Otra inaceptable manipulación de la Historia
Por Miguel
Carrillo Bascary
En los últimos tiempos
algunos comunicadores han intentado
transformar a nuestro prócer Manuel Belgrano, en un recalcitrante rebelde. Parecería
que esta calificación cuadra más a los gustos actuales ¡Como si Belgrano tuviera
que “gustar” para ser más aceptado!
Lo peor es que muchas
personas de buena voluntad se hacen eco de estas tergiversaciones de la
Historia. Paralelamente también contaminan las glosas preparadas por algunos
irresponsables para acompañar los actos conmemorativos oficiales, con lo que el
error cunde en forma exponencial. Ni unos ni otros reparan que la Historia patria
no es de ellos, ni de nadie, nos pertenece a todos, también a la memoria de Belgrano
y a la de cada uno de nosotros. Nada autoriza
a manipular los hechos.
Sabemos que Belgrano fue
un visionario, un adelantado a su tiempo, un hombre que miraba más allá que
aquellos que lo conocieron. Conocemos que Belgrano pensaba en grande y sin
mezquindades. Nunca buscó el poder,
nunca su beneficio y ¡vaya que tuvo oportunidades para hacerlo!
Belgrano intentó moldear
su realidad de conformidad a los intereses que avizoraba convenían a las
mujeres y hombres su tiempo. Pudo equivocarse, seguramente lo hizo, pero toda
su vida y su legado documental nos demuestran que actuó con generosidad de
espíritu, con magnanimidad, con altruismo, dando siempre el ejemplo, asumiendo sus opciones de vida de manera coherente
con lo que predicaba. En suma, que la de Belgrano fue una vida de servicio
público, entregada a todos, olvidado de sí mismo. Podría abundar al respecto y llenar
páginas y más páginas con conceptos similares. No seguiré ese yermo derrotero.
Me contentaré con intentar explicar el título de esta nota, solo espero ser
suficientemente claro. Solo te pido lector, que no me malinterpretes.
Para hacerlo es necesario
retroceder hasta el mes de febrero de 1812 y posicionarnos en ese pequeño villorrio
de unos 700 pobladores que era la capilla de Ntra. Señora del Rosario en el
Pago de los Arroyos. El entonces coronel Belgrano había llegado al mando del
Regimiento 5 a su cargo. Tenía el preciso fin de levantar un complejo de
baterías para cerrar la navegación del Paraná a las naves realistas que
saqueaban las costas para avituallar a una Montevideo sitiada por las tropas
patriotas.
Entre el tráfago de
ocupaciones que lo captaban Belgrano miró algo más lejos, como siempre y el 13
de febrero escribió al Gobierno
pidiéndole “declarar una escarapela
nacional para que no se equivoque
con la de nuestros enemigos” en caso de trabarse combate. Así lo dispuso cinco
días más tarde aquel cuerpo que hoy llamamos “Primer Triunvirato”, cuando declaro
por tal “la de dos colores, blanco y azul
celeste”.
Entusiasmado Belgrano por
haber conseguido que se atendiera lo sugerido, el día 26 de febrero volvió a
tomar la pluma y escribió otra vez, pidiendo esta vez una bandera. Y lo remarco
con estas palabras: “Abajo Señor Excelentísimo, esas señales exteriores
que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las
cadenas de la esclavitud”, con esto repudiaba las enseñas que hasta entonces
seguían en uso de las tropas patriotas.
Al día siguiente, el 27 de
febrero o eventualmente el mismo 26 por la tarde, fue evidente que el prócer no
pudo aguantar su entusiasmo. En su fuero íntimo, consideró oportuno aprovechar que
se habilitan la batería a la que llamó “Independencia” y concibió valido para catalizar el espíritu de su tropa y potenciar la adhesión de ese pueblo que había respondido magníficamente, aportando
con generosidad a la tarea fijada.
Fue así que Belgrano concibió,
mandó ejecutar y dispuso lo necesario para presentarles una bandera que no fue
cualquiera. El mismo la calificó como “nacional”,
es decir que identificaba a esa entidad política naciente que era una
Sudamérica libre, unidad y soberana, nada menos. ¡Sudamérica! Su concepción
transcendía incluso a las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata, ¡él
estaba pensando a nivel continental! Las palabras con que en la ocasión se dirigió
a sus hombres así lo explican. Fue
entonces que los arengó con estas palabras: “Juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América
del sur será el templo de la independencia, de la unión y de la libertad”.
