Primeros vexilos autóctonos del Río de la Plata
Por Miguel
Carrillo Bascary
Panorama vexilológico
En el “Imperio en donde no
se ponía el Sol”, las solas fuerzas regulares no alcanzaban para resguardar sus
vastas fronteras, por este motivo se perfeccionó el ancestral sistema de
milicias que implicaba la movilización armada en caso necesario. Las estipulaciones
implicaban la instrucción militar de los varones físicamente aptos y la
previsión de un mínimo nivel de todos los aspectos logísticos y de
aprovisionamiento.
En lo que interesa al
estudio presente, el dominio hispano en tierras americanas se manifestó en profusión de vexilos con lógica
precedencia en favor del Estandarte real, también hubo aquellos que el monarca
autorizó a ciertas ciudades e insignias militares que manifestaran su
soberanía. Así ocurrió hasta que los primeros aires de libertad rompieron la
tendencia a comienzos del siglo XIX, oportunidad en que los revolucionarios se identificaron
con sus propias banderas.
Hasta la llegada del siglo
XVIII, con el reinado del borbón Felipe V, cada
unidad militar, hasta el grado de cada compañía (o escuadrón, de
caballería) contaba con piezas que los distinguían en una amplia variedad de
colores y con diversas cargas. Su estructura comenzó a unificarse mediante las
reales ordenanzas del 28 de febrero de 1707, las de 1728 y de 1768. En este
punto llama la atención que las referencias documentales que constan en esta
nota aluda a enseñas básicamente blancas
que incorporaban las aspas borbónicas antecediendo al diseño que se hizo común
desde 1707.
La cruz borgoñona, versión germánica de las aspas de San Andrés[2]
hizo su aparición oficial en la historia hispánica durante el reinado de Carlos
I , hacia el 1506, posteriormente se consolidó tomando como referencia
principal a la batalla de Pavía en 1525.
En el marco de este
panorama tan general, entre los siglos XVII y XVIII, la Compañía de Jesús gestó ese verdadero experimento social que fueron
las misiones. Obvio que, en lo formal, reconocían la autoridad del Rey de
España, pero esto no fue óbice de que manifestaran un muy particular grado de
identidad, hasta el punto que algunos autores lo llegaron a la existencia de
una “república jesuita”. No comparto el significado del término, pero no omito
considerarlo.
Las Misiones Jesuitas
La Real Cédula del 16 de
marzo de 1608 suscripta por Felipe III, dispuso que la Compañía de Jesús (Societas Iesu),
también conocida Orden Jesuita, asumiera la difusión del catolicismo en la enorme extensión de las Misiones
habitadas por las etnias que, sin mucha precisión, en aquel entonces se
denominaban: guaycurúes, guairas, tapes y guaraníes. El primer superior
provincial fue el padre Diego de Torres y tuvo por residencia la ciudad de
Córdoba, hoy Argentina, a él le correspondía organizar el complejo sistema del
que tratamos.
La labor emprendida por
los religiosos fue verdaderamente
titánica, no solo por el desconocimiento general del territorio, unos
150.000 km cuadrados, también por las diferentes lenguas de su población y la
natural resistencia de los aborígenes (nómadas hasta ese momento). A esto se
sumó la escasez de recursos materiales, de medios para hacer valer la autoridad
real y, también, de vocaciones misioneras. Por si esto fuera poco, ya por
entonces existía la presión portuguesa a
través de los bandeirantes, a los que también se llamó “mamelucos”, que saqueaban
la región sometiendo a sus habitantes para después venderlos a los fazendeiros
paulistas con destino a sus plantaciones de azúcar, café y las minas el Norte. Las
bandas esclavistas estaban formadas
por la resaca de todos los mares puestos al amparo de la Corona lusitana que
las dejaba hacer a cambio de los beneficios que obtenía. Tampoco faltaba el
afloramiento de odios ancestrales, a
lo que se sumaba la anarquía que imperaba en los quilombos que formaron los
negros que escapaban de la esclavitud colonial, y la considerable turba que
formaban individuos de las etnias de
raigambre tupí, enemigos tradicionales de los guaraníes.
La dimensión del
compromiso implicado en el desarrollo de las Misiones se evidencia en la ecuación poblacional. Se estima que
habitaron sus territorios unos 140.000 naturales, mientras que en toda la gran
provincia del Río de la Plata había unos 550.000 avecinados, comprendiendo
entre estos las etnias autóctonas y la gran masa de esclavos y libertos.
La primera misión se
denominó San Ignacio Guazú, y se
estableció el 29 de diciembre de 1609, en el territorio del actual Paraguay, a
unos 170 km. de la ciudad de Posadas (Argentina). A lo largo de los años la
Orden Jesuita fundó 33 “doctrinas”
(pueblos), dispersas en la gran extensión que se le confiara, (7 en el
actual estado de Río Grande do Sul, Brasil; 15 en Argentina [12 en la provincia
de Misiones, 3 en Corrientes] y 8 en el Sur del Paraguay).
