martes, 16 de julio de 2019

Símbolos de la Orden del Carmen

El hábito-bandera que entregó Nuestra Señora del Carmen

La más antigua imagen que se conserva de N. S. del Carmen 

Por Miguel Carrillo Bascary

Hoy día 16 de julio la Iglesia celebra a nuestra madre, la Virgen María, en su advocación de Nuestra Señora del Monte Carmelo, lo que justifica el brevísimo ensayo que alude a los símbolos de una de las más antiguas comunidades religiosas.

Noticias sobre la Orden

La Orden Carmelita remonta sus orígenes a los piadosos eremitas que aprovecharon las grutas del Monte Carmelo (550 mts. de altura) en cuyas faldas hoy se levanta la ciudad de Haifa, Israel.

Con el tiempo, hacia el siglo XII se constituyeron en una comunidad y se dirigieron a San Alberto, patriarca de Jerusalén quien en el 1209 les dio las primeras reglas. Tomaron el nombre de “Hermanos Beatísimos de la María del Monte Carmelo” (en latín Ordo Fratrum Beatissimæ Virginis Mariæ de Monte Carmelo) y levantaron un templo que le dedicaron bajo la imagen de “Madre de la ternura”.

Las reglas de la Orden fueron aprobadas por el papa Inocencio IV en 1245, y su primer superior fue San Simón Stock.

Su hábito, escapulario, escudo y bandera

El 16 de julio de 1251, la Virgen se apareció a Simón en Aylesford, Inglaterra, y le entregó el hábito capa blanca y túnica marrón que caracteriza a la corporación

De él deriva el escapulario, sacramental que también identifica a todos los cófrades carmelitas y cuyo uso determina que participan de todos los méritos y oraciones de la Orden y quienes, conforme la promesa de Nuestra Señora pueden aspirar a verse libres del Purgatorio, si en vida hubieran cumplido con las condiciones previstas; quienes también pueden alcanzar el “privilegio sabatino” de ser sacados del Purgatorio por la Virgen el sábado posterior a la muerte.

 
Escapulario de N. Sra. del Carmen

De conformidad la Orden se dio un escudo cuyos elementos básicos se han mantenido con los siglos y sobre el que aporto algunas noticias.

Con tal referencia puede decirse que la bandera de la Orden es blanca y marrón, aunque su disposición presenta gran diversidad a lo largo del mundo, en donde los carmelitas desarrollan su apostolado.

De esta forma les comparto varias imágenes que certifican que no podemos hablar de una bandera carmelita en cuanto a diseño único e invariable. Estas imágenes demuestran que sobre la base del blanco y el marrón diversas comunidades carmelitas han compuesto paños con diferentes formatos, a los que podemos caracterizar como vexilos carmelitanos.

 
 Bandera del Colegio Carmelitano de Pamplona (Colombia)

 Otra bandera atribuida a la misma institución
Otro formato empleado por la Orden

 Bandera de la Orden Carmelita, según Wikipedia 
combina sus colores propios Orden y el blanco y 
celeste atribuidos a la Virgen María

 Bandera de los Carmelitas Descalzos del Caribe (Rep. Dominicana)

Bandera del Colegio de Ntra. Sra. del Carmen de Cumaná (Colombia)

Bandera del Colegio Carmelitano de Pamplona (Colombia), con otro diseño

 
Otro diseño correspondiente al colegio de Cumaná

Bandera del Colegio del Carmelo, Cartagena (Colombia)

Tras el cruciferario puede verse una bandera del Carmen
compuesta de dos franjas marrones y la central blanda (Sevilla)
He visto iguales en diversos establecimientos carmelitas de Argentina
Sobre el Escudo
 
Modelo antiguo, datado en 1616

Reproduzco también el trabajo de fray Antonio Ruiz, O. Carm. Signos y “Símbolos carmelitas”, publicado en https://www.ocarm.org/es/content/ocarm/signos-simbolos-carmelitas

"Es sin duda, el símbolo por excelencia de los carmelitas. Y símbolo por su nacimiento y por su actualidad: nace por el deseo de concretar en un símbolo los sentimientos que antes se habían expresado en cuadros y representaciones marianas.

