lunes, 26 de septiembre de 2016

Banderas  de las provincias de Argentina

Por Miguel Carrillo Bascary


Próximamente iniciaremos la presentación de una serie de posts que tratarán sobre la historia de cada una de las banderas provinciales de Argentina (más la representativa de la Ciudad Autónoma de Bs. Aires).

A nuestros lectores extranjeros les hacemos saber que en Argentina llamamos “provincias” a los estados subnacionales que componen el estado federal de este nombre.

En los turbulentos tiempos de la “organización nacional”, aproximadamente entre 1819 y 1860, algunas provincias tuvieron banderas que las identificaban como tales. Posteriormente desaparecieron hasta que unos ciento treinta años más tarde algunas provincias restablecieron sus antiguos pabellones y aquellas que no los tenían adoptaron enseñas propias mediante diversos procedimientos.

Para tener una visión de conjunto de estas banderas les presentamos sus imágenes oficiales, indicando el año de su aprobación legal.

Advertimos también, que en Internet hay una evidente anarquía en la materia; algunas imágenes son notoriamente diversas a las reglamentarias; en otras las anomalías son tan sutiles que solo un ojo avezado puede detectarlas. Más aún, encontramos que en algunas páginas oficiales de los gobiernos provinciales las imágenes atribuidas a sus banderas no son las legalmente establecidas. Como decía Ripley: “¡Créase o no!"

Buenos Aires (1997) :

Catamarca (2011) :

Chaco (2009) :

Chubut (2005) :

Córdoba (2013) :

Corrientes (1821/ 1986) :
Imagen: Francisco Gregoric


Entre Ríos (1997) :

Formosa (1991) :

Jujuy (1994) :
 Imagen: Francisco Gregoric

La Pampa (1994) :

La Rioja (1996) :

Mendoza (1992) :
Imagen: Francisco Gregoric

Misiones (1992) :

Neuquén (1989) :


Río Negro (2009):

Salta (1997) :


Santa Cruz (2000) :

Santa Fe (1986) :

San Juan (anverso y reverso) (1997) :



San Luis (1988) :

Santiago del Estero (1985) :

Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (1999) :


Tucumán (2010) :


Ciudad Autónoma de Bs. Aires (1995):


sábado, 24 de septiembre de 2016

“Curupaytí, una jornada de luto y de gloria”


Por Miguel Ángel De Marco
(Ex presidente de la Academia Nacional de la Historia)
Para el diario “La Nación(21 de septiembre de 2016)
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1939725-curupayti-una-jornada-de-luto-y-de-gloria


Bandera del batallón “1º de Santa Fe” que ondeó en el asalto a Curupaytí
en manos del subteniente Mariano Grandoli
 A 150 años del “asalto a Curupaytí” (22 de septiembre de 1866), este blog se honra en reproducir un artículo de opinión alusivo al mismo que lleva la firma del académico de la Historia, Dr. Miguel De Marco. Durante casi diez años tuve el impensado privilegio de ser compañero de claustro del mismo, cuando yo era un joven docente que se iniciaba. Fue en el “Instituto Nacional Superior del Profesorado” de Rosario, donde se formaban los futuros profesores de Historia. Allí aprendí a valorar la sencillez y disponibilidad del profesor De Marco; uno de aquellos a los que los argentinos debemos que se haya mantenido vigente la amarga pero igualmente enriquecedora memoria sobre la tragedia de la “Guerra de la Triple Alianza” (1865 – 1870) que enlutó a la nación sudamericana; pletórica de ejemplos de patriotismo.
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He aquí el artículo del profesor De Marco:
La noche del 21 de septiembre de 1866, pocas horas antes del asalto a las trincheras de Curupaytí, durante la guerra del Paraguay, el subteniente abanderado del Batallón 1º de Santa Fe, Mariano Grandoli, de 17 años, le había escrito a su madre con letra clara y enérgica: "Mamá: mañana seremos diezmados por los paraguayos, pero yo he de saber morir por la bandera que me dieron". [Gandoli, que se había enrolado en forma voluntaria, fue muerto frente a las murallas en una posición donde resistió durante una media hora alentando a sus compañeros haciendo ondear la bandera que portaba]
 
