domingo, 31 de enero de 2016

Abanderados tatuados 

¿Es posible?: Sí, por supuesto ... pero no cualquier tatuaje


Por Miguel Carrillo Bascary



(Oportuna fotografía; tomada del diario "La Capital", Rosario)


Hace unos meses recibí la consulta de una docente preocupada porque el primer candidato a reemplazar al abanderado saliente usaba ostensibles tatuajes. Se trataba de un colegio público de nivel secundario.

Lo primero que hice fue recordarle que un tatuaje es un signo que una persona se graba en su propio físico como expresión de su libertad individual y resulta muy habitual que un joven lo adopte como parte del proceso de afirmación de su personalidad. Obviamente yo no descubrí nada con lo dicho, pero era la antesala de una pregunta.
La interrogué pidiéndole que me ilustrara si en el establecimiento existía alguna pauta de comportamiento o regla de convivencia que impidiera que los alumnos usaran tatuajes; pues en tal caso era evidente que el alumno se había comprometido previamente y en forma expresa a no tatuarse mientras duraba su escolaridad. Me contestó negativamente.

Le expliqué entonces que en Argentina no existe ninguna norma oficial (al menos que yo conozca) que establezca que los abanderados y los escoltas no pueden usar tatuajes y que la Constitución nacional dice en su artículo 19: “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios y exentas de la autoridad de los magistrados”. Norma que se completa con la siguiente: “Ningún habitante de la Nación está obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe”.
En principio no quedó conforme y siguió argumentando para estudiar mi respuesta.

No quise que mi respuesta quedara como una apelación normativista, propia de mi formación leguleya, lo que obligó a tratar de ampliar mis argumentos. Le ratifiqué entonces que si ninguna norma prohíbe a un tatuado ser abandera y que si tampoco había ninguna pauta de convivencia concertada al respecto, era obvio que la respuesta debía ser afirmativa. Plenamente afirmativa, de manera que el joven tenía todo el derecho de ser abanderado
Sin embargo, aclaré, esa respuesta positiva no podía ser absoluta.

Allí fue cuando mi interlocutora se sorprendió. Sin darle lugar a mucha reacción, continué.
En realidad – le dije- como en muchas de las opciones que nos enfrenta la vida el meollo de la cuestión no está en preguntar “si tal cosa Sí o si tal cosa No”. En el caso, el planteo de preguntarnos si un alumno podía ser abanderado en el caso de usar tatuaje no era el planteo correcto.
El punto está en conocer qué tipo de tatuaje tenía el joven. Reitero, en principio nada obsta a que un abanderado use un tatuaje, el problema puede surgir en el tenor de de lo que se ha tatuado.
Cuando para ello se elijen ciertos símbolos o frases puede haber algunos que sean francamente contrarios a diversos valores o conceptos propios de una sociedad democrática y pluralista.

Veamos algunos ejemplos. Queda claro que en un colegio judío ningún alumno (no digo ya un abanderado) puede lucir una swástica. Tampoco se podría admitir que el tatuaje fuera una leyenda donde se reivindica la tortura o se insulta indiscriminadamente a un grupo social. Menos aún, si el grabado implica una apología de la violencia.
Con lo dicho creo que nos entendemos.


En mi parecer la docente no quedó muy convencida, pero cumplió en agradecer la atención, al menos como un gesto de buena educación. 
Eso sí, no tengo dudas que al volver a la escuela lo primero que habrá hecho es averiguar cuál era el tatuaje que llevaba el distinguido alumno Artemio G………..

sábado, 30 de enero de 2016

Abanderados de a caballo


Por Miguel Carrillo Bascary 

Gaucho jujeño con bandera argentina (Foto: Diario El Tribuno, Jujuy)

