viernes, 17 de abril de 2026

Banderas guaraníes y realistas

Primeros vexilos autóctonos del Río de la Plata 

Diversos vexilos[1] de la misión jesuita de San Francisco Javier, 
siglo XVIII (fragmento)

Por Miguel Carrillo Bascary

Panorama vexilológico

En el “Imperio en donde no se ponía el Sol”, las solas fuerzas regulares no alcanzaban para resguardar sus vastas fronteras, por este motivo se perfeccionó el ancestral sistema de milicias que implicaba la movilización armada en caso necesario. Las estipulaciones implicaban la instrucción militar de los varones físicamente aptos y la previsión de un mínimo nivel de todos los aspectos logísticos y de aprovisionamiento.

En lo que interesa al estudio presente, el dominio hispano en tierras americanas se manifestó en profusión de vexilos con lógica precedencia en favor del Estandarte real, también hubo aquellos que el monarca autorizó a ciertas ciudades e insignias militares que manifestaran su soberanía. Así ocurrió hasta que los primeros aires de libertad rompieron la tendencia a comienzos del siglo XIX, oportunidad en que los revolucionarios se identificaron con sus propias banderas.

Hasta la llegada del siglo XVIII, con el reinado del borbón Felipe V, cada unidad militar, hasta el grado de cada compañía (o escuadrón, de caballería) contaba con piezas que los distinguían en una amplia variedad de colores y con diversas cargas. Su estructura comenzó a unificarse mediante las reales ordenanzas del 28 de febrero de 1707, las de 1728 y de 1768. En este punto llama la atención que las referencias documentales que constan en esta nota aluda a enseñas básicamente blancas que incorporaban las aspas borbónicas antecediendo al diseño que se hizo común desde 1707.

La cruz borgoñona, versión germánica de las aspas de San Andrés[2] hizo su aparición oficial en la historia hispánica durante el reinado de Carlos I , hacia el 1506, posteriormente se consolidó tomando como referencia principal a la batalla de Pavía en 1525.

En el marco de este panorama tan general, entre los siglos XVII y XVIII, la Compañía de Jesús gestó ese verdadero experimento social que fueron las misiones. Obvio que, en lo formal, reconocían la autoridad del Rey de España, pero esto no fue óbice de que manifestaran un muy particular grado de identidad, hasta el punto que algunos autores lo llegaron a la existencia de una “república jesuita”. No comparto el significado del término, pero no omito considerarlo.

Las Misiones Jesuitas

La Real Cédula del 16 de marzo de 1608 suscripta por Felipe III, dispuso que la Compañía de Jesús (Societas Iesu), también conocida Orden Jesuita, asumiera la difusión del catolicismo en la enorme extensión de las Misiones habitadas por las etnias que, sin mucha precisión, en aquel entonces se denominaban: guaycurúes, guairas, tapes y guaraníes. El primer superior provincial fue el padre Diego de Torres y tuvo por residencia la ciudad de Córdoba, hoy Argentina, a él le correspondía organizar el complejo sistema del que tratamos.

Las misiones y su máxima expansión, en la teoría (delineado) 
y en la práctica (punteado)

La labor emprendida por los religiosos fue verdaderamente titánica, no solo por el desconocimiento general del territorio, unos 150.000 km cuadrados, también por las diferentes lenguas de su población y la natural resistencia de los aborígenes (nómadas hasta ese momento). A esto se sumó la escasez de recursos materiales, de medios para hacer valer la autoridad real y, también, de vocaciones misioneras. Por si esto fuera poco, ya por entonces existía la presión portuguesa a través de los bandeirantes, a los que también se llamó “mamelucos”, que saqueaban la región sometiendo a sus habitantes para después venderlos a los fazendeiros paulistas con destino a sus plantaciones de azúcar, café y las minas el Norte. Las bandas esclavistas estaban formadas por la resaca de todos los mares puestos al amparo de la Corona lusitana que las dejaba hacer a cambio de los beneficios que obtenía. Tampoco faltaba el afloramiento de odios ancestrales, a lo que se sumaba la anarquía que imperaba en los quilombos que formaron los negros que escapaban de la esclavitud colonial, y la considerable turba que formaban individuos de las etnias de raigambre tupí, enemigos tradicionales de los guaraníes.

La dimensión del compromiso implicado en el desarrollo de las Misiones se evidencia en la ecuación poblacional. Se estima que habitaron sus territorios unos 140.000 naturales, mientras que en toda la gran provincia del Río de la Plata había unos 550.000 avecinados, comprendiendo entre estos las etnias autóctonas y la gran masa de esclavos y libertos.