Grandoli durante el asalto a la fortaleza de Curupaytí en la visión el artista Alberto Nassivera
Dominguito Sarmiento [hijo de Domingo Sarmiento, futuro presidente argentino] le había manifestado a la suya el 17 de septiembre, pues se pensaba que el ataque iba a tener lugar ese día: "No sientas mi pérdida hasta el punto de sucumbir bajo la pesadumbre del dolor. Morir por la patria es vivir; es dar a nuestro nombre un brillo que nada borrará, y nunca más digna la mujer que cuando con estoica resignación envía a las batallas al hijo de sus entrañas".
Pero no fueron los únicos en presentir que la jornada sería fatal para muchos. Las defensas se alzaban amenazadoras, protegidas por una serie de obstáculos casi insalvables para la infantería.
En la mañana del 22 se reunieron en la carpa del doctor Caupolicán Molina los recién ascendidos a coroneles Juan Bautista Charlone, Manuel Fraga y Manuel Roseti, y los tenientes coroneles Alejandro Díaz y Luis María Campos. Comieron en silencio y de pronto los cuatro primeros profetizaron su fin y que el quinto sería herido [Así ocurrió; solo sobrevivió Campos]
Finalmente llegó la hora de tomar posiciones para el ataque. Todos los testigos de aquella jornada aciaga coinciden en que fue un bello día de primavera. "La naturaleza invitaba más bien a entonar un himno de regocijo a la vida que a verter lágrimas por los mártires del deber", dice José Ignacio Fotheringham, y en seguida expresa: "He visto muchas formaciones de tropa, muchas paradas de ostentación y brillo, pero jamás un desfile más brillante ni importante que el de esa mañana fatal".
Las bandas tocaban sus mejores marchas para acompasar el paso de los batallones del primer cuerpo. Las unidades de línea y de la Guardia Nacional ocupaban por igual puestos de responsabilidad y peligro. Los milicianos se habían ganado con creces ese derecho. Esta vez, abría la marcha de todo el Ejército el 1º de Santa Fe, cuyo abanderado hacía flamear su ya deshilachado trapo, que recibiría catorce balazos y quedaría manchado por la sangre de "quien la llevaba tan dignamente", según expresó después el jefe, coronel Ávalos.
Unas tras otras, las divisiones iban ocupando sus puestos para el ataque. A las 12, el trompa de órdenes José Obregoso, ubicado junto al presidente argentino y general en jefe aliado Bartolomé Mitre y sus ayudantes, tocó ¡a la carga! Los clarines y tambores de todos los cuerpos repitieron las órdenes, llenando el aire con su sonido marcial. Y comenzó la heroica pero estéril sangría. Jefes, oficiales y soldados trataban de llegar a las trincheras desde cuya cima los paraguayos, que habían mostrado tantas veces su heroico valor, disparaban sin riesgos.
Los comandantes de las unidades comprometidas en el ataque, lejos de marchar a pie, como sus hombres, montaban en briosos corceles y levantaban el cuerpo, para que nadie dudase siquiera de su valentía. Pero las puntiagudas ramas cual enormes espinas que horadaban las suelas de los zapatos y destrozaban las polainas eran un obstáculo tan tremendo como los fosos que separaban de la trinchera. El que no quedaba entre las espinas moría en los surcos profundos.
Los batallones se agolpaban, unos sobre otros, sin lograr su objetivo, hasta que el comandante en jefe ordenó la retirada, cuatro horas después. Mitre, que se había opuesto en junta de generales a un ataque frontal, pero finalmente había aceptado la decisión de la mayoría, había estado siempre al alcance del fuego adversario. En un momento dado, tuvo que cambiar de caballo porque el que montaba había resultado herido.
El asalto había sido pródigo en hechos arriesgados. Con toda parsimonia, los oficiales del 9 de línea Rafael Ruiz de los Llanos y Miguel Goyena hacían calentar agua para tomar café en medio de la metralla. El teniente coronel Alejandro Díaz moría gritando: "¡Adelante, muchachos, que el 3 no sea el último en escalar la trinchera!".
El 12 de línea, con su comandante Juan Ayala; su segundo, Lucio V. Mansilla, y sus capitanes, como Sarmiento y otros muchachos distinguidos, procuraban llegar a toda costa a la trinchera, a pesar de que su situación era insostenible. Los dos primeros resultaron heridos y Dominguito murió desangrado cuando un proyectil que destrozó su talón de Aquiles le provocó una hemorragia incontenible. Otros jefes y oficiales, como el coronel Roseti y el mayor Lucio Salvadores, quedaron para siempre en el campo, desnudos, pues los paraguayos despojaron a los caídos de sus ropas después de la retirada. El comandante del Salta, Julio A. Roca [presidente argentino 1880/1886 y 1898/1904], tras alentar serenamente a sus hombres, cargó sobre su caballo al teniente Solier, del 1º de línea, que se hallaba gravemente herido, y con parsimonia increíble se retiró al paso, llevando entre sus manos la bandera de su batallón. Cándido López, que había salvado milagrosamente la vida y había logrado contener la hemorragia de su mano derecha destrozada, contemplaba su amargo futuro como pintor, trocado en éxito por su increíble tenacidad.
Algunos batallones volvían comandados por tenientes o sargentos, pues los jefes yacían muertos o heridos. El general Paunero, con su blanca barba empapada por la sangre que manaba copiosamente de una herida en la oreja, vio de pronto a un joven de 18 años con quepis de teniente coronel. Era el oficial Sebastián Casares que, sobre el suyo, llevaba el de Alejandro Díaz, para entregárselo a su hermano, mayor de la Guardia Nacional porteña. "¿Dónde está la primera división", le preguntó Paunero. "Aquí están, señor general, las cuatro banderas, que vienen escoltadas por sesenta hombres solamente."
Fue un día de luto y de gloria. Los brasileños, por su parte, hicieron honor a sus mejores tradiciones guerreras. El culto al valor convirtió en triunfo del coraje el enorme revés que acabó con buena parte de una brillante juventud argentina. Y el gobierno mandó acuñar, en 1872, un escudo que expresaba: "Honor al valor y disciplina".

