a los navíos españoles que depredaban las costas para llevar suministros a la ciudad de Montevideo, dominada por los españoles y sitiada por los patriotas.
Desde Rosario Belgrano consideró necesario identificar a sus tropas con algún distintivo en caso de trabar combate, por eso solicitó al Triunvirato gobernante que decretara una “escarapela nacional”; cosa que éste hizo, estipulando que fuera “de dos colores, blanco y azul-celeste[2].
Cuando todavía se procuraba ocultar los propósitos independentistas de los revolucionarios Belgrano bautizó a las baterías con los significativos nombres de “Libertad” e “Independencia” y, en ocasión de dejar habilitada esta última, el 27 de febrero de 1812, dispuso una formación militar y reunió a la población de la región, oportunidad en que izó una bandera a la que llamó “nacional”, era “blanca y celeste” (sin mayores referencias sobre su composición). Posteriores investigaciones y, sobre todo, a partir del testimonio pictórico del retrato que Francoise Casimir Carbonnier pintó a Belgrano en persona, durante su ocasional misión en Londres (1815), justifican interpretar que esa bandera fue blanca y celeste, en dos segmentos horizontales.

 Gráfico que expresa la derivación de la primitiva escarapela 
hasta llegar a la bandera izada en Rosario 
(Croquis diagramado por Miguel Carrillo Bascary)

Cuando contó con este emblema, es factible comprender que Belgrano considerara que había llegado la hora de que el gobierno patrio tuviera una bandera y, por directa correspondencia estimó que debía llevar los mismos colores que la escarapela.
Belgrano comunicó los hechos de Rosario al Triunvirato, considerando que se convalidaría lo actuado, pero no ocurrió así. El gobierno se hallaba en una delicada situación; todavía no había sido reconocido por ningún estado; lo amenazaba una gran expedición miliar que se preparaba en España y el ambiente internacional le era hostil por acción de las potencias europeas alineadas en la “Santa Alianza”; esto le obligaba a ocultar en lo formal sus aspiraciones de independencia.
En consecuencia el 3 de marzo de 1812 le cursó a Belgrano un oficio reprendiéndole por su acto inconsulto; le mandó que quitara la bandera que había mostrado en Rosario y que la sustituyera por la que entonces se izaba en el fuerte de Bs. Aires, es decir, la roji-gualda española que le correspondía como establecimiento fortificado dependiente de la Marina Real. Belgrano no llegó a conocer la orden; cuando el parte llegó a Rosario ya había partido hacia el Norte para asumir el mando del ejército que operaba en aquellas latitudes.

La bandera de Belgrano, públicamente legitimada

Juramento de la Bandera en Jujuy 
(no coincidimos con la imagen que el artista atribuyó a la bandera)

El 12 de mayo de 1812, el Triunvirato dispuso que fuera celebrada la formación del primer gobierno patrio (RN I, 167). Cada autoridad debía hacerlo con los medios que tuviera a su alcance.
Belgrano, que por entonces se hallaba en la ciudad de Jujuy intentando reconstruir el ejército bajo su mano, presentó la bandera que había creado en Rosario y que él suponía aprobada por el Triunvirato, fue el 25 de mayo de 1812. En la oportunidad la hizo bendecir y jurar por sus tropas, con gran solemnidad. Así lo informó por (oficio del 29 de mayo). En la perspectiva que nos da el tiempo podemos ver que el acto de presentar una nueva bandera y en la forma en que se hizo, era propio de un estado independiente.
Cuando el Triunvirato conoció los hechos reprendió severamente a Belgrano (oficio del 27 de junio) al que consideró un desobediente contumaz y le ordenó revertir lo actuado. La respuesta del prócer (oficio del 18 de julio) evidencia el gran impacto emocional que experimentó; aclaró que no había conocido la orden previa; se comprometió a deshacer la bandera y, que si fuera preguntado por ella, diría que la guardada hasta el momento de una hipotética y ciertamente lejana “gran victoria”.
Nada contestó el Triunvirato, con ello admitió tácitamente la disculpa de Belgrano, dando a entender que aprobaba el curso de acción que éste había expuesto. Considerando la proverbial honestidad intelectual del prócer coincidiremos que cumplió con su palabra y que “deshizo” esa bandera, aunque esto implicó que el Ejército quedó sin bandera. Cabe entender, también, que sus diversas unidades continuaron empleando las propias, o sea, las realistas, según lo dispuesto por las ordenanzas castrenses todavía vigentes.

La “bandera del Ejército”

Batalla de Tucumán, 24 de septiembre de 1812

Contra todo pronóstico, el 24 de septiembre de 1812 Belgrano obtuvo un categórico triunfo en la batalla de Tucumán, venciendo a la vanguardia realista, muy superior en número y armamento. La victoria implicó la supervivencia de la Revolución, literalmente. Una derrota hubiera precipitado una cruel represión, la muerte de Belgrano y la caída del gobierno patrio.
A fines de enero de 1813 el ejército belgraniano inició su avance hacia el Norte con el objetivo de liberar a Salta y a Jujuy y, eventualmente, proseguir en su accionar en el Alto Perú (actual Bolivia). En la oportunidad Belgrano hizo confeccionar una nueva bandera a la que llamó “del Ejército”. No sabemos con precisión cómo era su diseño, pero los eruditos mayoritariamente consideran que fue igual a la presentada en Jujuy el año anterior; no había ninguna razón para cambiarla. Se conserva la documentación relativa a su preparación (fechada el 25 de enero) lo que ratifica que la mostrada en Jujuy había desaparecido, conforme al compromiso que asumió el prócer ante el Gobierno.
Es preciso comprender la expansión espiritual de Belgrano cuando se vio reivindicado por los hechos; la “gran victoria” a la que aludió en su respuesta al Triunvirato se había concretado el 24 de septiembre, por lo que era natural que haya restablecido conceptualmente aquella bandera; aunque no pudiera serlo de manera material.

El 13 de febrero de 1813, en un paraje cercano a la actual ciudad de Metán (Salta), tras cruzar el río Pasaje, Belgrano hizo que sus tropas prestaran juramento de obediencia a la nueva autoridad nacional que se había constituido el 31 de enero en Bs. Aires, la Asamblea General Constituyente. Para esto organizó una gran formación militar que presidió la bandera de su ejército.
Esa misma enseña tuvo su bautismo de fuego en la posterior batalla de Salta (20 de febrero de 1813), brillante triunfo que deshizo al ejército español y que consagró a Belgrano como un general exitoso, lo que le mereció los mayores reconocimientos. En este contexto, el accionar de Belgrano en materia de la bandera no encontró ningún reparo, lógicamente.