Introducción
Las tradiciones rurales tienen una fuerte impronta emocional y cultural en todos los pueblos. En Argentina, la figura del gaucho fue magistralmente reflejada en la inmortal obra de José Hernández, el “Martín Fierro”. Es el prototipo del hombre libre, consustanciado con su tierra, emblema de una cultura en donde el caballo es parte misma de todos los aspectos de la vida.
Más allá de los particularismos determinados por las diversas regiones los vaqueros de todo el mundo comparten valores y tradiciones que hoy tienen plena vigencia. El gaucho argentino; uruguayo; del Sur brasileño y del Paraguay; de los llanos de Bolivia; el huaso chileno; los llaneros de Colombia y Venezuela; los morocuchos, chalanes y qorilazos de Perú; los chagras de Ecuador; los charros de México; por supuesto que los cowboys de Norteamérica; los pantaneiros y vaqueiros del Brasil; así como los vaqueros que hallamos en las grandes llanuras de Europa y de Asia; de España; Australia y aún del Este de África son paradigmas íntimamente afianzados con su medio ambiente y con los diversos perfiles de una vida y cultura ganadera. Tampoco podemos olvidar a los jinetes de las estepas y desiertos, que comparten una misma esencia con todos los mencionados.
Esta realidad tan propia se enlaza fuertemente con la identidad de las naciones que se enorgullecen de su herencia vaquera; por ello es habitual que los hombres de a caballo participen activamente en diversas conmemoraciones y fiestas típicas. Es lógico también que durante estas intervenciones se exhiban banderas nacionales y regionales, lo que determina la oportunidad de analizar ciertos aspectos del ceremonial vexilológico, desde la particular perspectiva de los jinetes.
Convengamos que hay ciertas peculiaridades que definen el ceremonial de banderas cuando éstas son paseadas a caballo.

El presente y otros futuros aportes
Las reflexiones que formularemos en este y en futuros post tienen por destinatarios a todos los gauchos y sus homólogos en todas las planicies del mundo. A ellos nuestro sentido homenaje del que no podemos excluir a esas maravillosas bestias que son los caballos que desde la noche de los tiempos acompañaron el progreso de la humanidad.

Posición del abanderado
Por razones de protocolo y tradición la bandera se sostiene con la diestra (aunque el abanderado sea zurdo), de manera que la mano quede aproximadamente a la altura del pecho del jinete; su brazo irá extendido hacia la derecha; a unos veinte centímetros aproximadamente por delante del plano toráxico. El codo se lleva levemente flexionado, en ángulo con el asta (bien encastrada en la cuja) y con el eje que forman el torso y la pierna derecha. El asta va por delante de la pierna. Esta aposición otorga el mayor control posible sobre el conjunto asta-bandera.


Llevando la "Bandera Nacional de la Libertad Civil", en formato de antiguo uso, donde el largo es mayor que el ancho (Foto: web Jujuy al Momento)

La enseña provincial de Santiago del Estero llevada por un gaucho  (Foto: gauchosdesantiago.blogspot)


Un accesorio fundamental para el abanderado jinete
La cuja es un aditamento que merece un tratamiento intensivo, porque es fundamental para los abanderados de a caballo. Su mismo nombre indica que es un elemento cóncavo usado para encajar allí el regatón del asta-bandera. Su boca debe ser suficientemente amplia, para que el abanderado pueda retirar el asta de su encastre en caso necesario.
Cuja de cuero (Foto: Miguel Carrillo Bascary)

Cuja elaborada con un cuerno vacuno (Foto: Miguel Carrillo Bascary)

La cuja se coloca pendiente de la estribera derecha o del mismo estribo, a gusto del usuario. Se confecciona en suela o cuero crudo, a manera de un cubilete firmemente cosido o remachado; también podrá ser de madera tallada o formarse con la punta de un cuerno vacuno. 
Se puede ahuecar el cuerno mediante un procedimiento mecánico de abrasión practicado con una punta aguzada; una mecha de torno manual o bien, se apelará a la mejor tradición telúrica de colocar el cuerno fresco (cortado recientemente) en un hormiguero y dejarlo allí varias semanas hasta que los insectos hayan devorado el interior blando y dejado la cornamenta lista para el uso buscado. Seguidamente se la enjuaga con lavandina diluida; luego se repite la operación empleando detergente y agua caliente; tras lo cuál se deja secar perfectamente durante varias horas; bajo el Sol fuerte, preferentemente. Después se aplica a pincel un sellador líquido y finalmente se le da un acabado, con sucesivas manos de cera o laca para impermeabilizarla y darle mayor duración, esto evitará que genere mal olor. Si se elige un cuerno que ya está muy seco se hierve en agua entre dos o cinco horas para que se ablande un poco, lo que permitirá trabajarlo.
Si la cuja de cuero se moja mucho hay que secarla lo antes posible para evitar que se contraiga y que luego dificulte introducir el asta.

