martes, 25 de agosto de 2026

Alocución religiosa en actos oficiales y escolares

¿Se aplaude?


Por Miguel Carrillo Bascary

En el curso de las ceremonias con que se conmemoran diversos acontecimientos históricos, los asistentes acompañan con su aplauso los diversos segmentos en los que puede dividirse. Así ocurre, por ejemplo, con el ingreso de la bandera y su izamiento, la presentación de las autoridades, las alocuciones de las personas designadas, los cuadros de baile, etc. etc.

Hoy me quiero referir a una de estas manifestaciones. En Argentina, como en muchos otros países se incorpora en la dinámica de los actos oficiales una invocación religiosa por la cual, un ministro de culto, un presbítero, en nombre de la comunidad, se dirige a Dios pidiendo por la Patria, para que asista a los dirigentes en su gestión de gobierno, pidiendo por las necesidades comunes y, por, sobre todo, como un gesto de agradecimiento que ese mismo pueblo tributa a la memoria de los protagonistas del hecho histórico al que se conmemora.

A su finalización surge la duda ¿se aplaude o no esta invocación religiosa?

La respuesta es negativa. Las oraciones dirigidas a Dios no se aplauden, se acompañan en respetuoso silencio, sea que los partícipes pertenezcan o no a la religión de quien las pronuncia. La adhesión a las palabras del caso, en vez de un aplauso, se expresa mediante una sola palabra, el “amén” con que tradicionalmente se cierran las oraciones cristianas.

Esta palabra proviene del antiguo hebreo y manifiesta un concepto de aprobación, equivalente en español al “así sea”, “en verdad” y similares. De una forma u otra se ha extendido a lenguas de muchas culturas, manteniendo fonética similar, cuando no idéntica.

Por ende, lo que corresponderá es que, quienes participen de un acto oficial, acompañen el fin de las palabras del sacerdote con un enfático “amén”, sin aplausos.

Se espera que este “amén” lo pronuncien todos, aún las personas que no sean religiosas, ya que carece de toda connotación confesional. Nada más sencillo, nada más justo.

Por similares razones, tampoco es adecuado aplaudir cuando un sacerdote o ministro religioso imparte una bendición.

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