domingo, 27 de agosto de 2017

Bibliografía del Bicentenario

Marcos Paz en Rosario y una destacada obra de espíritu belgraniano


Por Miguel Carrillo Bascary

Hace pocos días visitó a Rosario una nutrida delegación de alumnos de la ciudad de Marcos Paz (provincia de Bs. Aires) para prestar promesa a la Bandera en el Monumento Nacional que recuerda su creación. Cumplieron así en este significativo marco de referencia con la misma promesa que cada año realizan niños llegados desde Fiambalá, Caleta Olivia; Neuquén; Goya; la Capital Federal y de tantas otras localidades del país.

Esa fue la oportunidad para que me alcanzaran el libro “Bicentenario de la Declaración de la Independencia” (112 páginas – 2016) producido por el Instituto Belgraniano de Marcos Paz que preside la profesora Cristina Carreras, miembro correspondiente del Instituto Nacional.

Es una exquisita obra de difusión belgraniana que en pocas páginas recorre los primeros años de nuestra formación histórica como nación independiente, pasando revista a un núcleo de sus principales protagonistas; donde, con toda lógica, el general Belgrano goza de especial predilección. También hay espacio para reseñar la historia y significado de nuestro nuevo símbolo nacional la “Bandera de la Libertad Civil” y para referirse a los festejos que tuvieron lugar en esa localidad cuando los 150 y los 200 años de la Independencia,  

Su lenguaje directo y amigable invita a leer, con provecho y satisfacción. El formato comunicacional de la publicación lo singulariza como un producto digno de emulación por parte de entidades similares, si desean verdaderamente facilitar el acceso del gran pública a nuestra apasionante Historia nacional.

El producir un blog permite incorporar aportes de otros autores que subjetivamente nos parecen dignos de difusión. En lo particular lo hacemos con mucho gusto con la breve colaboración del profesor Carlos Miranda, vocal de la entidad, contenida en la obra comentada, que nos despierta remembranzas entrañables. Vamos a ella:


“La Escuela y la Patria”

Hacer el ejercicio de tratar de recordar en qué momento de nuestra vida aflora ese extraño sentimiento que denominamos “patriotismo” es realmente difícil, por no decir casi imposible. Más, seguramente no será producto este sentimiento de un solo momento, sino más bien la condición generada por innumerables acontecimientos a lo largo de nuestra existencia que acumulativamente determinaron esa rara y particular devoción por la tierra en la que nacimos, donde descansan los restos de nuestros ancestros y donde han nacido nuestros hijos.

Los primeros recuerdos de la palabra “patria” nos trasladan a la escuela y es sin duda al culto casi místico del panteón de héroes del pasado lejano y de sus obras, que están llenas de entrega desinteresada, de esfuerzos denodados y de sacrificios personales en pos del bien común. Como los hechos son de antaño, es la búsqueda de nuestro bien común, pero en pretérito.

El entender que lo dieron todo por nosotros, aun antes de existir como personas físicas, nos pone en el lugar de reconocer que somos parte de eso que fue definido, “nuestra patria” y que luego existimos como tal por el sacrificio por ellos realizado, aunque nos cueste tiempo descubrirlo.

Conocemos antes que los límites de nuestra geografía maravillosa, plasmados en esos apergaminados mapas del Virreinato, la Confederación o la Republica Argentina; la otra geografía, la del Cabildo, con sus arcos y su torre; la de la “Casa de la Independencia”, con sus paredes amarillas y aberturas verdes, que no lo son; la de la Cordillera, arañada por el ciclópeo esfuerzo de un hombre, su tropa y un sueño y de las riberas de ese río que vio ondear orgullosa la tela de nuestra Bandera. Todas imágenes repetidas hasta el infinito en las aulas de nuestras escuelas antes aún de saber leer su historia o de escribir sus nombres.

Todo eso pasaba en la escuela, como esa a la que asistí en mi infancia; que no era distinta a aquella al pie de la sierra o en la estepa o cercana a la selva que va dejando lugar al yerbatal o en los barrios de la Ciudad que expulsó a los ingleses; con pocos o muchos alumnos; con patio de tierra y galería de teja o con escalones que la acercaban al cielo.  Aparece el mismo acto que se repite imperturbable: las banderas, el Himno, la escarapela, las palabras pobladas de hechos, fechas y hombres y, después, la risa. Los rostros morenos y los otros, de los hijos de los gringos que llegaron después, todos con sus mejores ropitas, peinados el lacio a la cachetada, los ojos abiertos al pasado que nos abraza uniéndonos para siempre.

Estos actos son el intento de trasmitir corporizando las hazañas y los hombres, el hacer se vuelve protagonista y desfilamos por patios y escenarios disfrazados según el calendario dicte: de mazamorrera, de vendedor de empanadas, de Manuel Belgrano, San Martín o Sarmiento; repartimos cintas ante un Cabildo de papel; traqueteamos ese viaje a la ignota Tucumán en galeras de cartón y, antes, hasta llegábamos en barco desde España; otras épocas. La escuela se convertía en teatro de la Historia a la que concurrían todos, los más grandes y los jóvenes, los leídos y los analfabetos, para asistir a la ceremonia mágica de recontar nuestro pasado, entre las risas provocada por la impericia de los púberes actores y la ternura de los más pequeños, que sabían arrancar más de una lágrima. Nuestra Historia se escribe en esa pizarra prodigiosa, una y otra vez, en muestra mente y en nuestros corazones extasiados ante el bronce de las estatuas ecuestres que se repiten, de bustos y mármoles; de desfiles y clarines; de chaquetas gallardas y doradas charreteras; de himnos y marchas … de actos sublimes y profundamente humanos.

Seguramente otras impresiones llegaran más tarde a nuestras vidas, dejándonos razones más comprensibles para sentirnos argentinos, pero no tengo dudas que aquellas otras, las primeras, son las que más han perdurado en mí. Imbricados en mi espíritu, todos los hechos relatados, las hazañas realizadas, las virtudes destacadas, todo ese sacrificio y esa entrega en pos de los demás, han venido a ser esa otra naturaleza en mi vida que me hace parte de esta Patria; la que me hace igual al resto de mis hermanos, hijos de este bendito país.”


 

Nota: el presente post es otra producción del “Programa Rosario Cuna de la Bandera y ciudad de la Inclusión” (Secretaría de Gobierno, Municipalidad de Rosario)

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