Símbolo revolucionario en manos de prudente decisión
Por Miguel Carrillo
Bascary
Algunas veces, pequeños objetos de uso cotidiano alcanzar
un valor simbólico que les franquean las puertas de la Historia. En su
simplicidad un rectángulo de tela blanca concitó la atención de un grupo de revolucionarios
decididos a todo, aunque en ello comprometieran su vida misma. Sobre esto
trataremos hoy.
Corría la cuarta semana del mes de mayo de 1810. Eran tiempos complejos los que transcurrían en la
ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Ayres. Nada
estaba claro, las lealtades al rey flaqueaban ante las preocupantes noticias
que llegaban fraccionadas y tardíamente desde la Península. En los quehaceres
cotidianos la población desenvolvía su vida con su acostumbrado ritmo que, si
lo contemplamos desde la distancia que nos dan más de dos siglos, nos parece
bucólico, adormecido.
La gente compraba y
vendía, como si nada pudiera pasar. Por contrario, ciertas reuniones se prolongaban a la luz de las velas, en afiebrados
conciliábulos de preocupados actores. Las pulperías eran otros epicentros
de inquietudes, que alternaban entre juegos de naipes y el vaciarse de las
limetas de ginebra. Los patios domésticos veían el tránsito de la servidumbre
abocada a sus tareas mientras que, en las tertulias, se intercambiaban chismes
y galanterías, donde la risa fácil del cotilleo social se salpicaba con charlas
en voz baja.
Algunos temían perder
privilegios, si acaso, otros esperaban la oportunidad para poder alcanzarlos. Los menos, soñaban, presentían,
conjeturaban avizorando cambios y un destino que abría las puertas a lo desconocido.
A soto voce se formaban listas y se
deshacían; se alteraban y se volvía a confeccionar. En los cuarteles se respiraban
aires extraños, los rumores repercutían sobre la rígida estructura de la
disciplina castrense, se comentaba que los cuerpos de gallegos, vizcaínos y
catalanes habían sido desarmados. Todos estaban atentos, aunque en la
superficie poco hacía presagiar lo que vendría. Las tensiones crecían.
Conocidos “alborotadores”
estaban bajo vigilancia, uno de los sindicados como tales, nada menos que
miembro de la Orden de Carlos III, Juan
Martín de Pueyrredón, fue preso y se ordenó su deportación a España; sorprendentemente
se facilitó su evasión y una mano amiga lo ocultó en su casa. Tamaño desafío
causó un verdadero escándalo.
Aquellos momentos eran ciertamente confusos. No existía un liderazgo excluyente, eran muchos los
que aportaban su concurso imbuidos de ideas progresistas, seguramente de
diferentes perspectivas.
No se piense que aquellos hombres de 1810 eran unos
improvisados. Aunque se viviera
en un régimen, donde el autoritarismo trascendía de lo formal hasta penetrar en
las más profundas fibras de la sociedad. Las consecuencias de las “Invasiones
Inglesas” habían desarrollado una conciencia del protagonismo popular. Los patriotas estaban organizados,
sumando a los peninsulares que simpatizaban con las nuevas ideas, que no eran
pocos. Apuntamos acá la decisiva injerencia de la oficialidad patriota al
frente de los más nutridos cuerpos milicianos.
A esto se sumaba la llamada “legión infernal”, formada por civiles de diferente condición que
se reconocían como una “muchachada de resolución” o “chisperos”. Su solo
apelativo señalaba que estaban preparados para actuar como un verdadero grupo
de choque, se diría hoy, para catalizar las tensiones sociales conforme a los designios
revolucionarios.
Sus cabezas más visibles
eran Domingo French (1774-1825) y Antonio Beruti (1772-1841). a quienes se
les atribuye haber distribuido cintas celestes y blancas durante la “Semana de
Mayo”, como signos de su sector, lo que ya en otra nota os hemos ocupado de desmitificar[1].
Ambos distaban de ser oscuros activistas afiliados al grupo morenista, todo lo
contrario. El primero, a quien algunos sindican como un simple cartero[2]
y exaltado jacobino, gozaba de gran confianza en los círculos revolucionarios. Durante
las "Invasiones Inglesas" fue principal colaborador de Pueyrredón en la formación
de sus Húsares, Liniers lo nombró teniente coronel en 1808 y la Junto le confió
organizar el nuevo regimiento “América”. Por su parte, Beruti se había doctorado
como abogado en la Universidad de Salamanca, más tarde llegaría a ser segundo Jefe
del Estado Mayor del “Ejército de los Andes” y a combatir en la batalla de
Chacabuco, donde fue condecorado. Su mano confeccionó la nómina que fue consagrada
como la Primera Junta de Gobierno.