El interesado dispone de
una bibliografía amplísima para
abundar en la inmensa obra jesuita en América. Sintetizando, implicó la sedentarización
de la población vernácula en derredor de cada centro misional, el desarrollo de
cultivos, de la ganadería y de una incipiente industria, al par que se difundía
la enseñanza religiosa y la de naturaleza civil, tanto en las artes como en
otras ramas del conocimiento. La actividad económica permitió atender a las
necesidades locales y registró importante saldo comercial con el entorno.
La personalidad plural que alcanzaron los pueblos misioneros fue el
resultado de múltiples factores, entre los que se contó el aislamiento
geográfico en que se desenvolvieron, el sistema económico de autoabastecimiento
que pudieron alcanzar, la valorización del elemento indígena, el desarrollo de
las artes y los vínculos con el poder foráneo de una orden que gozaba de
amplios privilegios en el marco del reconocimiento del Monarca hispano.
Paradójicamente la puja contra los intereses de los pobladores blancos
afincados en regiones aledañas también sirvió para fortalecer el nucleamiento
basado en la etnia y la religión.
Este concepto identitario
se refleja en el profuso empleo de
vexilos que se dio en las misiones, a partir de las milicias que formaron sus
habitantes. Estas piezas pueden considerarse auténticamente americanas.
El genocidio perpetrado por las bandeiras
La concentración
poblacional y la riqueza consecuente despertaron la codicia de los bandeirantes que operaban con la aquiescencia de la monarquía
portuguesa, en flagrante violación del Tratado de Tordesillas (1494) que deslindaba
el dominio entre la Corona de España y la lusitana.
El avance de los
saqueadores comenzó ya en 1611 y llegó a un grado de alevosía que determinó el
penosísimo éxodo de 1637, lo que la
historiografía llama el “Gran Descenso”.
En esta retirada, cerca de 12.000 naturales
capitaneados por sus pastores desandaron el curso de los ríos hasta los Saltos
del Guairá para afincarse en el territorio de la actual provincia de Misiones,
Argentina.
En el oficio fechado el 12
de octubre del año citado, el gobernador de Bs. Aires, Pedro Esteban de Ávila dio
cuenta al Rey que "desde el año de
1628 hasta el 1630, habían traído más de 60.000 almas de las reducciones".
En consecuencia, la región de Guairá
quedó desierta y los establecimientos se abandonaron. Agravó la situación
que el ejército hispano no tenía
capacidad para operar en su defensa y que a las misiones no se les permitía
contar con armas de fuego, ni siquiera para autodefensa.
Cuando la noticia llegó a
la Corte, los Jesuitas consiguieron de Felipe IV que se los autorizara a emplear armas de fuego para enfrentar a los
mamelucos, a condición de su obediencia estratégica del Virrey del Perú, del
que también dependían todas las fundaciones del Río de la Plata (Real Cédula de 21 de mayo de 1640).
La gran victoria en Mbororé
Recordando sus orígenes castrenses[3]
y de conformidad a las normas hispanas vigentes, los jesuitas organizaron como
tropas milicianas a sus pupilos y los armaron convenientemente, dentro de sus
limitadas posibilidades. Interesa señalar que el mando efectivo recaía sobre
hermanos legos o sobre los propios naturales, no sobre los sacerdotes. Obtuvieron
una inicial victoria en donde supo
asentarse la reducción de Apóstoles, pero las apetencias agresoras arreciaron.
Corrían los últimos días del año 1640 cuando una gran expedición paulista
penetró en la ecúmene de las Misiones hasta llegar a la reducción de Asunción de Mbororé, situada a la vera
de un afluente del río Uruguay, en cercanías de la actual ciudad de Panambí, provincia
de Misiones. Fue prolegómeno de jornadas épicas.
El número de combatientes
que se comprometió en la batalla de tal nombre difiere con las fuentes, pero los incursores podrían estimarse en unos
4.000, con un gran aporte de indios tupís. Los esperaban unos 2.500 pobladores
decididos a defender su forma de vida. Pocos tenían experiencia bélica por haber participado de anteriores acciones,
pero ya contaban con entrenamiento, aportado por exmilitares que habían
profesado como jesuitas. Les jugaba en contra la impedimenta de cientos de mujeres, niños, ancianos y enfermos
desplazados por la guerra, un factor que paradójicamente pudo alentar la drástica determinación de los
combatientes para defenderse de la agresión.
Al previsible armamento de uso habitual (arco,
flechas, lanzas, ondas y macanas), se agregaron algunos mosquetes y hasta
rudimentarias piezas de artillería elaboradas con maderas duras y cañas retobadas
en cueros. El esfuerzo logístico
necesario para armar a la gente de las misiones señaló el accionar de un
verdadero pueblo en armas, enfocado
en pertrecharse para un enfrentamiento que se avizoraba decisivo. La solidez
del vínculo fraterno entre los agredidos,
galvanizado por su vivencia religiosa, fue un factor clave, que las ideologías
materialistas del ayer y de hoy se empeñan en ignorar. Peor aún, pretenden instalar
que los jesuitas manipularon a sus
pupilos para preservar sus intereses económicos, silenciando el real genocidio que los lusitanos y sus
aliados tupíes venían cometiendo contra los guaraníes desde que comenzaron a formarse
las misiones.
