lunes, 1 de junio de 2026

Belgrano no perdió su bandera

Muestras de un coraje excepcional

Por Miguel Carrillo Bascary

Desde 1855, cuando se hizo público el descubrimiento de “las banderas de Macha[1]”, en la capilla de Titiri[2] (Bolivia) muchos afirmaron que Belgrano había perdido la enseña de su ejército en la retirada que siguió a la batalla de Ayohuma. Desde entonces y periódicamente, los cultores de esta tesis no dejan de poner en relieve, la desesperación del prócer por resguardar el emblema que identificaba a la fuerza bajo su mando, hasta el punto de confiarla a las manos de un simple sacerdote, bien que dotado de hondo sentir patriótico. Más aún, unos pocos miserables se han referido a Belgrano como “el general que perdió su bandera”.

En esta nota se demostrará que Belgrano que esto nunca ocurrió y que la preservó “en medio de tantos peligros”, como bien lo dijo. Esto se prueba con sólidos testimonios de sus contemporáneos y documentos indubitables; lo que ratifica el enorme valor que caracterizaba a este prohombre de la argentinidad.

Recordemos brevemente

Tras sus triunfos en Tucumán y Salta, el brigadier general Manuel Belgrano, penetró en el Alto Perú al mando del “Ejército Auxiliador”. Como hito significativo, el 19 de junio de 1813 hizo su entrada en la gran “ciudad de los cuatro nombres”: Chuquisaca, Charcas, La Plata y hoy Sucre. Desde ahí continuó avanzando y difundiendo la causa de la libertad americana. El 1º de octubre de 1813 se dio la batalla de Vilcapugio donde la victoria estuvo al alcance de su mano, aunque un lamentado azar impidió consumarla. Empero, el ejército realista quedó tan maltrecho que se vio impedido de capitalizar la oportunidad[3], lo que permitió que Belgrano reconstituyera sus fuerzas en la cercana localidad San Pedro de Macha, donde se aprestó para un nuevo enfrentamiento. Este se concretó en la pampa de Ayohuma, el 14 de noviembre de ese mismo año.

Para los patriotas la suerte nuevamente fue esquiva. Esta vez el descalabro fue grande y la retirada caótica. Los hechos se precipitaron. Ya no fue posible volver a organizarse y Belgrano debió abandonar el Altiplano. Con esto terminó la “Segunda Campaña al Alto Perú”.

Belgrano, el hombre, el líder

A lo largo de su vida Belgrano demostró cabalmente la virtud que hoy llamamos resiliencia. Atravesó sus crisis como ocasiones que le permitieron fortalecerse y encarar nuevos proyectos, sin desmayos. Sus decisiones tuvieron repercusión pública ya que implicaron a los miles de almas que, de una u otra manera, dependían de él. Hoy la Historia, y cada uno de los argentinos, lo reconocen como un verdadero estadista que descolló en múltiples aspectos de su vida, aún en el plano militar, donde él mismo reconoció que debió improvisarse por carecer de formación en la materia[4].

Las circunstancias del momento le plantearon enormes desafíos. En 1810, con poco más de 200 hombres al inicio tuvo que formar un ejército y adentrarse en el territorio casi desconocido de la Mesopotamia y el Paraguay. Más tarde fue convocado para reorganizar la lucha en la Banda Oriental, donde los realistas se habían hecho fuertes en Montevideo, al que amenazaban convertir en bastión de una acción reconquistadora.

En marzo de 1812 debió hacerse cargo en Jujuy de los residuos de un ejército diezmando y desmoralizado. Con muchísimos enfermos, al par que estaba contaminado por la deserción y los desarreglos de conductas. Una fuerza con mínimo armamento, privada de logística, de maestranza y de sanidad, donde la mayoría los oficiales no podían dar ejemplo de las más elementales cualidades castrenses.

Por si fuera poco, en este caos imperaba otro factor, enormemente negativo. Belgrano no tenía tiempo. Desde el Norte avanzaba un ejército pertrechado, numeroso, al mando de un implacable José Manuel de Goyeneche (1776-1846). En Cochabamba sus hombres se habían cebado masacrando hasta las mujeres que valerosamente intentaron defender a sus hijos y hogares.

Primer ejemplo de valor superlativo

Ante esta dura realidad Belgrano recibió del gobierno la orden de retroceder hacia Córdoba. Era precisa salvar lo que se pudiera de esa fuerza apenas salida del colapso, poco interesaba la suerte de los civiles. Pero Belgrano la tenía clara, si abandonaba Jujuy, la región sufriría lo mismo que Cochabamba: la muerte, el saqueo, el espanto. Fue entonces que tomó una resolución que señala su enorme valentía. No contemporizó con nadie y el 29 de julio de 1812[5] dio la orden de hacer de Jujuy una tierra arrasada, con lo que los jujeños comenzaron la gesta cívica que la Historia llama el “Éxodo Grande”. En los últimos minutos del 23 de agosto de 1812, la retaguardia del ejército abandonó una ciudad desolada, Belgrano figuró entre los últimos que transpusieron sus lindes, mientras la vanguardia realista hostigaba a los retrasados. El ejemplo de ese hombre, de ese jefe, no fue ignorado. Antes bien, sirvió de estímulo para templar los ánimos y seguir desafiando a la muerte. Para responder al título de esta nota destaco su conducta como una primera muestra de valor superlativo en la adversidad[6]: con su decisión el prócer desafió la orden recibida y a los enemigos que pugnaban por alcanzarlo.