El escudo carmelita, el de las tres estrellas, y el de la punta afilada, se desarrollan en el siglo XVI, concretamente desde una primera aparición en 1499 y en una edición clara con todos sus elementos en 1595. No tendríamos mucha idea de aquel cuadro, que modernamente se ha popularizado, de la iglesia de los carmelitas de Corleone, ciudad siciliana, propagada con el nombre de algún grupo de mafia, fue en otros tiempos un lugar más de aquel jardín de carmelitas tan bien poblado de Sicilia. Sería muy bueno superponer este cuadro con el escudo que iniciaba en aquellos momentos su camino hacia la madurez.

Durante el Medioevo los carmelitas fueron concretizando el escudo que hoy conocemos en la representación de la Virgen, y de ninguna manera mejor que en el cuadro que citamos. Basta mirarlo. La mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas es la que nos transmite el cuadro corleonés.

Una Virgen María con el Niño, colocada en el centro de un resplandor posterior, "mujer vestida de sol", pero también vestida de la divinidad y de la inocencia, con su vestido rojo y manto azul; una luna a sus pies la separa de la escena inferior, donde varios religiosos carmelitas en hábito completo, contemplan a la Señora. El cuadro quiere abarcarlo todo: si nos fijamos con cuidado, observaremos una representación para nosotros muy familiar: un frailecito de rodillas recibe un escapulario. El ambiente es totalmente campestre: también el monte Carmelo era un lugar apartado de la ciudad.

No podemos dejar de anotar las dos cenefas que, por encima de la Virgen, sostenidas por ángeles y dos venerables ancianos colocados simétricamente, Elías y Eliseo, muestran dos textos que fueron muy populares y que expresaban en su simplicidad piadosa, que en el fondo representaron el Carmelo, que le ha sido dado en posesión a María "se le ha dado la gloria del Carmelo y de Saron". Indudable concretización de aquélla denominación que a partir de principios del siglo XIV se hizo popular entre los carmelitas, expresándolo en varias denominaciones, unas veces aplicadas a la Virgen y otras al mismo Carmelo: "el Carmelo es totalmente mariano" que llevaría como con secuencia a la "Señora del lugar": Porque el Carmelo está colocado, terreno y habitantes, bajo los pies de la Señora y de su luna.

Si superponemos mentalmente el segundo grabado sobre el primero, encontramos una simplificación que es la que dará lugar a la representación del escudo que hoy conocemos: la riqueza de elementos contenidos en el cuadro da lugar a una estilización de todos ellos: María continúa con la luna bajo sus pies, con las estrellas alrededor de su cabeza, y con el sol como fondo de su representación: de donde salen los rayos, que, aunque estilizados, seguirán siempre presentes. Los ángeles fueron separados de los letreros y estos mismos cambiaron sus textos, aunque no su lugar: ahora la misma Virgen se confiesa "Soy la Madre y honor de Carmelo": Los profetas han desaparecido pero su referencia se hace más clara en el letrero de la derecha: "Elías y Elíseo jefes y guías de los carmelitas". Estos elementos se intercambiarán en diversas versiones e incluso llegarán a desaparecer casi totalmente, pero el sentido de la representación continuará.