Los líderes locales
eligieron sabiamente el teatro de la
batalla. La reacción, cuidadosamente planificada, comenzó el 11 de marzo de 1641, se desarrolló por más de cinco días
y se extendió a zonas cercanas al núcleo principal del enfrentamiento. Las huestes jesuitas estuvieron a las órdenes de
hermanos con experiencia castrense y de lucidos líderes guaraníes. Algunos de sus
nombres fueron recogidos por las crónicas, aunque no se mencionan aquí.
El investigador jesuita Pablo Pastells y Villa (1846-1932), transcribe un asiento tomado de
los anales de la provincia del Paraguay que escribió el padre provincial
Lupercio de Zurbano para informar superior general de la Compañía, Mucio
Vitelleschi (1641-1643). Interesa el siguiente párrafo por cuanto menciona a
uno de los estandartes que tuvieron a la vista los guaraníes que combatieron en
la acción de Mbororé[5]:
“…salieron cinco canoas ligeras y bien
armadas a desafiar animosas a los contrarios a competente distancia D. Ignacio
Abiaru les requirió que no pretendían más que defender su libertad, Iglesias y
Padres misioneros y soldados, que estaban en las demás canoas impacientes ya de
la dilación de la guerra, se metieron entre las de los enemigos con una bala en
que iba un tiro pequeño de artillería y enarbolado
un estandarte con la imagen del Apóstol del Oriente San Francisco Javier
dispararon en tan buena hora que echó a pique tres canoas del enemigo, con
muerte de dos portugueses y algunos tupís de los que traían, acudieron luego
veloces las demás canoas nuestras con la arcabucería y hicieron (sic) notable
estrago en los enemigos…”
Largamente olvidada por
razones ideológicas, la batalla de
Mbororé emerge del pasado americano a la luz de la reivindicación que
trasuntan las nuevas visiones historiográficas. No fue el resultado de un
acontecimiento singular, sino que es la luminaria más brillante de un proceso
en donde el pueblo llano de las Misiones
fue protagonista impensado de una saga destinada a figurar en los anales bélicos
del continente. En sí mismo fue un gesto
desesperado en defensa de la identidad guaraní y de todo el proyecto
civilizador de la Orden Jesuita en esa parte de América.
Hay autores que niegan que Mbororé haya sido una
batalla, técnicamente hablando, no
es así: hubo un teatro de operaciones en concreto, se combatió en tierra y en los
ríos, se comprometió infantería y artillería. Hubo acciones de exploración, de campo,
de asalto, de emboscada y culminó en una persecución implacable en la que
participó la caballería. Es decir que en Mbororé existieron todos los elementos
con que la doctrina castrense caracteriza a una batalla.
La victoria de los agredidos fue total. Los invasores sobrevivientes fueron perseguidos
hasta su casi completo exterminio. Con ello se aventaron las incursiones por
varios años, cuando en 1650 ocurrió un último y desastroso intento de
significación. El repliegue de los bandeirantes luego de la acción de Mbororé y
de los encuentros posteriores que la consolidaron, implicó aliviar la enorme
presión lusitana (paulista–tupí) sobre las posesiones españolas en esa parte de
América. La derrota no solo fue táctica,
tuvo efectos estratégicos a largo plazo.
Como pálida retribución por conservar esas tierras para la Corona, el
rey Felipe IV, resolvió que: “durante
diez años no se cobrasen tributos a los indios del Plata y del Paraguay ni
fuesen encomendados en testimonio de reconocimiento por lo que ocurriera”
(Real Cédula del 7 de abril de 1643).
De las milicias y sus banderas
Un cronista de la época, el
padre Miguel Vidal[6] S. J., después de la batalla de
Mbororé observó que los naturales “hacen
sus alardes” (simulacros de guerra) cada domingo y que:
“…
salieron los indios a hacerlo con su bandera, y pendones, y cajas, y
armas, y muchos flecheros, y lo hicieron con mucho orden y destreza”.
Otro contemporáneo a los hechos, el padre José Cardiel[7]
S. J., consigna que:
“…
cada pueblo juntaba ocho compañías de
soldados, cuatro de caballero y 4 de infantería, con los cabos e insignias
correspondientes: capitanes, tenientes, alféreces, sargentos y ayudantes, ocho
de cada oficio, con sus insignias, ocho
banderas de seda con las armas del rey, ocho cajas y pífanos, y dos
clarines de guerra, además de los que suele haber de música eclesiástica”.
Como testimonio de la organización de las milicias en las que
los jesuitas alinearon a sus pupilos se concretó conforme a las directivas fijadas
por la Corona. Los padres Jarque y
Altamirano[8],
dejaron escrito:
“… en cada pueblo hay compañías de
soldados de a pie, y de a caballo, que se componen de todos los hombres capaces
de tomar armas, cada una con su capitán, alférez, sargento, cabos de escuadra y
los demás oficiales, que se acostumbran en la milicia, con sus insignias, cajas, clarines y banderas... en la forma que usa nuestra
España, …”
Mientras que el padre Guillermo Furlong[9] S. J., hizo constar que los poblados contaban
con insignias de bastones [sus
magistrados], banderas y armamento
con los que se ejercitaban para conjugar cualquier contingencia invasora.
