Normativa y realidad social en los ámbitos internacional y argentino
Por Miguel
Carrillo Bascary
Con la humildad que
entrañan sus paños, las banderas también
son parte de los conflictos que afligen a nuestra realidad. Ellas tienen
funciones pasivas y dinámicas. Su ondear cuenta con el potencial de exacerbar pasiones,
encuadrar demandas y expresar sentimientos de todo tipo. En el contexto
apropiado catalizan tensiones, alumbran esperanzas y, con su presencia, tanto
marcan el protagonismo de las masas como la decisión de un líder.
La era de la comunicación
que nos define multiplica el protagonismo sociológico
de las banderas. En sus manifestaciones más recientes se observa una tendencia
marcada que parece haberse desarrollado en Europa y que se difunde a nivel
planetario.
Parte de un afán por “visibilizar” todo tipo de
demandas. Algunas son muy justas y razonables, otras tantas cuestionables y
también hay muchas francamente inaceptables por sus caracteres agresivos o antidemocráticos. Si a esto se suma un amplio abanico de ideologías, de ismos y la actuación de vociferantes
minorías de todo tipo, se precipita un caos de intereses manifestados en las banderas.
En virtud de las redes y de la televisión, en focar con la cámara un espacio determinado o una multitud en los que se advierten banderas proyecta su significado a millones de observadores de todo el planeta, con lo que el significado de estos vexilos en correlato que muestra la imagen tiene un impacto innegable, absolutamente evidente.
Para más, el evento trasciende a la dimensión del
presente y queda literalmente “en la nube”, como innegable testimonio para
quien sepa buscarlo o para quien se lo encuentre en un inocente navegar, aunque hayan pasado décadas.
En la consideración de los unos y los otros, los paños se suman, se
izan, se denigran, se presentan, se cancelan, se reivindican, se inventan y se
restablecen. También predican, acusan, muestran, celebran y condenan, en un ritmo cacofónico de pasiones, intereses,
ingenuidades y loables propósitos, plasmando en una suerte de arco iris de vexilos.
En ciertos estados el
fenómeno alcanza rangos críticos[1],
en otros campea la indiferencia, y en muchos más esta pluralidad rechaza,
entusiasma, compromete y hasta escandaliza.
A priori, pareciera que
hay una extendida anomia pero, con
un poco de formación específica y algo de profesionalismo, se puede observar que existen normas que regulan el Ceremonial de las banderas, aunque las realidades sean muy diversas. Obvio que
estas pautas no se aplican a las manifestaciones sociales espontáneas, pero en
los ámbitos gubernamentales, corporativos y educacionales, la normativa existe. Podrá ser rígida, laxa, indiferente, tolerante
o amistosa, elemental o muy elaborada, pero de ella dimana el mandato a los órganos de control de hacerla aplicar.
Hay para todos los gustos, conforme a las tradiciones de cada país y de cada
nación.
No abundaré más, entiendo
que el lector conoce de lo que escribo,
lo que me ahorra fatigarlo con más lectura de encuadre.
Veamos el caso argentino
Esa suerte de guerra de guerrillas que se libra en el
ceremonial de las banderas también se manifiesta en mi país. Se libra, en
menor o en mayor medida, según las peculiaridades culturales de cada región de
su extenso territorio.
El marco normativo general en Argentina es mínimamente suficiente, pero sus muchos silencios y la complejidad que implica su forma federal de estado, contribuye a una extendida confusión que reviste cierto carácter anarquico alimentado por el desconocimiento de muchos de quienes tienen responsabilidad en la materia.
Por caso, la temática hace décadas que desapareció de la mayoría de las currículas destinadas a quienes se forman como docentes. ocurre, también que a muchos funcionarios les “molesta” el más sencillo protocolo. Ultimamente, en el afán de “reducir el aparato estatal” se eliminan las oficinas de Ceremonial o se las esteriliza incluyéndolas en las que se ocupan de las “Relaciones Públicas”. El resulta es lógico: la improvisación reina, mejor dicho, impera, con lo que la imagen institucional del funcionario o de la institución caen, estrepitosamente. Por lógica también se afecta la cohesión social y la identidad general.
Volvamos a la dimensión normativa. Destacaba que la República Argentina es una federación,
lo que implica que existe un gobierno nacional y veintitrés de provincias (que
gozan de un amplio margen de autonomía), a esto se agrega el que corresponde a
la ciudad de Bs. Aires, también autónoma. Entre tantas unidades políticas debe coordinarse el sistema de Ceremonial. Parece demasiado ¿no?