Otras banderas en uso

Hacia 1812, la compleja situación política y la falta de definición del Gobierno en cuanto a los símbolos que debían usarse implicó que en muchos casos se siguieran empleando las banderas propias del régimen hispano. Esto era una verdadera incongruencia, pues los enfrentamientos armados se libraban al amparo de enseñas idénticas, particularizadas apenas con los atributos menores propios de cada unidad, tal como lo habilitaban las ordenanzas militares españolas.
El 27 de abril de 1813 un decreto de la Asamblea mandó quitar los escudos reales y oficiales de los lugares públicos pero, específicamente, refiriéndose a las armas del Rey, ordenó que permanecieran en uso las banderas y estandartes que las tengan (RN I, 210)
Tan anárquica situación determinó que muchos jefes militares dispusieran sobre las enseñas de sus unidades con amplia libertad. La mayoría tomó como referencia los colores adoptados por Belgrano el 27 de febrero de 1812. De esta manera surgieron diversos diseños pero el que tuvo mayor difusión fue el de tres franjas horizontales, celeste, blanca y celeste.
        Es significativo que el Estatuto Provisional que organizó el gobierno a partir de mayo de 1815 (RN I, 311) dispuso varias normas de nuestro especial interés. Ordenó que “La bandera de la Patria al tope de la torre del Cabildo” o casa del Alcalde (si no hubiera cabildo), era la señal de reunión de las milicias cívicas (art. VI, capítulo III, sección VI); que el sombrero o gorra del uniforme de los milicianos tuviera “las armas de la ciudad en campo azul y blanco” y que los no alistados, sólo llevaran el escudo (art. VIII, capítulo III, sección VI). Sobre las banderas, en concreto, mandó que las utilizadas por las unidades milicianas fueran “iguales a las del Estado, con la sola diferencia de ocupar el centro las armas de la Ciudad”. Lo expuesto merece ciertas consideraciones: la expresión “bandera de la patria” alude a la celeste, blanca y celeste, en tres franjas; como lo ha probado el historiador Eduardo Rosenkrants en su obra “La bandera de la Patria” (1988).

La “bandera del templo”

Reconstrucción difundida por Bustos Thames complementando 
una hipótesis previa diseñada por Francisco Gregoric

En la ciudad de Tucumán se preserva un ejemplar de las características apuntadas que perteneció a la escuela del convento franciscano de esa y que también fue usado públicamente para solemnizar las celebraciones patriotas a partir de 1813. Se lo conoce con el nombre de “la bandera del templo de San Francisco” y es el segundo ejemplar más antiguo de las enseñas usadas en los primeros años de la nacionalidad. Por más de noventa años se conservó encerrado en un pequeño marco vidriado, colocado en una pared lateral del altar mayor del templo. Hacia el 2014 fue retirada para restaurarla, lo que permitió verificar que estaba identificada con una leyenda adventicia.   
En 1970 el historiador Luis Cano probó acabadamente la antigüedad de esta verdadera reliquia; mientras que el investigador Juan Pablo Bustos Thames difundió interesantes detalles sobre ella en su libro “La bandera del templo de San Francisco” (2014).

La “Bandera Nacional de la Libertad Civil
  
La enseña histórica, tal como se conserva , y su imagen vectorizada, según la ley Nº27.134

Mientras tanto, la Asamblea General parecía encaminarse a declarar la independencia, adoptó una “marcha patriótica”, un escudo, mandó acuñar moneda propia y adoptó otras disposiciones en tal sentido.
Fue entonces que Belgrano intentó transmitir la orientación política del gobierno mediante un símbolo que pudiera ser comprendido por las masas. Aprovechando que el Cabildo de Jujuy le pidió prestada el lábaro del Ejército para solemnizar las “Fiestas Mayas” de 1813, resolvió crear lo que él consideraba que sería el emblema oficial del estado, la “Bandera Nacional de la Libertad Civil”.
Era enteramente blanca, quizás en el entendimiento que este color equivale al “plata” heráldico, referencia directa de las “Provincias Unidas del Río de la Plata”. Llevaba el escudo de la Asamblea pintado en su centro. A nuestro juicio, fue una proto-bandera, elaborada conforme a las usanzas vexilológicas de la época. El Triunvirato recibió el informe de Belgrano; no desaprobó la medida pero advirtió que era un tema que debía resolver la Asamblea, a la que remitió la comunicación. Como no se desautorizó su accionar es factible que el prócer interpretara que hubo una tácita y transitoria aceptación o, por lo menos, una significativa tolerancia. Sabemos que finalmente la Asamblea no logró su objetivo y que su actuación se diluyó en la coyuntura, sin llegar a declarar la independencia.
El apelativo que caracteriza a la nueva enseña la sindica como representación del “estado de derecho” o del “imperio de la ley”; esto es: que las autoridades deben cumplir su gestión de gobierno actuado de conformidad a la constitución y a las leyes, desterrando toda arbitrariedad. Consecuentemente representa, también, a los derechos humanos de los ciudadanos.
La insignia la entregó Belgrano al Cabildo de Jujuy, que actuó como representante de toda la población jujeña, que se vio reconocida así por sus sacrificios en la lucha emprendida. Todavía se conserva en Jujuy y en el año 2015 fue reivindicada como “símbolo patrio histórico”, de hecho como segunda bandera nacional (Ley Nº27.134), norma cuya iniciativa nos honró concretar.
  
Presentación de ambas banderas en el Cabildo de Jujuy
(fotomontaje de Joaquín Carrillo Castellano)

La forma de gobierno y el Congreso

Salón donde sesionó el Congreso, en Tucumán 

Volviendo a lo que acontecía en 1816, en el seno del Congreso se debatió intensamente la forma de gobierno del nuevo estado. La opción con mayores adhesiones fue la de  una monarquía constitucional coronando a un rey de origen incásico, pero no alcanzó el número de votos suficientes. También se consideró entronizar un príncipe borbón. De hecho, una minoría auspiciaba formar una república, pero se debatía si sería unitaria o federal.

