lunes, 13 de julio de 2026

Excepciones históricas al arrío nocturnal

Cuando nuestra Bandera dialogó con las estrellas

 

Alegoría sin firma que ilustró mi nota el diario “La Capital” (24.11.1999)

Por Miguel Carrillo Bascary

Cuando nuestros ancestros veían caer del almanaque al siglo XIX, sin dudas que en sus almas anidaron sentimientos de nostalgia y renovadas expectativas. Parecidos sentimientos a los que hoy vivencia nuestra generación.

El nuevo siglo XX avanzaba carente de la espectacularidad cíclica que algunas creencias y culturas asignan al cambio de centurias, pero sin poder ocultar la mal contenida emoción de finalizar una etapa y emprender una nueva jornada. Aclaro que, por entonces, se consideraba que el siglo empezaba con el primer segundo del año 1901. Por esto, a mediados de su diciembre, aquellas mujeres de encajes y capelinas, esos hombres de levita y sus niños de trajes marineros, protagonistas del siglo en retirada, seguro contaría cada día que faltaba para observar la primera alborada del nuevo almanaque secular.

Por entonces, la República Argentina, protagonizaba un desarrollo espectacular y encandilaba a hombres de todas las latitudes con las oportunidades de progreso que ofrecía. Más aún, se perfilaba como uno de los grandes estados de Occidente. Había dejado atrás las turbulencias sociales propias de la crisis económica del ’90, el llanto por los muertos en las recientes epidemias de cólera y fiebre amarilla y el peligro de los malones eran ya un mal recuerdo, al igual que el salvajismo inicuo de las guerras civiles. Por fin, después de tantas amarguras el destino parecía sonreír a nuestra Patria.

El mundo entero ingresaba al siglo XX con un espíritu renovado, ilusionado, confiando en que el progreso desterraría muchos males. Muy pronto, el optimismo innato de la belle epoque vería que las limitaciones humanas desnudarían su bucólico barniz para sepultar a la Humanidad en la dura realidad de tres guerras mundiales de violencia inconmensurable; dos que se traducirían en el fragor de la metralla hasta llegar al horror del fuego atómico (Hiroshima, 1945) y otra, que se consumiría en el frío de las ideologías antagónicas. Así, el hombre empezaría a entender que el progreso sin un avance moral que lo sostenga y aliente, es como los fuegos de artificio que ganaron los cielos en aquella noche finisecular.

El diciembre de 1901 fue ocasión para esperar con espíritu libre la primera mañana del siglo. Como es lógico, tanto como lo fue para los saludaron la llegada del tercer milenio, los hombres y mujeres de aquellos días pensarían de qué manera testimoniar sus emociones. Por supuesto que no existían las actuales posibilidades de manifestarse, por lo que la fiesta sería poco menos que un acontecimiento para celebrar en familia y con amigos, acaso con formales bailes convocados por los poderosos en sus castillos y otros, más populares en algunas plazas.

A la sazón gobernaba las tierras argentinas Julio A. Roca, el militar tucumano que llegara al generalato en un campo de batalla a sus 31 años y que ocupó dos veces el “sillón de Rivadavia[1]”. La historia no conservó los intercambios de opiniones entre nuestros dirigentes sobre cómo debía celebrar el acontecimiento en la esfera institucional. La de entonces no era la misma forma en que se vive hoy, ni tampoco la que correspondió al año 2000. Vale como ejemplo que el hoy tradicional medio feriado del 31 de diciembre no existía, era un día de trabajo, como cualquier otro.

Fue una verdadera sorpresa que investigando otro tema di con un olvidado decreto del Poder Ejecutivo Nacional fechado el 26 de diciembre de 1900. Las sensaciones que despertó en mi espíritu me impulsaron a compartirlas y, en vísperas del advenimiento del siglo XXI, motivaron estas líneas en su versión primigenia.

La norma llevaba la firma del presidente y las de todos sus ministros. El texto es breve: tras declarar feriado al último día del siglo XIX (considerado entonces como el 31 de diciembre de 1900) disponía que, en todas las fortalezas, buques de guerra y edificios públicos se mantuviera enarbolada la Bandera nacional y que una salva de 101 cañonazos despidiera el último Sol de la centuria y saludara el amanecer del astro rey en el primer día del siglo XX. Aclaro que el ceremonial marino prescribía este elevado número de salvas como el máximo honor que puede rendirse[2].

Más allá del curioso hecho asombrará saber que conforme a lo ordenado, en aquella noche tan especial la Bandera nacional no se recogió, permaneció izada en el frescor estival del aire nocturno; cual testigo expectante de la perennidad de la Patria y símbolo visible a todos sus hijos de los derroteros históricos seguidos por el pueblo argentino. Fue así que aquel vexilo, enarbolado por primera vez por el Manuel Belgrano en el atardecer del 27 de febrero de 1812, para evidenciar el surgir de una nueva nación, fue mudo testigo del término de un siglo plagado de esfuerzos titánicos y del comienzo de un período, pletórico de esperanzas. Parecía que aquella Bandera fuera capaz de sintetizar las vidas de todos los argentinos que habían contribuido a forjar el país y la emoción de aquellos que trasmitían el sentir de la nacionalidad a las nuevas generaciones.