Como ejemplo, el investigador
contemporáneo Kazuhisa Takeda[10] cita que en 1657 la inspección ordenada por el gobernador
Juan Blázquez de Valverde describía la situación miliar de las misiones en los
siguientes términos:
“Nos llama la atención la “bandera de cuadra[11]”
guardada en el arsenal de cada reducción. Según el informe, la bandera estaba hecha de “tafetán de
colores” o “lienzo blanco” producido en “esta tierra …”.
También se aclaraba que, en tiempo de
guerra, la bandera se utilizaba “a modo
de las que usan las compañías de infantería española”.
El padre Pablo Pastells S. J., en su monumental
obra “Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay[12]”, transcribe
numerosos documentos obtenidos en el “Archivo General de Indias”. Destacan, en
particular, los informes de las visitas que
realizó el oidor de la Real Audiencia de la Plata, Juan Blázquez de Valverde
(1603-1666), a los asentamientos de las misiones. Los sistematizo a los efectos
de este ensayo:
- Corpus Christie (el 23 de agosto de 1657), indica: “Sigue la visita de las armas, de la que
constó haber en el pueblo: una bandera
de cuadra de tafetán de colores[13]”;
- San Carlos (14 de
junio), señala: “Sigue la visita de las
armas, que son: dos banderas de tafetán
de colores, a modo de las que usan las compañías de infantería española[14]”;
- San Nicolás y la de los Apóstoles
San Pedro y San Pablo (22 de junio), da cuenta que se sacaron: “dos
banderas de cuadra, de lienzo de colores, como las que usan las compañías de infantería española[15]”;
lo mismo indica respecto de su visita a Mártires
(3 de julio)[16]
y San Miguel (29 de junio)[17];
- Limpia Concepción de Nuestra Señora (23 de junio), menciona: “dos banderas de guerra de cuadra,
de tafetán de colores, como las
de las compañías de infantería española[18]”;
- Santa María la Mayor (4 de junio) donde se le mostró “una bandera[19]”;
- Nuestra Señora de la Candelaria (14 de agosto), en la que verificó la existencia de “dos banderas de colores, de cuadra, a modo
de las de infantería española[20]”;
- Santos Cosme y Damián (15 de agosto), constatando: “dos banderas de lienzos de
colores, a modo de las que usan
en las compañías de infantería española[21]”;
- Santa Ana (17 de agosto), en la que halló: “una
bandera de lienzo de la tierra[22]”; el mismo asiento realiza respecto de su inspección a San Ignacio de Yabebiry (19 de agosto)[23];
- Nuestra Señora de Loreto (18 de agosto), donde
revistó: “una bandera de tafetán de colores y otra de lienzo de la tierra[24]”;al
igual que en San José (21 de agosto)[25]”;
- San Francisco Javier (8 de julio), en que menciona se le mostró “una bandera
de cuadra, de algodón blanco[26]”;
- Nuestra Señora de los Reyes del Yapeyú (20 de julio), hace constar que: “En la sala del Colegio de la doctrina se
hallaron tres banderas de cuadra, una de
tafetán de colores y dos de lienzo blanco, a modo delas que usa la
infantería española[27]”;
- Nuestra Señora del Mbororé (26 de julio), explicita: “Sigue la visita de las armas, y se hallaron; dos banderas de tafetán de colores;(...) y una bandera de lienzo, y en ella una hechura de San
Antonio, despojos quitados a los portugueses mamelucos[28]”.
- Santo Tomé (2 de agosto), destaca: “una bandera de tafetán de
colores, de cuadra, con las armas de Borgoña[29];”
En nota a la trascripción
de la Orden escrita del Padre Superior
Cristóbal Altamirano y Méndez (1601-1698), datada en Candelaria, el 28 de
febrero de 1680, se destaca:
“De cada 100 indios se ha de hacer una
compañía de a pie, con su Capitán, Alférez, dos Sargentos, caja de guerra, con su bandera, que podrá ser de lienzo
pintado o lo que tuvieren. Las compañías de a caballo constarán cada una de
50 soldados, con su Capitán y Teniente,
estandarte, clarín, chirimía o corneta[30]”.
Después de Mbororé, la presión portuguesa sobre las posesiones
hispanas cambió de dirección y se enfocó sobre el Río de la Plata lo que se transformó
en una constante. Al inicio de 1680 por pedido del gobernador de Bs. Aires el
padre general jesuita, Cristóbal Altamirano[31],
movilizó a las milicias de las Misiones
y a tal fin ordenó que:
“...De cada 100 indios hacer una compañía de a
pie con su capitán, alférez, dos sargentos, cabo de guerra, con su bandera que podrá ser de lienzo
pintado o lo que tuvieren. De las compañías de a caballo constará cada una
de cincuenta soldados con su capitán y teniente, estandarte, clarín, chirimía o corneta”.
Francisco Jarque[32]S. J. (1609-1691),
nos informa sobre la estructura interna
de una compañía miliciana formada en las Misiones:
“En cada pueblo hay compañías de soldados de
a pie y de a caballo, que se componen de todos los hombres capaces de tomar
armas, cada una con su capitán, alférez, sargento, cabos de escuadra y los demás
oficiales, que se acostumbran en la milicia con sus insignias, cajas, clarines y banderas, con las armas de Borgoña y Reales, en la forma que usa nuestra España,
en las campañas y fronteras, mejor asistidas”.
