viernes, 16 de enero de 2026

Banderas como armas ideológicas y herramientas sector

Normativa y realidad social en los ámbitos internacional y argentino

Posición ideal en un dispositivo ceremonial, en Argentina
Banderas de estados soberanos: en el extremo derecho, Argentina, a su izquierda: Francia, 
En mástil desplazado: posición de otros vexilos que no representa soberanías,
en el caso se muestra una de las banderas de la Paz

Por Miguel Carrillo Bascary

Con la humildad que entrañan sus paños, las banderas también son parte de los conflictos que afligen a nuestra realidad. Ellas tienen funciones pasivas y dinámicas. Su ondear cuenta con el potencial de exacerbar pasiones, encuadrar demandas y expresar sentimientos de todo tipo. En el contexto apropiado catalizan tensiones, alumbran esperanzas y, con su presencia, tanto marcan el protagonismo de las masas como la decisión de un líder.

La era de la comunicación que nos define multiplica el protagonismo sociológico de las banderas. En sus manifestaciones más recientes se observa una tendencia marcada que parece haberse desarrollado en Europa y que se difunde a nivel planetario.

Parte de un afán por “visibilizar” todo tipo de demandas. Algunas son muy justas y razonables, otras tantas cuestionables y también hay muchas francamente inaceptables por sus caracteres agresivos o antidemocráticos. Si a esto se suma un amplio abanico de ideologías, de ismos y la actuación de vociferantes minorías de todo tipo, se precipita un caos de intereses manifestados en las banderas.

En virtud de las redes y de la televisión, en focar con la cámara un espacio determinado o una multitud en los que se advierten banderas proyecta su significado a millones de observadores de todo el planeta, con lo que el significado de estos vexilos en correlato que muestra la imagen tiene un impacto innegable, absolutamente evidente.

Para más, el evento trasciende a la dimensión del presente y queda literalmente “en la nube”, como innegable testimonio para quien sepa buscarlo o para quien se lo encuentre en un inocente navegar, aunque hayan pasado décadas.

En la consideración de los unos y los otros, los paños se suman, se izan, se denigran, se presentan, se cancelan, se reivindican, se inventan y se restablecen. También predican, acusan, muestran, celebran y condenan, en un ritmo cacofónico de pasiones, intereses, ingenuidades y loables propósitos, plasmando en una suerte de arco iris de vexilos.

En ciertos estados el fenómeno alcanza rangos críticos[1], en otros campea la indiferencia, y en muchos más esta pluralidad rechaza, entusiasma, compromete y hasta escandaliza.

A priori, pareciera que hay una extendida anomia pero, con un poco de formación específica y algo de profesionalismo, se puede observar que existen normas que regulan el Ceremonial de las banderas, aunque las realidades sean muy diversas. Obvio que estas pautas no se aplican a las manifestaciones sociales espontáneas, pero en los ámbitos gubernamentales, corporativos y educacionales, la normativa existe. Podrá ser rígida, laxa, indiferente, tolerante o amistosa, elemental o muy elaborada, pero de ella dimana el mandato a los órganos de control de hacerla aplicar. Hay para todos los gustos, conforme a las tradiciones de cada país y de cada nación.

No abundaré más, entiendo que el lector conoce de lo que escribo, lo que me ahorra fatigarlo con más lectura de encuadre.

Veamos el caso argentino

Esa suerte de guerra de guerrillas que se libra en el ceremonial de las banderas también se manifiesta en mi país. Se libra, en menor o en mayor medida, según las peculiaridades culturales de cada región de su extenso territorio.

El marco normativo general en Argentina es mínimamente suficiente, pero sus muchos silencios y la complejidad que implica su forma federal de estado, contribuye a una extendida confusión que reviste cierto carácter anarquico alimentado por el desconocimiento de muchos de quienes tienen responsabilidad en la materia. 

Por caso, la temática hace décadas que desapareció de la mayoría de las currículas destinadas a quienes se forman como docentes. ocurre, también que a muchos funcionarios les “molesta” el más sencillo protocolo. Ultimamente, en el afán de “reducir el aparato estatal” se eliminan las oficinas de Ceremonial o se las esteriliza incluyéndolas en las que se ocupan de las “Relaciones Públicas”. El resulta es lógico: la improvisación reina, mejor dicho, impera, con lo que la imagen institucional del funcionario o de la institución caen, estrepitosamente. Por lógica también se afecta la cohesión social y la identidad general.

Volvamos a la dimensión normativa. Destacaba que la República Argentina es una federación, lo que implica que existe un gobierno nacional y veintitrés de provincias (que gozan de un amplio margen de autonomía), a esto se agrega el que corresponde a la ciudad de Bs. Aires, también autónoma. Entre tantas unidades políticas debe coordinarse el sistema de Ceremonial. Parece demasiado ¿no?

