Muestras de un coraje excepcional
Por Miguel Carrillo
Bascary
Desde 1855, cuando se
hizo público el descubrimiento de “las banderas de Macha[1]”,
en la capilla de Titiri[2]
(Bolivia) muchos afirmaron que Belgrano había
perdido la enseña de su ejército en la retirada que siguió a la batalla de
Ayohuma. Desde entonces y periódicamente, los cultores de esta tesis no dejan
de poner en relieve, la desesperación del prócer por resguardar el emblema que
identificaba a la fuerza bajo su mando, hasta el punto de confiarla a las manos
de un simple sacerdote, bien que dotado de hondo sentir patriótico. Más aún,
unos pocos miserables se han referido a Belgrano como “el general que perdió su
bandera”.
En esta nota se
demostrará que Belgrano que esto nunca ocurrió y que la preservó “en medio de tantos peligros”, como bien
lo dijo. Esto se prueba con sólidos testimonios
de sus contemporáneos y documentos indubitables; lo que ratifica el enorme
valor que caracterizaba a este prohombre de la argentinidad.
Recordemos brevemente
Tras sus triunfos en Tucumán y Salta, el brigadier general Manuel Belgrano, penetró
en el Alto Perú al mando del “Ejército Auxiliador”. Como hito
significativo, el 19 de junio de 1813 hizo su entrada en la gran “ciudad de los
cuatro nombres”: Chuquisaca, Charcas, La Plata y hoy Sucre. Desde ahí continuó
avanzando y difundiendo la causa de la libertad americana. El 1º de octubre de 1813
se dio la batalla de Vilcapugio donde
la victoria estuvo al alcance de su mano, aunque un lamentado azar impidió consumarla.
Empero, el ejército realista quedó tan maltrecho que se vio impedido de
capitalizar la oportunidad[3],
lo que permitió que Belgrano reconstituyera sus fuerzas en la cercana localidad
San Pedro de Macha, donde se aprestó
para un nuevo enfrentamiento. Este se concretó en la pampa de Ayohuma, el 14 de noviembre de ese
mismo año.
Para los patriotas la suerte nuevamente fue esquiva. Esta
vez el descalabro fue grande y la retirada caótica. Los hechos se precipitaron.
Ya no fue posible volver a organizarse y Belgrano
debió abandonar el Altiplano. Con esto terminó la “Segunda Campaña al Alto Perú”.
Belgrano, el hombre, el líder
A lo largo de su vida Belgrano demostró cabalmente la virtud que hoy llamamos resiliencia.
Atravesó sus crisis como ocasiones que le permitieron fortalecerse y encarar
nuevos proyectos, sin desmayos. Sus decisiones tuvieron repercusión pública ya
que implicaron a los miles de almas que, de una u otra manera, dependían de él.
Hoy la Historia, y cada uno de los
argentinos, lo reconocen como un verdadero estadista que descolló en múltiples
aspectos de su vida, aún en el plano militar, donde él mismo reconoció que
debió improvisarse por carecer de formación en la materia[4].
Las circunstancias del momento le plantearon enormes desafíos. En 1810, con poco más
de 200 hombres al inicio tuvo que formar un ejército y adentrarse en el
territorio casi desconocido de la Mesopotamia y el Paraguay. Más tarde fue
convocado para reorganizar la lucha en la Banda Oriental, donde los realistas
se habían hecho fuertes en Montevideo, al que amenazaban convertir en bastión de
una acción reconquistadora.
En marzo de 1812 debió
hacerse cargo en Jujuy de los residuos de un ejército diezmando y desmoralizado.
Con muchísimos enfermos, al par que estaba contaminado por la deserción y los
desarreglos de conductas. Una fuerza con mínimo armamento, privada de
logística, de maestranza y de sanidad, donde la mayoría los oficiales no podían
dar ejemplo de las más elementales cualidades castrenses.
Por si fuera poco, en este caos imperaba otro factor,
enormemente negativo. Belgrano no tenía
tiempo. Desde el Norte avanzaba un ejército pertrechado, numeroso, al mando
de un implacable José Manuel de Goyeneche (1776-1846). En Cochabamba sus
hombres se habían cebado masacrando hasta las mujeres que valerosamente
intentaron defender a sus hijos y hogares.
Primer ejemplo de valor superlativo
Ante esta dura realidad Belgrano recibió del gobierno
la orden de retroceder hacia
Córdoba. Era precisa salvar lo que se pudiera de esa fuerza apenas salida del
colapso, poco interesaba la suerte de los civiles. Pero Belgrano la tenía clara, si abandonaba Jujuy, la región sufriría lo
mismo que Cochabamba: la muerte, el saqueo, el espanto. Fue entonces que tomó una resolución que señala su enorme
valentía. No contemporizó con nadie y el 29 de julio de 1812[5]
dio la orden de hacer de Jujuy una tierra arrasada, con lo que los jujeños comenzaron
la gesta cívica que la Historia llama el “Éxodo Grande”. En los últimos minutos
del 23 de agosto de 1812, la retaguardia del ejército abandonó una ciudad
desolada, Belgrano figuró entre los
últimos que transpusieron sus lindes, mientras la vanguardia realista
hostigaba a los retrasados. El ejemplo de ese hombre, de ese jefe, no fue
ignorado. Antes bien, sirvió de estímulo para templar los ánimos y seguir
desafiando a la muerte. Para responder al título de esta nota destaco su
conducta como una primera muestra de
valor superlativo en la adversidad[6]:
con su decisión el prócer desafió la orden recibida y a los enemigos que
pugnaban por alcanzarlo.
Segundo ejemplo
Tras penurias inimaginables, ese pueblo mártir y ese ejército
apenas en ciernes, se desplazaron hacia el Sur. En el paraje de La Encrucijada, ya en la provincia de Tucumán (hoy
departamento de Buruyacu), un grupo de vecinos les salió al encuentro, era el
10 de septiembre de 1812.