Tadeo J. Henis[33]S. J. (1714-1769) da cuenta que, como parte de las
celebraciones por la Semana Santa del año 1754, en la reducción de San Miguel
formaron:
“…
los escuadrones debajo de seis banderas, presentaron
más de 200
hombres. Saliéronles al encuentro los escuadrones
luisistas con sus dos banderas, y saludándose mutuamente, llevando su Santo Patrón y otras imágenes
de santos, (los que esta gente acostumbra traer siempre consigo) a una
capilla hecha de ramos de palma, y habiendo corrido los caballos, y hecho a su
usanza ejercicio de las armas, se fueron a un paraje cercano, y se acamparon en
lugar señalado para los reales”.
Furlong[34]
también describe la ceremonia por la que
un nuevo cabildo accedía a sus funciones, en lo que sigue a Cardiel:
“…juntase todo el pueblo […] ponen los sacristanes una silla ordinaria
para el cura y una gran mesa al lado, donde se pone el bastón de Corregidor,
las varas de los Alcaldes y todas las demás insignias de los cabildantes, y
también ponen el compás del maestro de música, que es una banderilla de seda, las llaves de la puerta de la iglesia, que
pertenecen al sacristán, las de los almacenes que tocan al mayordomo, y otras
insignias de oficios económicos, y con ellas los bastones y banderas y demás insignias de los
oficiales de guerra, que todos estos los ponen también los cabildantes en su
papel y se confirman y mudan como los del Cabildo, aunque sin la confirmación
del gobernador. Y delante de todo se ponen a un lado y a otro los bancos del
Cabildo vacíos, para irse sentando los nuevos cabildantes, cabos militares,
etc., según se fueren nombrando”.
El Estandarte real
Este vexilo corporizaba al mismísimo rey y como tal
era objeto de numerosas demostraciones honorificas, particularmente en el día
del onomástico del monarca, del santo patrón de la localidad y cuando los
gobernadores y otros altos dignatarios tomaban posesión de sus cargos. Se
mostraba en una rica tela carmesí, luciendo en su anverso las armas reales
orladas del collar de la Orden del Toisón de Oro y, en su reverso iban el blasón
de la ciudad o una imagen que representaba a su santo/a patrono. También se
evidencia su empleo en la Misiones.
También Furlong[35]
describe la forma en que eran recibidos los gobernadores al llegar a las
reducciones, para esto toma como referencia el relato de la visita de Jacinto de Lariz[36]
en 1647:
“Prevénganse, pues, para recibirle con todas
las muestras de regocijo y con toda la solemnidad que les era dable. Salían a
esperarle a distancia de varias leguas las tropas dc caballería, las cuales, al
encontrarle, echaban pie en tierra para hacerle su acatamiento, tremolando sus banderas y dando vivas
al Rey y al Gobernador; y luego, volviendo a montar a caballo, distribuidos en
dos alas, a los lados del Gobernador, le escoltaban hasta ir acercándose al
pueblo. Fuera de este y, a buena distancia, esperaba el Corregidor con todo el
Cabildo, los Oficiales militares y los Misioneros; y hechos sus saludos y dada
la bienvenida, llegaban a la Reducci6n, donde la primera diligencia, como
convenía a un gobernante cristiano, era entrar a orar brevemente en la Iglesia.
El Gobernador convocaba al pueblo, y si se anunciaba el objeto de su venida,
dando las disposiciones oportunas para que se fuesen evacuando las diligencias necesarias.
Al dirigirse al alojamiento que le tenían prevenido, hacia todo el pueblo en la
plaza nuevas demostraciones de aplauso y alegría. A la entrada de su posada se veían las armas reales colocadas
sobre la puerta y debajo de callas las propias del mismo Gobernador; y mientras
atravesaba la plaza se hacían salvas de arcabucería y flechería y se abatían las banderas a su paso[37]”.
Furlong[38]
sigue detallando las funciones de los diversos oficiales de los cabildos, que
revelan el amplio uso del Estandarte
Real:
“El Alférez Real era el depositario del Estandarte real, y era quien, en la
solemnidad mayor del año, el día del Santo Patrón, seguido del escuadrón, si
dirigía al templo elevando el Estandarte
del Rey, al son de marchas marciales y cantos populares, a cuya entrada era
recibido por el párroco y su compañero, y por los otros sacerdotes de los
pueblos vecinos, que habían sido previamente invitados (…) Una vez terminada la misa solemne y
pronunciado el panegírico del Santo Patrón, el mismo Alférez conducía el Estandarte, con el mismo
sequito y entre vítores, hasta la plaza, y allí lo colocaba sobre un tablado,
primorosamente levantado para este fin”.