La primera misión se denominó San Ignacio Guazú, y se estableció el 29 de diciembre de 1609, en el territorio del actual Paraguay, a unos 170 km. de la ciudad de Posadas (Argentina). A lo largo de los años la Orden Jesuita fundó 33 “doctrinas” (pueblos), dispersas en la gran extensión que se le confiara, (7 en el actual estado de Río Grande do Sul, Brasil; 15 en Argentina [12 en la provincia de Misiones, 3 en Corrientes] y 8 en el Sur del Paraguay).

El interesado dispone de una bibliografía amplísima para abundar en la inmensa obra jesuita en América. Sintetizando, implicó la sedentarización de la población vernácula en derredor de cada centro misional, el desarrollo de cultivos, de la ganadería y de una incipiente industria, al par que se difundía la enseñanza religiosa y la de naturaleza civil, tanto en las artes como en otras ramas del conocimiento. La actividad económica permitió atender a las necesidades locales y registró importante saldo comercial con el entorno.

La personalidad plural que alcanzaron los pueblos misioneros fue el resultado de múltiples factores, entre los que se contó el aislamiento geográfico en que se desenvolvieron, el sistema económico de autoabastecimiento que pudieron alcanzar, la valorización del elemento indígena, el desarrollo de las artes y los vínculos con el poder foráneo de una orden que gozaba de amplios privilegios en el marco del reconocimiento del Monarca hispano. Paradójicamente la puja contra los intereses de los pobladores blancos afincados en regiones aledañas también sirvió para fortalecer el nucleamiento basado en la etnia y la religión.

Este concepto identitario se refleja en el profuso empleo de vexilos que se dio en las misiones, a partir de las milicias que formaron sus habitantes. Estas piezas pueden considerarse auténticamente americanas.

El genocidio perpetrado por las bandeiras

La concentración poblacional y la riqueza consecuente despertaron la codicia de los bandeirantes que operaban con la aquiescencia de la monarquía portuguesa, en flagrante violación del Tratado de Tordesillas (1494) que deslindaba el dominio entre la Corona de España y la lusitana.

El avance de los saqueadores comenzó ya en 1611 y llegó a un grado de alevosía que determinó el penosísimo éxodo de 1637, lo que la historiografía llama el “Gran Descenso”. En esta retirada, cerca de 12.000 naturales capitaneados por sus pastores desandaron el curso de los ríos hasta los Saltos del Guairá para afincarse en el territorio de la actual provincia de Misiones, Argentina.

En el oficio fechado el 12 de octubre del año citado, el gobernador de Bs. Aires, Pedro Esteban de Ávila dio cuenta al Rey que "desde el año de 1628 hasta el 1630, habían traído más de 60.000 almas de las reducciones". En consecuencia, la región de Guairá quedó desierta y los establecimientos se abandonaron. Agravó la situación que el ejército hispano no tenía capacidad para operar en su defensa y que a las misiones no se les permitía contar con armas de fuego, ni siquiera para autodefensa.

Cuando la noticia llegó a la Corte, los Jesuitas consiguieron de Felipe IV que se los autorizara a emplear armas de fuego para enfrentar a los mamelucos, a condición de su obediencia estratégica del Virrey del Perú, del que también dependían todas las fundaciones del Río de la Plata (Real Cédula de 21 de mayo de 1640).

La gran victoria en Mbororé

Recordando sus orígenes castrenses[3] y de conformidad a las normas hispanas vigentes, los jesuitas organizaron como tropas milicianas a sus pupilos y los armaron convenientemente, dentro de sus limitadas posibilidades. Interesa señalar que el mando efectivo recaía sobre hermanos legos o sobre los propios naturales, no sobre los sacerdotes. Obtuvieron una inicial victoria en donde supo asentarse la reducción de Apóstoles, pero las apetencias agresoras arreciaron. Corrían los últimos días del año 1640 cuando una gran expedición paulista penetró en la ecúmene de las Misiones hasta llegar a la reducción de Asunción de Mbororé, situada a la vera de un afluente del río Uruguay, en cercanías de la actual ciudad de Panambí, provincia de Misiones. Fue prolegómeno de jornadas épicas.

Mirador evocativo de la batalla de Mbororé

El número de combatientes que se comprometió en la batalla de tal nombre difiere con las fuentes, pero los incursores podrían estimarse en unos 4.000, con un gran aporte de indios tupís. Los esperaban unos 2.500 pobladores decididos a defender su forma de vida. Pocos tenían experiencia bélica por haber participado de anteriores acciones, pero ya contaban con entrenamiento, aportado por exmilitares que habían profesado como jesuitas. Les jugaba en contra la impedimenta de cientos de mujeres, niños, ancianos y enfermos desplazados por la guerra, un factor que paradójicamente pudo alentar la drástica determinación de los combatientes para defenderse de la agresión.