Los autores discrepan en cuanto a la forma en que Belgrano
formó su decisión. Algunos sostienen que el compromiso que mostraron los
tucumanos lo convenció a dar una batalla decisiva en cercanías de la ciudad de
Tucumán. Otros afirman que Belgrano ya había tomado la resolución porque no
estaba dispuesto a abandonar a jujeños y tucumanos a la sed de sangre que
mostraban los enemigos. Fue entonces que el
prócer dio una nueva muestra de coraje y dispuso combatir. Personalmente se
jugaba la vida, ya que la victoria era improbable. Si caía derrotado, seguramente
sería pasado por las armas por orden de Goyeneche. Si eventualmente eludía la
captura, la muerte lo esperaba en el cadalso por haber desobedecido una expresa
orden del Gobierno.
Sabemos de la providencial
victoria en Tucumán, (24 de septiembre, 1812) también de la que obtuvo en
Salta (20 de febrero, 1813) que, además, implicó liberar la destruida ciudad de
Jujuy (21 de marzo). También conocemos sobre su posterior avance hacia el
Norte. Demos otro paso en este dramático periplo.
Vilcapugio, tercer ejemplo
Este solo nombre oscurece la emoción de los argentinos,
sobre todo porque faltó nada para
obtener un triunfo que pudo cambiar la historia de Sudamérica. En este
punto es preciso aportar un breve panorama para dimensionar lo ocurrido.
Joaquín de la Pezuela (1761-1830), el implacable general
realista, comandaba unos 4.000 hombres, munidos de poderosa artillería y
conducidos por una oficialidad probada. Las
fuerzas de Belgrano frisaban los 3.500 efectivos (unos mil eran bisoños),
con pobre artillería[7].
No entraré a describir las operaciones, los interesados cuentan con amplias
referencias sobre esto. Sí destaco que la batalla comenzó al rayar el sol y que
se prolongó hasta el mediodía. El centro y la izquierda del ejército de
Belgrano avanzaron incontenibles; hasta el propio general hispano daba por
perdida la batalla, cuando volvió grupas al enterarse que había claudicado la
derecha patriota, el colapso del dispositivo le dio la victoria. La confusión
fue tal que, en algún momento, la misma artillería americana cañoneó a sus
camaradas. En el caos que siguió todo se
definió en favor de los realistas. Mucho influyó que cayeran importantes
jefes criollos[8].
Las bajas patriotas pueden estimarse en entre 300 y 500 muertos, casi 1.000
heridos y más de cien prisioneros, sin contar con los dispersos, pasados y
desertores.
Ayohuma, cuarto ejemplo
¡Otra palabra que trae desazón a los espíritus
argentinos! La suerte de las armas nos fue adversa y, esta vez, la derrota patriota resultó definitiva.
Amargamente debe decirse que la mayor responsabilidad cayó en la falta de
pericia táctica de Belgrano.
Desde Macha donde había fijado su posición previa, el prócer hizo prodigios para reconstituir
su ejército, un esfuerzo al que colaboraron generosamente los habitantes de
Chayanta y otros pueblos del Alto Perú. Se
fortaleció así la decisión de combate de quienes se identificaban con
escarapelas blancas y celestes, llevando muchos el escapulario de la Virgen
María, su generala. Manuel Padilla y su esposa, Juan Asurdui[9]
concurrieron con su gente, lo propio hicieron los caudillos Baltasar Cárdenas y
José Miguel Lanza, junto con los escuadrones de Cornelio Zelaya. En conjunto
alcanzaban algo menos de 3.500 hombres, de los que solo 1.000 podían llamarse
veteranos. Su armamento era muy irregular y la artillería, decididamente débil
y escasa. Tampoco fue posible esperar que llegaran los cañones pedidos a Salta.
Belgrano eligió una posición que juzgó
apropiada y esperó confiado la victoria, los hechos demostrarían la magnitud de su error,
lamentablemente. Se batalló, encarnizadamente. No bastó
el derroche de bravura. Cuando la derrota se consumaba se registró otra demostración más del liderazgo de
Belgrano en la adversidad, sabremos de ella.
La bandera del Ejército
El 25 de mayo de 1812 Belgrano presentó en Jujuy la bandera que había creado en Rosario, a la que
llamó “nacional[10]”.
Poco después fue reconvenido por Rivadavia[11],
con lo que el prócer se comprometió a “deshacerla[12]”.
La batalla de Tucumán se dio sin que el ejército patriota tuviera una divisa
que lo caracterizara.
No hay certeza sobre cuál
fue su diseño. Tres meses antes Belgrano había presentado la bandera primigenia
en Rosario, a la que describió como “blanca
y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional[13]”.
No existió ninguna causa posterior que haya determinado mostrar otro diseño en
Jujuy, por lo que cabe interpretar que ambos lábaros fueron idénticos, blanco y
celeste en dos paños horizontales, conforme resulta del retrato que en 1815
pintó al prócer el artista Françoise Carbonnier[14].
Cuando dispuso avanzar hacia el Norte, en enero de
1813 Belgrano mandó confeccionar una
nueva bandera para su ejército[15],
ella lo representaría y debía lucir a su frente en toda ceremonia. Así ocurrió
el 13 de febrero cuando a su amparo, en la orilla del río Pasaje, se juró
fidelidad a la Asamblea General reunida en Bs. Aires. El 20 de febrero tuvo su bautismo de fuego en Salta y con ella se
continuó la campaña al Alto Perú.
Como toda bandera
“generala”, la principal de una fuerza, señalaba en combate la posición del
comando y se hallaba amparada por la reserva, que solo intervenía en caso
necesario. Era un valor asumido que de ser tomada por el enemigo implicaba una
segura derrota. En toda ceremonia señalaba el punto principal del dispositivo
y, durante las marchas, se la preservaba en el centro de la columna.
