lunes, 29 de mayo de 2017

Alegoría de barco - Homenaje a la Bandera argentina 
(sobre  el Monumento Nacional a la Bandera)

Por Miguel Carrillo Bascary


Foto: Municipalidad de Rosario

En todo el mundo hay numerosos monumentos a las banderas de los pueblos que se sintieron llamados a concretar esta particular forma de honrarlas. La mayoría son grandes mástiles; algunos de altura colosal; pero en la ciudad de Rosario se yergue un testimonio de características singulares, nacido de la decisión de quienes quisieron recordar el día en que nuestra Bandera batió por primera vez los aires; en aquél caluroso 27 de febrero de 1817.

Esta resolución cobró su primer impulso a inicios de la década de 1870, cuando Rosario sacudía su modorra provinciana para lanzarse hacia un desarrollo que todavía espera dar sus mejores frutos. Fue un grupo de rosarinos y de otros hombres allí afincados aunque habían nacido en otras tierras. Cuatro generaciones debieron pasar; muchos fueron los esfuerzos empeñados; varias las ilusiones que se frustraron, hasta que el 20 de junio de 1957 se inauguró el “Monumento Nacional a la Bandera” que culminó los desvelos de tantos. Fue el triunfo de la decisión de sus mentores y el manifiesto de un entrañable cariño por el símbolo flameante que el general Belgrano legó a los argentinos de todas las épocas.
Cada año, centenas de miles de visitantes recorren sus diversos planos; ascienden al Mirador para gozar de una vista irrepetible y se adentran en la penumbra de la Cripta que rinde homenaje al Prócer; así como en la “Galería de Honor” donde las banderas de América confraternizan en la esperanza de un futuro común, en paz y concordia.
Quien visita al Monumento, con sus más de 10.000 metros cuadrados de superficie, experimenta una vivencia muy emotiva. Por lo general, los monumentos son construcciones destinadas a ser vistas, admiradas desde una distancia adecuada para gozar de sus expresiones plásticas; pero el erigido en Rosario tiene una dinámica que lo hace único, ya que no solo puede sino que, más aún, invita a recorrerlo descubriendo perspectivas estéticas donde el visitante se transforma en protagonista, en un mudo diálogo con las formas marmóreas y broncíneas que realzan el vuelo de la enseña celeste y blanca de la nacionalidad.
El Monumento, como familiarmente lo llaman los argentinos, es fruto de la inspiración del arquitecto Ángel Guido, quien sumó el genio de su colega Alejandro Bustillo y de los escultores Alfredo Bigatti; José Fioravanti y Eduardo Barnes, quienes aglutinaron sus saberes y talentos para regalarnos el producto que supieron concebir.

Foto: Municipalidad de Rosario

Está enclavado en el "parque nacional a la Bandera" (1) que también contiene el cenotafio a los caídos en la guerra de Malvinas (2). A poco que se observe al Monumento es fácil desentrañar que tiene una forma de barco; un navío que recuerda a los que surcaron el mar Mediterráneo en la Antigüedad clásica. En él embarca la Nación. Su proa abre las aguas que aluden al Océano Atlántico y al Río Paraná. Se orienta hacia el Este, hontanar donde cada día amanece el Sol que campea en el centro de nuestra Bandera. La alegoría de la Patria, luce bravía; intemporal caracterizada como una mujer “gaucha” de trenzas y hojotas, cubierta por un pileo, símbolo de la libertad. Porta la Enseña nacional que despliega desde una telúrica lanza de caña tacuara.
Más atrás se alza la gran “Torre” (3), remedo del mástil y velas del navío; en cuyo medio campea la figura del Sol. En su base se advierten los elementos físicos del territorio nacional: “Los Andes” y “La Pampa”, corporizados en sendos bronces, magníficos. Las estatuas de los puntos cardinales ornamentan las esquinas, singularizadas con atributos característicos de cada región. 
Un ámbito recóndito alojado en la base de la Torre es la “Cripta de Belgrano”, que honra al creador de la bandera y que señala el punto en que se izara por primera vez en 1812.

El recorrido continúa en el gran “Patio Cívico” (4), escenario de reuniones populares; conciertos; recitales; celebraciones y tranquilos paseos; este espacio está destinado a contener al pueblo; ese pueblo que navega por el mar de la eternidad en la nave de la Patria.
A medida que se asciende suavemente, el visitante se impresiona con la magnitud de la pirámide mesoamericana que cierra el trayecto. Sobre la misma se levanta un templo de líneas clásicas, pero de columnas planas; es el “Propileo” (5) que contiene en su interior una gran olla de bronce bizantino donde arde la flama “del soldado desconocido”, héroe anónimo pero presente que dio su vida por la libertad de la Patria. Es imposible sustraerse a la emotividad de este sector; para más, la vista permite abarcar la majestuosidad de todo el Monumento y percibir de qué manera se recorta la “Torre” sobre el horizonte vital que forman el Paraná, las islas y el celeste del cielo inagotable.
Foto: Miguel Carrillo Basary

Tomando una posición contraria, el visitante goza de otra perspectiva, más concreta, pero no menos significativa. Allí verá abrirse el “Pasaje Juramento” (7), vínculo entre el Monumento y la ciudad de Rosario, que transcurre sobre un espejo de aguas salpicado por las estatuas obra de Lola Mora, la más grande escultora argentina; para perderse luego entre las moles de la Catedral dedicada a “Nuestra Señora del Rosario” y el “Palacio de los Leones”, sede del gobierno municipal de Rosario.