La legislación sobre los símbolos nacionales, es en principio de
competencia nacional. Sin embargo, como en este nivel falta una norma
sistémica, suficientemente desarrollada, aparecen numerosos vacíos y también disposiciones
ya anacrónicas. Los gobiernos locales intentan
llenarlos con leyes, decretos y resoluciones propios, lo que complica
grandemente la situación. Incluso, hay veces en que inadvertidamente se usurpan funciones nacionales, con lo que se hace factible que surjan disposiciones contradictorias.
Reitero, falta en Argentina una norma sistémica sobre
el ceremonial de los símbolos nacionales, la que debería abarcar la mayor
cantidad posible de situaciones. En ella tendría que articularse en forma coherente
lo atinente a los emblemas de cada una de sus ¡veinticuatro jurisdicciones! A esto se agrega que, por razones de índole política, no faltan gobiernos
locales reacios a cooperar, aun cuando sea en una materia tan aséptica como los símbolos nacionales, donde debería imperar
un desinteresado y pacífico consenso.
De izamientos y exhibiciones
Después de un período histórico que se caracterizó por continuas crisis de institucionalidad, Argentina retomó su
constitucionalidad a fines del año 1983. Se dio entonces un reverdecer del federalismo, que venía diluyéndose
por políticas centralistas desde fines del siglo XIX.
Desde el año 1985[2]
las provincias comenzaron a darse banderas, como una forma de reivindicar sus identidades. Cuando erminó de completarse el proceso[3],
se observó que la forma en que estos símbolos son percibidos por sus pueblos no
es unívoca. Hay algunas provincias donde sus enseñas particulares tienen amplia vigencia, en otras se observa un decidido esfuerzo por
lograr que arraiguen en los usos sociales, con suerte dispar, y en algunas, la indiferencia de sus
habitantes es patente.
Paralelamente se asiste a un fenómeno similar a nivel de
ciudades y comunas. Son literalmente cientos las que han resuelto darse
banderas, particularmente en la última década; tendencia que sigue en aumento[4],
mientras que en otras apenas tiene relevancia[5].
Al respecto, en la Ciudad
de Bs. Aires y su conurbano, en las zonas urbanas de Santa Fe, Mendoza,
Córdoba, y en otros lugares puntuales reina un sentimiento cosmopolita que minimiza el rol de las enseñas locales.
En el resto del país, el respeto por los
símbolos y por su ceremonial es mucho más acentuado, aunque multiforme. En
esta dimensión pueden señalarse algunos fenómenos particulares, lo que paso a
señalar.
En el Noroeste, con ramificaciones varios otros sectores
del país, se observa la penetración de la wiphala
en el marco de reivindicaciones de los pueblos originarios. Esto se repite en
el Oeste patagónico, con eje en la wenufoye
mapuche y otros vexilos similares.
Mientras que en diversas regiones los movimientos cooperativistas, ecologistas y los vinculados con la
paz, con un destacado activismo se corporizan en sus vexilos.
La
Iglesia Católica, a partir del gran número de establecimientos educativos de
su dependencia torna tradicional el empleo de la denominada "enseña papal"[6].
Existe también una activa tendencia que se expone con
los muy diversos vexilos “del orgullo[7]” Además, quienes se reconocen como herederos de las tradiciones de
la inmigración, hacen amplio uso de las banderas
de sus abuelos. A esto se suma la costumbre de que las escuelas con nombres de países amigos incorporen sus respectivos pabellones en actos y
ceremonias.
Tampoco falta ocasiones, donde las instituciones civiles (clubes
deportivos, entidades de servicio, asociaciones, etc.) consideran pertinente
izar o presentar sus emblemas.
No olvidemos que, en el 2015 se reconoció con toda
justicia, a la “Bandera Nacional de la
Libertad Civil”, con el carácter de “símbolo patrio histórico”, cuyo empleo
es facultativo, pero que por su propia naturaleza su empleo se extiende, cada
vez en mayor medida.
Des todo esto deriva una
verdadera inflación vexilológica, que banaliza la trascendencia implicada en
los símbolos, hasta el punto de que algunas de sus manifestaciones lleguen al absurdo[8].
Afortunadamente hay un sentimiento pleno, entusiasta y
generalizado en todos los estamentos populares y a nivel gubernamental que
destaca la identificación con la Bandera
Oficial de la Nación “la celeste y blanca”. Posiblemente su afloramiento más
notorio se dio durante los festejos por la consagración del seleccionado argentino como campeón
mundial de futbol, donde toda la geografía argentina se cubrió espontáneamente con sus colores.
En este análisis no puede soslayarse un factor económico
que condiciona la forma en que se muestran las banderas, particularmente en los
espacios públicos y en los establecimientos gubernamentales, entre los que se
incluye a los dedicados a la educación. Me refiero a la disposición de mástiles.