Segundo ejemplo

Tras penurias inimaginables, ese pueblo mártir y ese ejército apenas en ciernes, se desplazaron hacia el Sur. En el paraje de La Encrucijada, ya en la provincia de Tucumán (hoy departamento de Buruyacu), un grupo de vecinos les salió al encuentro, era el 10 de septiembre de 1812.

Los autores discrepan en cuanto a la forma en que Belgrano formó su decisión. Algunos sostienen que el compromiso que mostraron los tucumanos lo convenció a dar una batalla decisiva en cercanías de la ciudad de Tucumán. Otros afirman que Belgrano ya había tomado la resolución porque no estaba dispuesto a abandonar a jujeños y tucumanos a la sed de sangre que mostraban los enemigos. Fue entonces que el prócer dio una nueva muestra de coraje y dispuso combatir. Personalmente se jugaba la vida, ya que la victoria era improbable. Si caía derrotado, seguramente sería pasado por las armas por orden de Goyeneche. Si eventualmente eludía la captura, la muerte lo esperaba en el cadalso por haber desobedecido una expresa orden del Gobierno.

Sabemos de la providencial victoria en Tucumán, (24 de septiembre, 1812) también de la que obtuvo en Salta (20 de febrero, 1813) que, además, implicó liberar la destruida ciudad de Jujuy (21 de marzo). También conocemos sobre su posterior avance hacia el Norte. Demos otro paso en este dramático periplo.

Vilcapugio, tercer ejemplo

Este solo nombre oscurece la emoción de los argentinos, sobre todo porque faltó nada para obtener un triunfo que pudo cambiar la historia de Sudamérica. En este punto es preciso aportar un breve panorama para dimensionar lo ocurrido.

Joaquín de la Pezuela (1761-1830), el implacable general realista, comandaba unos 4.000 hombres, munidos de poderosa artillería y conducidos por una oficialidad probada. Las fuerzas de Belgrano frisaban los 3.500 efectivos (unos mil eran bisoños), con pobre artillería[7]. No entraré a describir las operaciones, los interesados cuentan con amplias referencias sobre esto. Sí destaco que la batalla comenzó al rayar el sol y que se prolongó hasta el mediodía. El centro y la izquierda del ejército de Belgrano avanzaron incontenibles; hasta el propio general hispano daba por perdida la batalla, cuando volvió grupas al enterarse que había claudicado la derecha patriota, el colapso del dispositivo le dio la victoria. La confusión fue tal que, en algún momento, la misma artillería americana cañoneó a sus camaradas. En el caos que siguió todo se definió en favor de los realistas. Mucho influyó que cayeran importantes jefes criollos[8]. Las bajas patriotas pueden estimarse en entre 300 y 500 muertos, casi 1.000 heridos y más de cien prisioneros, sin contar con los dispersos, pasados y desertores.

Ayohuma, cuarto ejemplo

¡Otra palabra que trae desazón a los espíritus argentinos! La suerte de las armas nos fue adversa y, esta vez, la derrota patriota resultó definitiva. Amargamente debe decirse que la mayor responsabilidad cayó en la falta de pericia táctica de Belgrano.

Desde Macha donde había fijado su posición previa, el prócer hizo prodigios para reconstituir su ejército, un esfuerzo al que colaboraron generosamente los habitantes de Chayanta y otros pueblos del Alto Perú. Se fortaleció así la decisión de combate de quienes se identificaban con escarapelas blancas y celestes, llevando muchos el escapulario de la Virgen María, su generala. Manuel Padilla y su esposa, Juan Asurdui[9] concurrieron con su gente, lo propio hicieron los caudillos Baltasar Cárdenas y José Miguel Lanza, junto con los escuadrones de Cornelio Zelaya. En conjunto alcanzaban algo menos de 3.500 hombres, de los que solo 1.000 podían llamarse veteranos. Su armamento era muy irregular y la artillería, decididamente débil y escasa. Tampoco fue posible esperar que llegaran los cañones pedidos a Salta.

Belgrano eligió una posición que juzgó apropiada y esperó confiado la victoria, los hechos demostrarían la magnitud de su error, lamentablemente. Se batalló, encarnizadamente. No bastó el derroche de bravura. Cuando la derrota se consumaba se registró otra demostración más del liderazgo de Belgrano en la adversidad, sabremos de ella.

La bandera del Ejército

El 25 de mayo de 1812 Belgrano presentó en Jujuy la bandera que había creado en Rosario, a la que llamó “nacional[10]”. Poco después fue reconvenido por Rivadavia[11], con lo que el prócer se comprometió a “deshacerla[12]”. La batalla de Tucumán se dio sin que el ejército patriota tuviera una divisa que lo caracterizara.

No hay certeza sobre cuál fue su diseño. Tres meses antes Belgrano había presentado la bandera primigenia en Rosario, a la que describió como “blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional[13]”. No existió ninguna causa posterior que haya determinado mostrar otro diseño en Jujuy, por lo que cabe interpretar que ambos lábaros fueron idénticos, blanco y celeste en dos paños horizontales, conforme resulta del retrato que en 1815 pintó al prócer el artista Françoise Carbonnier[14].

Cuando dispuso avanzar hacia el Norte, en enero de 1813 Belgrano mandó confeccionar una nueva bandera para su ejército[15], ella lo representaría y debía lucir a su frente en toda ceremonia. Así ocurrió el 13 de febrero cuando a su amparo, en la orilla del río Pasaje, se juró fidelidad a la Asamblea General reunida en Bs. Aires. El 20 de febrero tuvo su bautismo de fuego en Salta y con ella se continuó la campaña al Alto Perú.

