Símbolo del sueño que pudo ser
Por Miguel Carrillo
Bascary
En el año 1986 Argentina atravesaba por un momento que
quiso ser fundacional. De alguna manera lo fue, pero el resultado no alcanzó
a cumplir las expectativas de su pueblo. Tres años antes, en el incipiente
verano de 1983 se había recuperado la democracia, Raúl Alfonsín había asumido
como presidente de la Nación y hubo un reverdecer de muchos valores cívicos y
culturales. Lamentablemente el desacierto de la política económica diluyó el
buen humor social, como el rocío con la salida del Sol.
En este marco, el 15 de
abril de 1986, Alfonsín se dirigió a
los argentinos por cadena nacional radio-televisiva y enunció los lineamientos del llamado “Proyecto Patagonia” que tenía
múltiples aristas, algunas de ellas prometían ser revolucionarias, al menos
para la tradición argentina.
En síntesis, implicaba un redimensionamiento geopolítico y una
descentralización de la actividad administrativa y productiva, tuvo como su principal enunciado el traslado la
Capital Federal a la confluencia del río Negro con el Océano Atlántico.
Desde los tiempos de la
colonia, Argentina arrastraba, y aún lo hace, la influencia desmedida de la ciudad de Bs. Aires que ha condicionado
todo su desarrollo a despecho de los cambios de regímenes políticos y de realidades
socioeconómicas cambiantes. Hasta tal punto esto es veraz que se ha dicho que
el país tiene un cuerpo de enano y una cabeza de Goliat. No entraré en esta
cuestión que es absolutamente asumida, me detendré en la “nueva cuestión
capital” que implicó la iniciativa.
En cumplimiento con lo dispuesto
por la Constitución nacional en su artículo 13, lo primero fue lograr la cesión de las tierras necesarias por
parte de las provincias de Río Negro y Bs. Aires, lo que final, mente pudo
lograrse.
Para continuar con el
avance, en mayo de 1987, el gobierno hizo aprobar la Ley Nº23.512[i],
que declaró como “Capital de la República, a
los núcleos urbanos erigidos y por erigirse en el área de las actuales ciudades
de Carmen de Patagones (provincia de Buenos Aires) y Viedma y Guardia Mitre
(provincia de Río Negro)”.
El auspicioso desarrollo inicial se vio inmediatamente condicionado
por la realidad económica, mientras que poderoso grupos de presión y otros factores
de poder conspiraron desembozadamente en sentido contrario. Finalmente, todo
estallaría con la hiperinflación que arrolló al país en 1989 y que implicó que
Alfonsín abandonara el poder.
La experiencia se
inscribirá, una vez más, en los sucesivos
intentos de mudar la localización de la Capital Federal fuera de la ciudad
de Bs. Aires. Agotada esta posibilidad, aunque para algunos criterios jurídicos
la Ley de referencia sigue de alguna manera vigente, podría afirmarse que tanto
el “Proyecto Patagonia”, como la capitalización de la boca del río negro quedaron
definitivamente en la historia.
Con esto, el objeto de la
presente nota versa sobre una curiosidad
vexilológica, que muy bien pudo ser. Así, me interesa traer al presente
casi cuarenta años después el diseño que pudo tener la bandera para esa nueva
capital y el nombre que en principio se le dio.
Para esto exhumo acá el
concienzudo estudio del amigo David
Antonio Sorich[2],
por entonces entusiasta estudiante de Sociología en la Univ. Nacional de
Rosario, quien tuvo la gentileza de compartirme, junto con sus sueños y aspiraciones.
Antes que nada, me
referiré a su persona, hoy convertida en un referente significativo en la cultura salteña, como que ha merecido
numerosos reconocimientos en la materia y, particularmente, en el ámbito de la literatura y la poesía[3].
El caso fue que entre los
numerosos proyectos derivados del previsto traslado de la capital federal el
Gobierno motorizó un concurso nacional para
determinar cuál sería el nuevo nombre de la gran ciudad que sería su sede,
la que se estructuraba sobre las de Biedma y Carmen de Patagones, además de
comprender el pueblo de Guardia Mitre y una amplia área para desarrollo urbano
futuro.
Cuando en 1988 se definió
la compulsa fue seleccionada la
propuesta de Sorich, quien había postulado la denominación de "Curruleubú" (palabra de la etnia
puelche guéneken o patagones del Norte, que significa "Río Negro", y
cuya denominación paralela sería "Nueva del Sur" o “Nueva Argentina”.
De conformidad así comenzó a llamársele. Sorich explicó una vez que se inspiró
en la designación del río Negro el que, a su vez, se denominó así, aludiendo a
Chanel, gran cacique guéneken, que era de piel muy oscura.
Además, Sorich avanzó con
el desarrollo de la idea, ya que compuso
su escudo, himno y bandera.
Este es el boceto que me entregó en su oportunidad, sobre el que se compone la imagen que abre esta nota. Como se observa se estructura con los colores nacionales, ubica en su centro al Escudo patrio y en las franjas laterales dispone cuatro grupos de cinco estrellas.
Lamento no recordar cuál era el significado de estos conjuntos de astros, pero tengo la esperanza
que al ver esta nota publicada sea el propio Sorich quien nos lo explique.
Queda así plasmada la bandera que se soñó para Curruleubú, la “Nueva del Sur”, la “Nueva Argentina”, la nueva Capital Federal de la República Argentina.
PS: obvio que desde la Vexilografía el diseño merece sus reparos, pero no deja de ser parte de una historia que pudo ser.




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