El colmo del autoritarismo
Por Miguel Carrillo
Bascary
Suele presentarse a
quien gusta leer antiguos documentos algunos datos curiosos que merecen ser
compartidos. Son demasiado sabrosos para guardarlos en el anecdotario personal.
Al menos en el año 1836, data de nuestra historia, el ejercicio de la Medicina y de la Abogacía en Argentina no demandaba acreditar los conocimientos correspondientes, los requerimientos muy otros, como se verá.
En obsequio de quienes no sean argentinos, antes de
entrar en tema es imprescindible brindar alguna noticia sobre el muy alto
funcionario que suscribe el decreto que será comentado. Descuento que mis
compatriotas cuentan con información al respecto.
Por entonces el gobernador
de la provincia de Bs. Aires, era Juan Manuel de Rosas cuyo nombre completo era
Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas
y López de Osornio (Bs. Aires, 1793-Southhampton, 1877). Esto evidenciaba su rancio abolengo, del que renegó por
causa de una disputa con su padre. Quien sería llamado “restaurador de las
leyes” era un poderoso estanciero, autocrático líder, sedicente federal pero
acérrimo defensor de los intereses de Buenos Aires. Por no haber una autoridad
nacional, Rosas también ejercía la representación exterior del país y extendía
su influencia sobre el resto de los gobernadores.
Ahora sí, pasemos al documento,
un decreto que Rosas suscribió el 27 de
enero de 1836, “Año 27 de la
Libertad, 21 de la Independencia y 7 de la Confederación”, como consta en la
data.
En el texto se verá cuánto
valoraba Rosas la sumisión y la
obediencia de los profesionales a sus “Superiores
de la Universidad”, valor que estimaba imprescindible para ejercer las
profesiones de Galeno y de Cicerón, lo que habla bien poco de la trascendencia
que se otorgaba a la independencia de
criterio, que supuestamente debía cultivarse en los centros de altos
estudios.
Esto no era lo más grave,
seguidamente el decreto define un segundo requisito ya que el interesado en
ejercer debía “… ser notoriamente adicto a la causa nacional de la Federación”.
O sea, al sentir político predominante, del que Rosas se presentaba como el
campeón.
Estas eran las condiciones
se requerían para trabajar en ambas “profesiones liberales”, bajo pena de nulidad del diploma.
El texto que leerán a continuación me exime de mayores comentarios. Lo antecedía la proclama que estaba omnipresente en todo escrito, tanto público como privado, ¡VIVA LA FEDERACION!:
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