La bandera de las “Provincias Unidas de Sudamérica”

Foto del frente de la casa donde se declaró la
independencia argentina (mediados del siglo XIX)

Tras declarar la independencia el Congreso debió definir cuál sería la bandera del nuevo estado. Los usos vigentes indicaban que las enseñas nacionales llevaran los blasones o atributos de las dinastías dominantes o cargas alusivas a la forma de gobierno adoptada.
Como esto no estaba definido se planteó una verdadera disyuntiva que se debatió durante varias jornadas. Como veremos, la solución fue de carácter práctico.
En la sesión del 18 de julio, el diputado porteño Juan José Paso (anteriormente miembro de la Primera Junta y del Triunvirato) pidió “que se fijase, y se jurase la bandera nacional”. Otro diputado por Buenos Aires, el muy activo Esteban Gascón (revolucionario principalísimo, con actuación en Chuquisaca) mocionó “que se diese orden para que no se usase otra, en los regimientos, buques, etc”; lo que se “apoyó suficientemente”; según el periódico “El Redactor del Congreso General”, órgano oficioso que difundía lo actuado por esa corporación [3]. En la sesión del día 20, Gascón insistió con su propuesta, pidiendo:
    “… se autorizase por un decreto la bandera menor del país, azul y blanca, que actualmente se usa, sin perjuicio de acordarse después la bandera grande nacional, según la forma de gobierno que se adoptase, cuyo decreto pidió también se circulase. Quedó aprobado por unánime acuerdo” [4].

Es claro entonces, que en dicha sesión se acordó establecer una “bandera menor”, postergando la definición de la “bandera grande” u oficial, hasta que, resuelta la forma de gobierno, se establecieran los atributos heráldicos que cargaría el paño. Cabe observar que si bien Gascón aludió al “azul”, el plenario del Congreso rectificó la ponencia e impuso el “celeste”. Así resulta de la transcripción del texto pertinente, algo que suelen "olvidar" quienes abogan por el "azul":
        “Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una Nación después de la declaratoria solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los ejércitos, buques y fortalezas en clase de bandera menor, ínterin, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la Bandera nacional mayor. Comuníquese a quienes corresponda para su publicación …Sala del Congreso en Tucumán, julio 24 de 1816. [Firman:] Francisco Narciso Laprida, Presidente. José Mariano Serrano, Diputado Secretario”.

En consecuencia, la bandera del joven estado fue celeste, blanca y celeste sin ningún elemento diferenciador.

Bandera menor de las Provincias Unidas de Sudamérica

Una discutida fecha bicentenaria

Algunos debaten si la bandera menor se aprobó en la sesión del 20 de julio o en la del 25, pero constatando la documentación de la época surge una conclusión absolutamente clara: la decisión se tomó en la jornada del 20.
Para llegar a esta conclusión es capital el oficio que el entonces presidente del Congreso, Francisco de Laprida, dirigió al titular del Ejecutivo nacional, el director supremo Pueyrredón. En el mismo consta: “En Sesión de 20 de julio presente ha expedido el soberano Congreso…” y sigue la transcripción del acta de la Independencia. La pieza lleva fecha 24 de julio y constituye la comunicación oficial del acta en cuestión, cumplida entre los dos órganos políticos del gobierno (RN I, 370). La consiguiente respuesta del Director fue datada el 13 de agosto de 1816.
Como quedó dicho, el 20 de julio se aprobó la bandera; pero aunque no lo menciona “El Redactor”, es evidente que el Congreso comisionó a su secretario, el potosino José Mariano Serrano, para que redactara con cierta tranquilidad el pertinente decreto. Considerando que la sesión había sido particularmente ajetreada, esta dilación prueba la importancia que se dio a la cuestión resuelta. Serrano cumplió su cometido y en sesión pública del día 25 se presentó y aprobó el texto del decreto reproducimos más arriba.

La jura de la Independencia

Proclamada la misma debió ser ratificada por los diferentes pueblos de las Provincias Unidas, así lo dispuso el Congreso; lo que se verificó en diversas fechas. En Bs. Aires, capital oficiosa del nuevo estado, se concretó recién el 30 de agosto, cuando la juraron las autoridades porteñas, al día siguiente lo hicieron  las tropas.
Un decreto fechado el 27 de agosto de 1816 (RN I, 374) subscripto por Juan Martín de Pueyrredón, en su cargo de Director Supremo, ordenó diversas celebraciones para acompañar la lectura del "Acta de la Independencia" y su posterior juramento. En ese trance ordenó que se debía mostrar el “Pabellón Nacional” (art. 5), que luego se “batirá ante el pueblo (art. 7); además, el presidente del Cabildo debía desfilar portando la “Bandera Nacional” (art. 3). La enseña aludida con tales palabras debió ser, lógicamente, la celeste, blanca y celeste, en horizontal que había ordenado el Congreso.

La “bandera vieja” y la “bandera nueva”

En la significativa fecha del 24 de septiembre de 1816 en que se recordaba el segundo aniversario de la gran victoria de Tucumán, el general Belgrano, al mando del Ejército Auxiliador del Perú acantonado en esa ciudad, dispuso que la enseña que identificaba a este cuerpo militar fuera sustituida por la “bandera nueva”. Esto es, la que había aprobado el Congreso. Para esto, ordenó una ceremonia solemne donde se bendijo a esta última, mientras que a “la bandera vieja” la depositó “a los pies de la imagen de “Nuestra Generala María Santísima de las Mercedes” (sic), en el templo que le estaba dedicado.
Es pertinente transcribir las palabras que Belgrano empleó en su proclama, ya que evidencian perfectamente el espíritu de aquél entonces:
    “Soldados. Una nueva bandera del ejército os presento, para que, reconociéndola sepáis que ella ha de ser vuestra guía y punto de reunión, la que acabo de depositar a los pies de nuestra Generala, María Santísima de las Mercedes, sirvió al mismo efecto mientras tuve el honor de mandaros.
        No la perdáis de vista en ningún caso; sea prospero o adverso, pues donde ella estuviere allí me tendréis.
Jurad no abandonarla, jurad sostenerla para arrollar a nuestros enemigos y entrar triunfantes, rompiendo las cadenas que cargan nuestros pueblos hierros.
         La América y la Europa os miran: que vean el orden, la subordinación y disciplina que observáis y al fin admiren vuestros trabajos, vuestra constancia y vuestro heroísmo, como lo desea vuestro general.” [5]