Como se verá seguidamente, en medio del caos de las
derrotas en Vilcapugio y Ayohuma Belgrano la sostuvo en sus manos, mostrándola
desde la cima de una colina como señal de reunión para los dispersos. Allí, expuesto a las balas enemigas conformó una
imagen épica, digna de ser cantada por los trovadores medievales. Su
serenidad debió contrastar con el desánimo generalizado. Fue una actitud de extremo arrojo que evidencia el temple personal del prócer
y el alto significado que le daba al símbolo. Así lo reconocieron sus
hombres.
Las derrotas no perdonan. El 29 de enero de 1814 San Martín sucedió a Belgrano en el
mando del maltrecho Ejército y éste le
trasmitió su bandera como emblema de la alta responsabilidad implicada. Pasó
el tiempo, en 1816 el Congreso General reunido en Tucumán restableció a Belgrano al frente del ejército, al mismo tiempo
aprobó la nueva bandera que desde entonces identificó a las Provincias Unidas
de Sudamérica y que más tarde lo hará con la República Argentina. Fue entonces
que Belgrano organizó una ceremonia
solemne donde entregó el lábaro como silenciosa ofrenda a Nuestra Señora de la Merced
y, ante su imagen, hizo bendecir el que asumió el ejército como propio. Corría
el martes 24 de septiembre de 1816.
Se cierra así el periplo en que el general Belgrano se
identificó con la enseña que él mismo entregó a los hombres bajo su manto. Esto permite afirmar que no perdió su
bandera ni en la batalla de Vilcapugio ni en la de Ayohuma.
La afirmación se sustenta y prueba con el testimonio excepcional que nos dejaron dos
destacados jefes y con un conjunto de
documentos fehacientes, que el prócer escribió de su puño y letra, los que
subsisten hasta hoy. De ello trataremos.
Las probanzas
a) Dos testimonios calificados
En este punto voy a ceder la palabra a dos veteranos de la Guerra por la
Independencia, quienes combatieron bajo las ordenes de Belgrano en las
jornadas de Vilcapugio y Ayohuma. Nadie
más autorizados que ellos para describirnos de cómo el prócer mantuvo en su
poder la bandera del ejército que comandaba, preservándola como símbolo
inmarcesible. También nos relatarán en primera persona los prodigios de valor
que evidenció su jefe. Quienes tengan curiosidad por conocer los merecimientos
de los citados podrán ver una síntesis de sus trayectorias en el Anexo a esta nota.
a. 1) El testimonio
de José María del Rosario Ciríaco Paz y Haedo
El entonces capitán José María Paz revistaba en los
“Dragones de la Patria”, pero atento a su capacidad, prestaba servicio efectivo
en la artillería. En sus “Memorias
Póstumas”, nos narra sobre lo ocurrido en los últimos instantes de la
batalla de Vilcapugio[16]:
“La retirada de nuestro ejército fue en dos
direcciones excéntricas, siendo una al sud, por el camino de Potosí en la que
no hubo el menor orden ni reunión hasta dicha ciudad, que dista 28 o 30 leguas,
y la otra al este, donde se encuentran los cerros no muy elevados que circuyen [rodean] por ese lado el campo de Vilcapugio. Allí
se encontró el General Belgrano, que procedió en el acto u reunir nuestras fuerzas
y organizarlas para llevarlas nuevamente a la pelea. El mismo tomó la bandera del ejército y excitó personalmente a nuestras
tropas al combate, que se renovó efectivamente durando por algunas horas.
La posición nuestra era un cerro de no difícil acceso, de donde avanzaban
nuestras tropas haciendo retirar al enemigo hasta una barranca que le servía de
foso y de parapeto; llegados allí su muy superior fuego, hacía que los nuestros
no pudiesen sostenerse y se retirasen a su vez para volver a tomar la altura;
esta operación se repitió varias veces con el mismo éxito, hasta que vuelto
Pezuela al campo con los dispersos que había reunido y contando con la
artillería suya y nuestra que había tomado, fue imposible al General Belgrano
sostener su posición y a eso de las dos y media, o tres de la tarde emprendió
definitivamente la retirada, dirigiéndose a tomar la ruta de Chuquisaca”.
Abunda Paz en sus célebres “Memorias[17]”:
“Si el enemigo hubiese tenido una regular
caballería hubiésemos salvado poquísimos (…). Esto dio
lugar a que los restos de nuestros infantes que huían en muchas direcciones, se
fuesen replegando al General Belgrano,
que había enarbolado la bandera del ejército, en la falda de unas lomas ásperas
y pedregosas, que no ofrecían sino senderos difíciles”.
Completo con el juicio
que mereció Belgrano del que ya era un experimentado militar cuando
escribió sus “Memorias[18]”.
Esto da la dimensión del coraje del prócer y de la situación que debió enfrentar.
“Respeto tanto la memoria del General
Belgrano que me he hecho una verdadera violencia para enumerar los errores que a
mi juicio se cometieron en esta desgraciada batalla; pero he debido hacerlo en
obsequio de la verdad histórica y para instrucción de algún militar joven que
pudiese ver esta Memoria. Fuera de esto es preciso considerar que estábamos en
el aprendizaje de la guerra y que, así como era el General Belgrano, era el mejor General que tenía entonces la
República. Estaba también falto de jefes, pues los mejores por varios
motivos estaban ausentes; no tenía un solo hombre a quien pudiese deber un
consejo ni una advertencia. El General
Belgrano estaba solo y solo llevaba todo el peso del ejército”.