Como toda bandera “generala”, la principal de una fuerza, señalaba en combate la posición del comando y se hallaba amparada por la reserva, que solo intervenía en caso necesario. Era un valor asumido que de ser tomada por el enemigo implicaba una segura derrota. En toda ceremonia señalaba el punto principal del dispositivo y, durante las marchas, se la preservaba en el centro de la columna.

Como se verá seguidamente, en medio del caos de las derrotas en Vilcapugio y Ayohuma Belgrano la sostuvo en sus manos, mostrándola desde la cima de una colina como señal de reunión para los dispersos. Allí, expuesto a las balas enemigas conformó una imagen épica, digna de ser cantada por los trovadores medievales. Su serenidad debió contrastar con el desánimo generalizado. Fue una actitud de extremo arrojo que evidencia el temple personal del prócer y el alto significado que le daba al símbolo. Así lo reconocieron sus hombres.

Las derrotas no perdonan. El 29 de enero de 1814 San Martín sucedió a Belgrano en el mando del maltrecho Ejército y éste le trasmitió su bandera como emblema de la alta responsabilidad implicada. Pasó el tiempo, en 1816 el Congreso General reunido en Tucumán restableció a Belgrano al frente del ejército, al mismo tiempo aprobó la nueva bandera que desde entonces identificó a las Provincias Unidas de Sudamérica y que más tarde lo hará con la República Argentina. Fue entonces que Belgrano organizó una ceremonia solemne donde entregó el lábaro como silenciosa ofrenda a Nuestra Señora de la Merced y, ante su imagen, hizo bendecir el que asumió el ejército como propio. Corría el martes 24 de septiembre de 1816.

Se cierra así el periplo en que el general Belgrano se identificó con la enseña que él mismo entregó a los hombres bajo su manto. Esto permite afirmar que no perdió su bandera ni en la batalla de Vilcapugio ni en la de Ayohuma.

La afirmación se sustenta y prueba con el testimonio excepcional que nos dejaron dos destacados jefes y con un conjunto de documentos fehacientes, que el prócer escribió de su puño y letra, los que subsisten hasta hoy. De ello trataremos.

Las probanzas

a) Dos testimonios calificados

En este punto voy a ceder la palabra a dos veteranos de la Guerra por la Independencia, quienes combatieron bajo las ordenes de Belgrano en las jornadas de Vilcapugio y Ayohuma. Nadie más autorizados que ellos para describirnos de cómo el prócer mantuvo en su poder la bandera del ejército que comandaba, preservándola como símbolo inmarcesible. También nos relatarán en primera persona los prodigios de valor que evidenció su jefe. Quienes tengan curiosidad por conocer los merecimientos de los citados podrán ver una síntesis de sus trayectorias en el Anexo a esta nota.

a. 1) El testimonio de José María del Rosario Ciríaco Paz y Haedo

El entonces capitán José María Paz revistaba en los “Dragones de la Patria”, pero atento a su capacidad, prestaba servicio efectivo en la artillería. En sus “Memorias Póstumas”, nos narra sobre lo ocurrido en los últimos instantes de la batalla de Vilcapugio[16]:

La retirada de nuestro ejército fue en dos direcciones excéntricas, siendo una al sud, por el camino de Potosí en la que no hubo el menor orden ni reunión hasta dicha ciudad, que dista 28 o 30 leguas, y la otra al este, donde se encuentran los cerros no muy elevados que circuyen [rodean] por ese lado el campo de Vilcapugio. Allí se encontró el General Belgrano, que procedió en el acto u reunir nuestras fuerzas y organizarlas para llevarlas nuevamente a la pelea. El mismo tomó la bandera del ejército y excitó personalmente a nuestras tropas al combate, que se renovó efectivamente durando por algunas horas. La posición nuestra era un cerro de no difícil acceso, de donde avanzaban nuestras tropas haciendo retirar al enemigo hasta una barranca que le servía de foso y de parapeto; llegados allí su muy superior fuego, hacía que los nuestros no pudiesen sostenerse y se retirasen a su vez para volver a tomar la altura; esta operación se repitió varias veces con el mismo éxito, hasta que vuelto Pezuela al campo con los dispersos que había reunido y contando con la artillería suya y nuestra que había tomado, fue imposible al General Belgrano sostener su posición y a eso de las dos y media, o tres de la tarde emprendió definitivamente la retirada, dirigiéndose a tomar la ruta de Chuquisaca”.

Abunda Paz en sus célebres “Memorias[17]”:

“Si el enemigo hubiese tenido una regular caballería hubiésemos salvado poquísimos (…). Esto dio lugar a que los restos de nuestros infantes que huían en muchas direcciones, se fuesen replegando al General Belgrano, que había enarbolado la bandera del ejército, en la falda de unas lomas ásperas y pedregosas, que no ofrecían sino senderos difíciles”.

Completo con el juicio que mereció Belgrano del que ya era un experimentado militar cuando escribió sus “Memorias[18]”. Esto da la dimensión del coraje del prócer y de la situación que debió enfrentar.

“Respeto tanto la memoria del General Belgrano que me he hecho una verdadera violencia para enumerar los errores que a mi juicio se cometieron en esta desgraciada batalla; pero he debido hacerlo en obsequio de la verdad histórica y para instrucción de algún militar joven que pudiese ver esta Memoria. Fuera de esto es preciso considerar que estábamos en el aprendizaje de la guerra y que, así como era el General Belgrano, era el mejor General que tenía entonces la República. Estaba también falto de jefes, pues los mejores por varios motivos estaban ausentes; no tenía un solo hombre a quien pudiese deber un consejo ni una advertencia. El General Belgrano estaba solo y solo llevaba todo el peso del ejército”.