Por los mares del orbe

Fragata “La Argentina”, circunnavegó los mares al mando de Bouchard

La guerra por la independencia se había extendido a los mares, las “Provincias Unidas” concedieron numerosas patentes de corso. Entre los antecedentes que certifican el uso de la bandera celeste, blanca y celeste, se pueden mencionar las “instrucciones reservadas” que el Gobierno daba a los corsarios para regular su accionar [6]. Entre las más antiguas se conserva el texto de las impartidas por el director supremo Álvarez Thomas al comandante de la golea “Constitución”, Andrés Barrios. Su artículo 3º disponía: “Si se trabase combate, se tremolará al tiempo de él el pabellón de las Provincias Unidas a saber, blanco en el centro y celeste en sus extremos al largo”.
Años más tarde, el 25 de junio de 1817, el nuevo director supremo, Pueyrredón,  extendió otra patente y sus respectivas instrucciones a favor de Vicente Echevarría, armador de la fragata “La Argentina”, que fue capitaneada por Hipólito Bouchard [7]. En su artículo 3º mandaba combatir bajo el pabellón de las “Provincias Unidas de Sudamérica y lo describe también, como “blanco en su centro y celeste en sus extremos al largo”.
Bouchard tuvo un desempeño sobresaliente, digno de figurar en los anales de la historia marítima universal. En su campaña circunnavegó el mundo y protagonizó decenas de acciones de guerra contra España, entre las que incluyó la ocupación de Monterrey por el término de seis días (desde el 24 de noviembre de 1818) y el accionar en todo lo largo de la costa del Pacífico, desde California.
Bouchard y decenas de otros corsarios, entre los que se contó a Guillermo Brown y Luis Miguel Aury, difundieron la bandera celeste y blanca por todos los mares, hasta el punto que los patriotas centroamericanos identificaron sus colores con la idea de la Libertad; lo que determinó que las naciones a que dieron origen los tomaron como modelo de sus respectivos pabellones (Guatemala, El Salvador, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, al igual que los estados fallidos de Chiapas y Los Altos). Esta relación ha sido probada por el embajador Carlos Ferro en su libro “La Bandera Argentina inspiradora de los pabellones centroamericanos” (1970).

La “bandera con Sol”

Hacia 1818 el Congreso aún no había dictado la constitución de las “Provincias Unidas” y la forma de gobierno estaba lejos de poder definirse. El Congreso actuaba como un poder legislativo, mientras que el ejecutivo correspondía al director supremo, cargo que desde 1816 ostentaba Juan Martín de Pueyrredón [8].
Mientras tanto, a todo efecto, se continuaba utilizando la bandera tri franja. Fue a instancias del ministro de Marina, Matías de Irigoyen (1781-1839), que el 9 de enero de 1818 Pueyrredón solicitó al Congreso que se estableciera la “bandera mayor”. Lo hizo en los siguientes términos:
        “…se digne resolver la distinción que estime oportuna en el uso de las banderas de este estado, ordenándome cuáles sean las que deben tremolarse en las plazas, fuertes y buques de guerra del Estado y cuáles en los mercantes de la misma nación, pues en el día es solo una la que se usa con unos y otros, causando equivocaciones perjudiciales”.

El Congreso se expidió el 25 de febrero de 1818 aprobando el dictamen elaborado por el presbítero José Luis de Chorroarín, diputado por Buenos Aires. Dice esta comunicación:
        “En sesión de ayer 25 [de febrero] ha sido sancionado: “Que sirviendo para toda bandera nacional los colores blanco y azul en el modo y forma hasta ahora acostumbrados, sea distintivo peculiar de la bandera de guerra un sol pintado en medio de ella (RN I, 458)

Queda en claro entonces, que la bandera con Sol, era de privativo uso de las fortificaciones y buques de guerra; por correspondencia también lo fue de todo otro establecimiento del Estado; es decir que conforma la postergada “bandera mayor”, la que se caracterizó como “de guerra” y “oficial”. Consecuentemente la enseña “sin Sol” quedó reservada para las embarcaciones mercantes y para uso de los particulares.
Contra lo que aducen algunas personas mal informadas la prohibición de usar el Sol data de aquella lejana fecha, 1818, descalificando que se haya originado en el decreto de Sarmiento, del 19 de septiembre de 1869 (RN, V, 468) o en su similar, emitido por Roca en fecha 25 de abril de 1889 (RN, IX, 738); estos sólo se limitaron a reproducir el mandato de exclusividad dispuesto en tiempos de Pueyrredón.

Lo que no especificó la norma es la forma que debía adoptar el astro, pero podría servirnos de guía el aspecto que presentaba el que se usaba en el sello oficial del Congreso. Por otra parte, la pérdida de las actas del Congreso nos impide conocer qué interpretación se dio al Sol. Sobre esto han lucubrado los eruditos hasta el presente, pero en el sentir general se considera que representa a las raíces americanas, eventualmente a la más afianzada de sus culturas vernáculas, la incásica.

Sello oficial del Congreso General 

La diversidad como norma

En los ya lejanos días de la emancipación política de Argentina no existió la necesidad de definir técnicamente la representación de los símbolos. Las banderas que su usaron como "nacionales" fueron similares entre sí, pero no idénticas. En la emergencia de un estado de guerra continua, se hacían lo que se podía, empleando los materiales con que se contaba.
En 1820 desapareció el gobierno nacional y el país se sumió en varios años de inestabilidad hasta que se concretó el predominio de Juan Manuel de Rosas durante su segundo mandato como gobernador de Bs. Aires (1835) y encargado de las relaciones exteriores de la “Confederación Argentina”. Poco después de tal año se comenzaron a usar las banderas nacionales con un subido azul oscuro (reemplazando al celeste), se agregaron gorros rojos en las esquinas del paño, leyendas sectarias hostiles a los unitarios (“locos”, “inmundos”, “asquerosos”, “traidores”, “salvajes”) y hasta se enrojeció el Sol, que adoptaba diversos diseños. Nunca se dictó una ley que consagrara estos los cambios.

Un ejemplo de las banderas usadas en tiempos de Rosas

Tras la caída de Rosas (3 de febrero de 1852) estas composiciones desaparecieron, se restableció el celeste y se eliminaron las otras cargas, pero la diversidad relativa persistió. Más aún, no fue extraño que en una de las caras de la bandera se viera al Sol y que en la otra apareciera un Escudo nacional, también con muy distintos diseños. Sucesivos intentos de unificar estas representaciones no tuvieron éxito.