No hay afrenta en el descarnado juicio de Paz, téngase
en cuanta que lo pronunció ya en la ancianidad, cuando sus ojos habían visto
decenas de batallas y su espíritu conocía de amarguras y peligros indecibles. Lo que afirma Paz sobre Belgrano es la
opinión de un experto quien preserva al prócer y destaca factores objetivos
que incidieron sobre su conducta. Otra razón que lo prestigia es la soledad en
que se hallaba.
a. 2) Testimonio de Leopoldo Lugones y
Trejo
Era otro joven oficial, que en 1813 se había convertido ya en un verdadero veterano
por su extensa experiencia en combate; con los años llegaría a ser coronel. En
sus “Recuerdos históricos”, publicados
en 1855, nos informa sobre lo acontecido en Vilcapugio[19].
El detalle y la frescura de su relato obligan a transcribir largos párrafos que,
como se verá, no tienen desperdicio alguno.
De esto resulta el atrevimiento de Belgrano que, en lo más recio del combate, cuando
el descalabro patriota se había generalizado, se irguió en lo alto de una colina con la bandera del ejército en su
mano para que sirviera de referencia a los dispersos. En esta posición resistió,
a despecho del fuego enemigo que por lógica tenía en el lábaro un excelente
punto de referencia para dirigir sus tiros. Los invito a leer lo que Lugones
dejó escrito[20]:
“(…)
a las diez de la mañana se trabó una
sangrienta batalla que puso en muchos conflictos a los dos ejércitos, y fuera
de combate a los generales de ambos puntos. Después del encuentro general, la
línea enemiga fue rota en mil partes, así como la nuestra, y en desorganización
general, envueltos los cuerpos de ellos con los nuestros, nos batimos a
discreción, y como a la desesperada en parciales combates que duraron muchas
horas.
La caballería enemiga fue acuchillada
y destruida de tal modo que no se veían diez jinetes en formación; en medio de
esa confusa y sangrienta baraúnda que apura los instantes de una decisión en
que la victoria, mil veces arrebatada por unos y otros, muestra al fin la parte
donde se inclina, Belgrano pudo ganar el
centro de nuestra deshecha reserva y como con la cuarta parte de ella, ganó la
cima de un morro que muy cerca del campo de batalla lo teníamos a las
espaldas. La vista de la bandera que en
aquella cima flameaba en brazos de Belgrano, llamó a reunión a todos los que
podíamos hacerlo, salvando a muchos de nuestros heridos, que unos
arrastrados por el suelo y otros en hombros de los compañeros, llegaban hasta
la falda del cerro donde eran prontamente socorridos.
El enemigo sin atreverse a
desalojarnos de la posición que habíamos tomado en nuestro último caso, nos
dejó permanecer todo el tiempo que quisimos. El sol se había inclinado
demasiadamente al ocaso y el ejército de
la Patria en aquella desgraciada hora reducido a miserables restos, se apiñaba
en torno de su general; éste, después de haber pasado por mil lances
fatigosos, parecía que se hubiese extasiado en la contemplación de aquellos
fatales momentos, con la calma que suele sobrevenir, después de grandes y
extraordinarias agitaciones; parado como un poste en la cima del morro y los
ojos fijos, sobre un campo cubierto de cadáveres y ensangrentados despojos.
Belgrano en esa actitud parecía una
estatua, erigida en memoria de aquel día que con su alegórica postura estuviese
diciendo: <Vedme aquí sin acabar de creer, lo que acaba de
suceder>, es creíble que así lo dijese entre sí; pero lo que dijo en público
fue lo siguiente: <Soldados.
¿Conque al fin hemos perdido después de haber peleado tanto? La victoria nos ha
engañado para pasar a otras manos, pero en las nuestras aun flamea la bandera
de la Patria>. Entretanto, el enemigo no quitaba el anteojo de
sobre nosotros, tirándonos de vez en cuando un cañonazo, que bien pasaba por
elevación o bien rebotaba en las faldas del morro.
Nuevas muestras de
serenidad evidencia el comportamiento del prócer en las líneas que escribió
Lugones:
Tan luego como acabó de anochecer, el
General arregló personalmente nuestra retirada, mandó desmontar toda la poca
caballería que se había reunido con Don Diego Balcarce y colocó en el centro a
todos los heridos que se acomodaron de a dos y de a tres en cada caballo, sin
exceptuar ni el del General, y luego encargando
a un jefe Don Gregorio Perdriel el cuidado de la columna en marcha, lo colocó a
la cabeza entregándole la bandera para que la condujese y cargando al
hombro el fusil y cartuchera de un herido, se
colocó a la retaguardia de todos, y dio la orden de desfilar.
El jefe de mi cuerpo, me había destinado
con ocho dragones de a pie a cubrir la retaguardia, el General sin más acompañamiento que un sargento del número primero[21], a quien
supo apreciar mucho, y dos oficiales de su derrotada escolta, venían en medio
de mis soldados, y yo a su lado; nuestra columnilla marchaba en silencio y a
paso muy pausado, haciendo alto por instantes por atender a nuestros heridos; más
de tres de ellos murieron en esa noche. Cuando hacíamos alto y el General
llegaba a tomar asiento sobre alguna piedra, yo y mis soldados quedábamos de pie
parados a su lado, los pocos jefes y oficiales que marchaban en la columna, nos
hacían frecuentes visitas a retaguardia, por ver si el General venía en su
puesto y luego que se cercioraban volvían al suyo.
La luz del cigarro se distingue de
noche desde muy lejos, por evitar esto, el jefe encargado de la columna había
por precaución dado la orden de que nadie fumara. Los soldados ansiaban por
encender un cigarro en aquellas alturas, el excesivo frío, la fatiga y la
privación misma, aumentaban el deseo y las súplicas; se le consultó al General
si se podía fumar. <Hasta este punto llegan los miramientos y respeto que
me tienen, dijo: —fumen todos, que, si a la luz de nuestros cigarros viene el
enemigo, se encontrará con pitadores que le darán para tabaco>.