Todo el siglo XVI irá cambiando y evolucionando hasta llegar a la tercera representación que publica en Sevilla en 1595 el General Juan Esteban Chizzola al frente de unos estatutos dados para las provincias de España. Lo esencial permanece: ha desaparecido la representación figurativa de la Virgen con el Niño y en su lugar se han colocado dos estrellas. Los rayos de sol permanecen en esos triángulos blancos y negros, las estrellas continúan alrededor de la corona y aparece un elemento que seguirá siendo la lectura definitiva: "me consume el celo por el Dios de los ejércitos" procedente de la parte di en dicho que Elías se repite frecuentemente en sus actuaciones cuando defiende la fe y las obras de Yahvé. Y aunque durante todo el siglo de evolución del escudo nunca apareció esta leyenda, sin embargo, aparece ahora para quedarse definitivamente. Y la presencia del profeta Elías con su símbolo más conocido: la espada de fuego.

También del triángulo inferior, que había aparecido vacío durante todas las representaciones de la Virgen que se hacen en el siglo XVI, especialmente en las portadas de las constituciones y estatutos, ahora viene colocada la estrella en el lugar donde antes se representaba al Carmelo con los carmelitas.

¿Tiene una interpretación simbólica nuestro escudo? Me parece que no. Nuestro escudo quiere ser una representación simbólica de una idea Carmelitana que ha tenido un gran éxito en la Orden. Y no ha importado mucho la legitimidad heráldica o no, por su fidelidad a los cánones de esta ciencia. La evolución ha llevado a un elemento que representa una de las ideas más esenciales de la vida carmelita: un resumen de su piedad mariana: en un mismo campo ha querido aunar los dos elementos, la Virgen y el Carmelo, que han sido siempre los elementos fundamentales de la vida de los religiosos de la Orden.

¿Representan algo las estrellas especialmente alguno de los elementos colocados en los campos del escudo? Pienso que no estamos ante una representación que podamos darle sentidos diferentes, más o menos espiritualizantes: los carmelitas no quisieron representar en su escudo otra cosa sino las relaciones entre María y la Orden. Las estrellas no tienen ningún significado, son una imagen de la representación mariana que durante el siglo XVI derivó hacia una sustitución de imágenes por símbolos, sin tener en cuenta ni las leyes de la heráldica, ni significado espiritual alguno.

Me atrevería a decir que el escudo es el mejor símbolo de la vida carmelita, testimonio de su devoción a María. Me ha admirado siempre que los carmelitas no hayan colocado en un lugar prominente el primer símbolo mariano de la orden y para él hayan solicitado los mismos privilegios y gracias concedidos a otros símbolos devocionales. ¿Llegará alguna vez a conseguirse? Esta explicación del escudo que proponemos encamina hacia tal consideración. Esperemos."

Vemos seguidamente otros modelos: 


La Virgen del Carmen "generala" 

Solo nos referiremos a ella en tanto que el Ejercito de los Andes comandado por el general José de San Martín la reconoció como su "generala" y patrona en vísperas del cruce de esa gran cadena montañosa con el objetivo de liberar a Chile y el Perú (1817). Como agradecimiento por el triunfo en la batalla de Chacabuco se la tributó un templo bajo su advocación.

Posteriormente Nuestra Señora del Carmen fue ratificada como "generala" por Decreto Nº9.471 del 23 de septiembre de 1943 y por otras muchas disposiciones coincidentes.
  
Constituciones carmelitas

Las comparto también los primeros artículos de las Constituciones de la Orden (Madrid, 1966) por considerarlas de mucho interés ya que reseñan su historia y configuran los principios de su espiritualidad y de acción en el mundo.

CONSTITUCIONES DE LA ORDEN DE LOS HERMANOS DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARIA DEL MONTE CARMELO,

Don y misión de la Orden

1. En Jesucristo, Hijo del Padre y "primogénito de toda criatura" vivimos una nueva forma de unión con Dios y con nuestro prójimo y participamos así en la misión del Verbo Encarnado en este mundo y formamos la Iglesia de Cristo, que es "como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano".

2. Viviendo en obsequio de Jesucristo y abrazando su Evangelio como norma suprema de nuestra vida, en virtud de su Espíritu que reparte a cada cual sus dones según su beneplácito, nos empeñamos en un mutuo servicio, tanto entre nosotros como para los demás hombres.  Así contribuimos a realizar en este mundo el plan de Dios que quiere que todos nos reunamos en su pueblo santo.

