Cuando nuestra Bandera dialogó con las estrellas
Alegoría sin firma que ilustró mi nota el diario “La Capital” (24.11.1999)
Por Miguel Carrillo Bascary
Cuando
nuestros ancestros veían caer del almanaque al siglo XIX, sin dudas que en sus
almas anidaron sentimientos de nostalgia
y renovadas expectativas. Parecidos sentimientos a los que hoy vivencia
nuestra generación.
El nuevo siglo XX avanzaba carente de la espectacularidad cíclica que
algunas creencias y culturas asignan al cambio de centurias, pero sin poder
ocultar la mal contenida emoción de finalizar una etapa y emprender una nueva
jornada. Aclaro que, por entonces, se
consideraba que el siglo empezaba con el primer segundo del año 1901. Por
esto, a mediados de su diciembre, aquellas mujeres de encajes y capelinas, esos
hombres de levita y sus niños de trajes marineros, protagonistas del siglo en
retirada, seguro contaría cada día que faltaba para observar la primera alborada del nuevo almanaque
secular.
Por entonces, la República
Argentina, protagonizaba un desarrollo espectacular y encandilaba a hombres
de todas las latitudes con las oportunidades de progreso que ofrecía. Más aún, se
perfilaba como uno de los grandes estados de Occidente. Había dejado atrás las turbulencias sociales propias de la crisis económica
del ’90, el llanto por los muertos en las recientes epidemias de cólera y
fiebre amarilla y el peligro de los malones eran ya un mal recuerdo, al igual
que el salvajismo inicuo de las guerras civiles. Por fin, después de tantas
amarguras el destino parecía sonreír a nuestra Patria.
El mundo entero ingresaba al siglo XX con un espíritu renovado,
ilusionado, confiando en que el progreso desterraría muchos males. Muy pronto,
el optimismo innato de la belle epoque vería que las
limitaciones humanas desnudarían su bucólico barniz para sepultar a la
Humanidad en la dura realidad de tres
guerras mundiales de violencia inconmensurable; dos que se traducirían en
el fragor de la metralla hasta llegar al horror del fuego atómico (Hiroshima,
1945) y otra, que se consumiría en el frío de las ideologías antagónicas. Así,
el hombre empezaría a entender que el progreso sin un avance moral que lo sostenga
y aliente, es como los fuegos de
artificio que ganaron los cielos en aquella noche finisecular.
El diciembre de 1901 fue ocasión
para esperar con espíritu libre la primera mañana del siglo. Como es lógico,
tanto como lo fue para los saludaron la llegada del tercer milenio, los hombres
y mujeres de aquellos días pensarían de qué manera testimoniar sus emociones.
Por supuesto que no existían las actuales posibilidades de manifestarse, por lo
que la fiesta sería poco menos que un
acontecimiento para celebrar en familia y con amigos, acaso con formales
bailes convocados por los poderosos en sus castillos y otros, más populares en
algunas plazas.
A la sazón gobernaba
las tierras argentinas Julio A. Roca, el militar tucumano que llegara al
generalato en un campo de batalla a sus 31 años y que ocupó dos veces el “sillón
de Rivadavia[1]”.
La historia no conservó los intercambios de opiniones entre nuestros dirigentes
sobre cómo debía celebrar el acontecimiento en la esfera institucional. La de
entonces no era la misma forma en que se vive hoy, ni tampoco la que
correspondió al año 2000. Vale como ejemplo que el hoy tradicional medio feriado del 31 de diciembre no
existía, era un día de trabajo, como cualquier otro.
Fue una verdadera sorpresa que investigando otro tema di con un olvidado decreto del Poder Ejecutivo
Nacional fechado el 26 de diciembre de 1900. Las sensaciones que despertó
en mi espíritu me impulsaron a compartirlas y, en vísperas del advenimiento del
siglo XXI, motivaron estas líneas en su versión primigenia.
La norma llevaba la firma del presidente y las de todos sus ministros. El texto es breve: tras declarar feriado al último día del siglo XIX (considerado entonces como el 31 de diciembre de 1900) disponía que, en todas las fortalezas, buques de guerra y edificios públicos se mantuviera enarbolada la Bandera nacional y que una salva de 101 cañonazos despidiera el último Sol de la centuria y saludara el amanecer del astro rey en el primer día del siglo XX. Aclaro que el ceremonial marino prescribía este elevado número de salvas como el máximo honor que puede rendirse[2].
Más allá del curioso hecho asombrará saber que conforme a lo ordenado,
en aquella noche tan especial la Bandera
nacional no se recogió, permaneció izada en el frescor estival del aire
nocturno; cual testigo expectante de la perennidad de la Patria y símbolo
visible a todos sus hijos de los derroteros históricos seguidos por el pueblo
argentino. Fue así que aquel vexilo, enarbolado por primera vez por el Manuel
Belgrano en el atardecer del 27 de febrero de 1812, para evidenciar el surgir
de una nueva nación, fue mudo testigo
del término de un siglo plagado de esfuerzos titánicos y del comienzo de un período,
pletórico de esperanzas. Parecía que aquella Bandera fuera capaz de sintetizar las vidas de todos los
argentinos que habían contribuido a forjar el país y la emoción de aquellos que
trasmitían el sentir de la nacionalidad a las nuevas generaciones.