No hay afrenta en el descarnado juicio de Paz, téngase en cuanta que lo pronunció ya en la ancianidad, cuando sus ojos habían visto decenas de batallas y su espíritu conocía de amarguras y peligros indecibles. Lo que afirma Paz sobre Belgrano es la opinión de un experto quien preserva al prócer y destaca factores objetivos que incidieron sobre su conducta. Otra razón que lo prestigia es la soledad en que se hallaba.

a. 2) Testimonio de Leopoldo Lugones y Trejo

Era otro joven oficial, que en 1813 se había convertido ya en un verdadero veterano por su extensa experiencia en combate; con los años llegaría a ser coronel. En sus “Recuerdos históricos”, publicados en 1855, nos informa sobre lo acontecido en Vilcapugio[19]. El detalle y la frescura de su relato obligan a transcribir largos párrafos que, como se verá, no tienen desperdicio alguno.

De esto resulta el atrevimiento de Belgrano que, en lo más recio del combate, cuando el descalabro patriota se había generalizado, se irguió en lo alto de una colina con la bandera del ejército en su mano para que sirviera de referencia a los dispersos. En esta posición resistió, a despecho del fuego enemigo que por lógica tenía en el lábaro un excelente punto de referencia para dirigir sus tiros. Los invito a leer lo que Lugones dejó escrito[20]:

“(…) a las diez de la mañana se trabó una sangrienta batalla que puso en muchos conflictos a los dos ejércitos, y fuera de combate a los generales de ambos puntos. Después del encuentro general, la línea enemiga fue rota en mil partes, así como la nuestra, y en desorganización general, envueltos los cuerpos de ellos con los nuestros, nos batimos a discreción, y como a la desesperada en parciales combates que duraron muchas horas.

La caballería enemiga fue acuchillada y destruida de tal modo que no se veían diez jinetes en formación; en medio de esa confusa y sangrienta baraúnda que apura los instantes de una decisión en que la victoria, mil veces arrebatada por unos y otros, muestra al fin la parte donde se inclina, Belgrano pudo ganar el centro de nuestra deshecha reserva y como con la cuarta parte de ella, ganó la cima de un morro que muy cerca del campo de batalla lo teníamos a las espaldas. La vista de la bandera que en aquella cima flameaba en brazos de Belgrano, llamó a reunión a todos los que podíamos hacerlo, salvando a muchos de nuestros heridos, que unos arrastrados por el suelo y otros en hombros de los compañeros, llegaban hasta la falda del cerro donde eran prontamente socorridos.

El enemigo sin atreverse a desalojarnos de la posición que habíamos tomado en nuestro último caso, nos dejó permanecer todo el tiempo que quisimos. El sol se había inclinado demasiadamente al ocaso y el ejército de la Patria en aquella desgraciada hora reducido a miserables restos, se apiñaba en torno de su general; éste, después de haber pasado por mil lances fatigosos, parecía que se hubiese extasiado en la contemplación de aquellos fatales momentos, con la calma que suele sobrevenir, después de grandes y extraordinarias agitaciones; parado como un poste en la cima del morro y los ojos fijos, sobre un campo cubierto de cadáveres y ensangrentados despojos.

Belgrano en esa actitud parecía una estatua, erigida en memoria de aquel día que con su alegórica postura estuviese diciendo: <Vedme aquí sin acabar de creer, lo que acaba de suceder>, es creíble que así lo dijese entre sí; pero lo que dijo en público fue lo siguiente: <Soldados. ¿Conque al fin hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aun flamea la bandera de la Patria>. Entretanto, el enemigo no quitaba el anteojo de sobre nosotros, tirándonos de vez en cuando un cañonazo, que bien pasaba por elevación o bien rebotaba en las faldas del morro.

Nuevas muestras de serenidad evidencia el comportamiento del prócer en las líneas que escribió Lugones:

Tan luego como acabó de anochecer, el General arregló personalmente nuestra retirada, mandó desmontar toda la poca caballería que se había reunido con Don Diego Balcarce y colocó en el centro a todos los heridos que se acomodaron de a dos y de a tres en cada caballo, sin exceptuar ni el del General, y luego encargando a un jefe Don Gregorio Perdriel el cuidado de la columna en marcha, lo colocó a la cabeza entregándole la bandera para que la condujese y cargando al hombro el fusil y cartuchera de un herido, se colocó a la retaguardia de todos, y dio la orden de desfilar.

El jefe de mi cuerpo, me había destinado con ocho dragones de a pie a cubrir la retaguardia, el General sin más acompañamiento que un sargento del número primero[21], a quien supo apreciar mucho, y dos oficiales de su derrotada escolta, venían en medio de mis soldados, y yo a su lado; nuestra columnilla marchaba en silencio y a paso muy pausado, haciendo alto por instantes por atender a nuestros heridos; más de tres de ellos murieron en esa noche. Cuando hacíamos alto y el General llegaba a tomar asiento sobre alguna piedra, yo y mis soldados quedábamos de pie parados a su lado, los pocos jefes y oficiales que marchaban en la columna, nos hacían frecuentes visitas a retaguardia, por ver si el General venía en su puesto y luego que se cercioraban volvían al suyo.

La luz del cigarro se distingue de noche desde muy lejos, por evitar esto, el jefe encargado de la columna había por precaución dado la orden de que nadie fumara. Los soldados ansiaban por encender un cigarro en aquellas alturas, el excesivo frío, la fatiga y la privación misma, aumentaban el deseo y las súplicas; se le consultó al General si se podía fumar. <Hasta este punto llegan los miramientos y respeto que me tienen, dijo: —fumen todos, que, si a la luz de nuestros cigarros viene el enemigo, se encontrará con pitadores que le darán para tabaco>.