Anduvimos toda la noche con gran
trabajo, resueltos a morir, haciendo frente a toda ocurrencia; pero no hubo
novedad porque el enemigo había quedado en la imposibilidad de perseguirnos”.
Tras esta anécdota dotada de cierto humor en tan
difícil circunstancia, Lugones sigue su relato
y sintetiza lo ocurrido en Ayohuma[22]:
“(…) nuestra
pérdida fue total, se puede decir que
todo quedó en el campo de batalla, excepto la bandera, que, para que se
perdiera era preciso que se muriese Belgrano, porque él la llevaba en la
retirada; más de una vez el General
hubo de ser hecho prisionero, a no ser por los sacrificios de los que morían a
la vez en defensa de Belgrano, que fue varias veces directamente embestido. En
completa destrucción, atacados en detal, por un enemigo triplicadamente
superior en número y circunstancias, repelidos en mil combates parciales que
los sostuvo a toda costa el valiente coronel Zelaya después del encuentro
general, perdiendo el terreno palmo a palmo hasta que se hizo concluyente
nuestra derrota, después de haber perdido muchos jefes y oficiales que excedían
al número de los perdidos en Vilcapugio”.
Lugones sigue contando las dramáticas peripecias y sobre Belgrano nos dice[23]:
“(…) venia solo
en nuestra retirada, porque es verdad que la
escolta y sus ayudantes no venían con él, en los momentos que el General llegó
al punto de correr inminente riesgo en la batalla, la escolta tuvo que entrar
en desigual y precipitado combate contra infantería a las órdenes del
comandante Villar y Díaz y fue completamente desecha, los ayudantes
habiendo partido con órdenes a varios puntos, se derrotaron también en la
dirección donde cada cual se encontró en los momentos de la confusión y no
pudiendo reunirse con el General, fueron a hacerlo con nuestro mayor general [Díaz
Vélez] que había tomado la ruta de
Potosí”.
Como se advierte, Lugones
consigna los verdaderos peligros que corrió Belgrano en aquellas horas de
zozobra. Es evidente que su presencia,
señalada por la bandera del ejército que portaba, fue la tabla de salvación
para muchos, al par que otros se sacrificaron para preservar la vida de su
general. De lo escrito por Lugones queda
en claro que el histórico vexilo fue guardado. Nuevos elementos se sumarán
para ponerlo en evidencia.
b) Documentos probatorios
Es ahora el momento de analizar tres documentos de
diferente naturaleza que, fuera de toda duda, ratifican que Belgrano preservó la bandera de su ejército
luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.
b. 1) - La “Proclama a los pueblos del Perú[24]”. (Tucumán, 25 de febrero, 1814)
Es una suerte de racconto del contraste de Ayohuma y,
al mismo tiempo, una emocionada
despedida al dejar Belgrano su ejército en manos de San Martín,
circunstancia que aprovecha para incentivar el compromiso en la lucha. De la
misma se extracta:
“No os olvidéis de pedir al Todo Poderoso por
el acierto de tan digno Jefe [se refiere a San Martín], poniendo por intercesora, a nuestra Generala
María Santísima de Mercedes[25]. He
depositado en sus manos la bandera del Ejército, que en medio de tantos
peligros he conservado, y no dudéis que la tremolará sobre las más altas
cumbres de Los Andes, sacándoos de entre las garras de la tiranía, y dando días
de Gloria y de paz a la amada Patria”.
El texto tiene una altísima significación, evidencia
que Belgrano busca destacar al pueblo norteño los méritos de su sucesor. Esto
revela que, pese a las derrotas, conservaba incólume el buen concepto de que
gozaba. Para hacerlo Belgrano materializa
como símbolo en común, la bandera del ejército que trasmite a San Martín[26].
b. 2) - La carta que Belgrano dirigió a
San Martín[27] (Santiago del Estero, 6 de abril de 1814).
Es una misiva de carácter personal donde le comparte
diversos aspectos que considera de interés con vistas al futuro desempeño de su amigo y sucesor al frente de la tropa.
“He dicho a Usted lo bastante; quisiera
hablar más, pero temo quitar a Usted su precioso tiempo y mis males tampoco me
dejan. Añadiré únicamente que conserve
la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el Ejército se forme; que
no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre
Nuestra Generala, y no olvide los escapularios a la tropa; deje usted que
se rían; los efectos le resarcirán a Usted de la risa de los mentecatos que ven
las cosas por encima”.
De tales palabras se advierte el alto significado que le daba al vexilo y, sobre todo, que lo había preservado luego de Ayohuma.
b. 3) - Proclama a los soldados del Ejército
Auxiliador del Perú[28] (Tucumán, 24 de septiembre 1816)
Declarada la independencia de las Provincias Unidas,
nuevamente se confió a Belgrano conducir el ejército en operaciones. Ínterin el Congreso había decretado la
bandera nacional de guerra y resultaba necesario entronizarla al frente de
la fuerza, lo que demandaba la ceremonia consecuente. El 17 de agosto el Gobierno
emitió una circular comunicando la novedad, lo que de hecho implicaba adecuar los vexilos en uso de las
diversas unidades castrenses que hasta ese momento tenían diversos diseños,
bien que coincidían en el celeste y blanco. En su cumplimiento Belgrano eligió
como fecha el 24 de septiembre,
aniversario de su gran triunfo en Tucumán y en la oportunidad dirigió a la
tropa la arenga que se transcribe, de lo que se desprende que no la había perdido en combate, antes bien, se
trataba de una valiosa reliquia
cívica-militar, digna de ser ofrecida como muestra de amor a la Virgen
María, quien era reconocida como “generala”:
“¡Soldados! Una nueva bandera del ejército os presento para que reconociéndola
sepáis que ella ha de ser vuestra guía y punto de reunión. La que acabo de depositar a los pies de
nuestra Generala, María Santísima de las Mercedes, sirvió al mismo efecto
mientras tuve el gusto de mandaros. No la perdáis de vista en ningún caso,
sea próspero o adverso: pues donde ella estuviese me tendréis. Jurad no abandonarla. Jurad sostenerla
para arrollar a nuestros enemigos y entrar triunfantes, rompiendo las cadenas
que cargan sobre nuestros pueblos hierros. La América y Europa os miran; que
vean el orden, la subordinación y disciplina que observáis y al fin admiren
vuestros trabajos, vuestra constancia y vuestro heroísmo, como lo desea vuestro
general”.
