domingo, 9 de diciembre de 2018

El celeste y la Inmaculada Concepción

La Inmaculada Concepción, en Argentina y el mundo

La Inmaculada, óleo de Zurbarán

Por Miguel Carrillo Bascary

Cada 8 de diciembre se celebra la festividad de la “Inmaculada Concepción de María”, madre de Nuestro Señor.

La concepción es el momento en el cual Dios crea el alma y la infunde en la materia orgánica procedente de los padres, el óvulo fecundado que se expresa en la formación de una nueva cadena de ADN, es el momento científicamente puede decirse que existe un nuevo ser dotado de identidad cromosómica; o sea, cuando comienza la vida humana, tal como hoy lo tiene demostrado la Biología. Así resulta de reiterados pronunciamientos de la "Academia Nacional de Medicina" (Argentina), desde 1994 (https://www.acamedbai.org.ar/declaraciones/25.php)

La Inmaculada Concepción implica que la Virgen María surgió a la vida sin compartir el pecado común a toda la Humanidad; o sea, que fue concebida sin el estigma del pecado original que afecta a toda la humanidad desde la desobediencia de Adán y Eva que relata el libro del Génesis, en la Biblia.

La causa de tal excepción fue la providencia de Dios por ser María la madre de su Hijo, Jesús.


Esta “verdad de fe” (dogma) para los católicos indica que la “Inmaculada Concepción” fue fruto de una intensa y secular reflexión de la Iglesia en la que participaron importantísimos teólogos; santos; papas y otros pensadores. Tan azarosos debates tuvieron gran trascendencia teológica a lo que se sumó la afectividad que los católicos profesan a la Madre de Cristo.


La declaración del dogma

Tras una rica evolución de siglos, que reseño algo más adelante, correspondió al beato papa Pío IX proclamar como “verdad de fe” la “Inmaculada Concepción de María”. Fue un momento de honda emotividad para la grey católica. Consecuentemente, la advocación se afianzó, al mismo tiempo que se multiplicaron las gracias atribuidas a su mediación.

La bula “Ineffabilis Deus (“Dios inefable”) expedida el 8 de diciembre de 1854 expresa: "...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles..."

Interesa destacar que, en las famosísimas apariciones de Lourdes, la Virgen María expresó a la vidente Bernardette: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, lo que ocurrió el 25 de marzo de 1858. También se advierte que muchas advocaciones conocidas en general como “Nuestra Señora del Rosario”, también se las referencia como manifestaciones de la Inmaculada.

  
En Argentina

La primera función en que se celebraron honras oficiales a la Inmaculada fue en Bs. Aires, más precisamente en el templo de los jesuitas, en 1664; donde además de las ceremonias litúrgicas hubo bailes y otros espectáculos populares.

Siguiendo la tradición española de celebrarla cada 8 de diciembre, la fiesta de la Inmaculada, este día fue considerado un “feriado nacional”, pero hace algunas décadas se suprimió a los efectos civiles; aunque de participar en la Eucaristía (misa) para los católicos, aunque el 8 de diciembre caiga en día laborable.

También, como en toda Hispanoamérica, fue y sigue siendo una tradición en ciertos ámbitos, principalmente rurales, que se saluda con una invocación que remite a la Inmaculada; quién encuentra a otra persona dice: Ave María purísima. A lo que se contesta como si fuera una contraseña: “Sin pecado concebida”.

Más aún hasta hace unos 60 años aproximadamente era común colocar pequeñas plaquetas cerca de los timbres que invitaban a repetir dicho saludo. Consigno un ejemplo que detecté hace tiempo en una calle de Rosario (Argentina).



Además, también es muy común entre los católicos pronunciar una jaculatoria (pequeña oración) que dice así: “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento del altar; y la Virgen concebida sin mancha del pecado original”.


Algo de Historia

Demandaría un espacio desproporcionado el siquiera esbozar las implicancias teológicas y pastorales del tema en una entrada de este tipo. Existen numerosas fuentes en Internet a las que el interesado podrá dirigirse. Por ejemplo: lo consignado por el Catecismo Católico; numerales 490 a 493 (http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2a3p2_sp.html); para una explicación de relieve más histórico puede consultarse: http://www.franciscanos.org/virgen/rambla.html

Por nuestra parte destacamos que comenzando en España y siguiendo por sus entonces numerosas colonias el pueblo se manifestó tempranamente por la tesis de que María fue concebida sin pecado original ya desde el seno de su progenitora, aquella mujer que la tradición llama Ana y que la Iglesia reconoce como santa.

En Oriente la advocación era admitida desde el siglo VI.

Fue desde el año 646, en el siglo VII, cuando por decisión de san Ildefonso, arzobispo de Toledo, se celebra en España la fiesta de la Concepción Inmaculada de María. Desde allí irradió a toda la península Ibérica y con el devenir de los siglos se extendió en derredor del mundo, literalmente. Sin embargo, algunos autores señalan iniciativas anteriores en igual sentido.

El primer tratado sobre la Inmaculada fue escrito por el monje Eadmero, de Canterbury (1128), contradiciendo nada menos que a san Agustín; pero fue el franciscano san Juan Duns Escoto, quien a principios del siglo XIV elaboró el argumento teológico que consagraría el dogma quinientos años más tarde.

En 1304, Jaime II de Aragón, recogiendo el sentir de sus vasallos y la opinión de los teólogos a los que consultó, mandó celebrar la fiesta de la Inmaculada en todos sus feudos. El papa Sixto IV, autorizó la festividad en 1483. En 1390 los Concellers de Barcelona comprometieron hacerlo con toda solemnidad.