Anduvimos toda la noche con gran trabajo, resueltos a morir, haciendo frente a toda ocurrencia; pero no hubo novedad porque el enemigo había quedado en la imposibilidad de perseguirnos”.

Tras esta anécdota dotada de cierto humor en tan difícil circunstancia, Lugones sigue su relato y sintetiza lo ocurrido en Ayohuma[22]:

(…) nuestra pérdida fue total, se puede decir que todo quedó en el campo de batalla, excepto la bandera, que, para que se perdiera era preciso que se muriese Belgrano, porque él la llevaba en la retirada; más de una vez el General hubo de ser hecho prisionero, a no ser por los sacrificios de los que morían a la vez en defensa de Belgrano, que fue varias veces directamente embestido. En completa destrucción, atacados en detal, por un enemigo triplicadamente superior en número y circunstancias, repelidos en mil combates parciales que los sostuvo a toda costa el valiente coronel Zelaya después del encuentro general, perdiendo el terreno palmo a palmo hasta que se hizo concluyente nuestra derrota, después de haber perdido muchos jefes y oficiales que excedían al número de los perdidos en Vilcapugio”.

Lugones sigue contando las dramáticas peripecias y sobre Belgrano nos dice[23]:

(…) venia solo en nuestra retirada, porque es verdad que la escolta y sus ayudantes no venían con él, en los momentos que el General llegó al punto de correr inminente riesgo en la batalla, la escolta tuvo que entrar en desigual y precipitado combate contra infantería a las órdenes del comandante Villar y Díaz y fue completamente desecha, los ayudantes habiendo partido con órdenes a varios puntos, se derrotaron también en la dirección donde cada cual se encontró en los momentos de la confusión y no pudiendo reunirse con el General, fueron a hacerlo con nuestro mayor general [Díaz Vélez] que había tomado la ruta de Potosí”.

Como se advierte, Lugones consigna los verdaderos peligros que corrió Belgrano en aquellas horas de zozobra. Es evidente que su presencia, señalada por la bandera del ejército que portaba, fue la tabla de salvación para muchos, al par que otros se sacrificaron para preservar la vida de su general. De lo escrito por Lugones queda en claro que el histórico vexilo fue guardado. Nuevos elementos se sumarán para ponerlo en evidencia.

b) Documentos probatorios

Es ahora el momento de analizar tres documentos de diferente naturaleza que, fuera de toda duda, ratifican que Belgrano preservó la bandera de su ejército luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

b. 1) - La “Proclama a los pueblos del Perú[24]”. (Tucumán, 25 de febrero, 1814)

Es una suerte de racconto del contraste de Ayohuma y, al mismo tiempo, una emocionada despedida al dejar Belgrano su ejército en manos de San Martín, circunstancia que aprovecha para incentivar el compromiso en la lucha. De la misma se extracta:

No os olvidéis de pedir al Todo Poderoso por el acierto de tan digno Jefe [se refiere a San Martín], poniendo por intercesora, a nuestra Generala María Santísima de Mercedes[25]. He depositado en sus manos la bandera del Ejército, que en medio de tantos peligros he conservado, y no dudéis que la tremolará sobre las más altas cumbres de Los Andes, sacándoos de entre las garras de la tiranía, y dando días de Gloria y de paz a la amada Patria”.

El texto tiene una altísima significación, evidencia que Belgrano busca destacar al pueblo norteño los méritos de su sucesor. Esto revela que, pese a las derrotas, conservaba incólume el buen concepto de que gozaba. Para hacerlo Belgrano materializa como símbolo en común, la bandera del ejército que trasmite a San Martín[26].

b. 2) - La carta que Belgrano dirigió a San Martín[27] (Santiago del Estero, 6 de abril de 1814).

Es una misiva de carácter personal donde le comparte diversos aspectos que considera de interés con vistas al futuro desempeño de su amigo y sucesor al frente de la tropa.

He dicho a Usted lo bastante; quisiera hablar más, pero temo quitar a Usted su precioso tiempo y mis males tampoco me dejan. Añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el Ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre Nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa; deje usted que se rían; los efectos le resarcirán a Usted de la risa de los mentecatos que ven las cosas por encima”.

De tales palabras se advierte el alto significado que le daba al vexilo y, sobre todo, que lo había preservado luego de Ayohuma.

b. 3) - Proclama a los soldados del Ejército Auxiliador del Perú[28] (Tucumán, 24 de septiembre 1816)

Declarada la independencia de las Provincias Unidas, nuevamente se confió a Belgrano conducir el ejército en operaciones. Ínterin el Congreso había decretado la bandera nacional de guerra y resultaba necesario entronizarla al frente de la fuerza, lo que demandaba la ceremonia consecuente. El 17 de agosto el Gobierno emitió una circular comunicando la novedad, lo que de hecho implicaba adecuar los vexilos en uso de las diversas unidades castrenses que hasta ese momento tenían diversos diseños, bien que coincidían en el celeste y blanco. En su cumplimiento Belgrano eligió como fecha el 24 de septiembre, aniversario de su gran triunfo en Tucumán y en la oportunidad dirigió a la tropa la arenga que se transcribe, de lo que se desprende que no la había perdido en combate, antes bien, se trataba de una valiosa reliquia cívica-militar, digna de ser ofrecida como muestra de amor a la Virgen María, quien era reconocida como “generala”:

“¡Soldados! Una nueva bandera del ejército os presento para que reconociéndola sepáis que ella ha de ser vuestra guía y punto de reunión. La que acabo de depositar a los pies de nuestra Generala, María Santísima de las Mercedes, sirvió al mismo efecto mientras tuve el gusto de mandaros. No la perdáis de vista en ningún caso, sea próspero o adverso: pues donde ella estuviese me tendréis. Jurad no abandonarla. Jurad sostenerla para arrollar a nuestros enemigos y entrar triunfantes, rompiendo las cadenas que cargan sobre nuestros pueblos hierros. La América y Europa os miran; que vean el orden, la subordinación y disciplina que observáis y al fin admiren vuestros trabajos, vuestra constancia y vuestro heroísmo, como lo desea vuestro general”.