Notas aportadas por este Blog:
Los paraguayos habían formado una verdadera fortaleza en Curupaytí que cerraba el avance a las tropas aliadas. La escuadra brasileña con sus más de 100 cañones, debió despedazar las defensas con un intenso cañoneo previo, pero por razones que todavía se discuten resultó totalmente ineficaz. La orden de avanzar que adoptó el general en jefe y entonces presidente argentino, Bartolomé Mitre, según los consejos del mando conjunto implicó que los avances resultan inútiles pese al heroísmo empeñado impulsado por los códigos de honor vigentes en la época y por la disciplina castrense. La situación se complicó dramáticamente por efecto de las fuertes lluvias registradas en días anteriores, hasta el punto que muchos soldados debieron abandonar su calzado que literalmente los aferraba al barro.
En cifras el resultado de la acción bélica fue una verdadera masacre: los argentinos tuvieron unos 4.000 muertos; y entre heridos, desaparecidos y prisioneros las tropas nacionales sufrieron un 40% de bajas (se habían empeñado unos 20.000 efectivos) ¡Los paraguayos solo tuvieron 92 bajas, con unos 30 fallecidos. Corupaytí resistió hasta 1868. Pese a la desproporción de fuerzas entre los beligerantes, solo puso fin a la guerra la muerte de Solano López (líder paraguayo) e implicó una pérdida aproximada al 90% de la población masculina del Paraguay.
La bandera que Grandoli murió protegiendo fue recogida por un camarada de armas y presidió el desfile de los pocos santafesinos que se reintegraron a la ciudad de Rosario al finalizar los combates. Luego de diversos avatares que la llevaron por diversos destinos, en 1941 fue reintegrada y hoy es la pieza de mayor valor que atesora el “Museo Histórico Provincial, Dr. Julio Marc” de Rosario. Recordando el extraordinario valor de Grandoli, los días 22 de septiembre de cada año se celebra el “día de los abanderados” 
Estatua del Abanderado Grandoli (Parque Nacional a la Bandera, Rosario)


