martes, 24 de febrero de 2026

Salvar la vida al tocar una bandera

Una costumbre ancestral

Por Miguel Carrillo Bascary

En tiempos donde la ley del talión imperaba se desarrolló la institución del asilo que se manifiesta en todas las culturas.

Originariamente, si el perseguido por un crimen, llegaba hasta un santuario podía aspirar a preservar su vida y hasta alcanzar el perdón al colocarse al amparo de los dioses. Esta actitud de confiarse a la divinidad era un acto de fe que el resto de la comunidad debía tolerar, por respeto a los dioses, aunque esto ocasionara que el “ojo por ojo” quedara insatisfecho. Obvio que la intervención divina se personificaba en la casta sacerdotal y que se concretaba en el espacio destinado al culto.

Esta universal costumbre tuvo diversas formas, muchas veces implicaba que el reo debía permanecer en el recinto sagrado, en otras bastaba que lo pisara o que tocara en forma pública algún objeto religioso. En ocasiones el asilo era por tiempo determinado y, en otras, perpetuo.

Por esto las costumbres de la guerra hicieron intocables los templos (junto con sus dependencias) y que se preservara la vida de quienes se refugiaban en él. Por esta razón era habitual que la población civil y los heridos se aglomeraban en estos lugares, particularmente si las defensas estaban por ceder y era factible augurar el saqueo de la población. Aun así, la historia mundial está plagada de episodios donde los así refugiados hallaban horrenda muerte cuando los agresores resolvía pegar fuego a los templos.

La evolución de la institución a la luz de la Ciencia Jurídica a veces exigía determinadas condiciones para que procediera el asilo, por ejemplo: que no se tratara de crímenes particularmente aberrantes, ni que implicara al regicidio ni los sacrilegios. Con los siglos evolucionó hasta lo que hoy se conoce como el “asilo territorial”, que se distingue del “diplomático”, que se concede en razón de la función que cumplen las personas de esta condición. En la actualidad el asilo es considerado un derecho humano básico.

Se podría desarrollar mucho la historia lo que abarca este tipo de asilo, pero no es parte de la especificidad de este Blog, particularmente dedicado a la Vexilología y al Ceremonial. Me avocaré entonces a esta particular faceta.

Ciertas culturas habilitaban el asilo por el solo hecho de tocar o besar un altar, el sepulcro de un santo, la vestidura de un rey, del sumo sacerdote o una reliquia venerada. Hasta tiempos relativamente recientes también fue posible obtener una protección muy similar al asilo cuando el convicto de un delito militar se abrazaba las banderas de su regimiento.

Corresponde explicar lo expuesto. Los vexilos siempre se consideraron objetos sagrados, emblemas de la protección de Dios para con los que combatían bajo ellos. Lo que también explica que se bendijeran, que se guardaran en las iglesias y que cuando se salía en campaña se preservaran en un recinto especial, como el principia, en los campamentos romanos. Esto es también el origen del ceremonial propio de las banderas, aunque con los siglos esta relación se fue mediatizado hasta casi ser olvidada.

Como objetos consagrados, las banderas también se consideraban imágenes divinas y hasta corporizaban la presencia de los dioses. Esta es la razón por la que se reconocía a los vexilos la propiedad de eximir de pena en determinadas circunstancias.

Una anécdota que nos relata Samuel Haigh lo ilustrará de manera suficiente. Este viajero inglés recorrió el territorio sudamericano en repetidas ocasiones, de cuyas resultas escribió un relato testimonial que es muy rico en estampas costumbrista, hasta el punto que cautiva el interés del lector en forma señalada. Se los recomiendo. Según fue costumbre en el siglo XIX al llegar 1831 Haigh publicó en Londres la versión completa de su “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y Perú”, que mucho más tarde tradujo al español Carlos Aldao. En su capítulo XV cuenta sobre su visita a la ciudad de Arequipa, histórica ciudad del Sur del Perú, lugar donde se desarrolla el sucedido.

Nos cuenta que el 28 de octubre, festividad dedicada a Simón Bolívar en su condición de libertador, se cumplió con grandes ceremonias populares. Una de ellas implicaba el paso de un retrato del venezolano, adornado de laureles, mientras la guarnición formaba de parada y el vecindario daba rienda suelta a su entusiasmo. Una ceremonia muy similar a la que ocurría en tiempos de la colonia y que implicaba el recorrido del estandarte real en cada onomástico del soberano reinante. Así, cuando el retrato llegó frente a la cárcel un soldado negro, condenado a muerte, se desprendió de sus custodios y se abalanzó sobre el cuadro al que abrazó ante la sorpresa de todos, mientras gritaba “¡Estoy salvo!”.

Haig explica esta actitud con las siguientes palabras:

Se le ocurrió esto y quizás por la regla del ejército que (estipula que) cuando un soldado va al sitio del suplicio, si consigue tomar la bandera de su regimiento, se le perdona”.

Esto evidencia que todavía en las postrimerías de la década de 1820, aún en la tropa, curtida por la cultura de la guerra durante las campañas por la Independencia, estaba vigente el concepto del asilo en la forma en que lo vengo relatando. En la desesperación el convicto se jugó el albur de abrazar el retrato de Bolívar especulando que su acto podría concederle la gracia de la vida, aunque no fuera precisamente la bandera de la unidad bajo la que revistaba hasta el momento previo a ser llevado al paredón. Quien así impetraba públicamente por su salvación despertó la simpatía de varios de los presentes, según informa el viajero, pero todo fue en vano.

Cumplo en informar que no he podido dar con ninguna norma que trate al respecto lo que me hace pensar que se trató de una costumbre inveterada extendida entre los hombres de armas de diversas naciones.

Para no dejar al lector con la inquietud sobre la suerte del moreno vale apuntar que estaba como centinela en dependencias de la Aduana, cuando se le acercó un capitán y le manifestó que debía retirar unas mercaderías que le pertenecían, entregándole unos pesos por la “atención”. Lo cierto es que el tentador retiró varios bultos, aunque poco más tarde se descubrió que no eran suyos, por lo que fue sumariamente procesado por un consejo de guerra, en compañía de su poco atento cómplice. Una semana más tarde los dos fueron pasados por las armas, lo que Haig relata cumplidamente.

La ejecución fue en la plaza, a las 8 horas de la mañana, con los 3.000 hombres de guarnición formados, mientras dos bandas de música se turnaban con sus sones, poco antes de que la campana de la Catedral comenzara a tocar a muerto. Trajeron al oficial prácticamente desmayado por la situación, mientras que nuestro especial protagonista se mantenía en calma y con una muy especial dignidad, erguido en sus casi dos metros de altura. En el poster momento se lo oyó decir en alta voz dirigiéndose a todos los presentes:

            Tengo 26 años de edad y estuve diez en el regimiento de rifleros. Nunca cometí ningún crimen fuera del presente por el que perderé la vida. He desafiado a la muerte en el campo de batalla y ahora no temo mirarla de frente. El único pesar que siento es verme obligado a morir en compañía del cobarde y bellaco que me ha acarreado esta desgracia”.

Seguidamente, permaneció a pie firme, posición en la que afrontó los disparos del pelotón y cayó muerto.

En al acto las bandas tocaron un aire alegre” (sic)

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