Se cierra así el ciclo del símbolo[29]. Se ha visto que esa bandera fue concebida y mandada a confeccionar por Belgrano. La presentó a sus hombres con toda solemnidad y se le asignó el carácter de “generala”, símbolo principal, del ejército. Con ella se combatió en Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Fue preservada tras esta última derrota. Continuó como emblema de la fuerza y con ella se reencontró el prócer cuando por segunda vez accedió al comando de ese ejército. Su último acto de servicio lo prestó en la solemne ceremonia donde fue sustituida por una nueva, acorde al diseño ordenado por el Congreso General, o sea, con franjas celeste, blanca y celeste. Se preservó por varios años en el camarín de Nuestra Señora de la Merced, parroquia del mismo nombre, en la ciudad de Tucumán. El historiador Guillermo Palombo dio a conocer oportunamente[30] que, en vísperas de la batalla de La Ciudadela[31] (noviembre 4, 1831), fue extraída por el coronel Esteban Larraya, quien mandaba el Batallón de Infantería 5 para emplearla como divisa particular de esa unidad y munido de ella combatió a las órdenes de Gregorio Aráoz de La Madrid. Con el triunfo de Facundo Quiroga, la enseña quedó como trofeo de las tropas vencedoras y más tarde, se pierde en las brumas de la Historia.

En la vereda del frente

Quienes sostienen que una u otra de las “banderas de Macha” es la que presidió la “Segunda Campaña al Alto Perú” y que Belgrano la perdió en Ayohuma aportan varios argumentos en abono a esta posición. La tesis se estructura sobre la posición de quien las descubriera en Titiri, el padre Primo Arrieta. Veamos: la evidente antigüedad de ambas piezas; el haberse encontrado cuidadosamente ocultas en aquella remota capilla, cercana al campo de batalla de Ayohuma; las referencias que aportaron dos ancianos “indios capilleros” sobre haberse dado una “gran batalla” en las inmediaciones y la falta de asientos parroquiales posteriores a la fecha del combate, que hayan sido firmados por el cura titular de Macha. En base a esto, es que el presbítero afirmó que los vexilos podrían haber pertenecido a las fuerzas de Belgrano[32].

La hipótesis del sacerdote se aceptó inmediatamente, inicialmente en Bolivia y, poco más tarde, en Argentina; sobre lo que abundaré en un futuro ensayo. En definitiva, la pieza celeste, blanca y celeste fue entregada a la Argentina en 1896; mientras que la otra, la blanca, celeste y blanca, quedó en Bolivia por considerarse que había pertenecido a una unidad alto peruana que formó parte del ejercito belgraniano. Hacia 1957, el investigador argentino Augusto Fernández Díaz indicó que esta última era la que Belgrano izó el 27 de febrero de 1812 en Rosario, mientras que la otra era la que se usaba en el Fuerte de Bs. Aires y que le remitió Rivadavia para reemplazar a la primera[33].

Ante la novedad, la “Sociedad Histórica Sucre” responsable del Museo “Casa de la Libertad” donde se exhibe cambió su relato y pasó a presentarla como la “bandera de Belgrano”, sobre lo que ampliaré en un próximo ensayo.

Conclusiones

Los expuesto nos permite definir que, durante su desempeño al mando del “Ejército Auxiliador” Belgrano demostró una decisión y un valor inusitado en situaciones donde su vida estuvo en serio riesgo. En concreto, fueron cuatro las ocasiones, cuando:

- cerró la retirada de la ciudad de Jujuy, dando inicio al Éxodo;

- desobedeció la orden de retirarse sin combatir hasta Córdoba, que le había dado el Gobierno, lo que se tradujo en dar batalla en Tucumán en muy difíciles condiciones;

- se expuso al fuego enemigo sosteniendo la bandera del ejército en una posición crítica, logrando la reunir dispersos y, posteriormente, en la heroica forma en que concretó su retirada después de combatir en Vilcapugio;

- actitud que repitió en los últimos momentos de la batalla de Ayohuma donde, nuevamente posesionado de la bandera del ejército, permaneció en una colina, hasta que pudo concretar su retiro del teatro de operaciones.

Las memorias de dos testigos altamente calificados como Paz y Lugones, no hacen más que resaltar el heroísmo de Belgrano en las retiradas de Vilcapugio y Ayohuma y que, en ambas circunstancias, preservó personalmente la principal bandera del ejército.

También se apuntan tres documentos de primera magnitud comprueban acabadamente que ese vexilo continuó empleándose hasta que en 1816 fue sustituido por otro, acorde a la ley que se aprobó el 20 de julio de ese año.

Queda así demostrado, con plurales y sólidas pruebas, el coraje excepcional del general Manuel Belgrano y que nunca perdió la bandera que creó para insignia del ejército que se le había confiado.

En consecuencia, ninguna de las llamadas “de Macha”, que se hallaron en Titiri en 1883, es aquella que identificó a la fuerza al mando del prócer.