Un fragmento mayor de la carta destacada por De Marco dice:
“El argentino de honor debe dejar de existir antes de ver humillada la bandera de la Patria. Yo no dudo que la vida militar es penosa, pero, ¿qué importa si uno padece defendiendo los derechos y la honra de su país? Mañana seremos diezmados, pero yo he de saber morir defendiendo la bandera que me dieron".
  Miguel Carrillo Bascary

sábado, 17 de septiembre de 2016

Banderas patriotas en el Alto Perú (1813)

Por Mario Golman


Continuamos con la agradable tarea de dar a conocer colaboraciones de nuestros amigos. Hoy les compartimos este trabajo de Mario quien nos lo remite desde la privilegiada ciudad turística de San Carlos de Bariloche (Río Negro, Argentina). Agradecemos mucho su autorización para publicarlo. Las imágenes fueron diseñadas originalmente por Francisco Gregoric. MCB


El objetivo del presente trabajo es conocer acerca de las insignias que el Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, llevó en su campaña expedicionaria por tierras altoperuanas luego de la batalla de Salta del 20 de febrero de 1813; acción de armas en la que, muy probablemente, ondearon por primera vez en las filas patriotas pabellones de dos franjas horizontales, mitad blancos y mitad celestes.[1]

Se transcribirán las citas, algunas hasta ahora inéditas, pertenecientes a un cronista potosino partidario de la causa del rey, obtenidas de un manuscrito existente en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia[2]. En los relatos del año 1813, constan diferentes descripciones de pabellones con los colores blanco y celeste pertenecientes al Ejército Porteño instalado en Potosí, previo a los combates de Vilcapugio y Ayohuma.

Debe tener presente el lector que cuando las distintas descripciones de banderas hagan referencia al azul, se las debe interpretar como la tonalidad más clara del mismo, es decir, el celeste.

Al respecto, el historiador Vicente Mario Quartaruolo explica: “Al correr de la pluma muchos pueden emplear la palabra azul en lugar de azul celeste o celeste, pero ninguno de los que habla de celeste lo aplica como sinónimo del azul” y sostiene, además, que “[...] en los primeros años de la creación belgraniana, el celeste fue inmutable y solo por error o desatención se empleó la palabra azul a secas”.

Continúa ilustrándonos este autor cuando expresa: “Con palabras distintas o con voces derivadas en todos los idiomas se distingue el azul del celeste; el más tenue, similar al cielo claro”, agregando: “En el léxico español de la primera mitad del siglo pasado [siglo XIX] se empleaba poco la palabra celeste a secas; se la nombraba azul-celeste indicando claramente el carácter derivado del celeste[3].

Es de destacar que de aquellos escritos no surge ninguna referencia a que nuestras tropas hubieran llevado también enseñas coronelas y/o sencillas[4].
Aquí los principales relatos en orden cronológico:[5]

1.El 27 [de mayo de 1813] en la galería del Gobierno se puso una bandera de color azul a los extremos y blanco al medio con un rótulo que llamaba a todos a las armas y alistarse voluntariamente en el ejército por la Independencia de la América del Sud, ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo la protección de Nuestra Señora de las Mercedes. Aquel día se alistaron 25 y en los días posteriores siguió el alistamiento[6]