Algunos nombres de aquellos revolucionarios trascendieron hasta llegar a ser conocidos por el común de los
argentinos de hoy. Los de otros solo pueden hallarse en los libros; los más no
dejaron huellas en el sentir colectivo. En apretado conglomerado anotamos: Nicolás
Rodríguez Peña, los hermanos Paso, Juan y Francisco, Mariano y Manuel Moreno, Díaz
Vélez, Vieytes, Cosme Argerich y Donado. También: Viamonte, Terrada, Ocampo,
Castelli, Chiclana y Belgrano. Mucho menos conocidos son: el fraile Manuel Torres,
el padre Antonio Sáenz, Simón Rejas, Ignacio Ignara, Gregorio Gómez, Juan Madera,
Pedro A. García, Enrique Martínez, Atanasio Gutiérrez, José Darragueira, Vicente
Echevarría, el comandante Esteban Moreno y Manuel Aguirre.
Pero, detengamos nuestra vista en uno de ellos. Era un encumbrado burócrata,
un universitario cultivado en Europa, de modales exquisitos, políglota, de
capacidad poco común. ¡Qué digo! ¡nada común! Era alguien cuyo pensamiento
había dado muestras de adelantarse a los hechos. Su posición en la administración
hispana le permitía estar atento a las novedades que se filtraban desde el
exterior. En la soledad de su despacho ese
hombre recibió una noticia llegada a bordo de un navío: la Junta formada en
Cádiz ¡había renunciado! Manuel Belgrano,
que de él se trataba, anotició a los suyos y los acontecimientos se
precipitaron.
Los argentinos sabemos bien lo que pasó después. En el
Cabildo Abierto del 22 de mayo se proclamó como un hecho trascendental la
teoría de la retroversión de la soberanía al pueblo. No se trató de una idea
surgida del París de la guillotina. Devino de los claustros, de la escolástica,
del pensamiento jesuita en las personas de Francisco de Victoria, de Francisco
Suarez y de Domingo de Soto, entre otros. La doctrina implicó la deposición del
virrey hispano y la formación del primer gobierno patrio.
Con este marco resulta buena
ocasión para tratar sobre los símbolos
que caracterizaron las históricas jornadas de la “Semana de Mayo” de 1810. No
existió una bandera que nucleara a los revolucionarios. Desterrando la leyenda
de las escarapelas celestes y blancas, hubo otros signos con los que se
reconocieron los unos y los otros: se vieron cintas blancas y otras rojas, algunas
de estas llevando el perfil del rey cautivo, junquillos y rebozos celestes, entre
las damas, gajos de olivo y acaso algún otro. Repito, todo era confuso, hasta
peligroso, muy peligroso, pero la vida continuaba. Llegado el momento de votar, 155 vecinos se pronunciaron por el
cese de la autoridad virreinal, mientras que 89 lo hicieron por la contraria. El
día había terminado, las tensiones amainaron, la sesión fue levantada. La
decisión dio paso a nuevas tratativas sobre cómo se organizaría una junta de
gobierno, a imagen de las formadas en otras regiones del Imperio.
Un testigo de los acontecimientos, Juan Manuel Beruti, (1777-1856), hermano de Antonio, funcionario, dejó
escrito en sus célebres “Memorias Curiosas”[3],
que el viernes 25 de mayo, luego de anunciarse su integración la junta de
gobierno fue vivada por el pueblo reunido al pie del balcón del Cabildo. Desde
su altura lo arengó el jefe de los “Patricios” y flamante presidente, del foro,
Cornelio Saavedra (1759-1829). A continuación, Beruti destacó:
“Se enarboló
la bandera en el Fuerte, éste
hizo salva, hubo repique general e iluminación en la ciudad (…) El contento fue general con esta elección
pus fue a gusto del pueblo”.
Con esto aludió a la enseña naval hispánica, la que
correspondía izar en una fortaleza que defendía a un puerto, la rojigualda
decretada por Carlos III en 1785, que fue saludada con disparos de cañones, al
par que el Cabildo ordenó iluminar a grasa de potro el núcleo de la ciudad,
reconociendo de este modo el júbilo
popular y la trascendencia del acontecimiento.
¿Y el pañuelo?
Preciso es retroceder
hasta las febriles deliberaciones del 22
de mayo. En aquella brumosa y fría jornada participaron activamente algo
más de 250 vecinos, mientras que, apostados en los accesos a la Plaza Mayor, efectivos
de los “Patricios” controlaban celosamente a quienes pretendía acceder al Cabildo
previo mostrar las invitaciones pertinentes[4].
Una cantidad indeterminada de personas, mayormente chisperos, permanecían
refugiados de las inclemencias del tiempo bajo las arcadas del Cabildo y de la Recova.
En la sala de sesiones y demás habitaciones capitulares se discutía, se mocionaba,
se temía, se acordaba y se disentía. En algunos primaba la prudencia, en otros
el temor, mientras que los exaltados abogaban por una u otra postura. Nada era seguro, todo podía pasar.
Fue entonces que aquél hombre del que habláramos, el
Secretario del Consulado de Comercio y sargento mayor de la “Legión de
Voluntarios Patricios”, Manuel Belgrano,
un decidido patriota se mantenía en silencio, pero expectante. Respondiendo
al deber común de la época, vestía su uniforme de oficial y portaba espada en su cintura, aunque en su fuero íntimo se reconocía como un profano en el arte
militar[5].