3. Entre estos dones del Espíritu, se cuenta la vida evangélica que profesamos como religiosos, llamados por Cristo a vivir y propagar su virtud transformante y liberadora y esta vida evangélica, de una manera peculiar, eficaz y actual. Una vida que se distingue ciertamente por la intensa búsqueda de Dios en total adhesión a Cristo, la cual se manifiesta mediante la vida fraterna y el celo apostólico.

4. Esta vocación conlleva la aceptación plena de las condiciones que Cristo exige a todos aquellos que quieren seguirle en este género de vida, y que son: la aceptación de la voluntad de Dios como participación en la obediencia de Cristo; una vida pobre y de comunión de bienes como expresión de nuestra unión en Cristo y de solidaridad evangélica con nuestros hermanos; y finalmente una castidad consagrada como expresión del amor a Dios y a los hermanos.

5. Consideramos nuestra vida religiosa ante todo como una invitación y un gran regalo de Dios mediante el cual nos consagra para Sí, a fin de que estemos dispuestos, a imitación de Cristo, a servir a nuestros hermanos. Esta vocación perfecciona en nosotros la virtud carismática del bautismo y de la confirmación en nuestra común fraternidad, en cuanto nos integra de modo peculiar en la Iglesia y nos dispone para servir a Dios y a los hombres, "para implantar y robustecer en las almas el Reino de Cristo y extenderlo por el ancho mundo".

6. Por consiguiente, nosotros -Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo- hemos de preguntarnos cuáles son las características que, entre tantos y tan variados carismas y vocaciones, dan a nuestra familia religiosa su propio semblante en la Iglesia.

7. Durante el tiempo de las Cruzadas en Tierra Santa, se establecieron algunos ermitaños en diversos lugares de Palestina. Algunos de ellos "llevaban una vida solitaria en el monte Carmelo, junto a la fuente llamada de Elías, ejemplo e imitación del santo varón y solitario el profeta Elías. En celdillas semejantes a las de los panales, como abejas del Señor, elaboraban la divina miel de la dulzura espiritual".

8. Poco después, a petición de los mismos ermitaños, San Alberto, patriarca de Jerusalén, los reunió en un único colegian y les dio una norma de vida según su ideal o propósito eremítico y que respondía al espíritu de la peregrinación a Tierra Santa y de la comunidad primitiva de Jerusalén. Estos eremitas, en efecto, impulsados " por el amor a la Tierra Santa, se habían consagrado en ella a Quien la había adquirido con el derramamiento de su sangre, para servirle bajo hábito de religión y de pobreza", permaneciendo en “santa penitencia" y formando una comunidad fraterna.

9. Esta forma de vida fue sucesivamente aprobada por Honorio III en 1226, por Gregorio IX en 1229 y por Inocencio IV en 1245; este último pontífice la aprobó definitivamente como verdadera y propia Regla en 1247 y la adaptó a las condiciones de vida de Occidente. Esta adaptación se hizo necesaria cuando los carmelitas comenzaron a emigrar a Occidente para huir de las persecuciones y manifestaron su voluntad de llevar un género de vida "en el que, con la ayuda de Dios, consiguieran la alegría de ayudar a la salvación propia y a la del prójimo".

10. La aprobación de la Regla por Inocencio IV hizo que los carmelitas se entregaran al servicio de la Iglesia siguiendo el ideal común de los Mendicantes, es decir, de las Órdenes de la fraternidad apostólica, conservando, no obstante, las peculiaridades de su carisma inicial que brilló a través de los siglos como prerrogativa del Carmelo, tanto entre los religiosos como en toda la Iglesia, especialmente por medio de los maestros de la vida espiritual que Dios suscitó en la Orden.

