sábado, 24 de septiembre de 2016

“Curupaytí, una jornada de luto y de gloria”


Por Miguel Ángel De Marco
(Ex presidente de la Academia Nacional de la Historia)
Para el diario “La Nación(21 de septiembre de 2016)
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1939725-curupayti-una-jornada-de-luto-y-de-gloria


Bandera del batallón “1º de Santa Fe” que ondeó en el asalto a Curupaytí
en manos del subteniente Mariano Grandoli
 A 150 años del “asalto a Curupaytí” (22 de septiembre de 1866), este blog se honra en reproducir un artículo de opinión alusivo al mismo que lleva la firma del académico de la Historia, Dr. Miguel De Marco. Durante casi diez años tuve el impensado privilegio de ser compañero de claustro del mismo, cuando yo era un joven docente que se iniciaba. Fue en el “Instituto Nacional Superior del Profesorado” de Rosario, donde se formaban los futuros profesores de Historia. Allí aprendí a valorar la sencillez y disponibilidad del profesor De Marco; uno de aquellos a los que los argentinos debemos que se haya mantenido vigente la amarga pero igualmente enriquecedora memoria sobre la tragedia de la “Guerra de la Triple Alianza” (1865 – 1870) que enlutó a la nación sudamericana; pletórica de ejemplos de patriotismo.
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He aquí el artículo del profesor De Marco:
La noche del 21 de septiembre de 1866, pocas horas antes del asalto a las trincheras de Curupaytí, durante la guerra del Paraguay, el subteniente abanderado del Batallón 1º de Santa Fe, Mariano Grandoli, de 17 años, le había escrito a su madre con letra clara y enérgica: "Mamá: mañana seremos diezmados por los paraguayos, pero yo he de saber morir por la bandera que me dieron". [Gandoli, que se había enrolado en forma voluntaria, fue muerto frente a las murallas en una posición donde resistió durante una media hora alentando a sus compañeros haciendo ondear la bandera que portaba]
 
Grandoli durante el asalto a la fortaleza de Curupaytí en la visión el artista Alberto Nassivera
Dominguito Sarmiento [hijo de Domingo Sarmiento, futuro presidente argentino] le había manifestado a la suya el 17 de septiembre, pues se pensaba que el ataque iba a tener lugar ese día: "No sientas mi pérdida hasta el punto de sucumbir bajo la pesadumbre del dolor. Morir por la patria es vivir; es dar a nuestro nombre un brillo que nada borrará, y nunca más digna la mujer que cuando con estoica resignación envía a las batallas al hijo de sus entrañas".
Pero no fueron los únicos en presentir que la jornada sería fatal para muchos. Las defensas se alzaban amenazadoras, protegidas por una serie de obstáculos casi insalvables para la infantería.
En la mañana del 22 se reunieron en la carpa del doctor Caupolicán Molina los recién ascendidos a coroneles Juan Bautista Charlone, Manuel Fraga y Manuel Roseti, y los tenientes coroneles Alejandro Díaz y Luis María Campos. Comieron en silencio y de pronto los cuatro primeros profetizaron su fin y que el quinto sería herido [Así ocurrió; solo sobrevivió Campos]
Finalmente llegó la hora de tomar posiciones para el ataque. Todos los testigos de aquella jornada aciaga coinciden en que fue un bello día de primavera. "La naturaleza invitaba más bien a entonar un himno de regocijo a la vida que a verter lágrimas por los mártires del deber", dice José Ignacio Fotheringham, y en seguida expresa: "He visto muchas formaciones de tropa, muchas paradas de ostentación y brillo, pero jamás un desfile más brillante ni importante que el de esa mañana fatal".
Las bandas tocaban sus mejores marchas para acompasar el paso de los batallones del primer cuerpo. Las unidades de línea y de la Guardia Nacional ocupaban por igual puestos de responsabilidad y peligro. Los milicianos se habían ganado con creces ese derecho. Esta vez, abría la marcha de todo el Ejército el 1º de Santa Fe, cuyo abanderado hacía flamear su ya deshilachado trapo, que recibiría catorce balazos y quedaría manchado por la sangre de "quien la llevaba tan dignamente", según expresó después el jefe, coronel Ávalos.
Unas tras otras, las divisiones iban ocupando sus puestos para el ataque. A las 12, el trompa de órdenes José Obregoso, ubicado junto al presidente argentino y general en jefe aliado Bartolomé Mitre y sus ayudantes, tocó ¡a la carga! Los clarines y tambores de todos los cuerpos repitieron las órdenes, llenando el aire con su sonido marcial. Y comenzó la heroica pero estéril sangría. Jefes, oficiales y soldados trataban de llegar a las trincheras desde cuya cima los paraguayos, que habían mostrado tantas veces su heroico valor, disparaban sin riesgos.
Los comandantes de las unidades comprometidas en el ataque, lejos de marchar a pie, como sus hombres, montaban en briosos corceles y levantaban el cuerpo, para que nadie dudase siquiera de su valentía. Pero las puntiagudas ramas cual enormes espinas que horadaban las suelas de los zapatos y destrozaban las polainas eran un obstáculo tan tremendo como los fosos que separaban de la trinchera. El que no quedaba entre las espinas moría en los surcos profundos.
Los batallones se agolpaban, unos sobre otros, sin lograr su objetivo, hasta que el comandante en jefe ordenó la retirada, cuatro horas después. Mitre, que se había opuesto en junta de generales a un ataque frontal, pero finalmente había aceptado la decisión de la mayoría, había estado siempre al alcance del fuego adversario. En un momento dado, tuvo que cambiar de caballo porque el que montaba había resultado herido.
El asalto había sido pródigo en hechos arriesgados. Con toda parsimonia, los oficiales del 9 de línea Rafael Ruiz de los Llanos y Miguel Goyena hacían calentar agua para tomar café en medio de la metralla. El teniente coronel Alejandro Díaz moría gritando: "¡Adelante, muchachos, que el 3 no sea el último en escalar la trinchera!".
El 12 de línea, con su comandante Juan Ayala; su segundo, Lucio V. Mansilla, y sus capitanes, como Sarmiento y otros muchachos distinguidos, procuraban llegar a toda costa a la trinchera, a pesar de que su situación era insostenible. Los dos primeros resultaron heridos y Dominguito murió desangrado cuando un proyectil que destrozó su talón de Aquiles le provocó una hemorragia incontenible. Otros jefes y oficiales, como el coronel Roseti y el mayor Lucio Salvadores, quedaron para siempre en el campo, desnudos, pues los paraguayos despojaron a los caídos de sus ropas después de la retirada. El comandante del Salta, Julio A. Roca [presidente argentino 1880/1886 y 1898/1904], tras alentar serenamente a sus hombres, cargó sobre su caballo al teniente Solier, del 1º de línea, que se hallaba gravemente herido, y con parsimonia increíble se retiró al paso, llevando entre sus manos la bandera de su batallón. Cándido López, que había salvado milagrosamente la vida y había logrado contener la hemorragia de su mano derecha destrozada, contemplaba su amargo futuro como pintor, trocado en éxito por su increíble tenacidad.
Algunos batallones volvían comandados por tenientes o sargentos, pues los jefes yacían muertos o heridos. El general Paunero, con su blanca barba empapada por la sangre que manaba copiosamente de una herida en la oreja, vio de pronto a un joven de 18 años con quepis de teniente coronel. Era el oficial Sebastián Casares que, sobre el suyo, llevaba el de Alejandro Díaz, para entregárselo a su hermano, mayor de la Guardia Nacional porteña. "¿Dónde está la primera división", le preguntó Paunero. "Aquí están, señor general, las cuatro banderas, que vienen escoltadas por sesenta hombres solamente."
Fue un día de luto y de gloria. Los brasileños, por su parte, hicieron honor a sus mejores tradiciones guerreras. El culto al valor convirtió en triunfo del coraje el enorme revés que acabó con buena parte de una brillante juventud argentina. Y el gobierno mandó acuñar, en 1872, un escudo que expresaba: "Honor al valor y disciplina".

