La Plaza Belgrano en Tucumán
Por Miguel Carrillo
Bascary
Cada pueblo atesora
monumentos y memoriales que a partir del motivo que justifica su erección
deberían ser imperecederos. Sin embargo, por diversos factores y con el curso del tiempo su mantenimiento se descuida, con lo que se degradan, ante la
inactividad de los gobiernos y la pasividad de la sociedad. Es en estas
circunstancias cuando la oportuna intervención de uno o más particulares tiene
el potencial de conmover tales indiferencias, con lo que la estructura puede volver
a ponerse en valor. De esto trata la presente nota que les propongo leer para reflexionar y, eventualmente, no dejar de actuar.
Un caso testigo
El 24 de septiembre de 1812, en las afueras de la ciudad de San Miguel
de Tucumán se libró la batalla donde triunfaron las fuerzas patriotas al mando
del general Manuel Belgrano. Quienes
conocen la Historia Argentina saben que este resultado literalmente salvó la revolución emancipadora en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Al sentir del prócer el logro fue
providencial y en él reconoció la gracia
dispensada por Nuestra Señora de la Merced, como lo que testimonió con
diversas manifestaciones.
Dos años más tarde, el general José de San Martín, quien
sucedió a Belgrano en el mando del Ejército del Norte, mandó construir una
fortificación, precisamente en el lugar del campo de batalla y la llamó “La Ciudadela”. Sus caracteres eran modestos,
pero proporcionó un punto estable para las subsiguientes operaciones del ejército.
Estaba construida con tierra apisonada, delimitando cinco baluartes y un foso
exterior que encerraban una gran plaza de armas y diversas dependencias.
En sus inmediaciones tuvo
lugar otra batalla, que pasó a la
historia con el nombre de Ciudadela, fue el 4 de noviembre de 1831. Esta vez se
dio entre los efectivos federales mandados por Facundo Quiroga y los unitarios
de Gregorio Aráoz de Lamadrid. Esto ocurrió durante la guerra civil que opuso a
estas dos tendencias.
Allí mismo, en 1818, Belgrano mandó levantar por sus propios soldados un humilde obelisco para celebrar los triunfos que San Martín había obtenido durante su campaña libertadora en Chile, particularmente en Maipú. En sus cercanías habitó Belgrano, en una no menos sencilla casa de adobe, durante su segunda gestión al mando del Ejército del Norte (1816-1819).
Los turbulentos años de las guerras civiles llevaron al progresivo abandono del paraje, hasta
el punto en que la Ciudadela, fue desapareciendo insensiblemente, mientras que
el monolito conmemorativo presentaba notorias
muestras de decrepitud.
Con la sanción de la Constitución nacional en 1853,
el país inició una etapa de institucionalización y de relativo orden. Fue
entonces que el coronel Enrique
Salvigni, antiguo oficial y edecán de Belgrano, por entonces radicado en
Tucumán, ofreció al gobernador de esa provincia[1],
reconstruir el monumento a costa de su peculio; esto permitió estabilizar la estructura y se le colocó una reja de hierro forjado que
subsistió por varias décadas. La
propuesta sensibilizó a Marcos Paz, quien en 1858 dispuso delinear una
plaza para memoria de lo allí acontecido.
Lo comentado es sabido
pero, más allá de traer a la memoria estas referencias, comparto el decreto por el que se creó la “Plaza
Belgrano[2]”:
“Tucumán, Junio 15
de 1858.
El Gobierno de la Provincia
Considerando
justo perpetuar la memoria de nuestras más altas ilustraciones históricas, y
siendo el General D. Manuel Belgrano uno de los patriotas argentinos que con
más veneración y gratitud recuerdan las tradiciones populares, por sus eminentes
servicios y por sus virtudes republicanas,
Ha acordado y decreta:
Art.
1º.- Se designa el lugar de la Ciudadela para delinear una Plaza pública que
tendrá por nombre Plaza General Belgrano.
2º.-
La pirámide que allí existe mandada erigir por el ilustre General, servirá de
centro en la Plaza ordenada por el artículo anterior.
3º.- El Jefe de Policía queda
encargado de levantar un plano asociado del Agrimensor General, demarcando los
terrenos de propiedad particular que quedan comprendidos dentro de la forma
regular que debe darse a la Plaza e informará del resultado para proveer lo que
corresponda.
