sábado, 26 de septiembre de 2026

Las madres del Gral. Belgrano que no lo son

María Josefa González Casero

Por Miguel Carrillo Bascary

En su condición de madre del gran prócer que fuera el Gral. Manuel Belgrano, despierta una gran curiosidad conocer su aspecto físico, sin embargo, no se le conoce ningún retrato. Esto parecería liquidar la cuestión, pero la cultura de la imagen en que estamos insertos ha hecho que algunos comunicadores e historiadores poco serios le asignen diversos rostros. Este fenómeno obedece, en parte, a fallas en la verificación de las fuentes; en otros resulta de una evidente falta de responsabilidad.

Ante tamaño despropósito recuperé dos de las imágenes más difundidas que se asigna a que se le asignan en las redes a María Josefa González Casero, para bucear en la fragmentaria información disponible, buscando esclarecer dónde pudo aparecer el error y a quienes corresponden los rostros del caso.

Imágenes que se le asignan

a) El primer retrato (a color) corresponde a María Josefa Anastasia Belgrano y González, hija de aquella a la que se le atribuye, por lo que el origen de la confusión resulta obvio. Es patrimonio del Museo Histórico Nacional y fue donado por sus descendientes. Es de autor anónimo y se habría realizado a finales del siglo XVIII. La retratada casó con José María Calderón de la Barca Vera, sevillano (1757-1825, Buenos Aires), con quien tuvo once hijos.

b) La segunda imagen (monocroma) remite a Elizabeth “Betsy” Patterson (1785, Baltimore-1879, Baltimore), hija mayor del acaudalado comerciante William Patterson. Fue la primera esposa de Jérôme Bonaparte (1784-1860), hermano menor de Napoleón. Ella tenía 19 años y él 18, la pareja vivió un apasionado romance y contrajeron matrimonio en los Estados Unidos, pero la familia del novio no aprobó el enlace. Betsy quedó embarazada y viajaron a Francia en un desesperado intento para obtenerla pero, al llegar ella no fue autorizada a desembarcar, por lo que se dirigió a Inglaterra; nunca más volverían a verse. Allí dio a luz a su hijo Jeróme en 1805, y luego volvió a su ciudad natal. Oportunamente este niño se graduó en Harvard y fue un distinguido miembro de la sociedad norteamericana. Betsy nunca formó otra pareja y desarrolló una intensa vida social acorde a su posición, su belleza evidente y su nombre se hicieron conocidos en el ambiente de la alta sociedad de su época, en la que exhibió una personalidad decidida. Por su parte J. Bonaparte casó con una noble germana (Catalina de Württemberg) y se convirtió en rey del efímero estado de Westfalia entre 1807 y 1809. Como vemos una historia de amor, trágicamente resuelta que, si bien no tiene interés para el tema que hoy analizo, no deja de ser interesante.

El óleo fue pintado en 1817 por François-Joseph Kinsoen y pertenece al “Maryland Center for History and Culture”, de Baltimore. Se basa en un grabado realizado en 1804. Las delicadas facciones de Betsy, asimiladas a las esculturas griegas, la hicieron un tema muy popular, reproducido en todo tipo de soportes, particularmente durante la segunda mitad del siglo XIX. otro dato curioso es que en el Monumento Nacional a la Bandera (Rosario, Argentina), en 1957 se incorporó una gran placa de bronce elaborada por el afamado escultor Eduardo Barnes que representó con las facciones de "Betsy" a la señora María Catalina Echevarría de Vidal quien, según la tradición confeccionó la primera bandera argentina, la que el general Belgrano mandó izar el 27 de febrero de 1812. 

"Bendición de la Bandera" (Barnes, 1956) 

Hay otras numerosas imágenes que pretenden representar a la progenitora del prócer, todas ellas espurias.

Ante la necesidad de manifestar su identidad mediante algún testimonio en concreto, entiendo que bien se podría mostrar el registro de su sepultura, habido a los pies del presbiterio de la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario, del convento de la Orden Franciscana, en la ciudad de Bs. Aires. Allí, bajo esa placa color café, descansan sus restos mortales, a pocos metros de la que fuera la casa donde formó su extendida familia.

No será el rostro de la distinguida matrona pero constituye una expresión auténtica de su personalidad. Ella protagonizó una vida de fe que supo trasmitir a sus hijos y, en particular, a Manuel, uno de los padres de nuestra Patria.

Terminando, ante lo expuesto se impone un deber de fidelidad histórica y de respeto para con quien fuera la madre del prócer, se impone evitar asignarle el rostro de otras personas.

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