Se cierra así el ciclo del símbolo[29]. Se ha visto que esa bandera fue concebida y mandada
a confeccionar por Belgrano. La presentó a sus hombres con toda solemnidad y se
le asignó el carácter de “generala”, símbolo principal, del ejército. Con ella
se combatió en Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Fue preservada tras esta última
derrota. Continuó como emblema de la fuerza y con ella se reencontró el prócer
cuando por segunda vez accedió al comando de ese ejército. Su último acto de
servicio lo prestó en la solemne
ceremonia donde fue sustituida por una nueva, acorde al diseño ordenado por
el Congreso General, o sea, con franjas celeste, blanca y celeste. Se preservó
por varios años en el camarín de Nuestra Señora de la Merced, parroquia del
mismo nombre, en la ciudad de Tucumán. El historiador Guillermo Palombo dio a
conocer oportunamente[30]
que, en vísperas de la batalla de La Ciudadela[31]
(noviembre 4, 1831), fue extraída por el coronel Esteban Larraya, quien mandaba
el Batallón de Infantería 5 para emplearla como divisa particular de esa unidad
y munido de ella combatió a las órdenes de Gregorio Aráoz de La Madrid. Con el
triunfo de Facundo Quiroga, la enseña quedó como trofeo de las tropas
vencedoras y más tarde, se pierde en las brumas de la Historia.
En la vereda del frente
Quienes sostienen que una u otra de las “banderas de
Macha” es la que presidió la “Segunda Campaña al Alto Perú” y que Belgrano la
perdió en Ayohuma aportan varios argumentos
en abono a esta posición. La tesis se estructura sobre la posición de quien las
descubriera en Titiri, el padre Primo Arrieta. Veamos: la evidente antigüedad
de ambas piezas; el haberse encontrado cuidadosamente ocultas en aquella remota
capilla, cercana al campo de batalla de Ayohuma; las referencias que aportaron dos
ancianos “indios capilleros” sobre haberse dado una “gran batalla” en las
inmediaciones y la falta de asientos parroquiales posteriores a la fecha del
combate, que hayan sido firmados por el cura titular de Macha. En base a esto,
es que el presbítero afirmó que los vexilos podrían haber pertenecido a las
fuerzas de Belgrano[32].
La hipótesis del sacerdote se aceptó
inmediatamente, inicialmente en
Bolivia y, poco más tarde, en Argentina; sobre lo que abundaré en un futuro
ensayo. En definitiva, la pieza celeste, blanca y celeste fue entregada a la
Argentina en 1896; mientras que la otra, la blanca, celeste y blanca, quedó en
Bolivia por considerarse que había pertenecido a una unidad alto peruana que formó
parte del ejercito belgraniano. Hacia 1957, el investigador argentino Augusto Fernández Díaz indicó que esta
última era la que Belgrano izó el 27 de febrero de 1812 en Rosario, mientras
que la otra era la que se usaba en el Fuerte de Bs. Aires y que le remitió
Rivadavia para reemplazar a la primera[33].
Ante la novedad, la “Sociedad Histórica Sucre”
responsable del Museo “Casa de la Libertad” donde se exhibe cambió su relato y pasó
a presentarla como la “bandera de
Belgrano”, sobre lo que ampliaré en un próximo ensayo.
Conclusiones
Los expuesto
nos permite definir que, durante su desempeño al mando del “Ejército
Auxiliador” Belgrano demostró una
decisión y un valor inusitado en situaciones donde su vida estuvo en serio
riesgo. En concreto, fueron cuatro las ocasiones,
cuando:
- cerró la retirada de la ciudad de Jujuy,
dando inicio al Éxodo;
- desobedeció la orden de retirarse sin
combatir hasta Córdoba, que le había dado el Gobierno, lo que se tradujo en
dar batalla en Tucumán en muy difíciles condiciones;
- se expuso al fuego enemigo sosteniendo la
bandera del ejército en una posición crítica, logrando la reunir dispersos
y, posteriormente, en la heroica forma en que concretó su retirada después de
combatir en Vilcapugio;
- actitud que repitió en los últimos momentos
de la batalla de Ayohuma donde, nuevamente posesionado de la bandera del ejército,
permaneció en una colina, hasta que pudo concretar su retiro del teatro de
operaciones.
Las memorias de dos testigos altamente calificados como Paz y Lugones, no hacen más
que resaltar el heroísmo de Belgrano
en las retiradas de Vilcapugio y Ayohuma y que, en ambas circunstancias, preservó personalmente la principal bandera
del ejército.
También se apuntan tres documentos de primera magnitud comprueban acabadamente que ese
vexilo continuó empleándose hasta que en 1816 fue sustituido por otro, acorde a
la ley que se aprobó el 20 de julio de ese año.
Queda así demostrado, con plurales y sólidas
pruebas, el coraje excepcional del general Manuel Belgrano y que nunca perdió
la bandera que creó para insignia del ejército que se le había confiado.
En consecuencia, ninguna
de las llamadas “de Macha”, que se hallaron en Titiri en 1883, es aquella que identificó a la fuerza al mando del prócer.