Al previsible armamento de uso habitual (arco, flechas, lanzas, ondas y macanas), se agregaron algunos mosquetes y hasta rudimentarias piezas de artillería elaboradas con maderas duras y cañas retobadas en cueros. El esfuerzo logístico necesario para armar a la gente de las misiones señaló el accionar de un verdadero pueblo en armas, enfocado en pertrecharse para un enfrentamiento que se avizoraba decisivo. La solidez del vínculo fraterno entre los agredidos, galvanizado por su vivencia religiosa, fue un factor clave, que las ideologías materialistas del ayer y de hoy se empeñan en ignorar. Peor aún, pretenden instalar que los jesuitas manipularon a sus pupilos para preservar sus intereses económicos, silenciando el real genocidio que los lusitanos y sus aliados tupíes venían cometiendo contra los guaraníes desde que comenzaron a formarse las misiones.

Batalla de Mbororé[4]

Los líderes locales eligieron sabiamente el teatro de la batalla. La reacción, cuidadosamente planificada, comenzó el 11 de marzo de 1641, se desarrolló por más de cinco días y se extendió a zonas cercanas al núcleo principal del enfrentamiento. Las huestes jesuitas estuvieron a las órdenes de hermanos con experiencia castrense y de lucidos líderes guaraníes. Algunos de sus nombres fueron recogidos por las crónicas, aunque no se mencionan aquí.

El investigador jesuita Pablo Pastells y Villa (1846-1932), transcribe un asiento tomado de los anales de la provincia del Paraguay que escribió el padre provincial Lupercio de Zurbano para informar superior general de la Compañía, Mucio Vitelleschi (1641-1643). Interesa el siguiente párrafo por cuanto menciona a uno de los estandartes que tuvieron a la vista los guaraníes que combatieron en la acción de Mbororé[5]:

“…salieron cinco canoas ligeras y bien armadas a desafiar animosas a los contrarios a competente distancia D. Ignacio Abiaru les requirió que no pretendían más que defender su libertad, Iglesias y Padres misioneros y soldados, que estaban en las demás canoas impacientes ya de la dilación de la guerra, se metieron entre las de los enemigos con una bala en que iba un tiro pequeño de artillería y enarbolado un estandarte con la imagen del Apóstol del Oriente San Francisco Javier dispararon en tan buena hora que echó a pique tres canoas del enemigo, con muerte de dos portugueses y algunos tupís de los que traían, acudieron luego veloces las demás canoas nuestras con la arcabucería y hicieron (sic) notable estrago en los enemigos…”

Largamente olvidada por razones ideológicas, la batalla de Mbororé emerge del pasado americano a la luz de la reivindicación que trasuntan las nuevas visiones historiográficas. No fue el resultado de un acontecimiento singular, sino que es la luminaria más brillante de un proceso en donde el pueblo llano de las Misiones fue protagonista impensado de una saga destinada a figurar en los anales bélicos del continente. En sí mismo fue un gesto desesperado en defensa de la identidad guaraní y de todo el proyecto civilizador de la Orden Jesuita en esa parte de América.

Hay autores que niegan que Mbororé haya sido una batalla, técnicamente hablando, no es así: hubo un teatro de operaciones en concreto, se combatió en tierra y en los ríos, se comprometió infantería y artillería. Hubo acciones de exploración, de campo, de asalto, de emboscada y culminó en una persecución implacable en la que participó la caballería. Es decir que en Mbororé existieron todos los elementos con que la doctrina castrense caracteriza a una batalla.

La victoria de los agredidos fue total. Los invasores sobrevivientes fueron perseguidos hasta su casi completo exterminio. Con ello se aventaron las incursiones por varios años, cuando en 1650 ocurrió un último y desastroso intento de significación. El repliegue de los bandeirantes luego de la acción de Mbororé y de los encuentros posteriores que la consolidaron, implicó aliviar la enorme presión lusitana (paulista–tupí) sobre las posesiones españolas en esa parte de América. La derrota no solo fue táctica, tuvo efectos estratégicos a largo plazo.

Como pálida retribución por conservar esas tierras para la Corona, el rey Felipe IV, resolvió que: “durante diez años no se cobrasen tributos a los indios del Plata y del Paraguay ni fuesen encomendados en testimonio de reconocimiento por lo que ocurriera” (Real Cédula del 7 de abril de 1643).

Otro fragmento de la acuarela de Paucke

De las milicias y sus banderas

Un cronista de la época, el padre Miguel Vidal[6] S. J., después de la batalla de Mbororé observó que los naturales “hacen sus alardes” (simulacros de guerra) cada domingo y que:

“… salieron los indios a hacerlo con su bandera, y pendones, y cajas, y armas, y muchos flecheros, y lo hicieron con mucho orden y destreza”.