Si el abanderado es una mujer que monta a la usanza tradicional, igual llevará la bandera sobre la derecha del animal, porque esta es la posición de honor definida por todos los ceremoniales. Para fijar la cuja se colocará un aditamento a la silla o se fijará en la argolla derecha de la cincha.

Gaucha abanderada montando como mujer, porta la "Bandera Nacional de la Libertad Civil" con el formato definido por la Ley nacional Nº27.134 (Foto: Miguel Carrillo Bascary)

viernes, 29 de enero de 2016

Clavar la bandera

Por Miguel Carrillo Bascary


Pintura pastel de autor anónimo donde se observa un marinero en el 
acto preciso de clavar la bandera recibida por Brown. Museo Histórico Nacional (de Argentina)

Por su misma naturaleza las banderas tienen una movilidad propia, que se hace más evidente aún cuando flamean al tope de un mástil. El izado y el arrío las dota de una dinámica particular que caracteriza su empleo de conformidad a la sucesión infinita entre los días y las noches.
 Nada parecería más antinatural que “clavar” una bandera al mástil; sin embargo, esto es literalmente factible. Más aún, la Historia certifica que la operación tiene un profundo significado teñido heroísmo y decisión.
 Para explicar lo dicho tendremos que remontarnos a la Antigüedad, donde la navegación se impulsaba usando mástiles de madera. La identificación de la embarcación se cumplía con banderas colocadas en el punto extremo del palo mayor, adonde llegaban mediante el empleo de una cuerda (driza), que también servía para arriarlas o intercambiarlas, en caso necesario. El mismo procedimiento se usaba en el mástil ubicado en el castillo de popa, donde la bandera adquiría enormes dimensiones, lo que justificaba que tuviera el nombre específico de “pabellón”.

Durante los siglos en los que se desarrolló la navegación a vela se generó un verdadero código sobre el uso de banderas en el mar. Por ejemplo: cuando dos naves se encontraban en la inmensidad de los océanos izaban sus respectivas banderas al par que se disparaba un cañonazo, para identificarse mutuamente como aliados; enemigos o neutrales; esta operación se conocía con el nombre de “afianzar la bandera”. Lo propio ocurría al aproximarse a un puerto; donde la costumbre demandaba también izar la enseña del estado ribereño como una forma de exponer que el recién llegado se sometía a su autoridad y a sus leyes; observancia de la que estaban eximidos los navíos de guerra de una nación amiga. El llamado “derecho de pabellón” establecía una jerarquía entre las diversas naciones y naves a favor de aquellas que tenían mayor poder naval; se manifestaba con salvas; recogida de velas y en rápidos arríos parciales de banderas, seguidos de un nuevo izamiento al tope, a manera de saludo o señal de sumisión. Cualquier falta daba lugar a represalias.
En particular, los mercantes debían acercarse a los buques de guerra para permitir su registro, para ello cargaban parcialmente su aparejo. Más tarde se simplificó este uso determinando que el mercante arriara su pabellón; lo que retribuía haciendo lo propio la embarcación de guerra, pero solo hasta la mitad del palo, para volver a izarlo de inmediato.
Incluso era usual, que como ardid de guerra, que se izaran banderas de engaño. También se empleaban banderas de señales con diversos motivos: pedir piloto para entrar a puerto; indicar que se llevaban enfermos de peste; el transporte de pólvora; correo oficial; la presencia de una alta dignidad; etc.

Muchos de estos usos inveterados persisten en la actualidad a despecho del enorme desarrollo de las comunicaciones electrónicas; en consecuencia, diversos tratados que regulan la navegación tienen secciones donde se codifican las banderas con validez internacional.

Con lo dicho, vamos a centrarnos en la cuestión que proponíamos. En una situación bélica o ante la agresión de otro navío, el capitán de la embarcación que se hallaba en inferioridad de condiciones arriaba la bandera, indicando su rendición y que su tripulación se confiaba a la misericordia del atacante. Mientras la enseña ondeara al tope el agresor continuaba con el cañoneo, que solo suspendía cuando era arriada.
Por ello, era una manifestación de supremo heroísmo mandar “clavar la bandera”, con lo que se indicaba la decisión de luchar hasta las últimas consecuencias. La orden tenía por primera destinataria a la propia tripulación, que se veía comprometida con tan férrea resolución.
El procedimiento en concreto era el siguiente. El marinero que recibía la orden trepaba hasta lo alto del mástil provisto de martillo y clavos. Allí clavaba literalmente la bandera.
 La historia naval documenta situaciones donde se dio tan dramática orden; por ejemplo las que protagonizó el marino español Cosme Damián Churruca y Elorza, que mandaba el “San Juan Nepomuceno” en la batalla de Trafalgar (1805) o el capitán chileno de la “Esmeralda”, Agustín Arturo Prat Chacon, en Iquique (1879)
Esta última acción fue recreada por el pintor Jorge Delano (1), que presentamos seguidamente:

“Clavando la bandera” – Jorge Delano

Por su parte, la historia nacional también es rica en acontecimientos heroicos de su Armada, que por diversas razones nunca fue poderosa. Descuella particularmente la figura del irlandés, Guillermo Brown, a quien los argentinos llamamos “nuestro padre de la Patria en el mar”.

Almirante Don Guillermo Brown (1777 - 1857)

Son antológicos sus desempeños cuando debió enfrentar en inferioridad de condiciones a las armadas de España; Brasil, Inglaterra y Francia; de los que generalmente resultó victorioso.
La alegoría implícita en la imagen del inicio es todo un homenaje a Brown y a su tripulación, pues esa bandera es la insignia de honor que confeccionó un grupo de damas porteñas admiradas el valor desplegado durante el combate de “Los Pozos”, cuyas alternativas pudieron verse desde la costa de la ciudad de Bs. Aires. Este paraje utilizado como fondeadero se halla a unas 3 millas de la hoy Dársena Norte. La acción bélica tuvo lugar el 11 de junio de 1826 y enfrentó a cuatro buques argentinos, la fragata “25 de Mayo”, el bergantín “Congreso Nacional”, las goletas “Sarandí” y “Pepa”, acompañados por siete cañoneras contra una división naval brasileña compuesta por treinta y una naves de diverso tonelaje. La flotilla argentina rechazó la agresión con todo éxito, pero con grandes pérdidas. Días más se concretó un reconocimiento público a los defensores y allí se le entregó a Brown la bandera de honor que vemos en la imagen que encabeza este post.

Escudo vectorizado de la reliquia
(Imagen proporcionada por el Instituto Nacional Browniano, Argentina)

El escudo que cargaba esa bandera se conserva dese 1901 en el Museo Histórico Nacional. Mide 44 cmts x 40. Cabe interpretar que el paño se hallaba muy deteriorado, por lo que se recortó y solo se preservó el emblema central.


El escudo, tal como se exhibe en el Museo Histórico Nacional

Por esta razón los estudiosos discuten sobre las características que debió tener la histórica enseña. El testimonio pictórico de la imagen que abre este post tiene su propia identidad, pero se considera que fue elaborado varias décadas más tarde que los hechos. Otras referencias indican que podría haber tenido una forma más acorde a las tradiciones marineras, como la que acompañamos:

(Dibujo de Francisco Gregoric - 2)

En la actualidad, el Reglamento de Ceremonial Naval (R.G-1 921 “P”, Anexo 10) instituye otro diseño, levemente diferenciado al que designa como “bandera conmemorativa”

Bandera conmemorativa de la Armada Argentina

Esta enseña se basa en la bandera corneta que empleaban los navíos de guerra a comienzos del siglo XIX cuya imagen reproducimos seguidamente.

(Dibujo de Francisco Gregoric - 2)

 Notas:
1.- Jorge (Coke) Délano Frederick (1895 – 1980); de multifacética personalidad: pintor; periodista, cineasta, parasicólogo y caricaturista chileno.

2.- Imágenes publicadas en “Las banderas de los argentinos: 200 años de historia”, de Juan M. Peña y José L. Alonso. Edic. Aluar. Bs. Aires, 2009. 308 páginas.


Para saber más:

Sobre la pieza: puede consultarse:
  •        El libro “La Bandera de Los Pozos”, de Luis Eduardo Agüero. Editado por la Escuela Naval Militar. Mar del Plata, 1955. 129 páginas.
  •        El opúsculo “La Bandera de Los Pozos”, de Humberto Burzio, separata del “Boletín del Centro Naval”; vol. LXXII; Nº617; julio- agosto 1954, Bs. Aires. 24 págs.