4º.- Comuníquese, publíquese e
insértese en el Registro Oficial.
(Firman:) Marcos Paz, gobernador, Prudencio J.
Gramajo, secretario.
Para cumplir con la
disposición fue necesario practicar diversas expropiaciones lo que demoró concretar la obra que se inauguró
recién el 9 de julio de 1878, durante el gobierno de Federico Helguera. Esto
fue posible en tanto que el hacendado
Andrés Egaña[3]
corrió con los gastos inherentes. El
monolito se reconstruyó, revestido de mármol y coronado por una esfera
metálica. Las tareas de embellecimiento estuvieron a cargo del escultor e
ingeniero suizo José Francisco Allio
(1882-1954); sus inmediaciones se parquizaron en forma incipiente.
Desde entonces la Plaza
Belgrano pasó por diversas etapas. La más significativa implicó que en 1904 se
trasladara ahí la estatua del General
Belgrano que antes estaba en la Plaza Independencia, obra de Francisco Cafferata[4]
(1861-1890), cuya imagen abre esta nota.
Hoy luce renovada, puesta en valor en del año 2012, como silente homenaje al prócer que le da nombre y
como perenne recuerdo de los acontecimientos históricos que sucedieron en su
referencia. También se edificó una casa-museo, a guisa de la que supo ocupar el prócer[5],
una decisión controvertida pero de muy positivo efecto didáctico y que es un gran atractivo para el turismo.
Conclusión
Lo expuesto testimonia de cómo la iniciativa de dos ciudadanos, en diferentes momentos, motorizaron los medios para rescatar del olvido un símbolo del pasado, acuciado por la indiferencia de los poderes públicos, que son quienes deberían haber bregado por su adecuado mantenimiento.
Así, Salvigni y Egaña, son dos ejemplos a seguir, más allá de que el pueblo debe estar atento para exigir a los gobernantes que cumplan con su responsabilidad de asegurar la memoria del pasado para las futuras generaciones y, también, como una advertencia contra el injusto olvido que suele caer sobre aquellos que tanto dieron.
[1] En la gestión intermedió el Jefe de Policía de la ciudad, a cuyo
cargo estaban sus espacios públicos.
[2] Fuente: VIALE, Carlos y CORDEIRO, Ramón, compiladores. Compilación de leyes, decretos y mensajes
del período constitucional de la Provincia de Tucumán. Tomo II, p. 131. Congreso
de la Provincia. Edición oficial. Tucumán. 1917.
[3] Nació en Lima. El 23 de mayo de 1852 se casó con Manuela, hija mayor
del general Eustoquio Díaz Vélez, uno de los colaboradores del general Belgrano.
Esto evidencia un particular vínculo del citado con la provincia de Tucumán, lo
que merece explicarse. El potencial económico de Egaña era ingente, explotaba
los extensa la estancia de “El Carmen”, en cercanías de la hoy localidad de
Rauch, provincia de Bs. Aires, que pasaron al patrimonio de Manuela por
sucesión. Lo expuesto hace evidente que la iniciativa que llevó adelante Egaña
no puede suponerse al margen de una decisión de su esposa, deseosa de
revitalizar los vínculos familiares con la provincia de Tucumán y de procurar rescatar
la memoria de su destacado padre. En definitiva, si la crónica define como protagonista
a Egaña considero que es consecuencia de la sublimación de su esposa, como era
propio de aquel tiempo.
[4] Se trató de un regalo del entonces presidente de la Nación, Julio A.
Roca, y se instaló en 1884. Hay una gemela en Salta, cuya fecha de inauguración
más probable es 1894. Ambas se fundieron en el Arsenal de
Guerra utilizando el bronce de antiguos cañones de la época de la
Independencia. (Ref. SOBRERO DE VALLEJO, Nanzi. Iconografía Belgraniana. Subsecretaría de Cultura provincia de Santa
Fe. Santa Fe. 1999, pp. 110-112).
[5] Se la denomina "Museo Casa Belgraniana-Solar Histórico". Se inauguró el 27
de septiembre del año 2012, en el bicentenario de la célebre batalla.







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