Otro contemporáneo a los hechos, el padre José Cardiel[7] S. J., consigna que:

“… cada pueblo juntaba ocho compañías de soldados, cuatro de caballero y 4 de infantería, con los cabos e insignias correspondientes: capitanes, tenientes, alféreces, sargentos y ayudantes, ocho de cada oficio, con sus insignias, ocho banderas de seda con las armas del rey, ocho cajas y pífanos, y dos clarines de guerra, además de los que suele haber de música eclesiástica”.

Como testimonio de la organización de las milicias en las que los jesuitas alinearon a sus pupilos se concretó conforme a las directivas fijadas por la Corona. Los padres Jarque y Altamirano[8], dejaron escrito:

“… en cada pueblo hay compañías de soldados de a pie, y de a caballo, que se componen de todos los hombres capaces de tomar armas, cada una con su capitán, alférez, sargento, cabos de escuadra y los demás oficiales, que se acostumbran en la milicia, con sus insignias, cajas, clarines y banderas... en la forma que usa nuestra España, …

Mientras que el padre Guillermo Furlong[9] S. J., hizo constar que los poblados contaban con insignias de bastones [sus magistrados], banderas y armamento con los que se ejercitaban para conjugar cualquier contingencia invasora.

Como ejemplo, el investigador contemporáneo Kazuhisa Takeda[10] cita que en 1657 la inspección ordenada por el gobernador Juan Blázquez de Valverde describía la situación miliar de las misiones en los siguientes términos:

Nos llama la atención la “bandera de cuadra[11] guardada en el arsenal de cada reducción. Según el informe, la bandera estaba hecha de “tafetán de colores” o “lienzo blanco” producido en “esta tierra …”.

También se aclaraba que, en tiempo de guerra, la bandera se utilizaba “a modo de las que usan las compañías de infantería española.

El padre Pablo Pastells S. J., en su monumental obra “Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay[12]”, transcribe numerosos documentos obtenidos en el “Archivo General de Indias”. Destacan, en particular, los informes de las visitas que realizó el oidor de la Real Audiencia de la Plata, Juan Blázquez de Valverde (1603-1666), a los asentamientos de las misiones. Los sistematizo a los efectos de este ensayo:

- Corpus Christie (el 23 de agosto de 1657), indica: “Sigue la visita de las armas, de la que constó haber en el pueblo: una bandera de cuadra de tafetán de colores[13]”;

- San Carlos (14 de junio), señala: “Sigue la visita de las armas, que son: dos banderas de tafetán de colores, a modo de las que usan las compañías de infantería española[14]”;

- San Nicolás y la de los Apóstoles San Pedro y San Pablo (22 de junio), da cuenta que se sacaron: “dos banderas de cuadra, de lienzo de colores, como las que usan las compañías de infantería española[15]”; lo mismo indica respecto de su visita a Mártires (3 de julio)[16] y San Miguel (29 de junio)[17];

- Limpia Concepción de Nuestra Señora (23 de junio), menciona: “dos banderas de guerra de cuadra, de tafetán de colores, como las de las compañías de infantería española[18]”;

- Santa María la Mayor (4 de junio) donde se le mostró “una bandera[19]”;

- Nuestra Señora de la Candelaria (14 de agosto), en la que verificó la existencia dedos banderas de colores, de cuadra, a modo de las de infantería española[20]”;

- Santos Cosme y Damián (15 de agosto), constatando: “dos banderas de lienzos de colores, a modo de las que usan en las compañías de infantería española[21]”;

- Santa Ana (17 de agosto), en la que halló: “una bandera de lienzo de la tierra[22]”; el mismo asiento realiza respecto de su inspección a San Ignacio de Yabebiry (19 de agosto)[23];

- Nuestra Señora de Loreto (18 de agosto), donde  revistó: “una bandera de tafetán de colores y otra de lienzo de la tierra[24]”;al igual que en San José (21 de agosto)[25]”;

- San Francisco Javier (8 de julio), en que menciona se le mostró “una bandera de cuadra, de algodón blanco[26]”;

- Nuestra Señora de los Reyes del Yapeyú (20 de julio), hace constar que: “En la sala del Colegio de la doctrina se hallaron tres banderas de cuadra, una de tafetán de colores y dos de lienzo blanco, a modo delas que usa la infantería española[27]”;

- Nuestra Señora del Mbororé (26 de julio), explicita: “Sigue la visita de las armas, y se hallaron; dos banderas de tafetán de colores;(...)  y una bandera de lienzo, y en ella una hechura de San Antonio, despojos quitados a los portugueses mamelucos[28]”.