A título personal cabe interpretar que las “banderas
de Macha” pudieron ser divisas de subunidades
patriotas que integraron ese ejército o de fuerzas auxiliares.
Anexo – Referencias sobre los testigos
presenciales
Ambos fueron
destacados guerreros de la Independencia, nos han dejado sus relatos sobre la
forma en que Belgrano se condujo en las postrimerías de Vilcapugio y Ayohuma. Esto
jerarquizan sus palabras y enaltece el accionar de quien fuera su jefe.
Seguidamente se aportan algunos datos que permitirán caracterizarlos.
a) Brigadier general José María Paz y Haedo
Es un protagonista señalado en la Historia argentina,
un calificativo que objetivamente le corresponde, más allá de disidencias
subjetivas que se pueda tener con sus ideas.
Nació en Córdoba, en 1791. En 1811 se sumó al “Ejército
Auxiliador del Perú” y bajo el mando de Belgrano participó en las batallas de
Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma. Ya en 1814 era coronel y mandaba el
regimiento de “Dragones de la Patria”. Estuvo en el combate de Venta y Media
(1815). Durante la “Guerra con el Brasil” batalló en Ituzaingó (1827) y fue ascendido
a general, luego ejerció el mando transitorio del ejército nacional en campaña.
Se implicó en las luchas intestinas participando del bando unitario, se desempeñó
como gobernador de Córdoba (1829-1831). Derrotó a Facundo Quiroga en La Tablada
(1829) y Oncativo (1830). Presidió la “Liga del Interior” (1830-1831) y continuó
la campaña contra los federales. Circunstancialmente fue tomado prisionero (1831)
y pasó largos años preso en Santa Fe y Luján. Pudo evadirse, pero volvió al
país a seguir luchando por sus ideas. Obtuvo el gran triunfo de Caaguazú (1841).
Debió exilarse en Uruguay y también en Río de Janeiro, donde subsistió como un
pequeño agricultor. Repatriado, participó del gobierno autonomista de Bs. Aires
que se organizó después de Caseros. Murió en esa ciudad en octubre de 1854.
Se reconoce a Paz como uno de los mayores estrategos
de la historia militar argentina. En 1855 se publicaron sus “Memorias Póstumas”
de donde tomo algunos de los párrafos que destacan el valor del general
Belgrano en las postrimerías de Vilcapugio y Ayohuma. De ello se prueba que preservó
la bandera del ejército.
b) Coronel Lorenzo Lugones Trejo
Nación en Pampallasta, Santiago del Estero, en 1796. En julio de 1810, a sus 14 años se enroló como cadete en los “Patricios Santiagueños” y se incorporó a la primera campaña del “Ejército Auxiliador del Perú”, cuando su padre lo confió a la guía de Vicente López y Planes. Intervino en todas las batallas que empeñó esa fuerza, primero a las órdenes de Ortiz y Ocampo y luego a las de Belgrano, por lo que participó del Éxodo en 1812, combatió en Las Piedras, Salta, Tucumán, Vilcapugio y Ayohuma. También hizo la tercera campaña al Altiplano, que condujo Rondeau y finalizó con el desastre de Sipe-sipe. En diciembre de 1816 participó de la sublevación de Juan Bautista Borges (1815-1816), que pretendió alcanzar la autonomía de Santiago. Salvó su vida del fusilamiento, por expresa gracia de Belgrano, quien seguramente tuvo en cuenta su desempeño anterior. Luego fue segundo jefe de la incursión en el Alto Perú que La Madrid ejecutó en 1817, donde participó en varios encuentros menores y en la toma de Tarija. Más tarde intervino en las luchas interprovinciales. En la “Guerra contra el Brasil” fue subordinado del general José María Paz. Batalló en La Tablada, Ciudadela y Famaillá. Debió exilarse en Bolivia por dos veces y también en Tacna (Perú), donde sobrevivió como panadero. Se radicó transitoriamente en Rosario, donde explotó un comercio, y en Bs. Aires. Regresó a Tucumán en 1859, ciudad en la que falleció en 1868. Nos legó sus “Recuerdos Históricos”, en ellos consta el enorme coraje de Manuel Belgrano y se contribuye a probar que preservó la bandera del ejército bajo su mando.
[1] Sobre este tema puede ampliarse en este Blog: CARRILLO BASCARY, Miguel Las cuatro Banderas de Macha https://banderasargentinas.blogspot.com/2024/11/las-cuatro-banderas-de-macha.html
[2] Titiri es un remoto paraje, hoy deshabitado, a unos 4.100 metros de
altura sobre el nivel del mar, ubicado en el departamento Potosí, Estado
Plurinacional de Bolivia.
[3] Oficio de Belgrano al Gobierno (datado en Toro, el 1º de octubre de
1813), donde informa el resultado de la batalla y da cuenta que los realistas
perdieron a un brigadier, 2 coroneles y “algunos
tenientes coroneles” y Documentos
para la historia del General Don Manuel Belgrano. Tomo VII, p. 25.
Instituto Nacional Belgraniano. Bs. Aires. 2015. https://cdi.mecon.gob.ar/bases/docelec/inb/mb3.pdf
[4] Se interpreta que a los lectores que no sean argentinos les interesará
saber que Belgrano tenía una formación universitaria y que su sola experiencia castrense
fue el ser miembro de las milicias a las que todo hombre en edad militar debía prestar.
En este carácter participó en el rechazo de las “Invasiones Inglesas” a Bs.
Aires (1806-1807). Por urgencias del momento, a fines de 1810 se le encargó el
comando de ejércitos que de tales poco más tenían el nombre.
[5] Esta es la fecha del bando por el que Belgrano ordenó abandonar Jujuy
para obstaculizar todo lo posible el avance realista.