Ocurre que en la generalidad
de estos ámbitos hay un solo palo, que resulta escaso ante el extendido uso de las banderas Nacional, provincial y la que corresponde a la ciudad o comuna; a la que
eventualmente se sumaría la “Bandera Nacional de la Libertad Civil”. También
existe una lógica expectativa de los
sectores interesados para que en determinadas situaciones se muestren los vexilos
a los que me refería anteriormente. En algunos casos, la presión en tal sentido
pone en compromiso a las autoridades. De esto resulta que hay pluralidad de
banderas para una muy escasa cantidad de mástiles y se llega a lo dramático cuando
solo hay uno. Queda planteado el dilema.
Acá es donde anidan potenciales entuertos, fácilmente
perceptibles aun entre observadores no especializados. Las pautas del
Ceremonial nacional reservan ese único mástil a la Enseña patria, a la que
eventualmente se pueden adicionar, la provincial y la municipal (véase la imagen que abre esta nota). Jamás debe
admitirse que se sumen aquellas que no tengan carácter oficial. Si a esto
se suma que no hay una educación de nivel adecuado en materia del Protocolo vexilológico,
se obtiene una potencial “tormenta perfecta”, que en no pocos casos aflora en tensiones y conflictos. Algunos son de gravedad, hasta el punto que las redes informan periódicamente sobre
hechos violentos.
En este punto concreto, el aumento del número de mástiles, es un factor superador, pero muchas veces no es factible por no adecuarse a la arquitectura del lugar, aunque razones de costo pueden diferir la provisión. Aún así el conocimiento del sistema de precedencias resulta indispensable.
Sería principio de solución, reitero, dictar una normativa nacional
clara, suficientemente amplia y detallada, lo que hasta ahora permanecería fuera de la atención de los legisladores.
En este punto se hace
necesario recordar que el Instituto Nacional
Belgraniano, entidad gubernamental dotada de autonomía académica, tuvo
entre sus competencias asesorar al ámbito gubernamental y aún a los
particulares en todo lo referido a los símbolos patrios y su ceremonial[9]. En este marco preparó un ambicioso proyecto de ley
que sistematizaba esta temática. La labor de preparación fue ímproba y comprometió
el aporte de un núcleo de expertos de alto nivel. Una vez presentado a
consideración de ambas cámaras del Congreso Nacional era de esperar un rápido
tratamiento, así lo hacía esperar su perfil técnico y lo pacífico de su materia. Lamentablemente no ocurrió, el proyecto nunca fue tratado en las
comisiones a las que se derivó para estudio y con el correr del tiempo la
iniciativa caducó.
A comienzos del año 2025, el Instituto fue iníqcuamente disuelto por decreto del
Gobierno nacional en el marco de lo que se conoce como “achicamiento del Estado”.
Esto determinó que quienes se venían desempeñando en el mismo, en forma
totalmente ad honorem resolvieran formar una
nueva entidad, el Instituto Belgraniano de la República Argentina, ya de carácter
privado, cuya personería jurídica acaba de ser concedida, como manera de dar
continuidad a su alto cometido. Entre sus cometidos, seguramente estará
insistir en esta gestión.
Hago constar que ante el Congreso se registran otros proyectos de similar tenor al expuesto, de muy variados orígenes, pero todos son de menor desarrollo al previamente referenciado.
Responsables y responsabilidades
Si se observa la actuación
del Congreso Nacional en los últimos años se verificará que su labor es cuantitativamente muy escasa y, por lo general, limitada a temas de alto interés
político. En este marco las regulaciones dictadas sobre aspectos vinculados a
la identidad nacional han sido ínfimas. Algo inexplicable, por cuanto la temática no debería plantear disyuntivas,
por más acérrimas que sean las pujas parlamentarias.
Claro que existe una excepción, cuando por el Congreso Nacional, con la unanimidad en
ambas cámaras sancionó la Ley Nº27.134[10]
que en 1995 reconoció como símbolo patrio histórico a la “Bandera Nacional de
la Libertad Civil” que el general Manuel Belgrano entregó al pueblo jujeño como
testimonio de su desempeño en las batallas de Tucumán, de Salta y en el
Éxodo de 1812.
El más inexperto de los analistas políticos podría responder al interrogante que inquiere las razones de tal omisión de tratamiento, explicando que ninguna bancada quiere apoyar y/o promover el trámite de iniciativas de leyes vinculadas al sentir nacional que hayan tenido origen en otra. Con total miopía de miras parecen creer que, ante la opinión publica, los impulsores de la iniciativa “son más argentinos” que ellos. Es una cruda realidad.
