domingo, 27 de diciembre de 2015

Una bandera no debe tocar el agua . . .

Por Miguel Carrillo Bascary

Es costumbre  universal que las banderas no deben tocar la superficie de las aguas, sea el mar, un lago o un curso fluvial.

Durante años intenté hallar referencias al respecto. Solo encontré algunas normas de ceremonial que así lo disponían, sin dar más explicaciones. Al parecer era un dogma ceremonial; pero esto no conformaba mi espíritu curioso.

Me resultaba improbable que la “bandera tocara el agua”. Era evidente que la pauta se asimilaba a que “no tocara el suelo”; pero en la práctica no hallaba explicación cierta; como no fuera que por algún descuido el paño se pusiera en contacto con un charco en inmediaciones de un mástil o que deslizara desde la borda para caer a las ondas acuáticas lo que implicaba una muy grosera circunstancia.
Convengamos que, tratándose de las banderas que usan los navíos, es muy poco probable que el paño toque la superficie de las aguas, dado el alto que tienen las bordas; el uso de los mástiles para su izamiento y las reducidas proporciones que tienen aquellas que se emplean en las embarcaciones menores.
En realidad estaba buscando en el lugar equivocado; o por lo menos, desde la perspectiva equivocada. Como muchas veces ocurre, nuestro entendimiento se ilumina a partir de otras búsquedas. Fue así que inopinadamente hallé la siguiente reproducción que les comparto:


Allí estaba la explicación; en esa silente imagen de la bandera próxima a ser engullida por el mar, acompañando al casco que se sumerge. La composición expresa con claridad de que la ancestral costumbre de que las banderas no deben tocar el agua no se fundamenta en lo ceremonial, sino en el desastre que ello evoca: el hundimiento de la nave que porta la bandera en cuestión.


Referencias sobre la obra
Su autor es Eliseo Meifrén Roig; pintor impresionista nacido en Barcelona, el 24 de diciembre de 1859, y fallecido en la misma ciudad, el 5 de febrero de 1940.


Se trata de una representación simbólica del desastre naval de Santiago de Cuba, donde la armada estadounidense destruyó la escuadra española, el 3 de julio de 1898. Esta derrota llevará a que España, en los acuerdos de París del mismo año, concuerde la independencia de Cuba (1902) y la venta del resto de sus colonias en Asia. Meifrén representa claramente, sin ningún tipo de ambigüedad, la caída y el hundimiento de España como potencia colonial”.

La imagen de Meifrén contiene un simbolismo brutal: lo que se hunde no es solo el navío de guerra (que no se ve pero que se hace evidente) el que desaparece en el mar de la historia es el mismísimo Imperio Español. Aquel imperio den donde no se ponía el sol, de tiempos de Carlos V y de Felipe II señala que en 1898 había perdido la totalidad de sus posesiones en América, en menos de un siglo. En la actualidad subsisten minúsculas zonas bajo soberanía o jurisdicción de España en forma de islas, principalmente; a las que deben agregarse por su significación las ciudades de Melilla y Ceuta, enclavadas en el reino de Marruecos.


El hecho histórico
        El hundimiento del acorazado "Maine" de los Estados Unidos en el puerto de La Habana precipitó la declaración de guerra contra España, que a la postre derivaría en la independencia de Cuba. La escuadra naval española se refugió en la bahía de Santiago, en donde fue sitiada por la U.S. Navy. Una acción desesperada para eludir el bloqueo no tuvo éxito y ello implicó al aniquilamiento de las fuerzas de España, lo que sería decisivo para la suerte de la guerra. Esto es lo que vemos en la tela de Meifrén. Si se analiza con cuidado se verá que el horizonte está totalmente ocupado por los navíos norteamericanos haciendo fuego. 
        
La realidad se impone
La visión del artista debía tener su correlato en la realidad; me dediqué a su búsqueda. Seguidamente les comparto la fotografía de un navío japonés en proceso de hundimiento, donde solo se observan la bandera imperial de guerra y sus insignias. 


En parangón con lo imaginado por Meifrén, la instantánea transmite la desaparición de Japón como potencia marítima al finalizar la II Guerra Mundial.
  


Una observación de peso

En las tradiciones marinas el hundimiento de una nave en combate, con su pabellón aún izado, ya sea a consecuencia de los daños causados por el fuego enemigo o porque sus propios defensores barrenan su casco para que no caiga en poder del oponente, no es un timbre de deshonor; todo lo contrario.
Es conocido también que cuando algún buque se encontraba en trance de ser hundido su capitán disponía que su pabellón fuera literalmente clavado al mástil para indicar que no se rendía y que su tripulación estaba dispuesta a pelear hasta las últimas consecuencias en defensa de la correspondiente divisa.


Conclusión

Las banderas no deben tocar el agua, no porque ello implique una afrenta a su dignidad; no deben hacerlo porque ello evoca una dramática tragedia.

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