Bandera del batallón Primero de Santa Fe (Guardia Nacional)

Hubo que esperar hasta el dictado del Decreto Nº10.302 de 1944, cuando de conformidad a un dictamen emitido por la “Academia Nacional de la Historia”, se ratificó el uso del celeste y se reglamentó que el Sol fuera idéntico a la imagen acuñada en las primeras monedas patrias (julio de 1813).
Fue en el año 1985 cuando con el designio de "democratizar" el uso de la Bandera nacional se sancionó la Ley Nº23.208 que autorizó a la civilidad para emplear el vexilo cargado con el Sol, con lo que se universalizó. Cabe aclarar que la prohibición anterior se basaba en garantizar que el símbolo fuera empleado con los debidos recaudos de Ceremonial, lo que evidentemente no puede asegurarse cuando se autoriza en forma indiscriminada. Esta limitación es una perspectiva que rige en muchas naciones del mundo. Con la nueva ley se eliminó la restricción, lo que fue positivamente evaluado por la opinión pública y hasta por los ceremonialistas más radicales, excepto algunos, claro está.
Finalmente, con motivo del bicentenario de la Revolución de Mayo, el Decreto Nº1650 de 2010, estableció el diseño y color de la Bandera y su Sol con precisión técnica normalizada, de conformidad a las normas IRAM. De esta forma quedó definitivamente establecido la forma de la “Bandera oficial” de la Nación argentina y consecuentemente, del estado comúnmente conocido bajo el nombre de “República Argentina” o, simplemente, “Argentina”.

 
Bandera Oficial de la República Argentina, modelo patrón según el Decreto Nº1.650/ 2010

En conclusión:
  • En 1812 Belgrano izñ en Rosario una bandera a la que llam´ço "nacional", plausiblemente era bifranja, blanca y celeste.
  • Hasta la reunión del Congreso General (24 marzo de 1816) que declaró la independencia de las “Provincias Unidas de Sudamérica”, en la jurisdicción del ya desaparecido virreinato del Río de la Plata se usó mayoritariamente una bandera de tres franjas, celeste, blanca y celeste; pero existía diversidad de diseños, la gran mayoría empleaba ambos colores y, en ocasiones sumaban distintos atributos. 
  • Tras proclamarse la independencia, el estado de las “Provincias Unidas de Sudamérica” oficializó el uso de ese diseño en su carácter de “bandera menor”. 
  • Momentáneamente se postergó definir la “bandera grande o mayor” (oficial) representativa del Estado hasta que se pudiera establecer la forma de gobierno elegida.
  • La decisión implicaba que el paño celeste, blanco y celeste sería “cargado” con el blasón de la dinastía reinante, en caso de erigirse una monarquía o bien, con algún atributo alusivo, de optarse por una república.
  •  En consecuencia, el diseño tri-franja se difundió y paulatinamente fue reemplazando a las enseñas de otra conformación. 
  • La postergación de la trascendental decisión por la forma de gobierno determinó que en 1818 el Director Supremo Pueyrredón pidiera al Congreso que estableciera la “bandera grande o mayor” para uso en fortificaciones y naves de guerra. 
  • Como subsistía la indefinición apuntada, el Congreso adoptó un Sol, sin especificar, su diseño. Se trataba de un emblema neutro que tanto podía identificar a una monarquía como a una república y que, por lo demás se venía usando con amplitud desde 1813. Se considera que en el imaginario de entonces este Sol aludía a la libertad de que gozaban los pueblos originarios antes de imponerse el régimen español. 
  • Recién en 1944 el Gobierno nacional definió el modelo de Sol que debía figurar en la Bandera. Sería el adoptado por las “primeras monedas patrias” acuñadas en 1813. 
  • En el 2010 se definió con precisión técnica la composición de la “Bandera oficial” argentina, tanto en sus colores como en el aspecto del Sol.
Hoy, como ayer, nunca fueron más justos los versos de la primera estrofa del Himno nacional argentino:

¡Se levanta en la faz de la tierra
una nueva gloriosa nación.
Coronada su sien de laureles,
y a sus plantas rendido un león!
Alegoría de la Libertad, obra de Lola Mora
Plaza Independencia – San Miguel de Tucumán
(Foto La Gaceta, Tucumán de Analía Jaramillo/ José Nuno)

Notas y referencias:

[1] “Registro Nacional de Leyes y Decretos” / RN tomo I, pág. 502.
[2] Decreto del 18 de febrero de 1812; RN I, 139.
[3]“Asambleas Constituyentes”, tomo I, 1ª. parte; pág. 237.
[4]"Asambleas...” I, página 238.
[5] Orden general del 24 de septiembre de 1816.
[6] Estas instrucciones, eran llamadas patentes y constituían verdaderos contratos entre el estado y el particular caracterizado como corsario.
[7] "Biblioteca de Mayo"; tomo XIX, 1ª parte, pág. 15.849.
[8] Militar de distinguida familia, totalmente comprometido con el plan de libertad continental que auspiciaba la elite patriota, con San Martín y Belgrano, como personas consulares.

sábado, 5 de julio de 2025

María Catalina, Victoriana, Josefa y la Bandera

Blancas ¿y oscuras? manos de mujer

M. Catalina Echevarría [1], Victoriana y Josefa [2]

Por Miguel Carrillo Bascary 


Se reproduce acá la colaboración del autor publicada en el Nro. 2 de la Revista ACYP, Julio 2025, al par que se agradece la invitación a tal efecto.

……………….. 

La tradición conserva que María Catalina Echevarría confeccionó la primera Bandera nacional, pero … ¿la hizo ella sola? ¿recibió alguna ayuda? La memoria social no menciona colaboración alguna. Se suma así una nueva incógnita a las muchas que sugiere el nacimiento de nuestra Enseña patria.

Se afirma también que cuando Belgrano llegó al poblado de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario se hospedó donde habitaba la hermana de su amigo Vicente Echevarría, es decir María Catalina. Era lógico, ante la falta de hoteles y cuarteles. En realidad, la casa era propiedad del muy hispánico Pedro Tuella Monpesar, quien los había adoptado de pequeños y que, circunstancialmente, estaba ausente. 

Aceptemos entonces que Catalina actuó como señora de la casa donde vivía con su esposo, Manuel Vidal, y su hija, Josefa de unos 2 años. También atendía el almacén de ramos generales propiedad de Tuella.