En esta dimensión de celos y afán de protagonismo, la lógica sería que los eventuales proyectos fueran presentados y sostenidos por un conjunto de legislares de diversos bloques entre los que, sería ideal, que se encontraran sus más notorios exponentes.
Como
argentinos tenemos que asumir nuestras
propias responsabilidades, las personales, las sectoriales y las comunes
que plantean tan amarga realidad. Lo peor es que al llegar las Fiestas Patrias,
en las conmemoraciones históricas y cuando surgen ciertos acontecimientos
sensibles, nuestra dirigencia se
desgarra las vestiduras y peroran sobre: “argentinidad”, “soberanía”, “identidad
nacional”, “conciencia social” y tantos otros términos, que a los oídos del
pueblo suenan grandilocuentes y vacíos.
Es muy doloroso decirlo,
pero si se mira la historia argentina, la realidad referenciada plantea que ningún sector político, económico o social
está libre de estos pecados. Parafraseando al evangelista San Juan[11],
ninguno actor político tiene legitimidad moral para “tirar la primera piedra”.
Escrito esto, corresponde proceder al respecto.
Corresponde que las iniciativas fueran multilaterales, para coincidir en los grandes
objetivos y proceder coordinadamente, sin mezquindades, con un decidido
accionar, articulado con eficacia y eficiencia.
La situación en otros
sistemas
La problemática expuesta
con relación a la Argentina es básicamente común a otros estados federales[12].
Algunos cuentan con regulaciones orgánicas que aventan muchos cuestionamientos,
otros no.
En cambio, en la mayoría de
los países del mundo, que cuentan con formas estatales unitarias[13],
la cuestión es infinitamente más sencilla. Solo basta que el parlamento de cada
uno, en conjunto con los ejecutivos, dicte una norma marco a la que indefectiblemente
deben ajustarse los estados subnacionales y las fuerzas de la civilidad.
Concluyendo
- Se hace evidente que la
llave de este verdadero galimatías está en la voluntad política gubernamental
que, lleve a que Argentina dicte una norma sistémica, la base de todo accionar
futuro, con particular involucramiento de la docencia, de los ceremonialistas,
organizadores de eventos y de los comunicadores.
- En el ínterin la proliferación
de banderas que acompañan a la Nacional continuará como potencial punto de
conflictos dando lugar a verdaderas acciones de güerillas en pos de ocupar los mástiles.
[1] Uno de ellos se refleja en estados Unidos con el uso de las llamadas
“banderas confederadas”. Otro tanto ocurre en España, con numerosísimas
expresiones, particularmente la Ikurriña,
la Senyera, la LGBT+ y otras. También
en aquellos estados donde hay minorías postergadas. Como ejemplos, alcanza.
[2] Esa suerte de guerra de guerrillas que se
libra en el ceremonial de las banderas también se manifiesta en Argentina, en
menor o en mayor medida, según las peculiaridades culturales de cada región. La
adopción de banderas provinciales empezó en 1985, cuando Santiago del Estero
estableció la propia.
[3] Ocurrió en el año 2014, cuando Córdoba definió su lábaro particular.
[4] Cito los casos de: Córdoba, Santa Fe, Misiones y Bs. Aires,
principalmente.
[5] Tucumán, Jujuy y Formosa.
[6] Véase en este Blog una serie de siete notas sobre la enseña pontificia; http://banderasargentinas.blogspot.com/2022/10/bandera-papal-de-la-santa-sede-o-del.html
[7] En lo personal registro unos 120 vexilos que encuadran bajo esta deenominación.
[8] Tengo presente la oportunidad en que un director de escuela de una
alejada zona norteña me consultó muy preocupado. En un acto debía presentar
cuatro banderas, con sus respectivos abanderados y escoltas y en su
establecimiento ¡solo había quince alumnos!
[9] Decreto Nº1.435/ 1992; https://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/5000-9999/9846/norma.htm
[10] Ley Nº27.134, de 1995, https://www.argentina.gob.ar/normativa/nacional/ley-27134-247735/texto
[11] Juan, 8,1-11. Jesús y la mujer
adúltera.
[12] Entre ellos, además de Argentina, pueden citarse: Estados Unidos, Canadá, México, Brasil,
Alemania, Austria, Suiza, India, Australia, Bélgica, Malasia y Rusia. También
seria Venezuela, pero el totalitarismo que a la fecha la aherroja impide sumarla al grupo.
[13] Cabe apuntar que algunos estados desentralizan el poder sobre una base territorial pero bajo el sistema de regiones. También en ellos se recrea el potencial de
conflictos que se apunta para los de estructura federal. Los casos más significativos
en donde se observa inestabilidades expresadas en materia vexilológica son los
de España e Italia.





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