Bandera de recluta – 1813 

2.El 8 [de julio de 1813] desde las 5 de la mañana, se formaron las tropas en la plaza y se hicieron muchos preparativos y salvas. A las 9 se presentó en el Cabildo el general Belgrano acompañado de todos los magistrados, curas y prelados. En aquel lugar sobre una mesa había un Santo Cristo, dispuesto para el juramento que debían prestar. El general después de su discurso en que manifestó no imponer por la fuerza a nadie la obligación de jurar y decir que los que no querían podían pedir sus pasaportes e ir donde quisieran, les tomó el juramento con el Santo Cristo en mano, del modo siguiente: ‘Jurais por Dios nuestro señor y por esta Cruz y a nombre de la Soberana Asamblea, la unión y libertad de la América del Sud, y Provincias del Río de la Plata, y que si juraban con verdad Dios los premiaría, y que si no, serían castigados’ [...] después de este acto, salieron todos a la plaza, donde estaba dispuesto el tablado y en uno de los faroles del Cabildo estaba un cuadro con marco de plata que representaba la unión de las Provincias del Río de la Plata. Este cuadro estaba bajo un dosel con guardias. El general Belgrano llevaba la bandera de color azul y blanco, se presentó en el tablado de la plaza mayor y a todos los concurrentes les tomó el juramento en los idiomas castellano, quichua y aymara [...]”[7]


"Bandera del Ejercito" de Belgrano (1812)

3.El 15 de este mes de agosto [de 1813], desde las 5 de la mañana llevaron a la pampa de San Clemente todos los útiles de campaña de los diferentes cuarteles, y el ejército se puso allí en orden de campaña y hasta las 2 de la tarde hicieron allí rancho, los generales y la oficialidad estuvieron también allí, donde fueron espléndidamente obsequiados por don Ignacio de la Torre, después comenzaron a hacer maniobras y lindas evoluciones teniendo la bandera de la patria al medio y a las 5 se regresó todo el ejército a sus cuarteles y los generales a sus palacios. Fue mucha la novedad que causó esto, todo el vecindario se fue y permaneció allí todo el día[8]  

4.El 25 [de agosto de 1813] muy temprano levantaron el patíbulo y un banquillo. A las 9 de la mañana se formó todo el ejército en la plaza, la bandera de la Patria se colocó al medio y en el centro del ejército, con su escolta de granaderos, luego bajaron los de la Misericordia y sacaron al reo [Francisco Solano]; quien en la plaza pidió perdón de los generales y del ejército y cuando no le concedieron dijo: que moría por ser leal a su ley y a Fernando VII, se colocó en el banquillo y al primer balazo murió, lo colgaron en el patíbulo hasta las 3 de la tarde y a esa hora los de la Misericordia llevaron su cuerpo y lo sepultaron[9]       

5.El 18 [de septiembre de 1813] salió [desde Potosí hacia el campo de batalla] el ejército que aún quedaba aquí del Nº 1 [de infantería “Patricios”], con 1.400 hombres, y el general en jefe salió con ellos. Después de recibir todos los escapularios de Nuestra Señora de Mercedes, llevaron la bandera de la Patria, entre azul y blanco, con una Cruz al medio, y encima la insignia de la libertad. El general mayor Díaz Vélez se quedó para ir por la retaguardia con todo el resto del ejército y municiones[10]. Aclaran María Cristina D’Andrea y Julio Mario Luqui Lagleyze que la descripción “entre azul y blanco”, por la forma de escribir de la época, significaba mitad azul, mitad blanco, igualando la proporción de los colores con ese “entre”, es decir, tan azul como blanco[11]



Bandera del Regimiento “Patricios” – 1813 (version Luqui Legleyze)

6.El 10 [de octubre de 1813] se puso la bandera de la Patria, con su emblema de Libertad, en la puerta de la Casa de Moneda borrando las armas del Rey que allí habían[12]. Destacan D’Andrea y Luqui Lagleyze que si bien no se describen los colores, al señalarse la bandera como “de la Patria”, podría visualizarse como mitad celeste, mitad blanca con escudo al medio, pero que por tratarse de una bandera no perteneciente a unidad o cuerpo determinado, no llevaba la “cruz” (aspa de Borgoña) como la de los “Patricios”.