- Santo Tomé (2 de agosto), destaca: “una bandera de tafetán de colores, de cuadra, con las armas de Borgoña[29];”

En nota a la trascripción de la Orden escrita del Padre Superior Cristóbal Altamirano y Méndez (1601-1698), datada en Candelaria, el 28 de febrero de 1680, se destaca:

De cada 100 indios se ha de hacer una compañía de a pie, con su Capitán, Alférez, dos Sargentos, caja de guerra, con su bandera, que podrá ser de lienzo pintado o lo que tuvieren. Las compañías de a caballo constarán cada una de 50 soldados, con su Capitán y Teniente, estandarte, clarín, chirimía o corneta[30]”.

Después de Mbororé, la presión portuguesa sobre las posesiones hispanas cambió de dirección y se enfocó sobre el Río de la Plata lo que se transformó en una constante. Al inicio de 1680 por pedido del gobernador de Bs. Aires el padre general jesuita, Cristóbal Altamirano[31], movilizó a las milicias de las Misiones y a tal fin ordenó que:

“...De cada 100 indios hacer una compañía de a pie con su capitán, alférez, dos sargentos, cabo de guerra, con su bandera que podrá ser de lienzo pintado o lo que tuvieren. De las compañías de a caballo constará cada una de cincuenta soldados con su capitán y teniente, estandarte, clarín, chirimía o corneta”.

Francisco Jarque[32]S. J. (1609-1691), nos informa sobre la estructura interna de una compañía miliciana formada en las Misiones:

En cada pueblo hay compañías de soldados de a pie y de a caballo, que se componen de todos los hombres capaces de tomar armas, cada una con su capitán, alférez, sargento, cabos de escuadra y los demás oficiales, que se acostumbran en la milicia con sus insignias, cajas, clarines y banderas, con las armas de Borgoña y Reales, en la forma que usa nuestra España, en las campañas y fronteras, mejor asistidas”.

Tadeo J. Henis[33]S. J. (1714-1769) da cuenta que, como parte de las celebraciones por la Semana Santa del año 1754, en la reducción de San Miguel formaron:

“… los escuadrones debajo de seis banderas, presentaron más de 200 hombres. Saliéronles al encuentro los escuadrones luisistas con sus dos banderas, y saludándose mutuamente, llevando su Santo Patrón y otras imágenes de santos, (los que esta gente acostumbra traer siempre consigo) a una capilla hecha de ramos de palma, y habiendo corrido los caballos, y hecho a su usanza ejercicio de las armas, se fueron a un paraje cercano, y se acamparon en lugar señalado para los reales”.

Furlong[34] también describe la ceremonia por la que un nuevo cabildo accedía a sus funciones, en lo que sigue a Cardiel:

“…juntase todo el pueblo […] ponen los sacristanes una silla ordinaria para el cura y una gran mesa al lado, donde se pone el bastón de Corregidor, las varas de los Alcaldes y todas las demás insignias de los cabildantes, y también ponen el compás del maestro de música, que es una banderilla de seda, las llaves de la puerta de la iglesia, que pertenecen al sacristán, las de los almacenes que tocan al mayordomo, y otras insignias de oficios económicos, y con ellas los bastones y banderas y demás insignias de los oficiales de guerra, que todos estos los ponen también los cabildantes en su papel y se confirman y mudan como los del Cabildo, aunque sin la confirmación del gobernador. Y delante de todo se ponen a un lado y a otro los bancos del Cabildo vacíos, para irse sentando los nuevos cabildantes, cabos militares, etc., según se fueren nombrando”.

El Estandarte real

Este vexilo corporizaba al mismísimo rey y como tal era objeto de numerosas demostraciones honorificas, particularmente en el día del onomástico del monarca, del santo patrón de la localidad y cuando los gobernadores y otros altos dignatarios tomaban posesión de sus cargos. Se mostraba en una rica tela carmesí, luciendo en su anverso las armas reales orladas del collar de la Orden del Toisón de Oro y, en su reverso iban el blasón de la ciudad o una imagen que representaba a su santo/a patrono. También se evidencia su empleo en la Misiones.

También Furlong[35] describe la forma en que eran recibidos los gobernadores al llegar a las reducciones, para esto toma como referencia el relato de la visita de Jacinto de Lariz[36] en 1647:

Prevénganse, pues, para recibirle con todas las muestras de regocijo y con toda la solemnidad que les era dable. Salían a esperarle a distancia de varias leguas las tropas dc caballería, las cuales, al encontrarle, echaban pie en tierra para hacerle su acatamiento, tremolando sus banderas y dando vivas al Rey y al Gobernador; y luego, volviendo a montar a caballo, distribuidos en dos alas, a los lados del Gobernador, le escoltaban hasta ir acercándose al pueblo. Fuera de este y, a buena distancia, esperaba el Corregidor con todo el Cabildo, los Oficiales militares y los Misioneros; y hechos sus saludos y dada la bienvenida, llegaban a la Reducci6n, donde la primera diligencia, como convenía a un gobernante cristiano, era entrar a orar brevemente en la Iglesia. El Gobernador convocaba al pueblo, y si se anunciaba el objeto de su venida, dando las disposiciones oportunas para que se fuesen evacuando las diligencias necesarias. Al dirigirse al alojamiento que le tenían prevenido, hacia todo el pueblo en la plaza nuevas demostraciones de aplauso y alegría. A la entrada de su posada se veían las armas reales colocadas sobre la puerta y debajo de callas las propias del mismo Gobernador; y mientras atravesaba la plaza se hacían salvas de arcabucería y flechería y se abatían las banderas a su paso[37]”.

Furlong[38] sigue detallando las funciones de los diversos oficiales de los cabildos, que revelan el amplio uso del Estandarte Real:

El Alférez Real era el depositario del Estandarte real, y era quien, en la solemnidad mayor del año, el día del Santo Patrón, seguido del escuadrón, si dirigía al templo elevando el Estandarte del Rey, al son de marchas marciales y cantos populares, a cuya entrada era recibido por el párroco y su compañero, y por los otros sacerdotes de los pueblos vecinos, que habían sido previamente invitados (…) Una vez terminada la misa solemne y pronunciado el panegírico del Santo Patrón, el mismo Alférez conducía el Estandarte, con el mismo sequito y entre vítores, hasta la plaza, y allí lo colocaba sobre un tablado, primorosamente levantado para este fin”.

Luego del Tratado de Madrid o de Permuta (1750) celebrado entre España y Portugal la primera cedió a la segunda siete de las misiones próximas a sus posesiones. La medida comprometió a unos 30.000 naturales, que resistieron armas en manos, lo que originó la "Guerra Guaranítica" (1753-1756) que ensangrentó la región. Ejércitos de ambas potencias operaron contra los pobladores de las misiones que combatieron con sus milicias. De ello derivó la masacre de Caybaté (11 de febrero de 1756) que culminó con la matanza de cerca de 1.500 guaraníes. El parte de victoria del capitán de dragones Francisco Graell consigna:

Los trofeos de guerra que se han conseguido consisten en seis banderas, dos con la cruz de Borgoña, y las demás con otras cifras; ocho cañones de tacuara aforrados en cuero; varias cajas de instrumentos , muchas lanzas e infinitas flechas, con algunas armas de fuego[39]

Esto demuestra que los pueblos jesuitas empleaban banderas hispanas. Lo ratifica Furlong[40] quien afirma:

Se tomaron 154 prisioneros y entre los despojos se hallaron dos banderas con la cruz de Borgoña y otras cuatro (con) imágenes de santos; ocho cañones de tacuara forrados en cuero, muchas lanzas, infinitas flechas y algunas armas de fuego”.

En esto coincide Hemming[41], quien afirma que en la batalla de Caybaté (10 de febrero de 1756) con que lusitanos y expañoles pusieron fin a la Guerra Guaranítica, bastaron pocos minutos:

“… para que la artillería y la caballería de los europeos dieran muerte a 1.400 indios cristianos que enarbolaban patéticamente sus pendones, crucifijos e imágenes santas”.

El académico Furlong[42], al referir las incidencias del operativo destinado a desalojar a los jesuitas, que encabezó el gobernador del Río de la Plata, Bruno Mauricio de Zavala, consigna que:

“… cuando emprendió la expulsión, bastante sonrojado debió quedar Zavala, rodeado dc tropa sobre las armas, al ver que, en todas partes, por obra dc los Jesuitas, cl Cabildo y los Caciques salían a su encuentro, sacando al efecto el Real Estandarte y algunas banderas con la cruz de Borgoña, y hasta levantando arcos[43] con las Reales Armas”.

Sobre el drama de esta situación da cuenta en alguna medida la conocidísima película “La Misión” (1986), dirigida por Roland Joffe e interpretada por Roberto de Niro y Jeremy Irons.