Al término del 27 de
febrero, a la luz de las velas redactó un informe de lo sucedido, que
seguramente despachó con un chasqui militar en la madrugada del día
siguiente. Su destinatario final era el
“hombre fuerte” de entonces, el secretario, del Triunvirato, Bernardino Rivadavia.
Con el pliego del oficio daba Belgrano cuenta de sus motivaciones, y decía
haber actuado “… para entusiasmar a la
tropa y a estos habitantes”. También detallaba su decisión de que “… siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola,
la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional”.
En las últimas líneas confiaba “espero
que sea de la aprobación de Vuestra Excelencia”. Así lo dejó escrito, de su
puño y letra. Esta pieza fundamental de la Historia argentina reposa como
testimonio perenne en el Archivo General de la Nación, la firma ológrafa que el
prócer colocó al pie confirma su protagonismo.
Llagada la comunicación a
destino ya sabemos lo que ocurrió. Rivadavia juzgó que presentar pública e inconsultamente
una bandera nacional era políticamente prematuro, más aun, temerario, hasta el
punto de comprometer la suerte del gobierno revolucionario. En ejercicio de la
autoridad que revestía y explicitando sus consideraciones escribió a Belgrano.
Con duros términos fulminaba el “grave”
asunto de la bandera, le advertía que era “una
influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifican nuestras
operaciones y protestas” y formulaba otras manifestaciones similares.
Concretamente le señalaba a Belgrano que no interfiriera con sus actos en materias que correspondían a la política del Gobierno y finalizaba dándole precisas órdenes: “… haga pasar por un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta Fortaleza y que hace al centro del Estado” (recordar que el asiento del gobierno estaba en el Fuerte de Bs. Aires). Por si fuera poco, Rivadavia remataba sus palabras, desautorizando totalmente a Belgrano conminándolo a que “… en adelante no prevenir las deliberaciones del Gobierno en materia de tanta importancia”.
El oficio en el que le
comunicaba lo expuesto está datado en Bs. Aires, obviamente, el 3 de marzo de
1812. Cuando la tinta no se había secado, en las primeras horas del mismo día Belgrano
salía de Rosario rumbo a Jujuy para hacerse cargo del Ejército Auxiliador que
ahí se encontraba; otros autores dicen que fue el día 2. Lo hizo en compañía
de dos de sus hombres de mayor confianza, el capitán Carlos Forest y el
teniente Jerónimo Helguera, su ayudante de campo; utilizo para esto una vieja galera
alquilada, hoy en el Museo Histórico de Luján. De tal manera, que cuando el
oficio de Rivadavia llegó a Rosario Belgrano ya no estaba ahí, con lo que no pudo
conocer el contenido del despacho, sino con meses de retardo.
Descriptos así los hechos
y fundamentado el relato con las citas pertinentes, queda absolutamente claro
que Belgrano no desobedeció la orden de retirar la bandera que había creado,
por la sencillísima razón de que no supo de la misma.
En consecuencia, decir
como se afirma livianamente, que Belgrano
se levantó contra la autoridad del Triunvirato, desconociendo la orden que
implicaba la bandera como un gesto de rebeldía y de compromiso con la
revolución en curso, desdeñando una posición timorata, acomodaticia, dual o
influenciada por intereses extranjeros, que inspiraba la decisión de la autoridad
residente en Bs. Aires es, cuando menos, una falacia.
El desvío de la verdad histórica,
que está documentada en piezas que atesora el Archivo Nacional deja de ser una
disparidad de enfoques. Es decididamente una patraña cuyos responsables hacen
pesar sobre el más honesto de nuestros prohombres. Implica endilgarle una
actitud inexistente, inicua, sin fundamento alguno (y podría seguir enunciando
calificativos semejantes)
¡Basta por favor de falsear, de mentir, de atribuir a Belgrano
algo que no hizo! Si no cumplió
con lo mandado, simplemente fue porque entonces no conocía la reprimenda y
menos que debía reemplazar el vexilo. En resumen, cuando el oficio de Rivadavia llegó a Rosario, Belgrano estaba en viaje
al Norte ¿de qué desobediencia se habla?
Belgrano no se merece que alguien altere la Historia
patria, ni aun tratando de posicionarlo con un perfil que nos lo acerque aún
más. El pueblo argentino,
tampoco. ¿No les parece?
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