Se conoce que el gobierno decretó la escarapela el 18 de febrero. El despacho debió llegar a manos de Belgrano aproximadamente el 21 o 22, pues el 23 informa que “...se ha puesto en ejecución la orden...”. Aceptemos que fue entonces que Belgrano concibió la Bandera, inspirado en el patriotismo que advirtió en el pueblo de Rosario. Parece lógico que se la encargara a Catalina

Una reciente reinterpretación de los hechos, sin ninguna base cierta, procura destacar el papel de la mujer en los primeros tiempos de la Patria y plantea que Catalina convocó a varias de sus congéneres para que la ayudaran en la tarea. Es una hipótesis, no digo que no, pero tengo para mí que resulta desmesurada. Explicaré mi apreciación.

En realidad, la labor era muy sencilla, perfectamente al alcance de una ama de casa de aquellos tiempos. Consistió en tomar de la tienda los dos paños (uno blanco y el otro celeste), que según la crítica histórica compuso nuestro primer lábaro. No conocemos sus dimensiones, pero con base en otros casos, pudo tener unos 2/ 2,20 metros de largo por 1,60 de ancho. 

Tras coserlos entre sí, Catalina debió hilvanar los bordes, para impedir que se deshilacharan al flamear. Luego les adosó una vaina con cintillas, que permitieran endrizar la pieza. Algo nada complejo para quien tuviera costumbre de trabajo. 

Convocar a otras mujeres a tal efecto, lo reitero, parece excesivo. No digo tampoco que Catalina obrara sola. Por entonces cada casa era una unidad económica y ciertas tareas convocaban quienes vivían bajo su techo. 

Creo factible y razonable, que Catalina pudo actuar en conjunto con sus esclavas, las pardas Victoriana, de 34 años, y Josefa, de 21. La memoria local excluyó injustamente el protagonismo de estas últimas. Considero así que la primera Bandera nacional surgió de las blancas manos de una mujer que estaba próxima a ser madre, Catalina (quién a poco dio a luz a su hijo Pedro), y que también pudieron obrar otras, de piel oscura, las pertenecientes a las esclavas, Victoriana y Josefa. 

Nota: podrá bajarse el Nro. 2 de la Revista desde https://heyzine.com/flip-book/01e62965db.html


[1] Fotografiada en su ancianidad

[2] Imágenes referenciales

Publicación accesible a todos

La revista ACYP

 
Portada del Nro. 2, Julio 2025

Por Miguel Carrillo Bascary 

Mucho agradezco a la Asociación de Profesionales de Ceremonial y Protocolo (ACYP) haberme invitado a colaborar en el segundo número (Julio, 2025) de su revista, lo que hice con mucho gusto.

Auguro a este su nuevo proyecto un enriquecedor derrotero en el complejo mundo de la especialidad. 

El Equipo ACYP, tiene como editora responsable a la Lic. Atenas del Pilar Torres Agüero, junto a: Verónica Calapeña, Natalia Escribano, Carla Mastrodoménico, Florencia Rodríguez y Marina Sukevicius y Azul González. 

Se expresa en el editorial, que la Revista es una herramienta viva, para pensar, compartir, aprender y construir en comunidad; por entender que el Ceremonial no solo organiza actos, también enlaza generaciones, proyecta valores y construye sentido. Por lo que la publicación es parte de ese compromiso colectivo, en pos de una profesión que honra día a día la identidad que los une. En este entender el Equipo de la Revista ACYP invita a sus lectores a sumarse y edificar en conjunto, por un Ceremonial con presencia, calidad y futuro. 

El índice del Nro. 2 de la publicación informa contener las siguientes colaboraciones:

Hablemos de Heráldica – Prof. Tec. Sup. Hernán Iris


María Catalina, Victoriana, Josefa y la Bandera – Dr. Miguel Carrillo Bascary


Día de la Bandera en RosarioEquipo de RR.PP. y Ceremonial de la Provincia de Santa Fe


La Bandera y la Independencia. Vínculos simbólicos desde el Ceremonial y el Protocolo – Prof. Posdr. Francisco Calligiuri


9 de Julio: Tucumán, capital simbólica de la Patria – Dra. Catalina Navarro


Guardia bajo las estrellas – Prof. María Cristina Agüero


Día nacional del Locutor – Loc. Miguel Villaruel


Día del Amigo, celebración social con tradición cultural arraigada – Tec. Natalia Escribano. 

Para bajar el número de manera gratuita cliquear en: https://heyzine.com/flip-book/01e62965db.html

jueves, 3 de julio de 2025

Pálido recuerdo para tantos héroes

Postrer homenaje al “soldado desconocido”

Urna votiva, Catedral de Bs. Aires (1945)

Por Miguel Carrillo Bascary

Guarda la Historia que algo más de 5.000 hombres integraron el Ejército de los Andes que protagonizaron la liberación de Chile, muchos de ellos también hicieron la campaña del Perú. 

De esa ingente legión solo 78 volvieron al país[1], los mandaba quien tenía la más alta graduación, el paraguayo José Félix Bogado, quien se sumó a los Granaderos de San Martín como “trompa de órdenes”, cuando fue liberado de los españoles, luego del combate de San Lorenzo. Nombrado por el Libertador teniente coronel quedó a cargo del resto de los últimos argentinos que quedaron combatiendo en el Perú.

José Félix Bogado (1777-1829)

El 9 de diciembre de 1824 se consumó la caída del último resto del otrora poderoso ejército realista, fue en la batalla de Ayacucho, con ello los últimos efectivos del ejército sanmartiniano emprendieron el regreso. Debieron recorrer un largo periplo. Habían sido olvidados, tanto por su patria como por los gobiernos de Chile y el Perú. Se embarcaron en el puerto de El Callao en junio de 1825 y llegaron a Valparaíso el 10 de julio. Estaban literalmente sin recursos y desprovistos de vestuario, cuesta poco imaginar el lastimoso aspecto que presentaban.

Un antiguo camarada de armas, el general Ramón Freire, a la sazón, director supremo de Chile los auxilió con una exigua suma que les permitieron subsistir hasta el verano, en que emprendieron el cruce de la Cordillera. Finalmente partieron el 13 de enero de 1826, algo más de un mes les demandó llegar a Bs. Aires, lo que ocurrió el 19 de febrero.

La ciudad los recibió con total indiferencia, haciendo realidad el axioma que dice: los pueblos se olvidan de sus soldados una vez que alcanzaron la paz. Es una constante, en todas las naciones y en todas las épocas. Los argentinos tenemos bien presente lo que pasó en Malvinas. Rivadavia disolvió formalmente el glorioso Regimiento, que solo existía en alguna olvidada carpeta. Los sobrevivientes que así lo quisieron fueron agregados a la escolta del presidente y del general en jefe del Ejército, Carlos M. de Alvear; dos notorios enemigos del general San Martín.