Las miradas de muchos estaban puestas sobre él. Aparentando un ánimo displicente,
en una de sus manos sostenía un blanco pañuelo y jugueteaba con él. Ahí, en ese pequeño cuadrángulo, quizás de fino lino
bordado, estaba la clave. En esa nimia
prenda de uso personal radicaba el símbolo de la revolución. Pero, leamos
lo que nos dejó escrito el prócer en su “Autobiografía[6]”:
“El Congreso celebrado en nuestro estado para
discernir nuestra situación, y tomar un partido en aquellas circunstancias,
debe servir eternamente de modelo a cuantos se celebren en todo el mundo. Allí
presidió el orden; una porción de
hombres estaban preparados para la señal de un pañuelo blanco, atacar a los que
quisieran violentarnos: otros muchos vinieron a ofrecérseme, acaso de los
demás acérrimos contrarios, después por intereses particulares; pero nada fue
preciso, porque todo caminó con la mayor circunspección y decoro. ¡Ah y qué
buenos augurios!”
Estas líneas definen el protagonismo de Belgrano en aquella hora
crucial, no fue un simple partícipe de aquellos conciliábulos, sino aquél
al que se miraba, atentos los patriotas a su gesto, al que muchos fueron a
ofrecérsele incluso, algunos de los más “acérrimos contrarios” a las nuevas
ideas, pero que confiaban en su juicio personal, sabedores de sus virtudes y de
la pureza de sus intenciones.
De ese pañuelo blanco dependió en un momento la
historia toda del Virreinato del Río de la Plata que se extinguía, de aquella
nación que nacía bajo influjo del ideal de libertad.
De haber caído ese pañuelo de las manos de Belgrano muy distinta pudo ser la historia y, con toda seguridad, el tumulto habría disuelto la reunión, la gritería y la violencia se habrían apoderado de todos y, acaso, la sangre habría corrido durante el parto político de aquella primera junta de gobierno. En Belgrano primó la prudencia, aunque seguramente no faltaba la decisión de llevar adelante lo comprometido.
[1] CARRILLO BASCARY, Miguel. La escarapela NO ES UN SIMBOLO NACIONAL. Cuestión recurrente https://banderasargentinas.blogspot.com/2024/05/la-escarapela-no-es-un-simbolo-nacional.html
[2] En 1802 fue el primero que ocupó esta función por delegación del Cabildo.
[3] BERUTI, Juan Manuel. “Memorias Curiosas”, en Biblioteca de Mayo. Tomo IV, p. 3763. Senado
de la Nación. Bs.
Aires. 1966. https://digitales.bcn.gob.ar/files/textos/Biblioteca-de-mayo---Tomo-4.pdf
[4] Se habían confeccionado en la Imprenta de los Niños Expósitos. Las que
se distribuyeron a los patriotas llevaban una casi invisible viñeta invertida,
señal de un esperado voto positivo a la destitución del virrey.
[5] Dejó escrito sobre él mismo: “no
era lo mismo vestir el uniforme de tal, que serlo (…) por mi deseo de desempeñarlo [se refiere a su función de oficial,
que le fue discernida por votación de quienes serían sus propios subordinados] según correspondía, tomé con otro anhelo el
estudio de la milicia y traté de adquirir algunos conocimientos de esta
carrera, para mí desconocida en sus pormenores” (Ref. “Autobiografía”).
[6] Publicada en Biblioteca de
Mayo. Tomo II, pp. 951-1025. Senado de la Nación. Bs. Aires. 1960, https://digitales.bcn.gob.ar/files/textos/Biblioteca-de-mayo---Tomo-2.pdf
P.S.: Luciano Pezzano, erudito numismático y a quien reconozco como amigo, observa que en la obra de Subercaseuax que Belgrano “Está sentado a la derecha del padre Luis José de Chorroarín, y parcialmente cubierto por este, de brazos cruzados y mirada concentrada”, hacia la derecha del Obispo Lué al que se muestra con sotana algo morada. Los fundamentos de esta explicación puede verse in extenso en “El Reverso”. Boletín Electrónico del Centro Filatélico y Numismático San Francisco. Nº40, pp. 11-12. Junio, 2016. Bs. Aires. https://www.monedasuruguay.com/bib/rev/rev040.pdf Allí se referencia como fuente de tal asignación a la interpretación realizada por el padre Cayetano Bruno. Cumplo en dejarlo referenciado, pero hago patente mi respetuoso disenso con tan jerarquizado religioso. Para mi el rostro del “Belgrano” que señalo en la imagen que abre la nota coincide perfectamente con la fisonomía que le conocemos, tanto en su perfil como en el detalle de sus cabellos peinados hacia el frente (Referencia: los óleos ejecutados por Carbonnier, en 1815). Además, la tradición de que vestía de uniforme se conforma el atavío con que se lo observa.


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