Luego del Tratado de Madrid o de Permuta (1750) celebrado
entre España y Portugal la primera cedió a la segunda siete de las misiones
próximas a sus posesiones. La medida comprometió a unos 30.000 naturales, que resistieron
armas en manos, lo que originó la "Guerra
Guaranítica" (1753-1756) que ensangrentó la región. Ejércitos de ambas
potencias operaron contra los pobladores de las misiones que combatieron con
sus milicias. De ello derivó la masacre de Caybaté (11 de febrero de 1756) que
culminó con la matanza de cerca de 1.500 guaraníes. El parte de victoria del
capitán de dragones Francisco Graell consigna:
“Los trofeos de guerra que se han conseguido
consisten en seis banderas, dos con la
cruz de Borgoña, y las demás con otras cifras; ocho cañones de tacuara
aforrados en cuero; varias cajas de instrumentos , muchas lanzas e infinitas
flechas, con algunas armas de fuego[39]”
Esto demuestra que los pueblos jesuitas empleaban banderas
hispanas. Lo ratifica Furlong[40]
quien afirma:
“Se tomaron 154 prisioneros y entre los
despojos se hallaron dos banderas con la
cruz de Borgoña y otras cuatro (con)
imágenes de santos; ocho cañones de tacuara forrados en cuero, muchas lanzas,
infinitas flechas y algunas armas de fuego”.
En esto coincide
Hemming[41], quien afirma
que en la batalla de Caybaté (10 de
febrero de 1756) con que lusitanos y expañoles pusieron fin a la Guerra
Guaranítica, bastaron pocos minutos:
“… para que la
artillería y la caballería de los europeos dieran muerte a 1.400 indios
cristianos que enarbolaban patéticamente
sus pendones, crucifijos e imágenes santas”.
El académico Furlong[42],
al referir las incidencias del operativo
destinado a desalojar a los jesuitas, que encabezó el gobernador del Río de
la Plata, Bruno Mauricio de Zavala, consigna que:
“…
cuando emprendió la expulsión, bastante
sonrojado debió quedar Zavala, rodeado dc tropa sobre las armas, al ver que, en
todas partes, por obra dc los Jesuitas, cl Cabildo y los Caciques salían a su encuentro,
sacando al efecto el Real Estandarte y
algunas banderas con la cruz de Borgoña, y hasta levantando arcos[43]
con las Reales Armas”.
Sobre el drama de esta
situación da cuenta en alguna medida la conocidísima película “La Misión” (1986), dirigida por Roland Joffe e
interpretada por Roberto de Niro y Jeremy Irons.
Una relación de mucho
interés constituye la conmemoración del
primer centenario de la fundación de la Compañía de Jesús, que se concretó
en 1641, en forma similar a como se había celebrado en Europa el año anterior.
Cuando se describe las fiestas que se concretaron en la reducción de Concepción[44]:
“Diósele el bastón (al nuevo capitán de
la reducción que debía asumir) con salva
de arcabucería, chirimías y clarines, con aplauso de todo el pueblo, acción que
hizo no poco célebre la fiesta; pero mucho más una procesión solemnísima por
toda la plaza, en la cual, por una y otra banda, se levantaron hasta 600 arcos,
vestidos todos de ramas olorosímas, con variedad de cosas de la tierra, fuera
de cuatro altares que no los vio jamás mejores el Virrey. Precedió a la procesión
la soldadesca de flecheros, rodeleros y arcabuceros, tocando cajas y tremolando sus banderas, a que se seguían
los estandartes[45], y luego los Padres, con sobrepellices unos,
otros con casullas, para llevar el palio del Santísimo, que era el alma de toda
la procesión, que solemnizaron muchas danzas, varias figuras, unas, puestas en
zancos y otras sin ellos, todo lo cual, con el ruido de las cajas, estruendo de
arcabuces, sonido de trompetas,
música de voces y de varios instrumentos, formaban tan solemne procesión que se
acabó a la una del día”.
Una heurística de mayor
amplitud seguramente aportará mayor número de
referencias sobre las banderas y estandartes que se emplearon en las Misiones.
No incursionaré en esta bibliografía por entender que, a los efectos de esta
aproximación a la temática, lo recopilado aquí resulta ser suficiente.
Un testimonio pictórico
Las referencias contenidas
en los diferentes documentos transcriptos inducen a identificar que en las Misiones se utilizaron:
estandartes reales, banderas acordes a las compañías de infantería del ejército
hispano, esto es: “coronelas” (con las armas reales) y las propiamente
“milicianas”, con la Cruz de Borgoña.
Entra a tallar aquí el
gran valor testimonial que implican las acuarelas
del polaco Florián Pauke S.J.[46]
que ilustran numerosos aspectos de la vida en las misiones de mocovíes en la
hoy provincia de Santa Fe, donde se ilustran evoluciones de la caballería
milicia, en el fragmento que inicia esta nota: se divisan banderas de
reglamento (encerradas en un círculo verde), pero también otras de diversos
colores que corresponderían a subunidades del cuerpo (círculos amarillos).
Si bien estas acuarelas
corresponden a una misión enclavada en un ámbito geográfico diferente al de los
pueblos misioneros, lo percibido puede entenderse como un testimonio tardío sobre los vexilos empleados por las milicias
guaraníes que, en líneas generales se corresponde al que presentaban
algunas décadas atrás las poblaciones situadas en derredor de los ríos Paraná y
Uruguay.
Recapitulando
- En cuanto a vexilos, el más jerarquizado era el Estandarte real al que se le rendían
los máximos honores, como manifestación del poder del monarca.
- Los guaraníes que poblaron las Misiones Jesuitas en
los siglos XVII y XVIII se organizaron en milicias
que contaron con diversos tipos de banderas, similares a las que usaba la
infantería hispana.