11. La Regla traza las líneas maestras de la vida carmelita en obsequio de Cristo según el espíritu de la Orden: meditar día y noche en la ley del Señor en el silencio y en la soledad, para que la Palabra de Dios abunde en el corazón y en la boca de quien la profesa; practicar asiduamente la oración, especialmente con vigilias y salmos; revestirse de las armas espirituales; vivir en comunión fraterna, expresada en la celebración diaria de la Eucaristía, en la reunión con los hermanos en forma de capítulo y en la comunión de bienes; corrección fraterna y caritativa de las faltas; austeridad de vida con el trabajo y la mortificación, fundada en la fe, la esperanza y el amor; conformidad de la propia voluntad con la de Dios buscada en la fe, con el diálogo y con el servicio del prior a los hermanos.

12. Peculiares de la espiritualidad del Carmelo son también el carácter eliano que los carmelitas han desarrollado al vivir en el Carmelo, lugar de las gestas del gran profeta, y la familiaridad de vida espiritual con María, de la que son signos elocuentes el título de Hermanos y la primera iglesia edificada sobre el monte Carmelo y a ella dedicada.

13. Cuando el género humano da principio a un nuevo período de la Historia, nosotros los carmelitas, animados por el Espíritu que obra en la Iglesia, intentamos adaptar a las nuevas condiciones nuestro programa de vida esforzándonos por entender los signos de los tiempos y por examinarlos a la luz del Evangelio y de nuestro patrimonio espiritual para encarnarlo en las diversas culturas.

El carisma de la Orden

14. "Vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia": esta frase de inspiración paulina es la matriz de todos los componentes de nuestro carisma y la base sobre la que Alberto construyó nuestro proyecto de vida.  El peculiar contexto palestino de los orígenes y la aprobación de la Orden en su evolución histórica por parte de la Sede Apostólica han enriquecido con nuevos sentidos inspiradores la fórmula de vida de la Regla. Los carmelitas viven su obsequio de Jesucristo, comprometiéndose en la búsqueda del rostro del Dios vivo (dimensión contemplativa de la vida), en la fraternidad y en el servicio (diakonía) en medio del pueblo.

15. La tradición espiritual de la Orden ha subrayado que estos tres elementos fundamentales del carisma no son valores aislados o inconexos, sino que están estrechamente ligados entre sí. Esta misma tradición ha elaborado fuertemente la experiencia de desierto como proceso dinámico unificador de estos valores: es el compromiso del carmelita para hacer de Cristo crucificado, hombre despojado y desprendido, el fundamento de la propia vida, y para dirigir hacia Él, a través de la fe, todas sus energías, destruyendo todo obstáculo que se oponga a la perfecta dependencia de Él, y a la perfecta caridad para con Dios y los hermanos. Este proceso de despojo que conduce a la unión con Dios, fin último de todo crecimiento humano, se refleja en nuestra espiritualidad por la puritas cordis y el vacare Deo, expresiones de una total apertura a Dios y un progresivo vaciamiento de sí mismo.
          Cuando, a través de este proceso, llegamos a ver la realidad con los ojos de Dios, nuestra actitud hacia el mundo se transforma según su amor, y la contemplación de la presencia amorosa de Dios se encarna en nuestra vida de fraternidad y de servicio.

1) Dimensión contemplativa de la vida

16. Desde sus orígenes la fraternidad del Carmelo adoptó un estilo contemplativo, tanto en las estructuras como en los valores de fondo. Este estilo, en efecto, aparece evidente en la Regla que delinea una fraternidad que está a la escucha orante de la Palabra y es asidua en la celebración de la alabanza de su Señor; una comunidad formada por personas que quieren dejarse plasmar y habitar por los valores del Espíritu: castidad, pensamiento santo, justicia, amor, fe, espera de la salvación, trabajo realizado en la paz, silencio que da sabiduría a palabras y acciones, discernimiento que es "guía de las virtudes".

