jueves, 27 de abril de 2017

Preside este acto, 
la Bandera oficial de …

Serie: Ceremonial Vexilológico

Por Miguel Carrillo Bascary



El problema en cuestión
Quienes trabajamos en materia de Ceremonial y Protocolo tenemos bien claro que la colocación de banderas en un estrado o en cualquier otro ámbito donde se desarrollen eventos es una cuestión sumamente delicada.

Prueba de ello es el interés que despierta la materia en congresos; cursos y artículos que se publican. Lamentablemente vemos casi a diario errores que se deslizan en al curso de las actividades mejor programadas. El protocolo oficial de las grandes personalidades de estado no se encuentra exento de circunstancias desafortunadas y las gaffes de sus equipos circulan con particular crueldad por las redes sociales.

Aún a los ojos profanos muchas de las irregularidades que atañen a las banderas suelen ser advertidas; deslucen la actividad y a sus organizadores, principalmente.

Uno de los errores de concepto más comunes radica en asignar a las banderas una cualidad netamente ornamental; pareciera que fueran una parte más del decorado donde se cumplirá la actividad.

Debe remarcarse: que las banderas son representaciones del estado, la entidad o la autoridad que las define.

Dicho de otra manera, las banderas “no acompañan el evento”, en verdad son protagonistas destacadas, precisamente porque el estado, la entidad o la autoridad con las que se identifican protagonizan el evento; vale redundar.

También es verdad que el colorido propio de las enseñas y estandartes aportan lo suyo para ambientar el ámbito de la realización; y lo hacen en grado sumo.

Al respecto podríamos aportar una anécdota que seguramente muchos expertos habrá experimentado en parecidos términos. En síntesis:
El gerente de RR.PP. de una importante multinacional supervisaba el recinto donde se iba a presentar un producto, mientras el personal del área lo acompañaba expectante, esperanzados de que se viera el esfuerzo empeñado y al mismo tiempo, temerosos de que el ejecutivo advirtiera algo fuera de lugar. En esta circunstancia el pope manifestó: “Está todo bien, pero …;  no sé …; me falta algo …; a ver ….” Los rostros de quienes lo acompañaban reflejaron la preocupación del caso; en eso, tocado por un rayo de inspiración el directivo exclamó; “¡Ya lo tengo! ¡Hay que poner algunas banderitas y queda todo perfecto!”

El problema es que en la visión especializada “las banderitas” no son objetos de ambientación, sino que tienen un rol fundamental en la actividad del Ceremonial, lo que es igual que decir que su función es parte de la vida misma.

Si se repara en las ceremonias que involucran a las banderas se encontrará que destacan en varios momentos, particularmente: si está previsto su izamiento o arrío; en el ingreso o retiro de un recinto o cuando específicamente el acto incluya un cambio de abanderado y la toma de promesa a la enseña nacional.
A lo que podemos sumar: si se concreta una ofrenda de honor al lábaro (corona; tributo floral o condecoración) y en ocasión de las exequias a un héroe o personalidad pública. También, más precisamente, en las ocasiones en que una entidad reciba en donación un nuevo ejemplar.
Pero, si no ocurre alguna de las circunstancias indicadas las referencias a las banderas faltan totalmente, aún en los guiones ceremoniales más elaborados.

Trataremos de explicar el fundamental error de concepto que origina esta omisión. Tomamos como punto de partida a la mismísima democracia, el sistema político universal, pues aún las monarquías actuales están sujetas a los condicionamientos propios del “estado de derecho”. En una democracia encontraremos que sus diversos niveles estatales; autoridades e instituciones oficiales y privadas se representan con banderas. Cada una tiene su función, pero todas merecen similar respeto, cada una en correspondencia a los entes que corporizan. Por lo que todas y cada una merecen consideración y respeto, precisamente por que se trata de una democracia.

Un ejemplo lo esclarecerá. Cuando se concreta un evento con la presencia de un jefe de estado el locutor oficial, detalla más o detalle en manos, suele indicar:
Preside este acto el Señor Presidente de la Nación…; Don N. N.

Con esta expresión se indica fuera de toda duda, que el funcionario actúa “en representación” de su país lo que indica que los honores que recibe tienen fundamento en el colectivo que esto implica. En el ejemplo, el verdadero receptor de las consideraciones del Ceremonial es el pueblo (titular de la soberanía) que ha dado mandato a ese presidente para que lo gobierne durante un lapso determinado.

De manera similar, corresponde que las banderas (en particular las nacionales) reciban una consideración apropiada, justamente porque representan al pueblo que es el verdadero sujeto de los honores. Lo propio ocurre, con la modalizacion que cada caso demanda, si se considera a las enseñas representativas de entidades de menor jerarquía.