Bajo el “Propileo” se encuentra otro espacio que lamentablemente muchas veces pasa desapercibido para el visitante apresurado; es la “Galería de honor de las banderas de América” (6). En realidad este sector no perteneció al proyecto original del Monumento; se agregó en fecha tardía, hacia 1956, cuando poco faltaba para su inauguración. Fue por iniciativa de Guido, que bregó hasta lograr que la Comisión oficial que controlaba las obras autorizara a construir este verdadero homenaje a la hermandad continental. Consta de tres naves subterráneas, centrada en una gran vitrina donde lucen los símbolos de la Nación: Bandera; Escudo e Himno; acompañados por otros testimonio de argentinidad: la flor nacional del ceibo; una réplica del sable de Belgrano; una urna con turba extraída del cementerio de Darwin (donde reposan decenas de argentinos caídos en combate) y la mismísima bandera que ondeaba en el patio de la gobernación, en Puerto Argentino en 1982. Ella fue preservada en heroicas circunstancias y se considera que en un futuro, que esperamos próximo, será reinstalada en su emplazamiento original, cuando las Islas Malvinas puedan recobrarse.
Sobre el lateral derecho hay tres mástiles: el central porta la “Bandera Nacional de la Libertad Civil”, símbolo patrio histórico que representa al estado de derecho y a las libertades públicas (Ley Nº27.134 de 2015); fue creada por el general Belgrano y entregada al pueblo jujeño como agradecimiento por su heroico desempeño en las luchas por la Emancipación; el segundo corresponde a la enseña oficial de la provincia de Santa Fe, aprobada en 1822 y, el tercero, muestra la blanca divisa de la ciudad de Rosario, con su escudo bordado en el centro.
Las naves laterales están flanqueadas por otras vitrinas que contienen enseñas históricas y los símbolos nacionales de todos y cada uno de los estados de América; con la sumatoria de aquellos que representan a España, madre común, y de Italia, de donde vino el caudal inmigratorio más numeroso de todos los recibidos por nuestra tierra. En esta “Galería de Honor”, a lo largo de todo el año, el día de sus respectivas fiestas nacionales, concurren los representantes de los estados amigos de Argentina para rendir homenaje a la Bandera nacional y a las de esas otras tierras.

Más atrás se encuentra un espacio que despierta no poco interés a los visitantes que lo recorren. Se trata de la “Sala Antártida” que como lo indica su nombre destaca el protagonismo de Argentina en aquella desolada región. Se habilitó en el año 1975 con una muestra de banderas históricas que habían ondeado en diferentes expediciones antárticas en manos de los pioneros argentinos. Con el tiempo se refuncionalizó el mensaje para expresar otros valores y realidades. Así, hallamos una vitrina dotada con una gran infografía, que marca cómo se difundió el ideal de libertad en el Nuevo Continente, jalonado por las diversas banderas histórica. Hay otras vitrinas que expresan el ideal de hermandad del género humano; la multiforme presencia de Argentina en la Antártida y sus derechos sobre las islas Malvinas, Georgias y Sándwich del Sur. Lo que posiblemente despierta mayor curiosidad en los niños es ver la maqueta de la Base “Marambio”, principal establecimiento argentino en el sector; mientras que a los mayores sin dudas que los impactarán los restos de la bandera batida por los crueles vientos antárticos, que en 1965 ondeó en el Polo Sur llevada por los miembros de la “Operación 90” conducida por el general Jorge Leal. La muestra de diversos bocetos del Monumento en los que trabajó Guido para dar forma al proyecto que encabezó, completan la visión del conjunto. Al salir puede observarse una pequeña urna que contiene: un ejemplar del contrato que se suscribió para ejecutar el Monumento y una humilde estampilla de diez centavos que entre 1936 y 1943 adquirían los niños de todo el país como forma de contribuir a la construcción del Monumento Nacional a la Bandera.

En este majestuoso símbolo que tributa homenaje a la Enseña nacional se refleja la historia patria y se sintetizan los anhelos de todos los argentinos unidos, más allá de toda diferencia, unidos bajo los colores celeste, blanco y celeste. ¡Todos bajo UNA MISMA BANDERA!


Nota: el presente es una acción que integra el "Programa Rosario Cuna de la Bandera" de la Municipalidad de Rosario


No hay comentarios:

Publicar un comentario