Notas aportadas por este Blog:
Los paraguayos habían formado una verdadera fortaleza en Curupaytí que cerraba el avance a las tropas aliadas. La escuadra brasileña con sus más de 100 cañones, debió despedazar las defensas con un intenso cañoneo previo, pero por razones que todavía se discuten resultó totalmente ineficaz. La orden de avanzar que adoptó el general en jefe y entonces presidente argentino, Bartolomé Mitre, según los consejos del mando conjunto implicó que los avances resultan inútiles pese al heroísmo empeñado impulsado por los códigos de honor vigentes en la época y por la disciplina castrense. La situación se complicó dramáticamente por efecto de las fuertes lluvias registradas en días anteriores, hasta el punto que muchos soldados debieron abandonar su calzado que literalmente los aferraba al barro.
En cifras el resultado de la acción bélica fue una verdadera masacre: los argentinos tuvieron unos 4.000 muertos; y entre heridos, desaparecidos y prisioneros las tropas nacionales sufrieron un 40% de bajas (se habían empeñado unos 20.000 efectivos) ¡Los paraguayos solo tuvieron 92 bajas, con unos 30 fallecidos. Corupaytí resistió hasta 1868. Pese a la desproporción de fuerzas entre los beligerantes, solo puso fin a la guerra la muerte de Solano López (líder paraguayo) e implicó una pérdida aproximada al 90% de la población masculina del Paraguay.
La bandera que Grandoli murió protegiendo fue recogida por un camarada de armas y presidió el desfile de los pocos santafesinos que se reintegraron a la ciudad de Rosario al finalizar los combates. Luego de diversos avatares que la llevaron por diversos destinos, en 1941 fue reintegrada y hoy es la pieza de mayor valor que atesora el “Museo Histórico Provincial, Dr. Julio Marc” de Rosario. Recordando el extraordinario valor de Grandoli, los días 22 de septiembre de cada año se celebra el “día de los abanderados” 
Estatua del Abanderado Grandoli (Parque Nacional a la Bandera, Rosario)


Un fragmento mayor de la carta destacada por De Marco dice:
“El argentino de honor debe dejar de existir antes de ver humillada la bandera de la Patria. Yo no dudo que la vida militar es penosa, pero, ¿qué importa si uno padece defendiendo los derechos y la honra de su país? Mañana seremos diezmados, pero yo he de saber morir defendiendo la bandera que me dieron".
  Miguel Carrillo Bascary

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