“Bandera de la Patria”

Con relación a los modelos de banderas patriotas se presentan las siguientes reflexiones:

     a. Las distintas citas a los pabellones fueron hechas por un partidario del rey hispano que residía en la Villa Imperial de Potosí. El modo en que describe las banderas permite suponer que nunca antes las había visto.

     b. La primera de las citas (1.), referida a una bandera de color azul a los extremos y blanco al medio (de reclutas), se corresponde con la descripción siguiente (2.) de una bandera de color azul y blanco, utilizada por Manuel Belgrano para la jura a la Soberana Asamblea[13]. Es factible pensar que este modelo –sin la leyenda que convocaba al alistamiento – se usó para las distintas juras que se llevaron a cabo en las ciudades y pueblos que sumaban su adhesión a la causa revolucionaria[14]

     c. Recién en los posteriores comentarios (3, 4, 5 y 6) se comienza a citar una enseña distinta, la cual se identifica como “bandera de la Patria” y que el relator describe “entre azul y blanca”. Este modelo debió ser el de dos franjas horizontales, mitad blanca y mitad celeste.

Es la bandera que a veces se presenta sola, sin alegorías (maniobras militares en la pampa de San Clemente y en el ajusticiamiento de Francisco Solano) y en otras ocasiones, teniendo pintado el escudo de la Soberana Asamblea (la puesta en la Casa de Moneda) o el escudo más la cruz de Borgoña (la perteneciente al Regimiento Nº 1).

Por lo desarrollado hasta aquí es posible confirmar la presencia, en tierras altoperuanas, de insignias pertenecientes al ejército porteño con diferentes diseños y alegorías, pero teniendo un común denominador: los colores blanco y celeste. 

(Conferencia brindada con motivo del Cincuentenario del Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario, Santa Fe, junio de 2007)



