miércoles, 17 de junio de 2026

La “desobediencia” de Belgrano y la Bandera

Otra inaceptable manipulación de la Historia

Por Miguel Carrillo Bascary

En los últimos tiempos algunos comunicadores han intentado transformar a nuestro prócer Manuel Belgrano, en un recalcitrante rebelde. Parecería que esta calificación cuadra más a los gustos actuales ¡Como si Belgrano tuviera que “gustar” para ser más aceptado!

Lo peor es que muchas personas de buena voluntad se hacen eco de estas tergiversaciones de la Historia. Paralelamente también contaminan las glosas preparadas por algunos irresponsables para acompañar los actos conmemorativos oficiales, con lo que el error cunde en forma exponencial. Ni unos ni otros reparan que la Historia patria no es de ellos, ni de nadie, nos pertenece a todos, también a la memoria de Belgrano y a la de cada uno de nosotros. Nada autoriza a manipular los hechos.

Sabemos que Belgrano fue un visionario, un adelantado a su tiempo, un hombre que miraba más allá que aquellos que lo conocieron. Conocemos que Belgrano pensaba en grande y sin mezquindades. Nunca buscó el poder, nunca su beneficio y ¡vaya que tuvo oportunidades para hacerlo!

Belgrano intentó moldear su realidad de conformidad a los intereses que avizoraba convenían a las mujeres y hombres su tiempo. Pudo equivocarse, seguramente lo hizo, pero toda su vida y su legado documental nos demuestran que actuó con generosidad de espíritu, con magnanimidad, con altruismo, dando siempre el ejemplo, asumiendo sus opciones de vida de manera coherente con lo que predicaba. En suma, que la de Belgrano fue una vida de servicio público, entregada a todos, olvidado de sí mismo. Podría abundar al respecto y llenar páginas y más páginas con conceptos similares. No seguiré ese yermo derrotero. Me contentaré con intentar explicar el título de esta nota, solo espero ser suficientemente claro. Solo te pido lector, que no me malinterpretes.

Para hacerlo es necesario retroceder hasta el mes de febrero de 1812 y posicionarnos en ese pequeño villorrio de unos 700 pobladores que era la capilla de Ntra. Señora del Rosario en el Pago de los Arroyos. El entonces coronel Belgrano había llegado al mando del Regimiento 5 a su cargo. Tenía el preciso fin de levantar un complejo de baterías para cerrar la navegación del Paraná a las naves realistas que saqueaban las costas para avituallar a una Montevideo sitiada por las tropas patriotas.

Entre el tráfago de ocupaciones que lo captaban Belgrano miró algo más lejos, como siempre y el 13 de febrero escribió al Gobierno pidiéndole “declarar una escarapela nacional para que no se equivoque con la de nuestros enemigos” en caso de trabarse combate. Así lo dispuso cinco días más tarde aquel cuerpo que hoy llamamos “Primer Triunvirato”, cuando declaro por tal “la de dos colores, blanco y azul celeste”.

Entusiasmado Belgrano por haber conseguido que se atendiera lo sugerido, el día 26 de febrero volvió a tomar la pluma y escribió otra vez, pidiendo esta vez una bandera. Y lo remarco con estas palabras:  Abajo Señor Excelentísimo, esas señales exteriores que para nada nos han servido y con que parece que aún no hemos roto las cadenas de la esclavitud”, con esto repudiaba las enseñas que hasta entonces seguían en uso de las tropas patriotas.

Al día siguiente, el 27 de febrero o eventualmente el mismo 26 por la tarde, fue evidente que el prócer no pudo aguantar su entusiasmo. En su fuero íntimo, consideró oportuno aprovechar que se habilitan la batería a la que llamó “Independencia” y concibió valido para catalizar el espíritu de su tropa y potenciar la adhesión de ese pueblo que había respondido magníficamente, aportando con generosidad a la tarea fijada.

Fue así que Belgrano concibió, mandó ejecutar y dispuso lo necesario para presentarles una bandera que no fue cualquiera. El mismo la calificó como “nacional, es decir que identificaba a esa entidad política naciente que era una Sudamérica libre, unidad y soberana, nada menos. ¡Sudamérica! Su concepción transcendía incluso a las llamadas Provincias Unidas del Río de la Plata, ¡él estaba pensando a nivel continental! Las palabras con que en la ocasión se dirigió a sus hombres así lo explican.  Fue entonces que los arengó con estas palabras: “Juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores y la América del sur será el templo de la independencia, de la unión y de la libertad”.