A título personal cabe interpretar que las “banderas de Macha” pudieron ser divisas de subunidades patriotas que integraron ese ejército o de fuerzas auxiliares.

Anexo – Referencias sobre los testigos presenciales

Ambos fueron destacados guerreros de la Independencia, nos han dejado sus relatos sobre la forma en que Belgrano se condujo en las postrimerías de Vilcapugio y Ayohuma. Esto jerarquizan sus palabras y enaltece el accionar de quien fuera su jefe. Seguidamente se aportan algunos datos que permitirán caracterizarlos.

a) Brigadier general José María Paz y Haedo

Es un protagonista señalado en la Historia argentina, un calificativo que objetivamente le corresponde, más allá de disidencias subjetivas que se pueda tener con sus ideas.

Nació en Córdoba, en 1791. En 1811 se sumó al “Ejército Auxiliador del Perú” y bajo el mando de Belgrano participó en las batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Ya en 1814 era coronel y mandaba el regimiento de “Dragones de la Patria”. Estuvo en el combate de Venta y Media (1815). Durante la “Guerra con el Brasil” batalló en Ituzaingó (1827) y fue ascendido a general, luego ejerció el mando transitorio del ejército nacional en campaña. Se implicó en las luchas intestinas participando del bando unitario, se desempeñó como gobernador de Córdoba (1829-1831). Derrotó a Facundo Quiroga en La Tablada (1829) y Oncativo (1830). Presidió la “Liga del Interior” (1830-1831) y continuó la campaña contra los federales. Circunstancialmente fue tomado prisionero (1831) y pasó largos años preso en Santa Fe y Luján. Pudo evadirse, pero volvió al país a seguir luchando por sus ideas. Obtuvo el gran triunfo de Caaguazú (1841). Debió exilarse en Uruguay y también en Río de Janeiro, donde subsistió como un pequeño agricultor. Repatriado, participó del gobierno autonomista de Bs. Aires que se organizó después de Caseros. Murió en esa ciudad en octubre de 1854.

Se reconoce a Paz como uno de los mayores estrategos de la historia militar argentina. En 1855 se publicaron sus “Memorias Póstumas” de donde tomo algunos de los párrafos que destacan el valor del general Belgrano en las postrimerías de Vilcapugio y Ayohuma. De ello se prueba que preservó la bandera del ejército.

b) Coronel Lorenzo Lugones Trejo

Nación en Pampallasta, Santiago del Estero, en 1796. En julio de 1810, a sus 14 años se enroló como cadete en los “Patricios Santiagueños” y se incorporó a la primera campaña del “Ejército Auxiliador del Perú”, cuando su padre lo confió a la guía de Vicente López y Planes. Intervino en todas las batallas que empeñó esa fuerza, primero a las órdenes de Ortiz y Ocampo y luego a las de Belgrano, por lo que participó del Éxodo en 1812, combatió en Las Piedras, Salta, Tucumán, Vilcapugio y Ayohuma. También hizo la tercera campaña al Altiplano, que condujo Rondeau y finalizó con el desastre de Sipe-sipe. En diciembre de 1816 participó de la sublevación de Juan Bautista Borges (1815-1816), que pretendió alcanzar la autonomía de Santiago. Salvó su vida del fusilamiento, por expresa gracia de Belgrano, quien seguramente tuvo en cuenta su desempeño anterior. Luego fue segundo jefe de la incursión en el Alto Perú que La Madrid ejecutó en 1817, donde participó en varios encuentros menores y en la toma de Tarija. Más tarde intervino en las luchas interprovinciales. En la “Guerra contra el Brasil” fue subordinado del general José María Paz. Batalló en La Tablada, Ciudadela y Famaillá. Debió exilarse en Bolivia por dos veces y también en Tacna (Perú), donde sobrevivió como panadero. Se radicó transitoriamente en Rosario, donde explotó un comercio, y en Bs. Aires. Regresó a Tucumán en 1859, ciudad en la que falleció en 1868. Nos legó sus “Recuerdos Históricos”, en ellos consta el enorme coraje de Manuel Belgrano y se contribuye a probar que preservó la bandera del ejército bajo su mando.


Notas y referencias:

[1] Sobre este tema puede ampliarse en este Blog: CARRILLO BASCARY, Miguel Las cuatro Banderas de Macha https://banderasargentinas.blogspot.com/2024/11/las-cuatro-banderas-de-macha.html

[2] Titiri es un remoto paraje, hoy deshabitado, a unos 4.100 metros de altura sobre el nivel del mar, ubicado en el departamento Potosí, Estado Plurinacional de Bolivia.

[3] Oficio de Belgrano al Gobierno (datado en Toro, el 1º de octubre de 1813), donde informa el resultado de la batalla y da cuenta que los realistas perdieron a un brigadier, 2 coroneles y “algunos tenientes coroneles” y Documentos para la historia del General Don Manuel Belgrano. Tomo VII, p. 25. Instituto Nacional Belgraniano. Bs. Aires. 2015. https://cdi.mecon.gob.ar/bases/docelec/inb/mb3.pdf

[4] Se interpreta que a los lectores que no sean argentinos les interesará saber que Belgrano tenía una formación universitaria y que su sola experiencia castrense fue el ser miembro de las milicias a las que todo hombre en edad militar debía prestar. En este carácter participó en el rechazo de las “Invasiones Inglesas” a Bs. Aires (1806-1807). Por urgencias del momento, a fines de 1810 se le encargó el comando de ejércitos que de tales poco más tenían el nombre.

[5] Esta es la fecha del bando por el que Belgrano ordenó abandonar Jujuy para obstaculizar todo lo posible el avance realista.