[1] Golman, Adolfo Mario, Enigmas sobre las primeras banderas argentinas, una propuesta integradora, Buenos Aires, Editorial De los Cuatro Vientos, 2007, pp. 90-99 y 107-111.
[2]El Alto Perú fue el último estado hispano-americano que empezó a gozar de los beneficios de la imprenta recién en 1825, no habiendo podido conservar sus tradiciones sino por medio de manuscritos mutilados y muy pocos impresos, que se editaron en Buenos Aires o Lima, a principios del siglo pasado [S. XIX]”. Ramallo, Miguel, Guerrilleros de la Independencia, Los esposos Padilla, La Paz, Bolivia, González y Medina Editores, 1919, p. 8.
[3] Quartaruolo, Vicente Mario, "Los Colores de la Primer Bandera Argentina", en Anuario del Instituto de Investigaciones Históricas, Vol. Nº 10, Universidad Nacional de Rosario, Facultad de Filosofía, Rosario, 1968-1969, pp. 163, 170 y 176.
[4] Acontecida la Revolución de Mayo, las milicias terrestres patriotas continuaron rigiéndose por las Ordenanzas Generales del Ejército que estaban vigentes desde la época colonial. Así, en el artículo 10, Título 1º del Tratado I de aquella normativa, se establecía el uso de las banderas “coronelas” y “sencillas” fijando sus medidas en siete cuartas (de vara) en cuadro, es decir, un cuadrado de casi 1,47 metro de lado. La “coronela” era de color blanco, con el emblema real que representaba a la Corona. La “sencilla” específica de cada batallón era también de fondo blanco, pero con el aspa de Borgoña roja en su centro. Ambas llevaban en la extremidad de sus ángulos el escudo de la ciudad o pueblo del que tomaba el regimiento su nombre.
[5] Los relatos  que se presentan en “1”, “2”, “5” y “6” fueron publicados en 1998 por María Cristina D’ Andrea y Julio M. Luqui Lagleyze en: ¿La más antigua descripción de la Bandera Argentina? en los Anales Inéditos de Potosí - 1813, en Revista “Del Mar”, Nº 148, Buenos Aires, 1998, p. 28-29. Los autores refieren como “Anales” a una copia manuscrita alrededor de 1905 -a la que tuvieron acceso en enero de 1996 existente en el Archivo del Museo “Casa de Moneda” de Potosí- de los llamados “Anales Inéditos de Potosí”, cuyo original se halla en el Archivo Nacional de Sucre. Siguiendo su camino, en visita efectuada en febrero de 2006 a Sucre, el autor tuvo acceso a los manuscritos que se conservan en el Archivo y Biblioteca Nacionales y que integran el “Catálogo de la Colección Rück”.
[6] “Catálogo de la Colección Rück”, Historia de la Villa Imperial de Potosí, riquezas de su famoso cerro, grandezas de la población, sus guerras y casos memorables, por don Nicolás Martínez Arzans y Vela, años 1547-1834, Tomo 2, Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, Sucre, nueva numeración pp. 182-183. Este “Catálogo” es un conjunto de documentos bibliográficos y de archivo elaborado por el ingeniero alemán de minas y primer director del Archivo Nacional de Bolivia, Ernesto O. Rück.
[7] Op. cit. en 6, nueva numeración pp. 192-193. Confirmando lo acontecido, El Monitor Araucano (de Santiago de Chile), Nº 65, del 7 de septiembre de 1813, publicó una “Carta Fidedigna de Potosí fechada el 11 de Julio de 1813”  relacionada con la situación militar en el Alto Perú. La misma decía: “El día 8 del presente se juró en esta Villa la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata [en realidad, se juró obediencia a la Soberana Asamblea del año XIII]; y al caer el sol arengó el buen Belgrano en la plaza con la energía propia del asunto […]”. Fuentes para el Estudio de la Historia de Chile, Universidad de Chile, página web: www.historia.uchile.cl/CDA/fh_periodicos/
[8] Op. cit. en 6, nueva numeración p. 199. Documento inédito.
[9] Francisco Solano pertenecía al ejército patriota, desertó y se pasó al bando realista. Capturado el 24 de agosto fue condenado a la pena capital. Op. cit. en 6, nueva numeración pp.200-201. Documento inédito.
[10] Op. cit. en 6, nueva numeración p. 206. Consultando la obra de RUIZ MORENO, Isidoro J. y De Marco, Miguel Ángel, Patricios de Buenos Aires, Historia del Regimiento 1 de Infantería, Buenos Aires, Editorial Edivém, 2000, se puede observar, en la ilustración de la página 69, la reconstrucción (en base al documento citado en “5.”) de una bandera de dos franjas, celeste la superior y blanca la inferior, con la cruz de Borgoña y el escudo de armas de la Soberana Asamblea. Asimismo, resulta de interés destacar que el cronista potosino también hace referencia a la salida de los otros cuerpos armados del Ejército Porteño. Relata que el 5 de septiembre había salido el regimiento de Cazadores con 1.500 hombres y 50 de la artillería con 4 cañones. Al día siguiente lo hace el regimiento Nº 6, y el 11 el Nº 8. Finalmente, el día 14 parte el regimiento de “Pardos y Morenos” con 500 combatientes. En todas las referencias el relator explica que se repartieron a oficiales y soldados escapularios de Nuestra Señora de Mercedes, pero en ninguno de los comentarios describe las enseñas que portaban esos regimientos. Op. cit. en 6, nueva numeración pp. 204-205. Documentos inéditos.
[11] Op. cit. en 5, p. 30.
[12] Op. cit. en 6, nueva numeración p. 212.
[13] En op. cit. en 5, pp. 28-29, D’ Andrea y Luqui Lagleyze refieren: “[...] con una bandera entre azul y blanca”. Ese “entre” no aparece en la documentación obtenida en Sucre. Allí consta: “El general Belgrano llevaba la bandera de color azul y blanco”, lo que permitiría pensar en una distinta descripción de enseña. No sería mitad blanca, mitad celeste, sino de tres franjas, como la de reclutas, pero sin la leyenda. La generalización desde Buenos Aires en 1813 del pabellón celeste, blanco y celeste, como símbolo representativo de las Provincias Unidas, justificaría plenamente su utilización en la jura de obediencia a la Asamblea hecha en Potosí, y que el cronista describe con tanta solemnidad.
[14] Op. cit. en 6, nueva numeración p. 214, “El 31 [de octubre de 1813] se publicó un bando dando aviso que en Arequipa se había jurado el 5 de este mes de octubre la Soberana Asamblea de Buenos Ayres [texto de la época] y que la ciudad de Moquegua y toda la costa [del Perú] se rebeló contra las armas del señor Pisuela [Pezuela] [...]”. Documento inédito.