[6] Esta manifestación alude al lapso histórico de su primera campaña
militar en el Norte y no implica olvidar que a ese tiempo Belgrano había
protagonizado muchas otras conductas que evidenciaron su valor.
[7] PAZ, José María. Memorias Póstumas.
Imp. La Revista. 1855. Bs. Aires, p. 150 https://books.google.com.ar/books?id=FPszAQAAIAAJ&printsec=frontcover&hl=es&redir_esc=y#v=onepage&q&f=false
[8] Entre ellos el capitán Apolinario “Chocolate” Saravia (1791-1844),
quien franqueó a Belgrano el casi desconocido paso entre los cerros que
permitió caer sobre la retaguardia virreinal y habilitó el triunfo de Salta.
Fue dado por muerto sobre el campo de batalla debido a sus graves heridas, pero
se repuso meses más tarde.
[9] CARRILLO BASCARY, Miguel. Juana
Asurdui, la heroína, no la apócrifa. https://banderasargentinas.blogspot.com/2025/07/juana-asurdui-la-heroina-no-la-apocrifa.html
[10] El propio general informó en detalle sobre aquella ceremonia (Oficio de
Belgrano al Gobierno, datado en Jujuy, el 29 de mayo de 1812)
[11] Oficio del Gobierno a Belgrano, datado en Bs. Aires el 27 de junio de
1812.
[12] Oficio de Belgrano al Gobierno, datado en Jujuy el 18 de julio de 1812.
[13] Oficio de Belgrano al Gobierno, datado en Rosario el 27 de febrero de
1812.
[14] Efectivamente, durante la misión diplomático que Belgrano cumplió en
Europa. Hallándose en Londres fue pintado de cuerpo presente por el artista al
que se cita. Según era estilo en la época se mostraba al retratado junto a una
circunstancia que lo caracterizara. En el caso se observa una escena de batalla
donde hay dos banderas blancas y celeste en horizontal. Remitiría a la batalla
de salta principal logro del prócer en aquella fecha.
[15] Se conserva la orden de pago por la compra de dos cuartas y media de
raso que importó confeccionar esta bandera.
[16] PAZ, J. M. Ob. cit. p. 125.
[17] PAZ, J. M. Ob. cit. p. 152.
[18] PAZ, J. M. Ob. cit. pp. 158-159.
[19] LUGONES, Leopoldo. Recuerdos
históricos sobre las campanas del ejército auxiliador del Perú en la guerra de
la Independencia. Imp. Europea. Bs. Aires. Segunda edición. 1888. Se observa
una esce https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/4/40/Recuerdos_historicos_sobre_las_campa%C3%B1as_del_ejercito_auxiliar_del_Peru_-_Lorenzo_Lugones.pdf
[20] LUGONES, L. Ob. cit. pp. 57-60.
[21] Se refiere al Regimiento de Infantería Nº1 “Patricios”.
[22] LUGONES, L. Ob. cit. pp. 71-72.
[23] LUGONES, L. Ob. cit. p. 62.
[24] Documentos …. Ob. cit. Tomo VII, pp. 407-409.
[25] Recuérdese que, tras obtener la victoria en Tucumán, precisamente el
día de la fiesta universal de esta advocación (24 de septiembre de 1812),
Belgrano la nombró como “generala” de su ejército. Hasta este punto consideró
sobrenatural el triunfo.
[26] La referencia a los Andes permitiría deducir que Belgrano tenía
conocimiento del llamado “plan continental” que llevaría a San Martín a cruzar
la cordillera para llevar la libertad a Chile y el Perú.
[27] Documentos … Ob. cit. Tomo VII, p. 456.
[28] Museo Mitre. Libro de Órdenes del
Día del Ejército Auxiliar del Perú. Folios 70-71.
[29] Referencia sobre el “ciclo del símbolo” en CARRILLO BASCARY, M. Bariloche: bosque, montaña, lagos, nieve y
sol. https://banderasargentinas.blogspot.com/2024/02/bariloche-bosque-montana-lagos-nieve-y.html
[30] Historia de la Bandera
Argentina. Inst. Bonaerense de Numismática. Bs.
Aires. 199, pp.76-79. Se reproduce íntegramente el documento en Documentos para a historia de la Bandera
Argentina, en colaboración con Valentín Espinosa. Instituto de Estudios
Iberoamericanos. Bs. Aires. 2001, pp. 190-191. Allí publica el oficio que el
general José Ruiz de Huidobro dirigió desde San Luis, el 8 de junio de 1836, a
Juan Manuel de Rosas, por el que le remite en carácter de trofeo de guerra “la bandera sobre la cual juró la
independencia en Tucumán el ejército del general Belgrano, que fue tomada en la
batalla de la Ciudadela al batallón 5º y me la dio el finado general Quiroga,
cuando me entregó el mando. Este documento apreciable por su recuerdo ha tenido
depositado en el regimiento de Auxiliares” (AGN. Documentación donada y adquirida (legajo 231) “Colección Juan A.
Farini”. Documentos de la “Colección Adolfo Saldías sobre Juan M. de Rosas”.
1836, fo. 93 y vta. (VII 3-36).
[31] Se libró en las afueras de la ciudad de Tucumán, el 4 de noviembre de
1831.
[32] Así lo hizo en la relación que cursó al oficial mayor de la Cancillería
de Bolivia, Don Telésforo Aguirre (14 de noviembre, 1892) y en el “Acta de
Colquechaca” (10 de septiembre, 1895).
[33] Oficio de Rivadavia al coronel Belgrano, datado en Bs. Aires, el 3 de
marzo de 1812.
[34] Grabado publicado en la edición de sus “Memorias Póstumas”, 1855.
[35] Grabado publicado en la edición de sus “Recuerdos Históricos”, 1888.