Cuatro años más tarde, el rey Juan I de Aragón, Cataluña y Valencia se consagró a la Inmaculada junto a todos sus feudatarios.

También Madrid siguió el ejemplo; la ciudad entera se comprometió con voto perpetuo a celebrar su acción de gracias a la Virgen por mitigar una espantosa epidemia de cólera que la asoló en 1438.

Las cofradías de Sevilla fueron las primeras instituciones que solicitaron formalmente a la Iglesia que se declarara a la inmaculada concepción como un dogma de fe. En 1431 Adolfo, el magnánimo, de Aragón, lo solicitó formalmente al Concilio reunido en Basilea.

En 1456, Juan II de Aragón, promulgó las Constituciones de Cataluña, primer documento oficial que defendió esta cualidad de María, elevada ya a una verdadera advocación.

Mientras los teólogos debatían intensamente la cuestión los laicos participaron a su modo, como que en muchas ciudades y villas se juraba “defender la fiesta de la Inmaculada Concepción por siempre jamás”.

Esta decisión se plasmaba muchas veces con el dramatismo propio de la época, hasta el punto que no fue extraño que la adhesión a la tesis constara por escrito en diversos documentos y hasta que se firmara con sangre; como solían hacerlo los soldados de los famosos tercios españoles.

El arte tomó a la Inmaculada como motivo de inspiración y su imagen se divulgó ampliamente, revestida de blanco y celeste o azul.

En las universidades peninsulares tempranamente se recogió el compromiso en favor de la Inmaculada, en abierta antítesis del postulado en contrario definido por la Universidad de París.

Una ligera relación consigna apunta una decisión favorable en las universidades de Valencia (1530); Granada y Alcalá (1617); Barcelona; Salamanca y Valladolid (1618); al tiempo que reconocieron a Inmaculada como “patrona”. También lo hicieron los claustros de Baeza; Santiago de Compostela; Sevilla; Granada; Alcalá; Osuna; Toledo y Zaragoza (1617); Huesca y Oñate (1619).

Lo propio ocurrió con otras prestigiosas universidades de Europa como las de París (que superó su resistencia inicial); Colonia y Maguncia, en Alemania.  La adhesión se proyectó a las universidades de América, cuando se pronunciaron en igual sentido la de Lima y México en 1619.

Esto implicaba que sus profesores y aún los alumnos se comprometieran a promover la defensa teológica de la posición como que, en 1664, Felipe IV dispuso que antes de ser admitidos como estudiantes los aspirantes debían jurar la tesis de la Inmaculada.
En 1708 la festividad fue declarada por Clemente XI como “día de precepto”, con obligación de participar en la Eucaristía (“oír misa”)

La exigencia llegó a su extremo en 1779, cuando Carlos III lo impuso como condición para expedir los títulos en todas las universidades de su imperio.

En el ínterin, numerosos ayuntamientos (cabildos) proclamaron reconocer como “patrona” a la Inmaculada; y más tarde así lo hicieron las Cortes reunidas en Madrid (1760) que solicitaron al Rey peticionara al Papa el reconocimiento del patronato de la Inmaculada respecto de “todos los reinos hispanos”.

Carlos III, consiguió que en 1760 el papa Clemente XIII aprobara a la Inmaculada Concepción como “por singular y universal Patrona y Abogada de todos mis reinos de España y los de las Indias y demás dominios y señoríos de esta monarquía” (bula “Quantum Ornamenti”).

Carlos III, gran maestre de la Orden

Además, creó en su honor la “Real y Distinguida Orden de Carlos III”, para la que adoptó los colores blanco y celeste como divisa, conforme a la tradicional imaginería de la advocación. Esto fue aprobado pocos meses más tarde por el papa Estos colores aluden a la pureza y la virginidad cualidades asociadas a la Virgen María.

Medalla de la Orden de Carlos III


El “privilegio español”

Fue en 1864, diez años más tarde de proclamado el dogma, que Pio IX, por los reiterados pronunciamientos de España y sus antiguas colonias en favor de esta verdad que se estableció el llamado “privilegio español” autorizando que en las fiestas marianas los sacerdotes celebraran la Eucaristía (misa) revestidos con casullas de color celeste (o azul), cuando para el resto del mundo corresponde emplear los ornamentos blancos. Este privilegio rige aún hoy en la propia España y en toda Latinoamérica (incluida Argentina, lógicamente), así como en Filipinas y las islas Marianas (hoy territorios dependientes de Estados Unidos, en Micronesia; Oceanía) ya que por entonces eran parte del imperio castellano.

  
Más recientemente, el santo papa Juan Pablo II, el magno, expresó en Zaragoza (1983): “El amor Mariano ha sido en vuestra historia fermento de catolicidad; y ha impulsado a las gentes de España a una devoción firme y a la defensa intrépida de la grandeza de María, sobre todo en su Inmaculada Concepción”.

La iglesia extendió este privilegio para algunas festividades determinadas en beneficio de la Orden Franciscanas, de ciertas iglesias de Alemania; Nápoles y otros vinculadas a la advocación de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Advierto aquí que sobre la extensión del privilegio hay contradicciones en las fuentes consultadas; en todo caso es una cuestión menor cuyo esclarecimiento agradeceré a cualquiera de los lectores.


Desde distintos liturgistas señalan que en muchos otros lugares se celebran estas fiestas marianas con ornamentos azules o celestes, lo que resulta impropio por estar fuera del radio del “privilegio español”.


También en otras naciones

La Inmaculada es reconocida como patrona de Portugal (desde 1646); de los Estados Unidos (1846)

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