La legislación sobre los símbolos nacionales, es en principio de competencia nacional. Sin embargo, como en este nivel falta una norma sistémica, suficientemente desarrollada, aparecen numerosos vacíos y también disposiciones ya anacrónicas. Los gobiernos locales intentan llenarlos con leyes, decretos y resoluciones propios, lo que complica grandemente la situación. Incluso, hay veces en que inadvertidamente se usurpan funciones nacionales, con lo que se hace factible que surjan disposiciones contradictorias.

Reitero, falta en Argentina una norma sistémica sobre el ceremonial de los símbolos nacionales, la que debería abarcar la mayor cantidad posible de situaciones. En ella tendría que articularse en forma coherente lo atinente a los emblemas de cada una de sus ¡veinticuatro jurisdicciones! A esto se agrega que, por razones de índole política, no faltan gobiernos locales reacios a cooperar, aun cuando sea en una materia tan aséptica como los símbolos nacionales, donde debería imperar un desinteresado y pacífico consenso.

De izamientos y exhibiciones

Después de un período histórico que se caracterizó por continuas crisis de institucionalidad, Argentina retomó su constitucionalidad a fines del año 1983. Se dio entonces un reverdecer del federalismo, que venía diluyéndose por políticas centralistas desde fines del siglo XIX.

Desde el año 1985[2] las provincias comenzaron a darse banderas, como una forma de reivindicar sus identidades. Cuando erminó de completarse el proceso[3], se observó que la forma en que estos símbolos son percibidos por sus pueblos no es unívoca. Hay algunas provincias donde sus enseñas particulares tienen amplia vigencia, en otras se observa un decidido esfuerzo por lograr que arraiguen en los usos sociales, con suerte dispar, y en algunas, la indiferencia de sus habitantes es patente.

Paralelamente se asiste a un fenómeno similar a nivel de ciudades y comunas. Son literalmente cientos las que han resuelto darse banderas, particularmente en la última década; tendencia que sigue en aumento[4], mientras que en otras apenas tiene relevancia[5].

Al respecto, en la Ciudad de Bs. Aires y su conurbano, en las zonas urbanas de Santa Fe, Mendoza, Córdoba, y en otros lugares puntuales reina un sentimiento cosmopolita que minimiza el rol de las enseñas locales. En el resto del país, el respeto por los símbolos y por su ceremonial es mucho más acentuado, aunque multiforme. En esta dimensión pueden señalarse algunos fenómenos particulares, lo que paso a señalar.

En el Noroeste, con ramificaciones varios otros sectores del país, se observa la penetración de la wiphala en el marco de reivindicaciones de los pueblos originarios. Esto se repite en el Oeste patagónico, con eje en la wenufoye mapuche y otros vexilos similares.

Mientras que en diversas regiones los movimientos cooperativistas, ecologistas y los vinculados con la paz, con un destacado activismo se corporizan en sus vexilos.

La Iglesia Católica, a partir del gran número de establecimientos educativos de su dependencia torna tradicional el empleo de la denominada "enseña papal"[6].

Existe también una activa tendencia que se expone con los muy diversos vexilos “del orgullo[7]” Además, quienes se reconocen como herederos de las tradiciones de la inmigración, hacen amplio uso de las banderas de sus abuelos. A esto se suma la costumbre de que las escuelas con nombres de países amigos incorporen sus respectivos pabellones en actos y ceremonias.

Tampoco falta ocasiones, donde las instituciones civiles (clubes deportivos, entidades de servicio, asociaciones, etc.) consideran pertinente izar o presentar sus emblemas.

No olvidemos que, en el 2015 se reconoció con toda justicia, a la “Bandera Nacional de la Libertad Civil, con el carácter de “símbolo patrio histórico”, cuyo empleo es facultativo, pero que por su propia naturaleza su empleo se extiende, cada vez en mayor medida.

Des todo esto deriva una verdadera inflación vexilológica, que banaliza la trascendencia implicada en los símbolos, hasta el punto de que algunas de sus manifestaciones lleguen al absurdo[8].

Afortunadamente hay un sentimiento pleno, entusiasta y generalizado en todos los estamentos populares y a nivel gubernamental que destaca la identificación con la Bandera Oficial de la Nación “la celeste y blanca”. Posiblemente su afloramiento más notorio se dio durante los festejos por la consagración del seleccionado argentino como campeón mundial de futbol, donde toda la geografía argentina se cubrió espontáneamente con sus colores.