[6] Esta manifestación alude al lapso histórico de su primera campaña militar en el Norte y no implica olvidar que a ese tiempo Belgrano había protagonizado muchas otras conductas que evidenciaron su valor.

[7] PAZ, José María. Memorias Póstumas. Imp. La Revista. 1855. Bs. Aires, p. 150 https://books.google.com.ar/books?id=FPszAQAAIAAJ&printsec=frontcover&hl=es&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false

[8] Entre ellos el capitán Apolinario “Chocolate” Saravia (1791-1844), quien franqueó a Belgrano el casi desconocido paso entre los cerros que permitió caer sobre la retaguardia virreinal y habilitó el triunfo de Salta. Fue dado por muerto sobre el campo de batalla debido a sus graves heridas, pero se repuso meses más tarde.

[9] CARRILLO BASCARY, Miguel. Juana Asurdui, la heroína, no la apócrifa. https://banderasargentinas.blogspot.com/2025/07/juana-asurdui-la-heroina-no-la-apocrifa.html

[10] El propio general informó en detalle sobre aquella ceremonia (Oficio de Belgrano al Gobierno, datado en Jujuy, el 29 de mayo de 1812)

[11] Oficio del Gobierno a Belgrano, datado en Bs. Aires el 27 de junio de 1812.

[12] Oficio de Belgrano al Gobierno, datado en Jujuy el 18 de julio de 1812.

[13] Oficio de Belgrano al Gobierno, datado en Rosario el 27 de febrero de 1812.

[14] Efectivamente, durante la misión diplomático que Belgrano cumplió en Europa. Hallándose en Londres fue pintado de cuerpo presente por el artista al que se cita. Según era estilo en la época se mostraba al retratado junto a una circunstancia que lo caracterizara. En el caso se observa una escena de batalla donde hay dos banderas blancas y celeste en horizontal. Remitiría a la batalla de salta principal logro del prócer en aquella fecha.

[15] Se conserva la orden de pago por la compra de dos cuartas y media de raso que importó confeccionar esta bandera.

[16] PAZ, J. M. Ob. cit. p. 125.

[17] PAZ, J. M. Ob. cit. p. 152.

[18] PAZ, J. M. Ob. cit. pp. 158-159.

[19] LUGONES, Leopoldo. Recuerdos históricos sobre las campanas del ejército auxiliador del Perú en la guerra de la Independencia. Imp. Europea. Bs. Aires. Segunda edición. 1888. Se observa una esce https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/40/Recuerdos_historicos_sobre_las_campa%C3%B1as_del_ejercito_auxiliar_del_Peru_-_Lorenzo_Lugones.pdf

[20] LUGONES, L. Ob. cit. pp. 57-60.

[21] Se refiere al Regimiento de Infantería Nº1 “Patricios”.

[22] LUGONES, L. Ob. cit. pp. 71-72.

[23] LUGONES, L. Ob. cit. p. 62.

[24] Documentos …. Ob. cit. Tomo VII, pp. 407-409.

[25] Recuérdese que, tras obtener la victoria en Tucumán, precisamente el día de la fiesta universal de esta advocación (24 de septiembre de 1812), Belgrano la nombró como “generala” de su ejército. Hasta este punto consideró sobrenatural el triunfo.

[26] La referencia a los Andes permitiría deducir que Belgrano tenía conocimiento del llamado “plan continental” que llevaría a San Martín a cruzar la cordillera para llevar la libertad a Chile y el Perú.

[27] Documentos … Ob. cit. Tomo VII, p. 456.

[28] Museo Mitre. Libro de Órdenes del Día del Ejército Auxiliar del Perú. Folios 70-71.

[29] Referencia sobre el “ciclo del símbolo” en CARRILLO BASCARY, M. Bariloche: bosque, montaña, lagos, nieve y sol. https://banderasargentinas.blogspot.com/2024/02/bariloche-bosque-montana-lagos-nieve-y.html

[30] Historia de la Bandera Argentina. Inst. Bonaerense de Numismática. Bs. Aires. 199, pp.76-79. Se reproduce íntegramente el documento en Documentos para a historia de la Bandera Argentina, en colaboración con Valentín Espinosa. Instituto de Estudios Iberoamericanos. Bs. Aires. 2001, pp. 190-191. Allí publica el oficio que el general José Ruiz de Huidobro dirigió desde San Luis, el 8 de junio de 1836, a Juan Manuel de Rosas, por el que le remite en carácter de trofeo de guerra “la bandera sobre la cual juró la independencia en Tucumán el ejército del general Belgrano, que fue tomada en la batalla de la Ciudadela al batallón 5º y me la dio el finado general Quiroga, cuando me entregó el mando. Este documento apreciable por su recuerdo ha tenido depositado en el regimiento de Auxiliares” (AGN. Documentación donada y adquirida (legajo 231) “Colección Juan A. Farini”. Documentos de la “Colección Adolfo Saldías sobre Juan M. de Rosas”. 1836, fo. 93 y vta. (VII 3-36).

[31] Se libró en las afueras de la ciudad de Tucumán, el 4 de noviembre de 1831.

[32] Así lo hizo en la relación que cursó al oficial mayor de la Cancillería de Bolivia, Don Telésforo Aguirre (14 de noviembre, 1892) y en el “Acta de Colquechaca” (10 de septiembre, 1895).

[33] Oficio de Rivadavia al coronel Belgrano, datado en Bs. Aires, el 3 de marzo de 1812.

[34] Grabado publicado en la edición de sus “Memorias Póstumas”, 1855.

[35] Grabado publicado en la edición de sus “Recuerdos Históricos”, 1888.

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