La del 31 de diciembre de 1900 fue entonces, una
noche muy especial en donde, contra todas
las usanzas del Ceremonial (que manda arriar la bandera durante las horas de
oscuridad[3])
se juzgó que el lábaro celeste y blanco, izado al tope del mástil sería un
verdadero símbolo de la continuidad
histórica de nuestra nación para recibir los días del porvenir.
Tan interesante como lo mandado por ese decreto son sus fundamentos que se plasmaron en pocas
líneas con una tinta desvaída ahora por el tiempo. Cual si fuera una oración de acción de gracias al
Todopoderoso decían aquellos hombres que lo firmaron:
“(…) que es un deber moral solemnizar el último
día del siglo XIX, en cuyo transcurso Dios ha querido colmar a la Nación
Argentina de grandes beneficios, tales como la emancipación y la organización
pública sobre la base de las instituciones libres; la posesión real de sus
vastos dominios territoriales; la prosperidad económica y la cultura
intelectual y moral; la paz externa e interna; que son algunas de las grandes
conquistas de nuestra civilización”.
Es un texto simple, agradecido,
emocionante. Sintetiza el esfuerzo de los grandes hombres y mujeres
argentinos del siglo que pasaba, de aquellos cuyos nombres la Historia guardó
como, San Martín, Belgrano y muchos otros, pero también de quienes solo Dios
conoce su identidad. También quedó plasmado el enorme contenido de las mayores empresas que acometió nuestra Patria
desde el alba del Sol de Mayo hasta culminar el gran proyecto social a que dio
lugar la Constitución de 1853, donde
Argentina enterró la lanza y el sable para emerger a través de las leyes y la
justicia.
Imbuido de los mejores sentimientos envié una colaboración al
diario “La Capital” de Rosario[4],
cuya redacción dispuso publicar como una nota de opinión en su edición del 24
de noviembre de 1999. Llevó como título “Cuando nuestra Bandera dialogó con las
estrellas”. En aquel entonces cerré mi artículo con las siguientes palabras:
“En este fin de siglo los argentinos de hoy
quizás nos sintamos tentados de anotar muchas cuentas en el debe de nuestra
historia personal y social. Sin embargo, quizás debamos emular a aquellos de
nuestros mayores que aguardaban el siglo XX dando gracias a Dios por lo
logrado, sin claudicar con las responsabilidades que tenían entre manos de cara
a un futuro que ya era realidad. Como en aquél entonces sería deseable que
nuestras autoridades pudieran recrear el símbolo notabilísimo de aquella noche
finisecular en que nuestra Bandera nacional permaneció izada para guiar a sus
hijos en el ingreso a un nuevo siglo y testimoniar esfuerzos y esperanzas en
muda una oración que nuestra patria tributa al Creador. Junto a El, Belgrano
asentirá satisfecho y sin dudas que intercederá por nuestra Patria, quién supo
testimoniarlos con su pensamiento y con sus obras marca un ejemplo a seguir por
todos argentinos”.
Para mi gran sorpresa y mayor satisfacción así ocurrió. El entonces Intendente Municipal de Rosario, Dr. Hermes
Binner[5],
leyó la nota y con su espíritu sensibilizado, entrenado en saber interpretar el
valor de los símbolos y dispuso que la Enseña patria que cada día luce en el
Mástil Mayor del Monumento Nacional a la Bandera[6], permaneciera izada durante aquella
noche en que el siglo XX dio paso al que hoy protagonizamos. Fue entonces que “nuestra Bandera dialogó
con las estrellas".
Dr. Hermes Binner
Nota: sirva el presente de expreso reconocimiento al Dr. Hermes Binner en el sexto aniversario de su ingreso a la trascendencia de la finitud humana.
[1] En Argentina se usa esta expresión para señalar la Presidencia de
la Nación en alusión al sitial que simbólicamente usó su primer presidente,
Bernardino Rivadavia entre 1821 y 1827. Roca (1843-1914) ocupó esta
magistratura de 1880 a 1886 y de 1898 a 1904.
[2] En la Antigüedad se practicaba como demostración de quedar desarmada la nave que disparaba, lo que implicaba reconocer la autoridad del referenciado, sea una nación, una ciudad, un monarca u otra autoridad.
[3] El arrío de un vexilo en horas de la noche es una pauta universal.
Solo se admite su permanencia en los casos que pueda visualizarse iluminada en
forma artificial o, por razones excepcionales como las que se relaten en esta
nota, en algunos lugares de especial significación, durante una guerra o en
condiciones de catástrofes.
[4] El principal periódico de la ciudad, considerado “decano de la
prensa argentina”, ya que se fundó el 15 de noviembre de 1867.
[5] Nació en Rafaela el 5 de junio de 1943. Proveía de una familia de
inmigrantes, originaria del cantón de Valais (Suiza). Se graduó como médico, en
la Univ. Nacional de Rosario, y en esta condición implementó un moderno sistema
sanitario en la ciudad. Fue el primer intendente socialista que tuvo Rosario.
Más tarde gobernó la provincia de Santa Fe, entre el 2007 y el 2011. Falleció
en Casilda, el 26 de junio de 2020.
[6] Para conocimiento de los lectores que no sean argentinos: este
memorial se erige en el preciso lugar donde se izó por primera vez la Bandera Argentina,
en la hoy ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Se inauguró el 20 de junio
de 1957. Es un verdadero ícono histórico y emocional en el sentir del pueblo
argentino.



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