Solo siete veteranos quedaban de quienes formaron en los escuadrones del heroico regimiento en 1817. Entre los otros no todos eran héroes, tres llegaron como prisioneros, habían participado del motín que permitió la recuperación del fuerte de El Callao (5 de febrero, 1824) por parte de los realistas. Un desgraciado trio que acaso soñó que se les perdonara aquella acción que emprendieron cegados por el hambre y el olvido. No ocurrió así, un consejo de guerra los halló culpables y fueron colgados de la horca en la plaza del Retiro el 25 de noviembre de 1826.

¿Qué pasó después?

El “Regimiento de Granaderos a Caballo” sería recreado y reorganizado el 25 de mayo de 1903 por decreto de otro gran denostado por la opinión pública actual, el presidente y general Julio A. Roca. Para resaltar los servicios que acreditaba a la libertad del continente, por decreto del 31 de octubre de 1911[2] el presidente Roque Sáenz Peña ordenó que llevara el nombre de “General San Martín”.

De los caídos nadie se acordó. Fue recién un siglo más tarde del arribo de los veteranos desde el Perú, cuando se organizó un acto de homenaje que, mirado con los ojos actuales, puede interpretarse más como una justificación de la culpa nacional o como una herramienta emotiva instrumentada para resaltar la gestión del gobierno de facto del GOU[3].

El 5 de julio de 1945 el gobierno de facto del general Edelmiro Farrell, del que era ministro de Guerra, el coronel Juan D. Perón emitió el Decreto Nº14.932/ 45. Su texto puede verse en las siguientes imágenes, destaco particularmente sus “considerandos”, donde se justifica el proceder en la imposibilidad de repatriar los restos de tantos compatriotas que cayeron en las campañas de Chile y del Perú. Por ende, ase dispuso hacerlo con algunos restos que simbolizaran a ese todo, caracterizados bajo la significativa designación de “cenizas del soldado desconocido que luchó por la Independencia” entre los que se contaban también “los marineros que sucumbieron en los ríos y mares del Sud”. Contenidos en una urna se ordenaba que fueran depositados en el mausoleo dedicado al general San Martín, en la catedral de la ciudad de Bs. Aires. A tal fin designaba una comisión ad-hoc presidida por Farell y consagraba el día 17 de agosto para rememorar en forma conjunta al Libertador y a esos soldados desconocidos.

Mayores precisiones

En la fan page “Granaderos Bicentenario” puede leerse interesantes detalles, lo que resumo.  Se trajeron restos de soldados muertos en el Uruguay. De Riobamba (Ecuador), al no poder establecer el lugar de enterramiento, se extrajo tierra del lugar del combate, al igual que en Paracas (Perú), sitio del desembarco de la Expedición Libertadora del campo de batalla de Pasco. En Ayacucho, Chacabuco y Maipú se pudieron extraer algunos huesos. Desde Bolivia se trajeron restos óseos extraídos en La Florida, Huaqui, Suipacha y Sipe-sipe. En Salta y San Lorenzo se tomaron algunos restos, no así de Tucumán, por lo que se sumó algo de tierra del Campo de las Carreras. El rastreador Drummond extrajo arena de las costas de la isla Martín García, en donde varó la fragata Hércules al mando de Brown, lo que fue el aporte de la Armada. Las osamentas se incineraron y todo se colocó en la gran urna de bronce que permanece frente al túmulo dedicado al homenaje a San Martín en la Catedral de Bs. Aires. El 29 de agosto de 1945, a las 15:30 la urna fue cerrada (soldada) y colocada en ese lugar. (Ver foto al inicio de esta nota)

Providencialmente la urna no fue profanada cuando en junio de 1955 hordas fanatizadas saquearon e incendiaron parcialmente el templo porteño.

Referencia colocada en el atrio del templo

Años después el 17 de junio de 1957, como parte de las ceremonias que inauguraron el Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario, otros restos óseos tomados del enterratorio del Convento de San Lorenzo fueron colocados en el Propileo, bajo la “Llama de la argentinidad”, encendida en homenaje al “soldado desconocido muerto en las luchas por la independencia”.

Puede ampliarse al respecto en de la llama de la eternidad en: https://banderasargentinas.blogspot.com/2023/04/los-restos-del-soldado-desconocido.html

"Llama de la argentinidad", Rosario



[1] Otras investigaciones amplían algo este número.

[2] Boletín Oficial del 16.11.1911 https://www.boletinoficial.gob.ar/detalleAviso/primera/11376841/19111116?busqueda=1

[3] Sigla que usualmente se traduce como “Grupo de Oficiales Unidos”, del que fue figura principal Juan D. Perón.

miércoles, 2 de julio de 2025

Historia y épica

La bandera de Jujuy y su corbata

Corbata de la bandera oficial de Jujuy

Por Miguel Carrillo Bascary

Esta nota integra la serie dedicada a las corbatas de banderas[1], elementos que las complementan. Un tema tan particular que muchos ni siquiera lo consideran pero que en este Blog tiene cabida. Les comparto los hechos recopilados y les presento mis reflexiones.

Normativa aplicable

Mucho antes que le Ley nacional Nº27.134[2] reconociera como “símbolo patrio histórico” a la Bandera Nacional de la Libertad civil, la provincia de Jujuy la adoptó como su enseña oficial mediante la Ley Nº4.816[3], aprobada en 1994.

Fue en el año 2015 que la Ley Nº5.772[4] perfeccionó la disposición y definió el modelo patrón la bandera de esta provincia que indica al respecto:

“Art. 3º. […] 7 b) Se colocará, junto a la lanza, una corbata de color celeste y blanco, tal como están dispuestos en el Pabellón argentino.

En su brazo superior, se bordará en letras doradas de 5 (cinco) centímetros de altura, con caracteres sencillos y legibles, la fecha “23 DE AGOSTO DE 1812”, en recuerdo del Éxodo, máxima gesta del pueblo jujeño.

En el otro brazo, se bordará simétricamente y con iguales caracteres la fecha “18 DE NOVIEMBRE DE 1834”, en memoria de la fecha en que se alcanzó el pleno ejercicio de la autonomía provincial”.