Una impactante escena del film “La Misión”

Una relación de mucho interés constituye la conmemoración del primer centenario de la fundación de la Compañía de Jesús, que se concretó en 1641, en forma similar a como se había celebrado en Europa el año anterior. Cuando se describe las fiestas que se concretaron en la reducción de Concepción[44]:

Diósele el bastón (al nuevo capitán de la reducción que debía asumir) con salva de arcabucería, chirimías y clarines, con aplauso de todo el pueblo, acción que hizo no poco célebre la fiesta; pero mucho más una procesión solemnísima por toda la plaza, en la cual, por una y otra banda, se levantaron hasta 600 arcos, vestidos todos de ramas olorosímas, con variedad de cosas de la tierra, fuera de cuatro altares que no los vio jamás mejores el Virrey. Precedió a la procesión la soldadesca de flecheros, rodeleros y arcabuceros, tocando cajas y tremolando sus banderas, a que se seguían los estandartes[45], y luego los Padres, con sobrepellices unos, otros con casullas, para llevar el palio del Santísimo, que era el alma de toda la procesión, que solemnizaron muchas danzas, varias figuras, unas, puestas en zancos y otras sin ellos, todo lo cual, con el ruido de las cajas, estruendo de arcabuces, sonido de trompetas, música de voces y de varios instrumentos, formaban tan solemne procesión que se acabó a la una del día”.

Una heurística de mayor amplitud seguramente aportará mayor número de referencias sobre las banderas y estandartes que se emplearon en las Misiones. No incursionaré en esta bibliografía por entender que, a los efectos de esta aproximación a la temática, lo recopilado aquí resulta ser suficiente.

Un testimonio pictórico

Las referencias contenidas en los diferentes documentos transcriptos inducen a identificar que en las Misiones se utilizaron: estandartes reales, banderas acordes a las compañías de infantería del ejército hispano, esto es: “coronelas” (con las armas reales) y las propiamente “milicianas”, con la Cruz de Borgoña.

Entra a tallar aquí el gran valor testimonial que implican las acuarelas del polaco Florián Pauke S.J.[46] que ilustran numerosos aspectos de la vida en las misiones de mocovíes en la hoy provincia de Santa Fe, donde se ilustran evoluciones de la caballería milicia, en el fragmento que inicia esta nota: se divisan banderas de reglamento (encerradas en un círculo verde), pero también otras de diversos colores que corresponderían a subunidades del cuerpo (círculos amarillos).

Si bien estas acuarelas corresponden a una misión enclavada en un ámbito geográfico diferente al de los pueblos misioneros, lo percibido puede entenderse como un testimonio tardío sobre los vexilos empleados por las milicias guaraníes que, en líneas generales se corresponde al que presentaban algunas décadas atrás las poblaciones situadas en derredor de los ríos Paraná y Uruguay.

Recapitulando

- En cuanto a vexilos, el más jerarquizado era el Estandarte real al que se le rendían los máximos honores, como manifestación del poder del monarca.

- Los guaraníes que poblaron las Misiones Jesuitas en los siglos XVII y XVIII se organizaron en milicias que contaron con diversos tipos de banderas, similares a las que usaba la infantería hispana.

- Las unidades de infantería empleaban banderas, mientras que las de caballería se identificaban con estandartes[47].

- De conformidad a la normativa vigente estos vexilos portaban el Blasón real y la Cruz de Borgoña, con diversas cargas.

- Según las constancias vertidas la mayoría de estas banderas fueron de color blanco, aunque eventualmente las hubo, similares a las que mostraban los tercios.

Banderas atribuidas a los tercios hispánicos

- También emplearon, en mucha menor medida y en forma inorgánica, estandartes con figuras religiosas (santos y, eventualmente, de la Santísima Virgen María).

- Se confeccionaron en seda, aunque también las hubo de “tejidos de la tierra” (elaboradas en telar) o con lienzos "ilustrados(pintados), que habrían sido de algodón, difícilmente de seda.

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Fuentes destacadas

BRUNO, Cayetano. Las Reducciones Jesuíticas de Indios Guaraníes (1609-1818) Didascalia. Rosario. 1991. https://ia803103.us.archive.org/14/items/CayetanoBrunoLasRedccionesJesuiticasDeIndiosGuaranies/Cayetano%20Bruno%20Las%20Redcciones%20Jesuiticas%20de%20Indios%20Guaranies.pdf

FURLONG, Guillermo S.J. Misiones y sus pueblos de guaraníes. Balmes. Bs. Aires. 1962. https://archive.org/stream/FurlongGuillermoSJMisionesYSusPueblosDeGuaranies/Furlong%20Guillermo%20SJ%20-%20Misiones%20y%20sus%20Pueblos%20de%20Guaranies_djvu.txt

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Notas y referencias

[1]Vista de San Javier en la fiesta de homenaje al rey español,” acuarela de Florián Paucke S. J., ca. 1775. Biblioteca del Convento Cisterciense de Swettl, Austria.

[2] Este apóstol fue martirizado en Patras, región de Acaya (Grecia), en una cruz aspada (sotuer), que desde entonces se conoció por su nombre. Andrés fue reconocido como patrono del Ducado de Borgoña, por lo que las tropas de este origen la tomaron como su emblema particular. Se referencia su uso en la península ibérica en tanto que el Felipe I de Castilla, primogénito de Maximiliano de Augsburgo y de María de Borgoña, casó con Juana, hija a su vez de los Reyes Católicos.