17. La tradición de la Orden ha interpretado siempre la Regla y el carisma fundante como expresión de la dimensión contemplativa de la vida y a esta vocación contemplativa se refieren siempre los grandes maestros espirituales de la Familia carmelita. La contemplación comienza cuando nos confiamos a Dios, sea cual sea el medio que Él escoge para acercarse a nosotros. Es una actitud de apertura a Dios, cuya presencia descubrimos por doquier. Así la contemplación constituye el itinerario interior del carmelita, que arranca de la libre iniciativa de Dios que lo toca y transforma en la unidad de amor con Él, elevándolo a poder gozar gratuitamente de ser amado por Dios y vivir en su presencia amorosa. Es ésta una experiencia transformante del amor de Dios que está por encima de todo y que nos vacía de nuestras limitadas e imperfectas maneras humanas de pensar, de amar y de obrar, y las cambia por otras divinas.

18. La contemplación tiene también valor evangélico y eclesial. Su ejercicio no sólo es manantial de nuestra vida espiritual, sino que determina asimismo la calidad de nuestra vida fraterna y de nuestro servicio en medio del pueblo de Dios.
          En efecto, los valores de la contemplación -si se viven con fidelidad en los complejos aconteceres de la vida diaria- hacen de la fraternidad del Carmelo un testimonio de la presencia viva y misteriosa de Dios en medio de su pueblo.  La búsqueda del rostro de Dios y la acogida de los dones del Espíritu la hacen más atenta a los signos de los tiempos, más sensible a los gérmenes de la presencia del Verbo en la Historia, a través también del análisis y valoración de los hechos y acontecimientos en la Iglesia y en la sociedad.
       Así el Carmelo, solidario, como Cristo Jesús, con los dramas y esperanzas de la humanidad, acertará a tomar decisiones capaces de transformar su vida y hacerla más conforme a la voluntad del Padre. Además, para el bien de la Iglesia, favorecerá a quienes se sientan llamados a la vida eremítica.

2) Fraternidad

19. La actitud contemplativa hacia el mundo que nos rodea, que nos hace descubrir la presencia de Dios en nuestras experiencias cotidianas, nos permite encontrarla especialmente en nuestros hermanos. Esto nos conduce a valorar el misterio de las personas que están a nuestro lado y con las que compartimos nuestra vida. Nuestra Regla quiere que seamos fundamentalmente fratres y nos recuerda que la calidad del trato y de las relaciones interpersonales que caracteriza la vida de la comunidad del Carmelo, se ha de ir desarrollando de acuerdo con el ejemplo inspirador de la primera comunidad de Jerusalén. Ser fratres significa para nosotros crecer en la comunión y en la unidad, en la superación de distinciones y privilegios, en la participación y corresponsabilidad, en el compartir los bienes,  un proyecto común de vida y los carismas personales; significa también prestar atención al bienestar espiritual y psicológico de las personas, caminando por las vías del diálogo y de la reconciliación.

20. Estos valores de la fraternidad se expresan y encuentran su fuerza en la Palabra, en la Eucaristía y en la oración.
          Guiados por la Palabra escuchada y vivida, tanto en silencio y soledad como en comunidad, especialmente en la forma de la lectio divina, los carmelitas van avanzando cada día en el conocimiento y experiencia del misterio de Cristo Jesús. Animados por el Espíritu y enraizados en Cristo Jesús, viviendo en Él día y noche, inspiran en su Palabra todos sus proyectos y obras.
          Inspirados por la Palabra y en comunión con toda la Iglesia, los frustres celebran juntos las alabanzas del Señor e invitan a otros a compartir su experiencia de oración.
         Los frustres son invitados cada día, en cuanto es posible, a la Eucaristía, fuente y culmen de su vida, desde la soledad o desde el trabajo apostólico, para que, reunidos en torno a la mesa del Señor, tengan "un solo corazón y una sola alma", y vivan la verdadera koinonía fraterna en la gratitud y en el servicio mutuo, en la fidelidad al proyecto común y en la reconciliación animada por la caridad de Cristo. Como fraternidad contemplativa, nosotros buscamos el rostro de Dios y servimos a la Iglesia en el corazón del mundo o, eventualmente, en la soledad eremítica.