Jujuy, Bandera de ceremonia

Cromatología

Lo primero a señalar es que la corbata de la enseña de Jujuy será “de color celeste y blanco, tal como están dispuestos en el Pabellón nacional”, de manera que la entelequia del precepto remite a la normativa que rige para la “Bandera Oficial de la Nación”. Esto es, el Decreto Nº1.650/ 2010 que aprueba la Norma IRAM-D 7675, relativa a las unidades de ceremonia. Pero, para el común de las personas no es necesario recurrir a la precisión técnica del caso, basta destacar que se remite a los colores: celeste-blanco-celeste de la Enseña patria.

Respetar lo que manda la ley no es una cuestión menor, todo lo contrario, la “Bandera de la Libertad Civil”, en su versión de símbolo provincial, evidencia un carácter esencial, destacar el carácter nacional del lábaro, tal como se concibió en 1813.

Pese a tan claro mandato legal, algunos fabricantes de banderas comenzaron a vender corbatas en azul, blanco y azul; al parecer como una mala lectura derivada de considerar que la oscura primera mitad del escudo que se inscribe en el paño debía trasladarse al complemento. Este equívoco podría ser explicable en los primeros meses de dictada la ley de referencia, el año 2013.

Lo que resulta francamente inaceptable es que desde entonces han pasado doce años y se siguen ofreciendo en el mercado ejemplares donde el azul sustituye el celeste. ¿Qué corresponde hacer al respecto? Simplemente, no comprar esta mercadería.

Un problema a encarar. Según resulta de observar las banderas que las escuelas presentan en los actos patrios, no son pocas las que mantienen en uso las corbatas con laterales azules. Para subsanar la anomalía el único camino es reemplazarlas, el monto del costo está relacionado con la realidad de cada establecimiento, pero no es demasiado elevado. Las hay de $20.000 (unos u$s20), otras llegan a $30.000.

Existe otra patología que atañe al color de la corbata de Jujuy. Por alguna antojadiza cuestión también hay comercios del ramo que venden la pieza con una corbata completamente blanca, situación sobre la que advertí en una nota anterior[5].

Las leyendas

Para los no versados en la historia particular de la Provincia se hace necesario referenciar las que se incluyen en las cintas[6] de la corbata de su bandera de ceremonia.

Por orden cronológico, la primera se inscribe en la cinta derecha, “23 DE AGOSTO DE 1912”, alude al llamado “Éxodo Jujeño”.

Esta fue la gesta cívico-militar que en 1812 protagonizó el pueblo de esa provincia acompañando la retirada estratégica del Ejecito Auxiliador del Alto Perú, que al mando del general Manuel Belgrano, determinó el despoblamiento de la región y la eliminación o inutilización de cuantos recursos pudieran echar mano los invasores realistas que avanzaban contra el gobierno revolucionario. Si bien este desplazamiento de la población comenzó varias semanas antes, se toma como referencia al 23 de agosto porque en esa fecha abandonó la ciudad el general Belgrano junto a la retaguardia del ejército, cuando las tropas realistas estaban ya muy próximas.

En la cinta izquierda se consigna el “18 DE NOVIEMBRE”, que remite al momento en que Jujuy asumió en plenitud su autonomía provincial. Fue a consecuencia del triunfo sobre las tropas de Salta (provincia de la que dependía) en la batalla librada en el campo de Castañares.

Ambas fechas son hitos de honor para la historia particular de Jujuy, lo que justifica ampliamente que se destaquen como expresión de la identidad y de las tradiciones implicadas en la bandera local. Su captación define un claro designo pedagógico ya que, se entiende, todo jujeño buscará satisfacer su curiosidad por conocer la razón de esas referencias; ni qué decir de la persona que no tenga esa localía.

Cuestiones marginales (o no tanto)

1 - ¿Las leyendas, deben ir en mayúscula, en minúscula o en una combinación de ambas (“23 de Agosto de 1812” y “18 de Noviembre de 1812”)?

También acá la interpretación del texto de la Ley es la clave. Si la ley utilizó las mayúsculas, este criterio debería trasladarse a la pieza en concreto, con lo que corresponderá rechazar otras opciones.

2- ¿Qué estilo-tipo (fuente) utilizar?

La Ley no lo expresa, por lo que podrá ser cualquiera de los considerados “clásicos”, como ejemplo: Times New Roman, Georgia, Baskerfiel Old, Bell MT, Arial, Calibri y otros similares. No corresponde dar lugar a las fantasías de un eventual fabricante que busque imponer una fuente exótica.

3 - ¿Cómo irán las cargas? Aunque también la Ley lo establece con claridad, las leyendas deben bordarse en dorado, no en otro color. Se destaca lo expuesto porque suelen verse ejemplares que emplean el negro. Tampoco se admite que la leyenda lleve las letras pegadas, sublimadas o estampadas.

Cuestión de dimensiones

Se ha constatado que algunos fabricantes utilizaron un volumen de fuente que demandó extender en demasía las cintas de la corbata, de tal forma que los extremos ocultan parcialmente el escudo que carga el paño. No es lo que corresponde ya que desfigura el emblema. 

Los brazos deben tener una extensión idéntica a los de la Bandera Oficial de la Nación, 500 mm de largo, según lo prevé el Art. 3.2, Norma IRAM DEF-D 7675, del Decreto Nº1.650/ 2010. Contradecir el precepto es una desprolijidad evidente que debe enmendarse. Dentro de esos 500 mm deben dimensionarse las leyendas. Nada más ni nada menos.

Concluyendo

  •    La bandera de la provincia de Jujuy, en sus versiones de ceremonia y de sitio, por disposición de la Ley Nº5.772, deben llevar una corbata con los colores nacionales, en tres franjas, bordando esas fechas tan significativas para la historia local.
  •    Para más, la similitud entre la corbata de la Bandera Nacional y la jujeña plasman el carácter de “nacional” con que la Ley Nº27.134 reconoció el emblema.
  •    Estas cargas son, en sí mismas, timbres de honor que enorgullecen a ese pueblo.


[1] Las corbatas de las banderas. Elementos complementarios, no accesorios https://banderasargentinas.blogspot.com/2025/06/las-corbatas-de-banderas.html 

[6] También se las puede denominar como “brazos” o “caudas”, aunque este último término es muy poco usado.

Otra nota de la serie: De cintas a corbatas. El caso de la bandera de La Rioja https://banderasargentinas.blogspot.com/2025/06/de-cintas-corbata.html