En este análisis no puede soslayarse un factor económico que condiciona la forma en que se muestran las banderas, particularmente en los espacios públicos y en los establecimientos gubernamentales, entre los que se incluye a los dedicados a la educación. Me refiero a la disposición de mástiles.

Ocurre que en la generalidad de estos ámbitos hay un solo palo, que resulta escaso ante el extendido uso de las banderas Nacional, provincial y la que corresponde a la ciudad o comuna; a la que eventualmente se sumaría la “Bandera Nacional de la Libertad Civil”. También existe una lógica expectativa de los sectores interesados para que en determinadas situaciones se muestren los vexilos a los que me refería anteriormente. En algunos casos, la presión en tal sentido pone en compromiso a las autoridades. De esto resulta que hay pluralidad de banderas para una muy escasa cantidad de mástiles y se llega a lo dramático cuando solo hay uno. Queda planteado el dilema.

Acá es donde anidan potenciales entuertos, fácilmente perceptibles aun entre observadores no especializados. Las pautas del Ceremonial nacional reservan ese único mástil a la Enseña patria, a la que eventualmente se pueden adicionar, la provincial y la municipal (véase la imagen que abre esta nota). Jamás debe admitirse que se sumen aquellas que no tengan carácter oficial. Si a esto se suma que no hay una educación de nivel adecuado en materia del Protocolo vexilológico, se obtiene una potencial “tormenta perfecta”, que en no pocos casos aflora en tensiones y conflictos. Algunos son de gravedad, hasta el punto que las redes informan periódicamente sobre hechos violentos.

En este punto concreto, el aumento del número de mástiles, es un factor superador, pero muchas veces no es factible por no adecuarse a la arquitectura del lugar, aunque razones de costo pueden diferir la provisión. Aún así el conocimiento del sistema de precedencias resulta indispensable.

Sería principio de solución, reitero, dictar una normativa nacional clara, suficientemente amplia y detallada, lo que hasta ahora permanecería fuera de la atención de los legisladores.

En este punto se hace necesario recordar que el Instituto Nacional Belgraniano, entidad gubernamental dotada de autonomía académica, tuvo entre sus competencias asesorar al ámbito gubernamental y aún a los particulares en todo lo referido a los símbolos patrios y su ceremonial[9]. En este marco preparó un ambicioso proyecto de ley que sistematizaba esta temática. La labor de preparación fue ímproba y comprometió el aporte de un núcleo de expertos de alto nivel. Una vez presentado a consideración de ambas cámaras del Congreso Nacional era de esperar un rápido tratamiento, así lo hacía esperar su perfil técnico y lo pacífico de su materia. Lamentablemente no ocurrió, el proyecto nunca fue tratado en las comisiones a las que se derivó para estudio y con el correr del tiempo la iniciativa caducó.

A comienzos del año 2025, el Instituto fue iníqcuamente disuelto por decreto del Gobierno nacional en el marco de lo que se conoce como “achicamiento del Estado”. Esto determinó que quienes se venían desempeñando en el mismo, en forma totalmente ad honorem resolvieran formar una nueva entidad, el Instituto Belgraniano de la República Argentina, ya de carácter privado, cuya personería jurídica acaba de ser concedida, como manera de dar continuidad a su alto cometido. Entre sus cometidos, seguramente estará insistir en esta gestión.

Hago constar que ante el Congreso se registran otros proyectos de similar tenor al expuesto, de muy variados orígenes, pero todos son de menor desarrollo al previamente referenciado.

Responsables y responsabilidades

Si se observa la actuación del Congreso Nacional en los últimos años se verificará que su labor es cuantitativamente muy escasa y, por lo general, limitada a temas de alto interés político. En este marco las regulaciones dictadas sobre aspectos vinculados a la identidad nacional han sido ínfimas. Algo inexplicable, por cuanto la temática no debería plantear disyuntivas, por más acérrimas que sean las pujas parlamentarias.

Claro que existe una excepción, cuando por el Congreso Nacional, con la unanimidad en ambas cámaras sancionó la Ley Nº27.134[10] que en 1995 reconoció como símbolo patrio histórico a la “Bandera Nacional de la Libertad Civil” que el general Manuel Belgrano entregó al pueblo jujeño como testimonio de su desempeño en las batallas de Tucumán, de Salta y en el Éxodo de 1812.

El Lic. Manuel Belgrano entrega un ejemplar del vexilo al 
presidente de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Horacio Rosati

El más inexperto de los analistas políticos podría responder al interrogante que inquiere las razones de tal omisión de tratamiento, explicando que ninguna bancada quiere apoyar y/o promover el trámite de iniciativas de leyes vinculadas al sentir nacional que hayan tenido origen en otra. Con total miopía de miras parecen creer que, ante la opinión publica, los impulsores de la iniciativa “son más argentinos” que ellos. Es una cruda realidad. 

