Un espectáculo natural
Por Miguel Carrillo Bascary
Cualquier
ejemplar destaca en su entorno, muestre o no el llamativo color de sus flores,
de donde toma el nombre de “árbol de fuego” que asume al comenzar la primavera, cuando sus hojas han caído casi
en su totalidad. Es entonces cuando ocurre ese milagro de la Naturaleza que
aporta su floración de intenso rojo. El contraste contra el verde de las
especies que lo rodean es verdaderamente impactante, hasta el punto que, quien
haya visto un árbol de fuego, jamás lo olvidará.
En un país como Argentina, de flora muy
diversificada, puede encontrárselo en diversas regiones, aunque no es una
especie originaria del territorio, como suele creerse. En realidad, su
patria está en la costa Este de clima subtropical de la lejana Australia. Los
aborígenes lo llaman illawarra. Recientemente se propuso una bandera
que identificaría a la región homónima, ubicada al Sur de Sidney, que lleva en su centro un árbol de fuego, de los que
abundan ahí.
Se dice que llegó al país en forma de semillas,
a fines del siglo XIX, con el propósito de emplearlo en la forestación de
plazas, parques y grandes residencias, desde allí se fue difundiendo con
facilidad aprovechando la benignidad de nuestro clima y que llega a tener una
notable longevidad.
Sus flores se presentan en forma de racimo, son pequeñas, acampanadas, de un intenso rojo (aunque en algunos casos pueden ser naranjas), aún sus pecíolos.
El tronco es recto, ensanchado en su base, y suele alcanzar entre 8 y 12/15 metros de altura, aunque en su lugar de origen se han documentado algunos ejemplares de más de 30 metros. La copa es cónica, y sus hojas de un verde brillante.
El concepto de que este árbol exista en una amplia porción de nuestro país ha generado la idea que es una especie originaria. Lo paradójico es que, modernamente han surgido diversas “leyendas ancestrales” supuestamente conservadas por las tradiciones de las etnias moqoit (mocoví) y mbya (guaraní), que explican su mítica aparición, sin advertir el error señalado. Obvio que esto no habla en favor de la autenticidad de este tipo de manifestaciones culturales de esos pueblos originarios.
Son dos las especies que reciben el apelativo de “árbol de fuego”. El brachychiton acerifolius (referenciado como brachitón o brachito), designación que deriva del griego brachys = "corto", y chiton = "túnica/ envoltura" con referencia a sus semillas, que se presentan contenidas en una vaina, con cilios que facilitan su dispersión, adheridas a la piel de animales. A los ojos argentinos, se asemejan al fruto del jacarandá. Los aborígenes australianos las consumen tostadas.
El término “acerifolius” deriva del latín, por la semejanza de su hoja (folio) con la del arce (hacer). También puede reproducirse por medio de gajos o injerto. No debe confundirse a este árbol con el quebracho (Schinopsis), cuya designación popular suele ser “bracho”. La otra especie es la Delonix regia (conocida como flamboyán y otros), que es nativa del Norte y Oeste de Madagascar, cuya flor también es preponderantemente roja.
Entre una
y otra existen varias diferencias.
En la segunda la copa tiene forma de sombrilla, las flores son más granes y
abiertas que la primera, acampanadas. En
esta las hojas son simples y en la anterior compuestas. La floración del
flamboyán se da con presencia de hojas, mientras que en la illawarra estas han prácticamente
desaparecido, por lo que el color rojo
plantea características espectaculares.






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