3) Servicio en medio del pueblo

21. Como fraternidad contemplativa, buscamos el rostro de Dios también en el corazón del mundo. Creemos que Dios ha establecido su morada en medio de su pueblo  y, por eso, la fraternidad del Carmelo se siente parte viva de la Iglesia y de la historia: una fraternidad abierta, capaz de escuchar y de dejarse interpelar por su propio ambiente, dispuesta a recoger los retos de la historia y a dar respuestas auténticas de vida evangélica, basadas en su propio carisma, solidaria y dispuesta asimismo a colaborar con todos los hombres que sufren, esperan y se comprometen en la búsqueda del Reino de Dios.

22. La itinerancia, en efecto, a la que hace alusión la Regla, expresión de la forma evangélico-apostólica de las Órdenes mendicantes, es para el carmelita una invitación a descubrir y seguir los caminos trazados por el Espíritu del Señor para la comunidad y para cada persona, y es signo de solidaridad y de servicio generoso, tanto a la Iglesia universal y local como al mundo de hoy.

23. El convento, lugar del "con-venir", donde se reúne la comunidad, es para el Carmelo lugar también de acogida, para compartir con ellos la comunión de corazones, la reconciliación fraterna y la experiencia de Dios que se vive en la comunidad.

24. Este modo de estar en medio del pueblo es, finalmente, signo y testimonio profético de nuevas relaciones, amistosas y fraternas, entre hombres y mujeres, en todo lugar; es profecía de justicia y de paz en la sociedad y entre los pueblos, realizada como elemento constitutivo de la Buena Nueva, en el compromiso efectivo de colaborar en la transformación de los sistemas y estructuras de pecado en sistemas y estructuras de gracia. Es también "decisión de compartir con los minores de la historia, para decir, desde dentro, más con la vida que con la boca, una palabra de esperanza y salvación". Esta opción es consecuencia lógica de nuestra profesión de pobreza en una fraternidad mendicante y en línea con el obsequio de Jesucristo, vivido también en obsequio de los pobres y de aquellos en quienes se refleja preferentemente el rostro del Señor.

4) Elías y María, figuras inspiradoras

25. Todo cuanto deseamos e intentamos ser en la realidad de la hora presente lo vemos nosotros realizado en la vida del Profeta Elías y de la Santísima Virgen María. Ambos, en efecto, cada uno a su manera, "tuvieron el mismo espíritu, [...] la misma formación, el mismo maestro: el Espíritu Santo" Mirando a María y a Elías, podemos con mayor facilidad comprender, interiorizar, vivir y anunciar la verdad que nos hace libres.

26. Elías es el profeta solitario que cultiva la sed del Dios único y vive en su presencia; es el contemplativo arrebatado por la pasión ardiente del absoluto de Dios, cuya "palabra ardía como antorcha"; es el místico que, después de un largo y fatigoso camino, aprende a leer los nuevos signos de la presencia de Dios; es el profeta que se compromete en la vida del pueblo y, luchando contra los falsos ídolos, lo dirige de nuevo a la fidelidad de la alianza con el único Dios; es el profeta solidario con los pobres y alejados, que defiende a los que sufren violencia e injusticia.
          De Elías aprende el carmelita a ser un hombre de desierto, de corazón íntegro, que se pone completamente en la presencia de Dios, totalmente dedicado a su servicio, un hombre que ha hecho una opción absoluta por la causa de Dios y arde de pasión por Él. Al igual que Elías, el carmelita cree en Dios, se deja conducir por el Espíritu y por la Palabra,
interiorizada en el propio corazón, para dar luego testimonio de la divina presencia en el mundo, aceptando que Él sea realmente Dios en su vida. Y, finalmente, ve en Elías, junto con su grupo de profetas, la fraternidad vivida en la comunidad, y aprende con él a ser canal de la ternura de Dios para con los indigentes y los humildes.