En esta dimensión de celos y afán de protagonismo, la lógica sería que los eventuales proyectos fueran presentados y sostenidos por un conjunto de legislares de diversos bloques entre los que, sería ideal, que se encontraran sus más notorios exponentes.

Como argentinos tenemos que asumir nuestras propias responsabilidades, las personales, las sectoriales y las comunes que plantean tan amarga realidad. Lo peor es que al llegar las Fiestas Patrias, en las conmemoraciones históricas y cuando surgen ciertos acontecimientos sensibles, nuestra dirigencia se desgarra las vestiduras y peroran sobre: “argentinidad”, “soberanía”, “identidad nacional”, “conciencia social” y tantos otros términos, que a los oídos del pueblo suenan grandilocuentes y vacíos.

Es muy doloroso decirlo, pero si se mira la historia argentina, la realidad referenciada plantea que ningún sector político, económico o social está libre de estos pecados. Parafraseando al evangelista San Juan[11], ninguno actor político tiene legitimidad moral para “tirar la primera piedra”. Escrito esto, corresponde proceder al respecto.

Corresponde que las iniciativas fueran multilaterales, para coincidir en los grandes objetivos y proceder coordinadamente, sin mezquindades, con un decidido accionar, articulado con eficacia y eficiencia.

La situación en otros sistemas

La problemática expuesta con relación a la Argentina es básicamente común a otros estados federales[12]. Algunos cuentan con regulaciones orgánicas que aventan muchos cuestionamientos, otros no.

En cambio, en la mayoría de los países del mundo, que cuentan con formas estatales unitarias[13], la cuestión es infinitamente más sencilla. Solo basta que el parlamento de cada uno, en conjunto con los ejecutivos, dicte una norma marco a la que indefectiblemente deben ajustarse los estados subnacionales y las fuerzas de la civilidad.

Concluyendo

- Se hace evidente que la llave de este verdadero galimatías está en la voluntad política gubernamental que, lleve a que Argentina dicte una norma sistémica, la base de todo accionar futuro, con particular involucramiento de la docencia, de los ceremonialistas, organizadores de eventos y de los comunicadores.

- En el ínterin la proliferación de banderas que acompañan a la Nacional continuará como potencial punto de conflictos dando lugar a verdaderas acciones de güerillas en pos de ocupar los mástiles.


Notas:

[1] Uno de ellos se refleja en estados Unidos con el uso de las llamadas “banderas confederadas”. Otro tanto ocurre en España, con numerosísimas expresiones, particularmente la Ikurriña, la Senyera, la LGBT+ y otras. También en aquellos estados donde hay minorías postergadas. Como ejemplos, alcanza.

[2] Esa suerte de guerra de guerrillas que se libra en el ceremonial de las banderas también se manifiesta en Argentina, en menor o en mayor medida, según las peculiaridades culturales de cada región. La adopción de banderas provinciales empezó en 1985, cuando Santiago del Estero estableció la propia.

[3] Ocurrió en el año 2014, cuando Córdoba definió su lábaro particular.

[4] Cito los casos de: Córdoba, Santa Fe, Misiones y Bs. Aires, principalmente.

[5] Tucumán, Jujuy y Formosa.

[6] Véase en este Blog una serie de siete notas sobre la enseña pontificia; http://banderasargentinas.blogspot.com/2022/10/bandera-papal-de-la-santa-sede-o-del.html

[7] En lo personal registro unos 120 vexilos que encuadran bajo esta deenominación.

[8] Tengo presente la oportunidad en que un director de escuela de una alejada zona norteña me consultó muy preocupado. En un acto debía presentar cuatro banderas, con sus respectivos abanderados y escoltas y en su establecimiento ¡solo había quince alumnos!

[9] Decreto Nº1.435/ 1992; https://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/5000-9999/9846/norma.htm

[11] Juan, 8,1-11. Jesús y la mujer adúltera.

[12] Entre ellos, además de Argentina, pueden citarse: Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Alemania, Austria, Suiza, India, Australia, Bélgica, Malasia y Rusia. También seria Venezuela, pero el totalitarismo que a la fecha la aherroja impide sumarla al grupo.

[13] Cabe apuntar que algunos estados desentralizan el poder sobre una base territorial pero bajo el sistema de regiones. También en ellos se recrea el potencial de conflictos que se apunta para los de estructura federal. Los casos más significativos en donde se observa inestabilidades expresadas en materia vexilológica son los de España e Italia.

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