- Las unidades de infantería empleaban banderas, mientras
que las de caballería se identificaban con estandartes[47].
- De conformidad a la normativa vigente estos vexilos portaban el Blasón real y la
Cruz de Borgoña, con diversas cargas.
- Según las constancias vertidas la mayoría de estas banderas fueron de color blanco,
aunque eventualmente las hubo, similares a las que mostraban los tercios.
- También emplearon, en mucha menor medida y en forma
inorgánica, estandartes con figuras
religiosas (santos y, eventualmente, de la Santísima Virgen María).
- Se confeccionaron en seda, aunque también las hubo de
“tejidos
de la tierra” (elaboradas en telar) o con lienzos "ilustrados" (pintados), que habrían sido de algodón, difícilmente de seda.
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Fuentes destacadas
BRUNO, Cayetano. Las Reducciones Jesuíticas de Indios Guaraníes (1609-1818) Didascalia. Rosario. 1991. https://ia803103.us.archive.org/14/items/CayetanoBrunoLasRedccionesJesuiticasDeIndiosGuaranies/Cayetano%20Bruno%20Las%20Redcciones%20Jesuiticas%20de%20Indios%20Guaranies.pdf
FURLONG, Guillermo S.J. Misiones y sus pueblos de guaraníes. Balmes. Bs. Aires. 1962. https://archive.org/stream/FurlongGuillermoSJMisionesYSusPueblosDeGuaranies/Furlong%20Guillermo%20SJ%20-%20Misiones%20y%20sus%20Pueblos%20de%20Guaranies_djvu.txt
HENIS, Tadeo. Diario histórico de la rebelión y guerra de los pueblos guaranís, situados en la costa oriental del río Uruguay, del año 1754. Imp. del Estado. Bs. Aires. 1886. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/diario-historico-de-la-rebelion-y-guerra-de-los-pueblos-guaranis-situados-en-la-costa-oriental-del-rio-uruguay-del-ano-1754--0/html/ff99a966-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html
JARQUE, Francisco y ALTAMIRANO, Diego (colaborador). Las misiones jesuíticas en 1687. El estado que al presente gozan las Misiones de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Tucumán y Río de la Plata. Buenos Aires. Academia Nacional de la Historia. Bs. Aires. 2008. https://www.academia.edu/54802213/Las_Misiones_Jesu%C3%ADticas_en_1687_El_estado_que_al_presente_gozan_las_Misiones_de_la_Compa%C3%B1%C3%ADa_de_Jes%C3%BAs_en_la_Provincia_del_Paraguay_Tucum%C3%A1n_y_R%C3%ADo_de_la_Plata_Buenos_Aires_Academia_Nacional_de_la_Historia_2008_184_pp_De_Jarque_Francisco_y_Diego_Fran
PASTELLS, Pablo. Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay”. Madrid. Librería General de Victoriano Suárez. 1915. Tomo II, https://www.fondazioneintorcetta.info/pdf/biblioteca-virtuale/documento247/Pastells2.pdf y Tomo III https://www.fondazioneintorcetta.info/pdf/biblioteca-virtuale/documento248/Pastells3.pdf
SVRIZ WUCHERER, Pedro (doctorando) y YUN, Bartolomé (director). Milicias guaraníes y reducciones jesuíticas en el Chaco-Paraguay. Guerra, conflicto social, cambio económico y negociación en la frontera del imperio (ss. XVI-XVII). Tesis. Centro de Estudios de Postgrado. Universidad Pablo de Olavide. Sevilla. 2018. https://core.ac.uk/download/344713492.pdf
TAKEDA, Kazuhisa. “Las milicias guaraníes en las misiones jesuíticas del Río de la Plata: un ejemplo de la transferencia organizativa y tácticas militares de España a su territorio de ultramar en la primera época moderna”. En Revista de Historia Social. Volumen 20. Nº2. Universidad de Santiago de Chile. 2016. https://www.rhistoria.usach.cl/sites/revistahistoria/files/2707-texto_del_articulo-5768-1-10-20170110.pdf
[1] “Vista de San
Javier en la fiesta de homenaje al rey español,” acuarela de Florián Paucke
S. J., ca. 1775. Biblioteca del Convento Cisterciense de Swettl, Austria.
[2] Este apóstol fue martirizado en Patras, región de Acaya (Grecia), en
una cruz aspada (sotuer), que desde
entonces se conoció por su nombre. Andrés fue reconocido como patrono del
Ducado de Borgoña, por lo que las tropas de este origen la tomaron como su
emblema particular. Se referencia su uso en la península ibérica en tanto que el
Felipe I de Castilla, primogénito de Maximiliano de Augsburgo y de María de
Borgoña, casó con Juana, hija a su vez de los Reyes Católicos.
[3] Como es sabido, su fundador, San Ignacio de Loyola (1491-1556), era
militar y la mayoría de sus primeros compañeros también lo fueron.
[4] Recreación tomada del Facebook del Instituto Superior Combate de Mbororé, se ignora su autor.
[5] PASTELLS, Pablo. Historia de la
Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay. Madrid. 1915. Tomo III, p.
64.
[6] Citado por BRUNO, Cayetano. Las
Reducciones Jesuíticas de Indios Guaraníes (1609-1818). Didascalia.