Al término del 27 de febrero, a la luz de las velas redactó un informe de lo sucedido, que seguramente despachó con un chasqui militar en la madrugada del día siguiente.  Su destinatario final era el “hombre fuerte” de entonces, el secretario, del Triunvirato, Bernardino Rivadavia. Con el pliego del oficio daba Belgrano cuenta de sus motivaciones, y decía haber actuado “… para entusiasmar a la tropa y a estos habitantes”. También detallaba su decisión de que “… siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional”. En las últimas líneas confiaba “espero que sea de la aprobación de Vuestra Excelencia”. Así lo dejó escrito, de su puño y letra. Esta pieza fundamental de la Historia argentina reposa como testimonio perenne en el Archivo General de la Nación, la firma ológrafa que el prócer colocó al pie confirma su protagonismo.

Llagada la comunicación a destino ya sabemos lo que ocurrió. Rivadavia juzgó que presentar pública e inconsultamente una bandera nacional era políticamente prematuro, más aun, temerario, hasta el punto de comprometer la suerte del gobierno revolucionario. En ejercicio de la autoridad que revestía y explicitando sus consideraciones escribió a Belgrano. Con duros términos fulminaba el “grave” asunto de la bandera, le advertía que era “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifican nuestras operaciones y protestas” y formulaba otras manifestaciones similares.

Concretamente le señalaba a Belgrano que no interfiriera con sus actos en materias que correspondían a la política del Gobierno y finalizaba dándole precisas órdenes: “… haga pasar por un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta Fortaleza y que hace al centro del Estado” (recordar que el asiento del gobierno estaba en el Fuerte de Bs. Aires). Por si fuera poco, Rivadavia remataba sus palabras, desautorizando totalmente a Belgrano conminándolo a que “… en adelante no prevenir las deliberaciones del Gobierno en materia de tanta importancia”. 

El oficio en el que le comunicaba lo expuesto está datado en Bs. Aires, obviamente, el 3 de marzo de 1812. Cuando la tinta no se había secado, en las primeras horas del mismo día Belgrano salía de Rosario rumbo a Jujuy para hacerse cargo del Ejército Auxiliador que ahí se encontraba; otros autores dicen que fue el día 2. Lo hizo en compañía de dos de sus hombres de mayor confianza, el capitán Carlos Forest y el teniente Jerónimo Helguera, su ayudante de campo; utilizo para esto una vieja galera alquilada, hoy en el Museo Histórico de Luján. De tal manera, que cuando el oficio de Rivadavia llegó a Rosario Belgrano ya no estaba ahí, con lo que no pudo conocer el contenido del despacho, sino con meses de retardo.

Descriptos así los hechos y fundamentado el relato con las citas pertinentes, queda absolutamente claro que Belgrano no desobedeció la orden de retirar la bandera que había creado, por la sencillísima razón de que no supo de la misma.

En consecuencia, decir como se afirma livianamente, que Belgrano se levantó contra la autoridad del Triunvirato, desconociendo la orden que implicaba la bandera como un gesto de rebeldía y de compromiso con la revolución en curso, desdeñando una posición timorata, acomodaticia, dual o influenciada por intereses extranjeros, que inspiraba la decisión de la autoridad residente en Bs. Aires es, cuando menos, una falacia.

El desvío de la verdad histórica, que está documentada en piezas que atesora el Archivo Nacional deja de ser una disparidad de enfoques. Es decididamente una patraña cuyos responsables hacen pesar sobre el más honesto de nuestros prohombres. Implica endilgarle una actitud inexistente, inicua, sin fundamento alguno (y podría seguir enunciando calificativos semejantes)

¡Basta por favor de falsear, de mentir, de atribuir a Belgrano algo que no hizo! Si no cumplió con lo mandado, simplemente fue porque entonces no conocía la reprimenda y menos que debía reemplazar el vexilo. En resumen, cuando el oficio de Rivadavia llegó a Rosario, Belgrano estaba en viaje al Norte ¿de qué desobediencia se habla?

Belgrano no se merece que alguien altere la Historia patria, ni aun tratando de posicionarlo con un perfil que nos lo acerque aún más. El pueblo argentino, tampoco.  ¿No les parece?

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