Volvamos al ejemplo; en un acto cívico con participación presidencial el verdadero protagonista es el pueblo de la nación, representado por ese alto funcionario; pero el caso no es tan lineal como lo tenemos asumido, pues en un evento formal no puede faltar la bandera del estado, en esto hay coincidencia absoluta. Más aún, todas las reglas indican que el mandatario “debe” estar acompañado de tal enseña para legitimar y potenciar su intervención.

En consecuencia, tenemos a dos protagonistas de primer orden: la bandera y el funcionario; lo que nos lleva a afirmar que ambos tienen que ser de mencionados en el guión oficial. Veremos de qué manera.

 

La solución al problema
Por nuestra parte postulamos que el locutor oficial debería utilizar un texto similar al que sigue:
Protagoniza este acto la Bandera Oficial de la Nación en representación del pueblo argentino, corporizado en el Señor Presidente de la Nación [etc.; etc.]”

De esta manera se destaca adecuadamente el rol institucional propio de la Enseña nacional; se reafirma la democracia y el concepto de representación que inviste el primer mandatario. Esto es lo justo y esto es lo que corresponde en puridad.

Claro que el enunciado mediatiza al presidente; dicho de otra manera, da mas importancia a la bandera que al funcionario; pero, reitero, en una democracia esto es lo que corresponde. Mal que le pueda pesar al ego del citado y a sus corifeos. La institucionalidad, debe prevalecer; ante todo.

Con la difusión de esta fórmula en la percepción general se tomará conciencia de que las banderas no son meros objetos ornamentales sino que poseen un significado mucho más alto, significativo y honroso; equivalente a la entidad a la que representan.


Pluralidad de banderas
Para estos supuestos la expresión a utilizar será la que se ejemplifica:
Protagoniza este acto la Bandera Oficial de la nación en representación del pueblo argentino, corporizado en el Señor Presidente de la Nación[etc.; etc.] Acompañan, las enseñas nacionales de Paraguay; Chile [etc.] en representación de sus respectivos pueblos, corporizados en la presencia de los señores embajadores [etc.; etc.]

Como pauta de practicidad agregamos, que si en el evento se han colocado numerosas banderas, es factible destacar a la local y englobar a las restantes en una expresión como la que citamos a manera de ejemplo:
Protagoniza este acto la Bandera Oficial de la Nación; la acompañan, las banderas oficiales de las naciones a las que representan los participantes de este Congreso” o bien: “Protagoniza este acto la Bandera Oficial de la Nación; la acompañan, las banderas oficiales de las naciones que integran [y se menciona la a la organización involucrada]


Un caso particular
Párrafo aparte merece explicar cómo debería aludirse a la Bandera argentina. Entiendo que en un acto formal la expresión correcta sería usar: Bandera Oficial de la Nación, de conformidad a la designación específica que utiliza el Decreto Nº10.302 de 1944:
Artículo 2° – La Bandera Oficial de la Nación es la bandera con sol, aprobada por el "Congreso de Tucumán", reunido en Buenos Aires el 25 de febrero de 1818. Se formará según lo resuelto por el mismo Congreso el 20 de julio de 1816, con los colores "celeste y blanco" con que el General Belgrano, creó el 27 de febrero de 1812, la primera enseña patria.”

Así resulta también de la Ley Nº 23.208, cuyo texto dispone:
Artículo 1° Tienen derecho a usar la Bandera Oficial de la Nación, el Gobierno Federal, los Gobiernos Provinciales y del Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, así como también los particulares, debiéndosele rendir siempre el condigno respeto y honor.”

Si el organizador no fuera profesional podría tolerarse que la mencione como “Bandera argentina”; pero solo por vía de disculpable desatención. La tendencia correcta debería encaminarse a mencionarla tal como en Derecho corresponde.


Otros casos
La mención a las banderas de otros países debería cuidar que éstos sean aludidos usando su nombre oficial. Por caso, no es propio hablar de “la bandera de España”, sino de la “Bandera del Reino de España”. Afortunadamente las herramientas informáticas disponibles permiten que cualquier organizador atento pueda chequear lo pertinente, accediendo cómodamente a las designaciones correctas.

Cuando corresponda presentar la enseña de una provincia, la expresión adecuada será: la bandera de la provincia de ….”; que resulta mucho más exacta que decir: la bandera provincial de …”. Claro está que será inadecuado utilizar el gentilicio (Ej.: “la bandera santafesina”)

Lo propio ocurrirá con otros tipos de enseñas.


Conclusiones

  • Consideramos que las reflexiones que compartimos deben mover al estudio y eventual debate.
  • En lo que sí tendríamos que coincidir es en jerarquizar la presencia de banderas en las diversas circunstancias que marca el Ceremonial; no por simpatía a su humilde condición natural, sino por las representaciones que invisten en una sociedad democrática.

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