27. María, bajo la sombra del Espíritu de Dios, es la Virgen de corazón nuevo que da un rostro humano a la Palabra que se hace carne; es la Virgen de la escucha sabia y contemplativa que conserva y medita en su corazón los acontecimientos y las palabras del Señor; es la discípula fiel de la sabiduría, que busca a Jesús, -Sabiduría de Dios- y se deja educar y plasmar por su Espíritu para asimilar en la fe sus opciones y su estilo. Así educada, María se nos presenta como capaz de leer las "grandes cosas" que Dios ha hecho en ella para la salvación de los humildes y de los pobres.
          María, aun siendo la Madre del Señor, se convierte en su discípula perfecta, en la mujer de fe que sigue a Jesús, caminando junto a los discípulos, compartiendo con ellos un camino fatigoso y comprometido que exige ante todo el amor fraterno y el mutuo servicio. En las bodas de Caná nos enseña a creer en su Hijo; a los pies de la Cruz se convierte en Madre de los creyentes y con ellos experimenta la alegría de la Resurrección. Se une con los demás discípulos "en continua oración “y recibe las primicias del Espíritu que llena a la primera comunidad cristiana de celo apostólico.
          María es portadora de la Buena Nueva de la salvación a todos los hombres. Es la mujer que estrecha relaciones, no sólo con el estrecho círculo de los discípulos de Jesús, sino con todo el pueblo: con Isabel, con los esposos de Caná, con las otras mujeres y con los "hermanos" de Jesús.
          En la Virgen María, Madre y tipo de la Iglesia, los carmelitas encuentran la imagen perfecta de todo lo que desean y esperan ser. Por eso María ha sido siempre considerada la Patrona de la Orden, de la cual también ha sido llamada Madre y Hermosura y a la que los carmelitas tuvieron siempre ante sus ojos y en el corazón como la "Virgen Purísima". Mirando hacia ella y viviendo en familiaridad de vida espiritual con ella, aprendemos a estar siempre delante de Dios y junto con los hermanos del Señor. María vive efectivamente en medio de nosotros como Madre y como Hermana, atenta a nuestras necesidades, y junto con nosotros vela, espera, sufre y goza.
          El Escapulario es signo del amor materno, permanente y estable, de María para con los hermanos y hermanas carmelitas.
          Siguiendo su tradición, sobre todo a partir del s. XVI, el Carmelo ha expresado la proximidad amorosa de María con el pueblo de Dios mediante la devoción del Escapulario, signo de consagración a ella, vehículo de la agregación de los fieles a la Orden e instrumento popular y eficaz de evangelización.

5) La Familia del Carmelo

28. La multiforme encarnación del carisma del Carmelo es para nosotros motivo de alegría y confirmación de una fecundidad creadora, vivida bajo el impulso del Espíritu, que hay que acoger con gratitud y discernimiento.
          Todas las personas y grupos, institucionales o no, que se inspiran en la Regla de San Alberto, en su tradición y en los valores expresados en la espiritualidad carmelita constituyen en la Iglesia la Familia Carmelita.
           Tales somos nosotros y nuestros hermanos de la Reforma Teresiana, las monjas de una y otra rama, las congregaciones religiosas agregadas, las Terceras Órdenes seculares, los institutos seculares, los asociados a la Orden por medio del santo Escapulario y los que, por cualquier otro título o vínculo, gozan de la agregación a la Orden, aquellos movimientos que, si bien jurídicamente no forman parte de ella, buscan inspiración y apoyo en su espiritualidad, al igual que  todo hombre y mujer que se siente atraído por los valores vividos en el Carmelo.

Más info:


No hay comentarios:

Publicar un comentario