La del 31 de diciembre de 1900 fue entonces, una noche muy especial en donde, contra todas las usanzas del Ceremonial (que manda arriar la bandera durante las horas de oscuridad[3]) se juzgó que el lábaro celeste y blanco, izado al tope del mástil sería un verdadero símbolo de la continuidad histórica de nuestra nación para recibir los días del porvenir.

Tan interesante como lo mandado por ese decreto son sus fundamentos que se plasmaron en pocas líneas con una tinta desvaída ahora por el tiempo. Cual si fuera una oración de acción de gracias al Todopoderoso decían aquellos hombres que lo firmaron:

“(…) que es un deber moral solemnizar el último día del siglo XIX, en cuyo transcurso Dios ha querido colmar a la Nación Argentina de grandes beneficios, tales como la emancipación y la organización pública sobre la base de las instituciones libres; la posesión real de sus vastos dominios territoriales; la prosperidad económica y la cultura intelectual y moral; la paz externa e interna; que son algunas de las grandes conquistas de nuestra civilización”.

Es un texto simple, agradecido, emocionante. Sintetiza el esfuerzo de los grandes hombres y mujeres argentinos del siglo que pasaba, de aquellos cuyos nombres la Historia guardó como, San Martín, Belgrano y muchos otros, pero también de quienes solo Dios conoce su identidad. También quedó plasmado el enorme contenido de las mayores empresas que acometió nuestra Patria desde el alba del Sol de Mayo hasta culminar el gran proyecto social a que dio lugar la Constitución de 1853, donde Argentina enterró la lanza y el sable para emerger a través de las leyes y la justicia.

La Bandera Nacional en el Monumento que la honra

Imbuido de los mejores sentimientos envié una colaboración al diario “La Capital” de Rosario[4], cuya redacción dispuso publicar como una nota de opinión en su edición del 24 de noviembre de 1999. Llevó como título “Cuando nuestra Bandera dialogó con las estrellas”. En aquel entonces cerré mi artículo con las siguientes palabras:

En este fin de siglo los argentinos de hoy quizás nos sintamos tentados de anotar muchas cuentas en el debe de nuestra historia personal y social. Sin embargo, quizás debamos emular a aquellos de nuestros mayores que aguardaban el siglo XX dando gracias a Dios por lo logrado, sin claudicar con las responsabilidades que tenían entre manos de cara a un futuro que ya era realidad. Como en aquél entonces sería deseable que nuestras autoridades pudieran recrear el símbolo notabilísimo de aquella noche finisecular en que nuestra Bandera nacional permaneció izada para guiar a sus hijos en el ingreso a un nuevo siglo y testimoniar esfuerzos y esperanzas en muda una oración que nuestra patria tributa al Creador. Junto a El, Belgrano asentirá satisfecho y sin dudas que intercederá por nuestra Patria, quién supo testimoniarlos con su pensamiento y con sus obras marca un ejemplo a seguir por todos argentinos”.



Para mi gran sorpresa y mayor satisfacción así ocurrió. El entonces Intendente Municipal de Rosario, Dr. Hermes Binner[5], leyó la nota y con su espíritu sensibilizado, entrenado en saber interpretar el valor de los símbolos y dispuso que la Enseña patria que cada día luce en el Mástil Mayor del Monumento Nacional a la Bandera[6], permaneciera izada durante aquella noche en que el siglo XX dio paso al que hoy protagonizamos. Fue entonces que “nuestra Bandera dialogó con las estrellas".

Dr. Hermes Binner

Nota: sirva el presente de expreso reconocimiento al Dr. Hermes Binner en el sexto aniversario de su ingreso a la trascendencia de la finitud humana.


[1] En Argentina se usa esta expresión para señalar la Presidencia de la Nación en alusión al sitial que simbólicamente usó su primer presidente, Bernardino Rivadavia entre 1821 y 1827. Roca (1843-1914) ocupó esta magistratura de 1880 a 1886 y de 1898 a 1904.

[2] En la Antigüedad se practicaba como demostración de quedar desarmada la nave que disparaba, lo que implicaba reconocer la autoridad del referenciado, sea una nación, una ciudad, un monarca u otra autoridad. 

[3] El arrío de un vexilo en horas de la noche es una pauta universal. Solo se admite su permanencia en los casos que pueda visualizarse iluminada en forma artificial o, por razones excepcionales como las que se relaten en esta nota, en algunos lugares de especial significación, durante una guerra o en condiciones de catástrofes.

[4] El principal periódico de la ciudad, considerado “decano de la prensa argentina”, ya que se fundó el 15 de noviembre de 1867.

[5] Nació en Rafaela el 5 de junio de 1943. Proveía de una familia de inmigrantes, originaria del cantón de Valais (Suiza). Se graduó como médico, en la Univ. Nacional de Rosario, y en esta condición implementó un moderno sistema sanitario en la ciudad. Fue el primer intendente socialista que tuvo Rosario. Más tarde gobernó la provincia de Santa Fe, entre el 2007 y el 2011. Falleció en Casilda, el 26 de junio de 2020.

[6] Para conocimiento de los lectores que no sean argentinos: este memorial se erige en el preciso lugar donde se izó por primera vez la Bandera Argentina, en la hoy ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe. Se inauguró el 20 de junio de 1957. Es un verdadero ícono histórico y emocional en el sentir del pueblo argentino.

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