 Sobre el combate aludido:

jueves, 28 de enero de 2016

El misterio de la bandera enterrada

Por Miguel Carrillo Bascary

No se trata de una desconocida obra de Aghata Christie, pero este misterio viene a sumarse a los muchos que atesora la mítica Patagonia.
Para armar este post recurrimos a la curiosa noticia que publica “El Diario de Madryn”, en su edición del 13 de enero del corriente, 2016.

Ubicación de Puerto Madryn en su contexto


Geográficamente la noticia demanda trasladarnos hasta la ciudad de Puerto Madryn, provincia del Chubut (Argentina), a unos 1.300 kilómetros de Bs. Aires.
Madryn, como se la llama cotidianamente, se formó a mediados del siglo XIX con la llegada de cientos de colonos galeses que se afincaron en aquellas desoladas costas y que arraigaron formando una próspera comunidad. Hoy la ciudad es centro del turismo ecológico y se caracteriza por los avistamientos de ballenas francas en sus aguas inmediatas y las grandes pingüineras que existen en la cercana península de Valdes.

Madryn, paraíso para los avistajes de cetáceos

La historia comienza el 7 de enero pasado, con un turista que gozaba de la playa en el curso de sus vacaciones. Según cuenta, despreocupadamente comenzó a juguetear con la arena hasta que encontró lo que parecía ser restos de algún textil.

Lo desenterró con toda delicadeza y para su sorpresa encontró un ejemplar de bandera argentina con evidentes signos de haber permanecido enterrada por largo tiempo. La fotografía que se publica es suficientemente ilustrativa.
  
 La bandera que se encontró enterrada en la arena

Se destaca en la nota que la bandera estaba totalmente extendida; aproximadamente a un metro de profundidad y que tenía en su centro un Sol pintado, no bordado.

Ni su casual descubridor, ni el cronista del periódico, pueden aseverar el origen de la pieza. En el comentario se recuerda la costumbre de enterrar la bandera de una unidad militar que corre peligro de caer en manos del enemigo como trofeo de guerra. Se menciona que las banderas en desuso deben ser quemadas en una ceremonia especial o bien guardadas como reliquias cívicas. También se alude a la Guerra de las Malvinas, aventurándose que la enseña podría tener alguna relación con aquellos hechos. Nada parece seguro; más aún ninguna explicación parece posible.

No intentaremos adivinar, nos dedicaremos a resaltar algunos hechos que configuran el misterio:
  •   Que el Sol estuviera pintado bordado indica que no se trata de una bandera de ceremonias, ya que éstas lo llevan bordado. Robustece la afirmación que sea de un solo paño (las de ceremonias tienen, siempre dos). En consecuencia podemos afirmar que es una bandera de uso general.
  •  Si bien el reporte no indica las dimensiones de la pieza, todo hace suponer que tendría unos noventa centímetros de ancho por ciento cuarenta de largo; las medidas habituales para una bandera argentina común.
  • Su coloración desteñida casi hasta el absoluto evidencia una larga permanencia bajo la acción salina de las aguas.
  •   Las múltiples perforaciones seguramente que tienen una explicación mucho menos heroica que la hipotética metralla que se menciona en la nota. Entendemos que serían producto de los minúsculos animalejos que habitan en las playas y que cavan en la arena para esconderse durante la bajamar. 
  •   Es realmente muy curioso que se hallara extendida, ya que de haberse desprendido de una embarcación o de alguno de los departamentos del litoral marítimo de Madryn sería natural que se encontrara arrugada en alguna forma caprichosa. La posición en que estaba no puede menos que indicar que alguien la colocó así, de ex profeso. Para esto debió hacer un gran pozo en la arena, colocar cuidadosamente la pieza y volver a cubrirla.
  •    La zona donde se encontró sería relativamente solitaria, aún durante el verano. Se necesitó cierto tiempo para esconder la pieza.


Concluyendo
Saben bien los amantes de las novelas policiales, que para resolver un misterio hace falta un buen planteo de los hechos. Aspiramos haber colaborado con esta delicada tarea, en la esperanza de que otros (mejor dotados) sepan hallar los datos que faltan para componer la solución que nos desvela.



  Advertencia: en el artículo periodístico se enuncian diversas expresiones sobre el ceremonial de banderas que no compartimos. Algunas de sus expresiones son parcialmente correctas, pero otras son totalmente equivocadas. En un próximo post iremos abordando estas cuestiones con el rigor vexilológico que este blog demanda.