[3] Como es sabido, su fundador, San Ignacio de Loyola (1491-1556), era militar y la mayoría de sus primeros compañeros también lo fueron.

[4] Recreación tomada del Facebook del Instituto Superior Combate de Mbororé, se ignora su autor.

[5] PASTELLS, Pablo. Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay. Madrid. 1915. Tomo III, p. 64.

[6] Citado por BRUNO, Cayetano. Las Reducciones Jesuíticas de Indios Guaraníes (1609-1818). Didascalia. Rosario. 1991. https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros.php?tema=6&doc=104&cap=650

[7] Citado por FURLONG, Guillermo, Escritos Coloniales Rioplatenses. Theoría. Bs. Aires. 1953. Tomo II, p.131. https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros.php?tema=6&doc=104&cap=650

[8] JARQUE, Francisco y otros. Las misiones jesuíticas en 1687. El estado que al presente gozan las Misiones de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, Tucumán y Río de la Plata. Academia Nacional de la Historia. Buenos Aires. 2008. p. 33-72.

[9] FURLONG, Guillermo S.J. Misiones y sus pueblos de Guaraníes. Balmes. Bs. Aires. 1962. pp. 385 y 459.

[10] TAKEDA, Kazuhisa. “Las milicias guaraníes en las misiones jesuíticas del Río de la Plata: un ejemplo de la transferencia organizativa y tácticas militares de España a su territorio de ultramar en la primera época moderna”. En Revista de Historia Social. Volumen 20. Nº2. Universidad de Santiago de Chile. 2016, p. 39. https://www.rhistoria.usach.cl/sites/revistahistoria/files/2707-texto_del_articulo-5768-1-10-20170110.pdf

[11] Una “bandera cuadra” corresponde a una forma rectangular, cuyos lados son aproximadamente iguales, como antítesis de la llamada “bandera corneta” que termina en dos puntas sobre el lado del vuelo y del “gallardete”, que tiene forma triangular.

[12] Librería General de Victoriano Suárez. Madrid. Tomos II y III. 1915.

[13] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p .499.

[14] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 471.

[15] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 475

[16] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 483.

[17] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 481.

[18] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 476.

[19] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 484.

[20] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 495.

[21] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 495.

[22] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 496.

[23] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 498.

[24] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 497.

[25] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 499.

[26] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 485.

[27] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 489.

[28] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 491.

[29] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 492.

[30] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 286

[32] JARQUE, K. Ob. cit. p. 59. Citado por TAKEDA, K. Ob. cit. p. 54

[34] FURLONG, G. Ob. cit. p. 267.

[35] FURLONG, G. Ob. cit. p. 358

[36] Gobernó entre 1646 y 1653 todo el territorio del Río de la Plata, Paraguay y las Misiones. Su gestión estuvo plagada de escándalos hasta el punto en que fue exonerado, para muchos sufría cierto grado de demencia.

[37] El abatimiento de banderas era una demostración del alto honora que ejercía el funcionario como figura del rey.

[38] FURLONG, G. Ob. cit. p. 371

[39] BRUNO, Cayetano. Ob. cit. https://argentinahistorica.com.ar/intro_libros?tema=6&doc=104&cap=662

[40] FURLONG, G. Ob. cit. p. 669.

[41] HEMMING, John. The pragmatic and cordial spirit of the Treaty of Madrid was lost, and the matter became part of European power politics — largely because of the Tape Indians’ defiant refusal to leave their traditional homelands. 1978. Cit. por Joaquín MELLADO GÓMEZ: 1756: Las misiones de guaraníes entre la Ilustración y el etnocidio: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7960401.pdf

[42] FURLONG, G. Ob. cit. p. 685.

[43] Esta demostración era usual para celebrar la llegada de una autoridad a la jurisdicción.

[44] PASTELLS, P. Ob. cit. Tomo II, p. 325

[45] El orden que se evidencia indica que primero marchaban las tropas de infantería, que usaban banderas, y luego las de caballería, las que se identificaban con estandartes, una constante en este tipo de eventos; ya que de esta manera se evita que los caballos dejen detritus que luego podrían pisar los infantes.

[46] “Hacia allá y para acá. Una estadía entre los indios Mocobíes, 1749-1767”. Traducción al castellano de Edmundo Wernicke. Revista del V Centenario. Universidad Nacional de Tucumán. Publicación Nº324. Tucumán-Buenos Aires. 1942. Imagen tomada de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/39/Cavalaria_Guarani.jpg  

[47] Estos vexilos solían ser de menor dimensión que las banderas y terminaban en dos picos y farpas por el lado del vuelo, lo que facilitaba fueran portados a caballo.

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