Rosario. 1991. https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros.php?tema=6&doc=104&cap=650
[7] Citado por FURLONG, Guillermo,
Escritos Coloniales Rioplatenses. Theoría. Bs. Aires. 1953. Tomo II, p.131.
https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros.php?tema=6&doc=104&cap=650
[8] JARQUE, Francisco y otros. Las misiones jesuíticas en 1687. El estado que al presente gozan las
Misiones de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Tucumán y Río de
la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires. 2008. p. 33-72.
[9] FURLONG, Guillermo S.J. Misiones
y sus pueblos de Guaraníes. Balmes. Bs. Aires. 1962. pp. 385 y 459.
[10] TAKEDA, Kazuhisa. “Las milicias
guaraníes en las misiones jesuíticas del Río de la Plata: un ejemplo de la
transferencia organizativa y tácticas militares de España a su territorio de
ultramar en la primera época moderna”. En Revista de Historia Social. Volumen 20. Nº2. Universidad de
Santiago de Chile. 2016, p. 39. https://www.rhistoria.usach.cl/sites/revistahistoria/files/2707-texto_del_articulo-5768-1-10-20170110.pdf
[11] Una “bandera cuadra” corresponde a una forma rectangular, cuyos lados
son aproximadamente iguales, como antítesis de la llamada “bandera corneta” que
termina en dos puntas sobre el lado del vuelo y del “gallardete”, que tiene
forma triangular.
[12] Librería General de Victoriano Suárez. Madrid. Tomos II y III. 1915.
[13] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p .499.
[14] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 471.
[15] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 475
[16] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 483.
[17] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 481.
[18] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 476.
[19] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 484.
[20] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 495.
[21] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 495.
[22] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 496.
[23] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 498.
[24] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 497.
[25] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 499.
[26] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 485.
[27] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 489.
[28] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 491.
[29] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo
II, p. 492.
[30] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 286
[31] Orden del P. Cristóbal
Altamirano a los padres misioneros, Candelaria, 28 de febrero de 1680, p. 38. Citado por TAKEDA, K. Ob. cit. p. 38; https://www.academia.edu/30687870/LAS_MILICIAS_GUARAN%C3%8DES_EN_LAS_MISIONES_JESU%C3%8DTICAS_DEL_R%C3%8DO_DE_LA_PLATA_UN_EJEMPLO_DE_LA_TRANSFERENCIA_ORGANIZATIVA_Y_T%C3%81CTICAS_MILITARES_DE_ESPA%C3%91A_A_SU_TERRITORIO_DE_ULTRAMAR_EN_LA_PRIMERA_%C3%89POCA_MODERNA
[32] JARQUE, K. Ob. cit. p. 59. Citado por TAKEDA, K. Ob. cit. p. 54
[33] Diario histórico de la
rebelión y guerra de los pueblos guaranís, situados en la costa oriental del
río Uruguay, del año 19. Párrafo 19; https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/diario-historico-de-la-rebelion-y-guerra-de-los-pueblos-guaranis-situados-en-la-costa-oriental-del-rio-uruguay-del-ano-1754--0/html/ff99a966-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html
[34] FURLONG, G. Ob. cit. p.
267.
[35] FURLONG, G. Ob. cit. p.
358
[36] Gobernó entre 1646 y 1653 todo el territorio del Río de la Plata,
Paraguay y las Misiones. Su gestión estuvo plagada de escándalos hasta el punto
en que fue exonerado, para muchos sufría cierto grado de demencia.
[37] El abatimiento de banderas era una demostración del alto honora que
ejercía el funcionario como figura del rey.
[38] FURLONG, G. Ob. cit. p.
371
[39] BRUNO, Cayetano. Ob. cit. https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros?tema=6&doc=104&cap=662
[40] FURLONG, G. Ob. cit. p. 669.
[41] HEMMING, John. The pragmatic and cordial spirit of the
Treaty of Madrid was lost, and the matter became part of European power
politics — largely because of the Tape Indians’ defiant refusal to leave their
traditional homelands. 1978. Cit. por Joaquín MELLADO GÓMEZ: 1756: Las misiones de guaraníes entre la Ilustración y el etnocidio:
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7960401.pdf
[42] FURLONG, G. Ob. cit. p.
685.
[43] Esta demostración era usual para celebrar la llegada de una autoridad a
la jurisdicción.
[44] PASTELLS, P. Ob. cit.
Tomo II, p. 325
[45] El orden que se evidencia indica que primero marchaban las tropas de
infantería, que usaban banderas, y luego las de caballería, las que se
identificaban con estandartes, una constante en este tipo de eventos; ya que de
esta manera se evita que los caballos dejen detritus que luego podrían pisar
los infantes.
[46] “Hacia allá y para acá. Una estadía entre los indios Mocobíes,
1749-1767”. Traducción al castellano de Edmundo Wernicke. Revista del V Centenario. Universidad Nacional de Tucumán.
Publicación Nº324. Tucumán-Buenos Aires. 1942. Imagen tomada de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/39/Cavalaria_Guarani.jpg
[47] Estos vexilos solían ser
de menor dimensión que las banderas y terminaban en dos picos y farpas por el
lado del vuelo, lo que facilitaba fueran portados a caballo.







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