Una costumbre ancestral
Por Miguel
Carrillo Bascary
En tiempos donde la ley
del talión imperaba se desarrolló la institución
del asilo que se manifiesta en todas las culturas.
Originariamente, si el
perseguido por un crimen, llegaba hasta un santuario
podía aspirar a preservar su vida y hasta alcanzar el perdón al colocarse al amparo de los dioses. Esta actitud de confiarse
a la divinidad era un acto de fe que el resto de la comunidad debía tolerar, por respeto a los dioses,
aunque esto ocasionara que el “ojo por ojo” quedara insatisfecho. Obvio que la
intervención divina se personificaba en la casta
sacerdotal y que se concretaba en el espacio destinado al culto.
Esta universal costumbre tuvo diversas formas, muchas veces implicaba
que el reo debía permanecer en el recinto sagrado, en otras bastaba que lo
pisara o que tocara en forma pública
algún objeto religioso. En ocasiones el asilo era por tiempo determinado y, en
otras, perpetuo.
Por esto las costumbres de la guerra hicieron
intocables los templos (junto con sus dependencias) y que se preservara la
vida de quienes se refugiaban en él. Por esta razón era habitual que la población civil y los heridos se aglomeraban en estos
lugares, particularmente si las defensas estaban por ceder y era factible
augurar el saqueo de la población. Aun así, la historia mundial está plagada de
episodios donde los así refugiados hallaban horrenda muerte cuando los agresores resolvía pegar fuego a los
templos.
La evolución de la institución a la luz de la Ciencia Jurídica a veces
exigía determinadas condiciones para
que procediera el asilo, por ejemplo: que no se tratara de crímenes particularmente
aberrantes, ni que implicara al regicidio ni los sacrilegios. Con los siglos evolucionó
hasta lo que hoy se conoce como el “asilo
territorial”, que se distingue del “diplomático”, que se concede en razón
de la función que cumplen las personas de esta condición. En la actualidad el asilo es considerado un derecho humano
básico.
Se podría desarrollar
mucho la historia lo que abarca este
tipo de asilo, pero no es parte de la especificidad de este Blog,
particularmente dedicado a la Vexilología y al Ceremonial. Me avocaré entonces
a esta particular faceta.
Ciertas culturas
habilitaban el asilo por el solo hecho de tocar
o besar un altar, el sepulcro de un santo, la vestidura de un rey, del sumo
sacerdote o una reliquia venerada. Hasta tiempos relativamente recientes también fue posible obtener una protección
muy similar al asilo cuando el convicto de un delito militar se abrazaba las
banderas de su regimiento.
Corresponde explicar lo
expuesto. Los vexilos siempre se consideraron objetos sagrados, emblemas de la protección de Dios para
con los que combatían bajo ellos. Lo que también explica que se bendijeran, que se guardaran en las
iglesias y que cuando se salía en campaña se preservaran en un recinto
especial, como el principia, en los
campamentos romanos. Esto es también el
origen del ceremonial propio de las banderas, aunque con los siglos esta
relación se fue mediatizado hasta casi ser olvidada.
Como objetos consagrados, las banderas también se consideraban imágenes
divinas y hasta corporizaban la presencia de los dioses. Esta es la razón
por la que se reconocía a los vexilos la propiedad de eximir de pena en determinadas circunstancias.
Una anécdota que nos
relata Samuel Haigh lo ilustrará de
manera suficiente. Este viajero inglés recorrió el territorio sudamericano en
repetidas ocasiones, de cuyas resultas escribió un relato testimonial que es muy rico en estampas costumbrista, hasta
el punto que cautiva el interés del lector en forma señalada. Se los recomiendo. Según fue costumbre
en el siglo XIX al llegar 1831 Haigh publicó en Londres la versión completa de
su “Bosquejos de Buenos Aires, Chile y
Perú”, que mucho más tarde tradujo al español Carlos Aldao. En su capítulo
XV cuenta sobre su visita a la ciudad de Arequipa,
histórica ciudad del Sur del Perú, lugar donde se desarrolla el sucedido.
Nos cuenta que el 28 de
octubre, festividad dedicada a Simón Bolívar
en su condición de libertador, se cumplió con grandes ceremonias populares. Una
de ellas implicaba el paso de un retrato
del venezolano, adornado de laureles, mientras la guarnición formaba de
parada y el vecindario daba rienda suelta a su entusiasmo. Una ceremonia muy
similar a la que ocurría en tiempos de la colonia y que implicaba el recorrido
del estandarte real en cada onomástico del soberano reinante. Así, cuando el
retrato llegó frente a la cárcel un
soldado negro, condenado a muerte, se desprendió de sus custodios y se
abalanzó sobre el cuadro al que abrazó ante la sorpresa de todos, mientras
gritaba “¡Estoy salvo!”.
Haig explica esta actitud con las siguientes palabras:
“Se le ocurrió esto y quizás por la regla del
ejército que (estipula que) cuando un
soldado va al sitio del suplicio, si consigue tomar la bandera de su
regimiento, se le perdona”.
Esto evidencia que todavía
en las postrimerías de la década de 1820, aún en la tropa, curtida por la
cultura de la guerra durante las campañas por la Independencia, estaba vigente el concepto del asilo en
la forma en que lo vengo relatando. En la desesperación el convicto se jugó el
albur de abrazar el retrato de Bolívar especulando que su acto podría
concederle la gracia de la vida, aunque no fuera precisamente la bandera de la
unidad bajo la que revistaba hasta el momento previo a ser llevado al paredón. Quien
así impetraba públicamente por su salvación despertó la simpatía de varios de los presentes, según informa el viajero,
pero todo fue en vano.
Cumplo en informar que no he podido dar con ninguna norma que trate al respecto lo que me hace pensar que se trató de una costumbre inveterada extendida entre los hombres de armas de diversas naciones.
Para no dejar al lector
con la inquietud sobre la suerte del moreno vale apuntar que estaba como centinela en dependencias de la Aduana,
cuando se le acercó un capitán y le manifestó que debía retirar unas
mercaderías que le pertenecían, entregándole unos pesos por la “atención”. Lo cierto es que el tentador
retiró varios bultos, aunque poco más tarde se descubrió que no eran suyos, por
lo que fue sumariamente procesado por un consejo
de guerra, en compañía de su poco atento cómplice. Una semana más tarde los dos fueron pasados por las armas,
lo que Haig relata cumplidamente.
La ejecución fue en la
plaza, a las 8 horas de la mañana, con los 3.000 hombres de guarnición formados, mientras
dos bandas de música se turnaban con sus sones, poco antes de que la campana de
la Catedral comenzara a tocar a muerto. Trajeron al oficial prácticamente
desmayado por la situación, mientras que nuestro
especial protagonista se mantenía en calma y con una muy especial dignidad, erguido
en sus casi dos metros de altura. En el poster momento se lo oyó decir en alta
voz dirigiéndose a todos los presentes:
“Tengo
26 años de edad y estuve diez en el regimiento de rifleros. Nunca cometí ningún
crimen fuera del presente por el que perderé la vida. He desafiado a la muerte
en el campo de batalla y ahora no temo mirarla de frente. El único pesar que
siento es verme obligado a morir en compañía del cobarde y bellaco que me ha
acarreado esta desgracia”.
Seguidamente, permaneció a pie firme, posición en la
que afrontó los disparos del pelotón
y cayó muerto.
En al acto las bandas “tocaron un aire alegre”
(sic)


No hay comentarios:
Publicar un comentario